martes, 17 de mayo de 2011
Crítica de la poesía crítica
Felipe Vázquez
Ignacio Ruiz-Pérez, Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, 2009, 162 p.
I
Una de las manías de la “crítica literaria” mexicana consiste en hablar del autor y desplazar la obra a una zona de sombra. El objeto de la crítica, la obra, queda al margen, nimbada por la aureola de lo intocable; y el autor adquiere un papel protagónico tan cuestionable como escabroso. El peor vicio, sin embargo, aparece cuando el “crítico”, al hablar de cualquier obra, habla sólo de sí mismo; y esta suerte de autobiografía parasitaria sólo muestra un desprecio tácito por la literatura. Y para desaliento de la aldea literaria mexicana, quizás hay demasiados escritores que ejercen el ninguneo militante de la literatura.
Refiero esta situación a propósito del libro Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra, de Ignacio Ruiz-Pérez, quien se propuso analizar, de manera rigurosa e imaginativa, la obra poética del autor tabasqueño más allá del abundante anecdotario sobre su vida, sus andanzas, sus amistades y su trágica muerte. A diferencia de los expertos en escamotear la obra al mismo tiempo que la “critican”, Ruiz-Pérez ejerce la crítica a ras de poema. Y aunque hay poemas de Becerra que requieren un contexto biográfico para comprenderlos con amplitud, el crítico nunca pierde de vista que su objeto de análisis es la poesía. Por otra parte, no se trata del árido estudio de un académico —aunque el autor lo es— sino de una lectura inteligente y erudita que un poeta realiza sobre los poemas de otro poeta. Para ello, Ruiz-Pérez retoma el discurso sobre la poesía moderna de Octavio Paz y lo aplica al análisis e interpretación de El otoño recorre las islas, título que reúne los libros de poesía de Becerra, compilado por Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco y publicado por la editorial ERA en 1973.
Antes de comentar grosso modo la estructura de Nostalgia de la unidad natural, quiero hacer un breve comentario sobre la poesía de Becerra para que el lector comprenda la dispositio crítica de Ruiz-Pérez.
II
La poesía de José Carlos Becerra (1936-1970) traza un arco que va del lenguaje adánico, casi inocente en su capacidad genésica y celebratoria, hasta el lenguaje crítico de sí mismo: re-flexivo, desarticulado y fragmentario en su intento por cuestionar sus propios mecanismos de enunciación. En el sistema de Octavio Paz, diremos que Becerra inicia su trayectoria poética armado de la teoría de las correspondencias universales (analogía), pasa por un periodo crítico (de crisis, véase el sentido etimológico) y culmina en la ironía: la conciencia consciente de sí y de su propia muerte, consciente de su escisión respecto del mundo, consciente de su condición desasida. (En el prólogo de El otoño recorre las islas, Paz se refiere a la fractura de la visión analógica como “encuentro con la realidad”, la que produjo “los mejores poemas de Becerra”).
En la cima de este arco verbal se despliega el versículo como un oleaje (digo oleaje por la recurrencia de la anáfora en muchos poemas), las líneas versuales se extienden sobre la página y se van engarzando en una suerte de danza erótica y, como Shiva, en esa danza crea y destruye, aunque la fuerza resultante es la euforia creadora del lenguaje. En este punto, la imagen —la imagen demiúrgica— adquiere una presencia absoluta. La concepción del tiempo es circular y el universo es el espacio de la semejanza (de la unidad). En su devenir, el universo se dice y, al decirse, se crea semejante a sí mismo. El poema es aquí una de las formas que el universo tiene de decirse, de nombrarse; y más aún: el universo es consciente de sí en el poema.
Al final del arco, el verso se acorta, se vuelve contra sí, y roza el filo del silencio: el lenguaje toca los límites de su relación con la realidad y consigo mismo, y ya no es el hacedor de imágenes sino el instrumento que disecciona las imágenes. La conciencia de la muerte lo vuelve irónico y metapoético: “La ironía —comenta Ruiz-Pérez— es la conciencia de la ruptura entre el sujeto y su entorno: el fracaso de su poder trascendental, pero también la conciencia de ser un ente caído, contingente y, en suma, expulsado del orden universal. A diferencia de la analogía, la ironía señala que la cópula entre la palabra y el objeto que ésta designa es una convención: es la conciencia de la alteridad y no de la unidad que aparece con la Edad Moderna y el afán por el progreso.”
También podemos pensar la trayectoria lírica de Becerra desde el punto de vista deconstructivo. En efecto, el versículo se despliega de manera elocuente, suntuosa y casi vegetal; las palabras establecen una relación erótica que impulsa el desbordamiento rizomático del poema; y de manera sucesiva, cada poema rompe sus propios límites poseído por el horror vacui que él mismo concibe en sus mecanismos de proliferación. Esta característica, que comparte con otros poetas de tendencia neobarroca, tiene una singularidad: visto en su conjunto, el lenguaje lírico de José Carlos Becerra despliega una estrategia de desterritorialización que culmina en la desarticulación del lenguaje adánico frente a una realidad extraña y fugitiva, en el giro del lenguaje sobre sí mismo, en una fragmentariedad radical donde el significado queda en entredicho, y donde el poema pierde terreno, se vuelve carencia de sí. El lenguaje va de desmarcaje en desmarcaje: se desarticula de sí mismo, de su tradición, de la realidad, etc. Al final, el poema se acerca a los márgenes del silencio y tenderá a confundirse con la página en blanco.
