viernes, 13 de mayo de 2011

Ciudad irreal



David Olguín

Geney Beltrán Félix, Habla de lo que sabes, Jus, México, 2009, 160 p.

Geney Beltrán Félix es un escritor acu­cio­so; pero más allá de saber que meditó lar­gamente las páginas de Habla de lo que sabes, me interesa poner énfasis so­bre el hecho de estar ante su primer libro de na­rrativa. Para ciertos escritores, el “primer libro” es una especie de mapa de ruta que presagia el porvenir. Al final de los diez cuentos reunidos, Beltrán Fé­lix incluye una cita de Alejandra Pizarnik a manera de epí­logo: “Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no ha­bles de la rosa, no hables del mar. Ha­bla. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, ha­bla del dolor in­cesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silen­cio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.”
Este epílogo se convierte, así, en un prólogo de la aspiración literaria de Bel­trán Félix y el porqué de su escritura de ficción, una especie de acta poética. En es­te sentido, los protagonistas de esta co­lección de cuentos no son las complejas relaciones en­tre ficción y realidad, ni las refinadas acro­bacias de la inteligencia o del ingenio. Beltrán Félix habla de lo que sabe y bus­ca escribir, al decir de Nietz­sche, “con sangre porque la sangre es espíritu”. Sin duda es un escritor con un depurado oficio, pero ante todo aspira a saber de la gente; desentrañar el interior de las personas de­termina su acerca­mien­to a la ficción. No en vano nuestro autor entiende de teatro y le apasiona Dos­toievski, y conoce también los tristes pai­sa­jes de las almas en la estepa rusa, saberes que no sólo están presen­tes en la habilidad con la que dialogan los personajes de Habla de lo que sabes.
En el único poema que escribiera mi maestro Ludwik Margules, un poeta de la escena y buen lector de poesía, pero a quien la escritura de una carta podía pro­vocarle varios insomnios, el doctor Chejov hace acto de presencia de manera extraordinaria:

La fugacidad del tiempo y un mapa de África sustituyen la
                                                                                 facultad del lenguaje
La conversión del escenario en la platina de un microscopio
Permite la observación dilatada de la agonía del hombre
El doctor es un estudioso
Vigila meticulosamente la antropología del sufrimiento.