III
Acorde con la concepción romántica, Ruiz-Perez argumenta que Nostalgia de la unidad natural es un título que engloba la aventura poética de José Carlos Becerra, pues considera la palabra nostalgia en su sentido etimológico: “Los antiguos llamaban nostalgia (del griego nóstos, regreso, y álgos, dolor) a aquella enfermedad que consistía en el impulso (en su sentido más puro: pulsión erótica) doloroso e irrealizable por el retorno al país de origen. En la poesía de Becerra la nostalgia es producto del deseo por recuperar aquello (infancia, paisaje, amor) que de manera natural perteneció al sujeto; una pertenencia que nunca recuperará y que en cambio habrá de revelarle su condición escindida, pasajera y terrestre.”
Luego de este planteamiento, Ruiz-Pérez organiza su estudio en dos capítulos. En el primero, titulado “De la plenitud al dolor por el retorno”, analiza la poesía producida a partir de la concepción analógica del universo. De acuerdo con la estructura que Zaid y Pacheco dieron a la edición de El otoño recorre las islas, dicha poesía corresponde a Los muelles, Oscura palabra y las dos primeras partes de Relación de los hechos: “Betania” y “Apariciones”. En el segundo capítulo, titulado “La (anti)épica de la modernidad: ciudad, cine y cómic en la poesía de José Carlos Becerra”, analiza los poemas escritos cuando el poeta descubre que su visión analógica queda desgarrada por la ironía: las dos últimas secciones del libro Relación de los hechos: “Las reglas del juego” y “Ragtime”, luego La Venta, Fiestas de invierno y Cómo retrasar la aparición de las hormigas.
Ruiz-Pérez inicia el abordaje crítico a partir de la concepción romántica de la poesía (debo precisar que se trata de la lectura que hace Octavio Paz de la poesía romántica, expuesta principalmente en Los hijos del limo) y lo va enriqueciendo con ideas de diversos críticos de la modernidad: Albert Béguin, Marcel Raymond, Denis de Rougemont, Walter Muschg, Mircea Eliade, Bachelard, Heidegger, Barthes, Benjamin, etc. Aunque estas referencias son aparatosas, el discurso de Nostalgia de la unidad natural no es pedante, pues la virtud crítica de Ruiz-Pérez consiste en citar paso a paso la producción poética de Becerra; analiza, contextualiza e interpreta los poemas con ayuda de diversas herramientas críticas, y no duda, por ejemplo, en hacer coincidir las definiciones del mito según Eliade y según Barthes para descodificar los palimpsestos del constructo lírico correspondiente al capítulo segundo. Ahora bien, más allá de la biografía de Becerra, de sus influencias (Paul Claudel, Saint-John Perse, Pellicer, Lezama Lima, Pablo Neruda, Paz), de sus tópicos (el mar, la selva, el trópico, la mujer amada, los cómics, el cine) y de sus mitologías, Ruiz-Pérez analiza en qué consiste la singularidad de esa poesía, qué nos dice, cuáles son sus atributos y sus recursos, cuál es la cosmovisión desde la que fueron escritos los poemas, cómo acusa recibo de las diversas obras líricas que contribuyeron a articular su visión lírica, cómo desemboca en la problematización de sus recursos verbales (“¿No se puede considerar el versículo sinuoso y acéntrico de Becerra la constancia de esa contra-dicción que entraña su poesía, es decir, la irónica certeza de la pérdida de la unidad natural frente al entorno prosaico que descentra y fragmenta al sujeto?”), y cómo influye en los poetas mexicanos de la generación siguiente (David Huerta, Coral Bracho, José Luis Rivas, Jorge Esquinca) e incluso cómo influyó en un poeta de su misma promoción poética: Gerardo Deniz (quizá hoy el mejor poeta vivo de México).
El resultado es una espléndida guía de lectura de una de las obras poéticas más complejas de la tradición mexicana. Si los acercamientos críticos a la poesía fueran como el de Ruiz-Pérez o como el de Arturo Cantú (En la red de cristal. Edición y estudio de Muerte sin fin de José Gorostiza), quizás habría menos pero mejores poetas, y más y mejores críticos, pues creo que la sobrepoblación actual de poetas y la mengua de críticos (tanto impresionistas como académicos) se basa en la mala lectura; mala lectura que incluso algunos críticos prominentes difunden, basta revisar las entradas correspondientes a los poetas del Diccionario crítico de la literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael.
martes, 1 de marzo de 2011
Rulfo y Arreola desde las orillas
José Sánchez Carbó
Felipe Vázquez, Rulfo y Arreola. Desde los márgenes del texto, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2010, 293 p.
En 2001 la editorial Siglo XXI tuvo a bien publicar Umbrales, de Gerard Genette. El objeto de estudio de este peculiar libro no es el texto sino el conjunto de mensajes con los que viene acompañado, es decir, en los umbrales o márgenes. Umbrales si estos mensajes son entendidos como el espacio donde se debate su pertenencia o no al texto; o márgenes, en el sentido de que también configuran los límites del mismo texto. Sea una u otra la perspectiva, complejizar o definir los límites del texto, Genette decidió nombrarlos técnicamente como paratextos.
Sean autorales, editoriales, públicos o privados, los paratextos anticipan, condicionan, refuerzan, determinan o regulan las intenciones estructurales o temáticas del autor, las estrategias de promoción editorial y las formas de lectura. Median la relación entre el escritor, el lector y la crítica desde un umbral para nada insignificante. Muchas veces son la única evidencia sobre la posible existencia de un texto, por lo que es factible suponer que hay paratextos sin texto pero no a la inversa. De acuerdo con Genette, el “texto raramente se presenta desnudo, sin el esfuerzo y el acompañamiento de un cierto número de producciones (…) que no sabemos si debemos considerarlas o no como pertenecientes al texto, pero que en todo caso lo rodean y lo prolongan precisamente por presentarlo, en el sentido habitual de la palabra, pero también en su sentido más fuerte: por darle presencia, por asegurar su existencia en el mundo, su recepción y su consumación, bajo la forma (al menos en nuestro tiempo) de un libro”.
Compuesto por una heterogénea gama de manifestaciones textuales, icónicas, materiales y factuales, el paratexto es clasificado según la distancia que guarda respecto al texto. El peritexto permanece alrededor del texto, en el mismo espacio del libro, e incluye partes como la información editorial textual (formato, colección, portadilla, tiraje) o icónica (portada, foto del autor, ilustraciones), información sobre el autor (nombre, título, dedicatorias, epígrafes, prefacios, intertítulos, seccionamientos) o comentarios de un tercero real o ficticio (introducciones, notas, epílogos). La segunda categoría, definida por Genette como epitexto, son textos ubicados en el exterior del libro que pueden ser públicos (boletines de prensa de la editorial, carteles, reseñas, entrevistas, conversaciones, coloquios debates) y privados (confidenciales e íntimos).
La contraportada de Umbrales presenta el volumen como una introducción pero también como una invitación para analizar los mensajes que rodean al libro. Atendiendo dicha invitación, Felipe Vázquez, en Rulfo y Arreola. Desde los márgenes del texto, reúne cuatro lúcidos ensayos sobre las orillas textuales de dos emblemáticos escritores mexicanos tan coincidentes y divergentes como pocos. Otro concepto en el que se apoya es la denominada lectiofanía, entendida como “el ejercicio de la crítica como vía revelatoria”.
Felipe Vázquez tiene una reconocida trayectoria como poeta y ensayista; por su trabajo en los dos ámbitos literarios ha merecido media decena de premios nacionales. Entre su producción ensayística, vale destacar Juan José Arreola. La tragedia de lo imposible (2003), Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 2002 y del cual he extraído su idea de lectiofanía.
Los cuatro ensayos integrados en Rulfo y Arreola. Desde los márgenes del texto son revisiones críticas de la crítica realizada a los textos de Rulfo y, principalmente, de Arreola. En palabras del autor “no estudian el trabajo literario (…) sino lo que está en sus orillas”. Esta mirada resalta, sin duda, la singularidad de la propuesta. Si bien hay estudios similares sobre la función e importancia de los paratextos en diferentes obras, todavía no dejan de ser escasos y, hasta donde sé, nulos en los casos de Rulfo y Arreola.
Felipe Vázquez recorre los márgenes de la obra de dos figuras de la literatura mexicana: una de ellas ha sido bastante bien cobijada por la crítica, mientras que la otra ha sido atendida por muy pocos críticos. En el caso de Arreola, podemos citar las investigaciones de Carmen de Mora, Claudia Gómez Haro, Seymur Menton, Martha Elena Munguía Zatarain, Sara Poot Herrera y, por supuesto, Felipe Vázquez, entre otros.
La selección de los escritores es plenamente justificada, no sólo por sus paralelismos biográficos y las diferencias estilísticas, sino porque a través del contexto, los peritextos y los epitextos, Felipe Vázquez descubre detalles que alumbran o revelan aspectos insospechados sobre la emblemática obra de los dos. Arreola y Rulfo nacieron con un año de diferencia en la misma zona de Jalisco, escribieron cuantitativamente poco y su prosa se caracteriza por la brevedad y la intensidad poética. En el sentido opuesto, el carácter extrovertido de Arreola contrasta con la personalidad introvertida de Rulfo. Respectivamente, han sido considerados representantes del cosmopolitismo y el regionalismo, el absurdo y la tragedia, o el humor y el pesimismo. Más allá de lo anecdótico, sobresale el hecho de que tanto Arreola como Rulfo coincidieron como becarios del Centro Mexicano de Escritores, en el periodo de 1953 a 1954, durante el cual cada quien escribió novelas como La feria y Pedro Páramo. Para Vázquez, el hecho cobra relevancia porque permitió el diálogo constante sobre las posibilidades estructurales de sus respectivas obras.