Beltrán Félix, contador de historias, busca pulsar la fibra humana en la gran­deza de su razón y su sinrazón. Padece con sus personajes, habita delirios, es­carba en la dignidad de su miseria y en sus sueños, construye paisajes mentales —fragmenta­rias explicaciones de cómo esas criaturas tratan de articular su idea muy personal que se hacen de las cosas.
La conciencia de la irracionalidad del dolor, su “por nada” casi irrisorio, hacen de Chejov y de Kafka, a pesar de estilos tan diferentes, escrituras hermanas. El ab­sur­do es el trasfondo de una visión del mundo que puede hacer de la estepa ru­sa, de un ghetto judío o de una urbe in­finita como la nuestra —ciudad irreal, diría Eliot— un paisaje interior. Como los docto­res de Che­jov que miran la irracionalidad del sufri­miento, como los intros­pectivos y delirantes sonámbulos dostoievskianos, Beltrán Fé­lix quiere hablar de lo que sa­be en una ciudad del alma, real e ilusoria, una ciudad que habla, respira, suspira, exhala. No es un telón de fondo; vive y muere en las permanentes crisis interio­res, apocalipsis de conciencia y en los con­flictos de jóvenes, escritores fracasados, un cajero, burócra­tas, estudiantes, ancia­nos y madres de fami­lia que pueblan esta colección de cuentos.
La ciudad de esta gente adolorida es lo que no es, una fuga: en el cuento que lle­va por título “Keppel Croft”, ese nombre, “un paraje bellísimo en Ontario, fren­te a Georgian Bay”, le parece a un hombre amaridado, que fantasea con una adolescente en pleno cuarto conyugal, la invitación a huir de todo (su familia y empleo, la ciudad y los días grises), desaparecer. Pero él solo invoca los fantasmas mirando a través de la ventana a una ciudad donde nunca neva: “supo que na­da había entendido, él, ella, el significado de Keppel Croft, ese nom­bre viejo que lo seguía esperando por den­tro en la for­ma de un terremoto milenario”.
En otro cuento, un oficinista mata y con­vierte a la ciudad en un río que devora y cuyo caudal ojalá pudiera ocultar el crimen: “Toda la noche y toda la mañana ha llovi­do, no tarda el río en rebelarse a los di­ques y se llevará mi casa y el cadá­ver de Porfirio, y yo también habré de ser muy pronto carne sin conciencia.” Ciu­dad ra­biosa y violenta, ciudad donde, en el cuen­to “Anoche soñé que volaba”, un cajero de Superama, tras matar a un clien­te, huye y tras correr y correr respira tran­quilo por un instante: “Y mientras cada cosa se hace más nimia y él se siente li­gerísimo, ve con alegría el sol ponerse como un candado ígneo sobre la Ciudad, todo tiene contornos, to­do es real y vive y vibra y brilla y su cuerpo se va disipan­do y se vuelve polvo, bruma, nada, sólo aire anochecido sobre la ciudad, esta be­lla y agria Ciudad sin remedio.”
En 1856, Melville publicó Bartleby. Ese Wall Street de hace 155 años es vis­to co­mo un mausoleo, rascacielos de entonces, oficinas con ventanas que dan hacia muros ciegos, hombres que cruzan en domingo —vestidos de riguroso negro burocrático—, plazas solitarias que, en días de ofi­cina, ates­tadas de gente, transpiran la misma soledad.
Geney nos lleva de la realidad, del pai­saje externo, a la construcción del pai­saje mental, castillos de aire que se fincan en la carne de la gente. El asombro o lo extra­ño, en sus cuentos, no da pie a lo fantástico. Tampoco su temple perte­nece a la limpia geometría que mira el absurdo de nuestros comportamientos iló­gicos con agu­deza racionalista. Borges di­ce a propósito de Bartleby: “Es como si Melville hubiera escrito: ¡Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo!”
Pero la palabra universo es tan absoluta que olvida lo minúsculo, la tortura interior que nace de emprendimientos co­ti­dianos, la mazmorra del alma, la angustia de Apolli­naire que, en la madrugada etílica de Zona, dice: “Oh torre Eiffel, el rebaño de tus puen­tes bala”, o de la ciudad irreal en La tie­rra baldía con sus ca­tástro­fes del espíritu.
La Ciudad de Geney Beltrán es el pai­saje interior después del terremoto coti­diano, un paisaje de ángeles caídos. Un hombre parece recorrerla —¿acaso muer­to o muriendo?— y queda atrapado en un puente peatonal que se convierte en su jau­la inescapable. En “Sara antes del fue­go”, una mujer, maltrato sobre maltrato, da un par de pasos, cruza el umbral de su gara­ge y accede a una posible libe­ra­ción interior al avanzar hacia lo descono­cido. En “Hondonada”, un pesado escritor joven —para nada un peso pesado sino un me­diocre escriba gordo, de más de cien kilos a la sombra—, literalmente se pier­de y una caminata verifica el drama hu­mano del extravío y la muerte.
Borges llama a este género de historias “el de las fantasías de la conducta y el sen­timiento”, pero si el delirio hace del paisa­je mental una cárcel piranesiana, ya estamos en otra cosa, algo cercano a la pesadilla. Habla de lo que sabes encie­rra el vértigo de lo extraño, pero tiene la sa­biduría de los que despiertan del mal sue­ño para contar. “Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo”, di­ce Pizarnik. “Oh habla del silencio”. Bel­trán Félix no sólo escribió un buen libro de cuentos, sino un libro que es un alega­to sobre algunos porqués de la escritura.