El primer ensayo del libro está dedicado a definir, tal vez defender o convencer, la especificidad de un género literario como la “varia invención”. Para Felipe Vázquez, el título del primer libro de Arreola, Varia invención (1949), supone la génesis de un nuevo género “cuya cualidad consiste en la fusión de varios géneros” de la tradición literaria y extraliteraria y las vanguardias. A la “varia invención” la determina la hibridación de géneros, la hipertextualidad, la intertextualidad, la brevedad y el humor. De los cuatro ensayos éste es el más cuestionable. Primero, porque el tema de los géneros ha sido históricamente un tema de debate del que difícilmente se sale bien librado, cualquiera que sea la postura. Segundo, porque da la impresión de que a veces el entusiasmo rebasa a la rigurosidad intelectual característica de Felipe Vázquez. Lo creo así porque extraño la revisión de las propuestas teóricas en torno a la minificción, cuyos rasgos genéricos poco difieren con los que le adjudica a la “varia invención”. Hubiera sido interesante y enriquecedor retomar las aportaciones realizadas por Dolores M. Koch, Lauro Zavala, Guillermo Siles o David Lagmanovich. Dicho contraste le hubiera evitado, como previene él mismo, “pelear contra molinos de viento”.
En cambio, el resto de los ensayos sobresalen por la fluidez, el sabio manejo de la información, la diversidad de fuentes consultadas, la honestidad intelectual, la misma especulación, la polémica, la claridad y la tensión. En “Francisco A. Flores, Juan José Arreola y El himen de México”, descubre la existencia de un texto que Arreola había reseñado de forma satírica en Palindroma (1971) y que durante mucho tiempo había sido considerado por la crítica como una referencia inventada a la manera de Borges. Francisco A. Flores (1855-1931), pese a que nunca se recibió de médico (debía la materia de Raíces Griegas), escribió una “errática” Historia de la medicina en México en tres volúmenes (1886-1888) y el citado El himen de México (1885), un tratado seudocientífico sobre la virginidad, “redactado en una prosa sentenciosa, conservadora, retórica en el peor sentido y con fundamentos históricos, médicos, jurídicos y matemáticos que hoy parecen demasiado arcaicos”. Esto lo aprovechó años más tarde Arreola para rescatarlo del olvido a través del humor y Felipe Vázquez para escribir este notable ensayo.
En “Rulfo y los avatares de la edición crítica”, Felipe Vázquez analiza con minuciosidad las distintas ediciones de la obra de Rulfo, las cuales considera que se distinguen por las abundantes erratas. Por esta razón, demanda la edición definitiva que establezca la obra completa del escritor, “acompañada por estudios críticos que van desde la ecdótica y la crítica genética hasta la hermenéutica y la teoría de la recepción, pasando por la biografía, la literatura comparada e incluso por la arqueología de los manuscritos”. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de hacer “una lectura errónea y, por ende, una crítica falsa”.
Finalmente, en “Rulfo y Arreola: de la fraternidad a la discordia”, publicado también en el número 126 de Crítica, Felipe Vázquez reabre, por un lado, la polémica, creada por la crítica, sobre las declaraciones de Arreola en el sentido de que le habría sugerido a Rulfo estructurar fragmentariamente Pedro Páramo y, por el otro, analiza las coincidencias estructurales que guarda con respecto a La feria, ambas novelas escritas durante su estancia como becarios del Centro Mexicano de Escritores.
En cada uno de los cuatro ensayos que conforman Rulfo y Arreola. Desde los márgenes del texto, el lector se encontrará con un crítico íntegro capaz de hacernos reflexionar sobre temas literarios medulares recorriendo y reconociendo el espacio de lo aparentemente marginal, todo desde los bordes del texto.
jueves, 2 de diciembre de 2010
De azahar unas cuadernas
No lejos de la ofrenda,
esta roca
donde tantos
ataron su calvario y tantos
la esposaron, ciñe
de azahar unas cuadernas;
y al pie de lo que fuera
un verde litoral, oxida
el vino viejo del quebranto,
el mirar que no halla en qué
decir el arca —excepto
en esa roca, roja de naufragios.
*
Donde el sol no llega, al muro
a golpe de cincel
asido, pez de sima
pero
aun más frío
que ojo de narval
a ras de yelo, donde el mar
lame las costillas del caballo.
*
El tiempo tiene piel
de sierpe, cáustica
cereza donde cae
el rojo de la sed. ¿Seré
el ser que en otra edad
he sido? El celacanto
no es lagarto en tu lagar.
*
Desde proa divisa
mi voz de preso
y en sesgo por el río
me vuelvo lejanía.
Huye de mi barca
toda orilla, en vilo
donde sima
se abre cada instante.
Al filo de su nombre
el ser deviene sin ahí.
*
En esta piedra
acaban las palabras, no
sé cómo aquí llegaron, pero
hoy se diluyen por las vetas del vacío.
E ignoro por qué mis venas en la roca
se congregan —si pudiera
sostener mi sangre entre las palmas
no sabría
salvar la voz que me sostiene.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
La mirada insurrecta de un hacedor de poesía
La hibrys del poeta moderno incluye —y esto engarza con el concepto de originalidad— la defensa de su libertad creadora, su independencia respecto del poder político, de las religiones, de las ideologías, o de los discursos provenientes de la academia. Esta defensa le trajo, en no pocas ocasiones, la persecución, el exilio, la cárcel e incluso le ha costado la vida. Es cierto que muchos poetas enarbolaron la bandera de alguna ideología, de alguna escuela, de alguna orden religiosa e incluso hubo quienes colaboraron de manera decidida en la legitimación de Estados totalitarios; sin embargo prevaleció el deseo, la necesidad, de escribir desde una posición libertaria, es decir subversiva, pues los poetas modernos han debido escribir al margen —y a veces en contra— de condicionantes diversas. El poeta mexicano David Huerta, nacido en 1949, es ejemplo de esta defensa de la libertad creadora, pues desde su primer libro, El jardín de la luz (unam, 1972), hasta los últimos, La calle blanca (Era-Conaculta, 2006) y Canciones de la vida común (K Editores, 2008), jamás ha cedido a las exigencias o restricciones de una ideología, de una corriente artística o de una tradición literaria. No obstante que su obra poética coincide, en ciertos puntos, con algunas líneas estéticas de la literatura contemporánea, David Huerta se niega a encasillar su obra en los sistemas catalográficos de los críticos de literatura, a leerla desde el espacio restrictivo de las influencias literarias —sean reales o supuestas—, y aboga por una lectura crítica, exenta de los cartabones conceptuales que pudieran restringir la comprensión cabal de un poema. Así lo expone en esta entrevista, cuyas respuestas son tan elocuentes que no necesitan el andamiaje de las preguntas.
SI NADA MÁS LES IMPORTA LA POESÍA, NO LES INTERESA NI SIQUIERA LA POESÍA
Es normal que los poetas, los narradores, los dramaturgos o los ensayistas se ocupen de diversas maneras, cuando escriben, de lo que han leído. ¿Cómo no habría de ser así? Mi diálogo “con la obra de otros poetas” y la pregunta sobre las influencias poéticas en lo que escribo y mi relación con “diversas tradiciones líricas” configuran, sin embargo, un horizonte que puede, y, creo, debe ampliarse.
Yo he sido toda mi vida lector de prosa narrativa y ensayística; cinéfilo y espectador de pintura; viajero por algunos lugares del mundo (no tantos como yo quisiera); militante político (“viuda del 68”, por más señas); aficionado a los deportes, mucho más vistos que practicados; músico frustrado y melómano de tiempo completo; periodista por largas temporadas y profesor en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México… entre muchas otras cosas. Hago este módico inventario porque quiero decirte que mis influencias literarias y todo aquello a lo que he tenido que “acusar de recibido” en mis experiencias, en mis reflexiones, en mis escrituras y en mis diálogos ocupan territorios más amplios que la sola poesía; es lo que suele ocurrir con los escritores y con mucha gente común y silvestre, por lo demás. Es un automatismo decir: “éste es poeta, por lo tanto ha sido influido y determinado e intertextualimodificalizado por poetas”. ¡No!, ¿por qué? Para mí, en ocasiones, han sido mucho más importantes algunos libros de prosa, en momentos decisivos de mis escrituras, que los libros de poesía con los que estaba en contacto en esos tiempos precisos. Eso no quiere decir que no haya yo amado, admirado, bebido y devorado cientos de páginas de poetas; eso que ni qué, y con provecho, por lo menos un provecho que yo mido en horas de placer, de genuino gusto intelectual y lingüístico, sensible y discernible: leer buena poesía es una de las razones por las cuales la vida vale la pena de ser vivida. Pero también han sido importantísimos muchos cuadros y películas y paisajes naturales y citadinos, para no hablar de “vivencias”; ¿no debería ser ese el ámbito de las investigaciones intertextuales, es decir, toda logósfera, las artes en su conjunto, la multiplicidad de la percepción, el rizoma de la sensibilidad, los acontecimientos sociales y los pormenores de la vida singular y de la vida colectiva? Me parece que sí, pues de otra manera nos quedaríamos en el ámbito de las solas influencias literarias, como en cualquier pesquisa positivista del siglo xix.
Un día comencé a hacer notas sobre unos poemas míos, de un libro de 1976, titulado Cuaderno de noviembre. Había alusiones a canciones de Bob Dylan, a novelas y cuentos de Italo Calvino, a páginas de la Ética de Spinoza, a películas de ciencia-ficción, a algunos cuadros vistos entonces, a hechos de la política mexicana; casi no me ocupé de anotar las alusiones a poemas, de tan obvias, según yo, como algunas glosas lezamianas. Ese profano desorden era y es un reflejo de mi autodidactismo —como todo autodidactismo, muy desordenado— y es probable que no debería ponerlo de resalto, pues sólo muestra una mente mal amueblada y sin el menor sentido de las jerarquías culturales; una mente desobediente de la máxima latina que encabeza cierto soneto de Lope: Multum legendum, sed non multa, máxima que nos aconseja leer mucho pero no sobre demasiadas cosas. Yo no nada más leí y leo un poco de todo sino que además, como te digo, veo mucho cine y hago montones de otras cosas de todos los órdenes imaginables. Ahora mismo, no podría evitar en lo que escribo alguna sombra musical, de Rachmaninov, digamos, a quien escucho durante largas horas, en estos días; esa sombra es una especie de manto benévolo; y lo mismo debería decir de los pianistas a quienes escucho con tanto amor, Emil Gilels, Sviatoslav Richter, Marcelle Meyer. Y eso para no hablar de la otra música, del rock en especial, y también de distintas músicas populares.
Por otro lado, en cuanto a algunas cosas que escribo, mucha gente, ante la “mancha tipográfica” de un libraco mío de 1987, Incurable, dice: “es una novela”, y a mí me parece bien: ¿por qué aclararles, con voz engolada y pose de pavorreal, “no, no, este libro mío es poesía”? Si mis intereses estuvieran estrictamente acotados por la literatura y a ellos se redujeran, andaría yo frito; solía yo decir a los poetas jovencísimos, cuando todavía dirigía talleres, “si nada más les importa la poesía, no les interesa ni siquiera la poesía”, porque lo creo. Te diré, aquí entre nos, que me interesa más la pintura de Anselm Kiefer o de Francisco Toledo que muchos poemas que leo en revistas; o las películas de Chris Marker o los experimentos escénicos y vocales de Meredith Monk…; o un cuento de Danilo Kis o una novela de Pankaj Mishra que el último tomazo de don Perseverancio Perenganófilo, insigne poeta mexicano. Los poetas mexicanos me interesan, claro; pero no son tantos que no puedan contarse con los dedos de una mano —y sobran dedos—. En primer lugar, Deniz, Gerardo Deniz, y Coral Bracho. Luego, bueno: José Luis Rivas, Luis Vicente de Aguinaga. Puedo, y quizá debo decir: recurriré mejor a los dedos de las dos manos, para no herir susceptibilidades.
SIEMPRE HE SIDO DARIANO
Esa cita de Darío que traes a colación [“El mar, como un vasto cristal azogado, / refleja la lámina de un cielo de zinc”, del poema “Sinfonía en gris mayor”], a propósito de Incurable, del principio del libro, me parece maravillosa y me llena de regocijo: siempre he sido dariano. Como no soy, estrictamente hablando, un típico profesor universitario o un académico con toda la barba y todas las corcholatas y títulos —no tengo ningún título, cosa que de veras me apena, no creas—; como no estoy preocupado por nacionalidades y fechas, puedo pasar de las Prosas profanas a un libro de Clark Coolidge sin sobresaltos, muy quitado de la pena. No sé si está bien, pero así es mi vida de lector, aderezada con esas otras presencias, datos, obras, acaeceres, anécdotas, conversaciones.
EFRAÍN HUERTA ES MI MAESTRO EN TODA LA LÍNEA
La poesía de mi padre ha sido una influencia en mi propia poesía, y muy grande. Quiero creer, empero, que leo la poesía de mi padre desde un ángulo sólo mío; por ejemplo: estoy lejos de pensar que los poemínimos son la parte importante de su obra; o que es nada más un poeta chascarrillero y alburero, pícaro y algo así como experto en la vida callejera. Esos lados de su poesía son reales y más o menos interesantes; pero no lo son tanto para mí: en mi experiencia como lector, Efraín Huerta es un poeta existencial, con un punto de hermetismo que, me parece, nadie ha visto: un poeta de un lirismo anómalo y de una fuerza muy misteriosa: tiene mucho de William Blake, y no le ha tocado en suerte, por desgracia, un M. H. Abrams que lo lea con inteligencia y penetración visionaria. Es fácil descifrar sus “influencias”, y él mismo se encargó de señalarlas con bastante claridad —pero hay algunas vertientes de sus escrituras que me parecen formidables, fascinantes, y nada tienen que ver con González Tuñón o con Gutiérrez Cruz—. Hace algunos meses me puse a examinar su poema de homenaje a sor Juana Inés de la Cruz y me llevé algunas sorpresas mayúsculas: la relación de los versos efrainianos con el epígrafe gongorino abría unas perspectivas de riqueza insólita: todo se me apareció más denso, más significativo, más hermoso que como lo había leído hasta entonces. Quienes mencionan a Efraín Huerta al lado de Jaime Sabines como modelos de poetas fáciles y conversados sencillamente no saben lo que dicen; Huerta es de una complejidad tanto más engañosa cuanto que no se percibe de inmediato, y yo diría: casi nunca; a su lado, Sabines es de una facilidad y una claridad enternecedoras. Los hombres del alba es un libro entrañable para mí, me parece que muy mal leído en general. Así, entonces, Efraín Huerta es mi maestro en toda la línea, una influencia central para mí y un ejemplo de cómo vivir en medio del fuego poético. Quienes quieran montar una zonza escenita freudiana conmigo en términos de “matar simbólicamente al padre” deberían ocuparse de otras novelas; no es la novela de mi padre y yo, que, te aseguro, es mucho más interesante que eso. El diálogo con su poesía dentro de mi poesía nos llevaría muy lejos; pero mejor aquí le paro. Tú dirás.
NUNCA HE ESCRITO CON “RECURSOS DE LA ESTRATEGIA NEOBARROCA”
Estoy muy lejos de sentirme parte del movimiento llamado “neobarroco” y menos todavía del “neobarroso sudamericano”: ninguna de esas palabras, neobarroco o neobarroso, me gusta ni tampoco me dice nada. Pero, ni modo, he quedado con ese rótulo y debido a eso me formulan preguntas que, la verdad, no puedo contestar, aunque quisiera; es que, sencillamente, quedan fuera de mis ámbitos. Eso sí, hay poemas míos en algunos libros, como la antología Medusario, y de ahí el sambenito; ningún reproche, sin embargo, debo hacer a Sefamí, a Kozer o a Echavarren, buenos amigos, pero ellos decidieron que yo era parte de todo lo que antologaron con ese rótulo catalográfico, me incluyeron —con mi permiso, claro—, hicieron circular la idea y yo me quedé un poco perplejo.
Mi “identidad de poeta”, como llamas a una entidad que me resulta profundamente misteriosa, nada tiene que ver con escuelas o movimientos, con tendencias estilísticas o con proclamas y manifiestos; quiero decir, si entiendo bien aquello de mi “identidad de poeta”. Nunca he escrito con “recursos de la estrategia neobarroca” por una razón sencilla y contundente: ignoro en qué consisten semejantes recursos. Siento, debo decirlo cuanto antes, una admiración muy grande por poetas que han quedado clasificados en esa tendencia, como Néstor Perlongher, a quien conocí en Nueva York a fines de los años ochenta y con quien me entendí de maravilla: conversamos de lo humano y lo divino como viejos amigos el mismísimo día que nos presentó Jacobo Sefamí. Néstor murió muy poco tiempo después y la noticia me produjo una extraña desolación, como si hubiera muerto un amigo entrañable… pero es que, en alguna forma, lo era. También llegué a ser amigo, por carta, de Héctor Viel Temperley; es una lástima que no haya conservado ese intercambio epistolar de saludos, muy sencillo según recuerdo, pero auténticamente cordial (creo que me robaron las cartas: quien las tenga, devuélvalas, por favor… además de un ejemplar dedicado a mí de Hospital Británico). He aprendido mucho de ambos poetas, argentinos los dos; pero también de escritores muy diferentes a ellos, de otras nacionalidades, de otras épocas, de otros géneros literarios: un cuento de Roberto Artl, un ensayo de Hugh Kenner, un tratadillo neoclásico del siglo xvii, un diccionario de ciencias naturales, un artículo sobre astronomía.
Una nota más sobre Perlongher, si me permites. Cuando lo conocí, le dije cuánto me gustaba el título de uno de sus libros: Aguas aéreas, y que me hubiera encantado que se me ocurriera a mí para ponerle título a un texto mío. Pues bien: en el año 2007 Ignacio Solares me invitó a colaborar con regularidad en la Revista de la Universidad de México, que él dirige, y se me ocurrió ponerle a mi columna “Aguas aéreas”, con el debido crédito a Perlongher y una notita de homenaje en su memoria al pie de mi primer ensayo en esa publicación, aparecido en el mes de noviembre de ese año (unos apuntes sobre la pareja trágica de Hero y Leandro, texto que sospecho seriamente que nadie leyó… ¡pero cómo me divertí escribiéndolo!, de eso se trata, ¿no te parece?). La columna ha sobrevivido, increíblemente; me da mucho gusto, ¡y también por Néstor!
Debo decir un par de cosas más sobre este asunto que ya vengo arrastrando durante largos años; me refiero a mi catalogación como “neobarroco”. Desde mediados de los años sesenta, cuando comencé a escribir con una cierta porción de seriedad, traté de inventar una forma mía, propia e intransferible, incomparable, de escribir; no me salió nada bien al principio: El jardín de la luz, mi primer libro, de 1972, es apenas algo más que un ejercicio mono, con algunos poemas personales —como ese que recordaste, “A tientas en el corazón de la música”—, pero en general muy marcado por las lecturas poéticas de aquellos años, lecturas que nada tienen que ver con ese movimiento poético “neobarroco” de los años setenta en adelante. El asunto es en realidad muy sencillo: en mi segundo libro, Cuaderno de noviembre, de 1976, hay algunas alusiones y paráfrasis de José Lezama Lima, a quien tanto admiré… y aún admiro, pero no tanto como entonces. Sabida era la deuda de Lezama con Góngora, poeta “barroco” según los manuales escolares, y llamativa la manera enredada de escribir (barroca, según dicen) que distingue la obra de Lezama. Los ingredientes de la ecuación estaban, pues, servidos: Góngora, “barroco”, admirado por un “barroco moderno”, el cubano Lezama Lima, y en esa línea todos los “descendientes” deberían (deberíamos) ser llamados, por lo tanto, “neobarrocos”. Sencillamente no estoy de acuerdo, por lo menos en mi caso; no es un desacuerdo estridente, militante, sino más bien un poco indiferente. Con lo decisiva que fue durante muchos años, para mí, la obra lezamiana en mis poemas está trabada con muchas otras marcas más o menos profundas en lo que hago, incluso de prosa narrativa y aun ensayística, como te decía en la respuesta a tu primera pregunta: Juan Carlos Onetti, José Revueltas, por ejemplo. Los cuentos de Material de los sueños me parecen obras maestras absolutas en las que cualquier escritor de cualquier género puede aprender enormidades: la escritura de Revueltas es de tal modo poderosa y bella que mal haría uno en resistírsele; diría más: como ante cualquier obra de arte genuina, cualquier persona, de cualquier oficio, que quiera hacer las cosas de veras bien puede asomarse con provecho a esos cuentos. Nunca ha habido el menor apuntito o comentario crítico en esa dirección —la gravitación de la prosa en mis poemas—, pero no me sorprende; tampoco me parece importante, como no sea para mí, una vez más. En fin: seguiré largo rato con el rótulo de “neobarroco” y no hay mucho que hacer, como no sea estas aclaraciones, gracias, ahora, a esta conversación que tenemos.
Por lo demás, la palabra “barroco”, en la doxografía historiográfica de la literatura, tiene un destino curioso, anómalo y, al final, un éxito imparable. Proviene de la crítica de las artes plásticas y la verdad nunca se ha aclarado su sentido, a pesar de tantos esfuerzos honestos y otros no tanto; por lo tanto, su utilidad histórica, o histórico-crítica, es limitada, si no es que nula. Sería como hablar de “churrigueresco” ante un poema muy enredado, en aparente diálogo con la fachada del Sagrario metropolitano. Son ideas, ocurrencias. La verdad, no pienso en Góngora —mi poeta favorito, como sabes bien— en términos de “barroquismo”. ¿Para qué demonios voy a emprender un esfuerzo catalográfico con don Luis, si ya bastante tengo con leerlo tanto y tan bien (o tan mal) como puedo?
INCURABLE IRRITÓ A LOS LECTORES DOGMÁTICOS
Ni Incurable ni otros libros míos son, para mí, “neobarrocos”. Estoy completamente de acuerdo contigo cuando dices que ese libro “parece no respetar ningún límite”, pues por ahí iba la cosa para mí cuando lo escribía. ¿Cómo iba a preocuparme, entonces, el límite de una escuela o un estilo o un movimiento? No sé si es un buen libro o no —no me toca decirlo—, pero por lo menos no quise plegarme a ninguna forma establecida de antemano ni “pagar deudas” con la tradición ni hacer como que trataba de hacer algo original; quise hacer algo mío, nada más: “mío en mí”, como más o menos decía Darío en uno de sus prólogos. Desde luego, la extensión del libro se ha prestado a muchos malos entendidos; como si esos “lectores dogmáticos” que mencionas no perdonaran cierto gusto por escribir, por hacerlo con abundancia, por presentar un libro de poesía al margen de los formatos consabidos. Nunca terminaré de agradecerles a Vicente Rojo, Héctor Manjarrez y Jorge Aguilar Mora que hayan decidido publicar el libro prácticamente tal y como lo entregué; digo “prácticamente” porque sugirieron algunos cortes que yo acepté de buena gana: en mis cajones conservo todavía algunas decenas de páginas de incurabilia que quizás un día rescate para la diversión de mis amigos. Esos compañeros de la editorial Era se portaron extraordinariamente bien conmigo. Manjarrez y Aguilar Mora dirigían entonces (1987) la colección Claves y mi libro entró en ella por su decisión. Ha sido una de las grandes alegrías de mi vida.
El libro irritó a esos dogmáticos en buena parte por esas referencias “cultistas” que recuerdas: para ellos, siempre será mejor escribir desde la docta ignorancia o la ciencia infusa o la inspiración sonámbula, sin la menor notita de cultura, ni siquiera de “cultura general”; por eso detestan a Gerardo Deniz y niegan, con extraño resentimiento, que lo que él hace sea “escribir poesía”. Como a mí no me pareció sano ni sensato ni consecuente excluir de Incurable —como la he excluido en todos mis otros libros— la parte que tiene que ver con mis lecturas y mis experiencias “cultas”, pues las incluí en la forma que me pareció más natural. Para quien haya leído el libro con un mínimo de atención, será evidente, empero, que lo principal no es la culturita libresca de su autor, sino asuntos de un orden muy diferente —pero eso nos llevaría por otros rumbos, un poco penosos para mí: me refiero al alcohol, a la ingesta alcohólica, a la deriva erizada del cuerpo adicto extraviado en la noche mexicana, un tema indudable-incurable del libro, y la verdad, no estoy seguro, quizá su tema principal.
ESCRIBO AL MARGEN DE LÍNEAS PROGRAMÁTICAS
Escribo de acuerdo con mi talante de cada momento, de cada temporada, y no me propongo en modo alguno dar golpes de timón para cambiar de rumbo; compongo mis poemas de acuerdo con mi gusto, procurando que sean poemas míos, sea lo que fuere esto. Nunca de los nuncas me he planteado abandonar la poesía “coloquial” y entrar en la poesía “hermética”, o viceversa, porque para mí se trata de decisiones en el momento mismo de escribir, de comenzar a explorar una línea, un puñado de palabras, una imagen; el coloquialismo y el hermetismo son, por lo menos para mí, entidades cargadas de irrealidad. No puedo ver, entonces, “dos grandes estados formales que se complementan y se condicionan” en lo que escribo, como me preguntas (y no puedo hacerlo porque no quiero ver mi poesía grosso modo); lo que veo es una multiplicidad, una proliferación, una variedad creciente y de ninguna manera una dicotomía o una dependencia de decisiones programáticas: ahora hermético, ahora coloquial, ahora en busca de una especie de extraño, imposible, indeseado equilibrio. La crítica de poesía en español suele equivocarse en forma monumental cuando trata de organizar el mundo en parejas. Por ejemplo, para la crítica de los siglos xviii y xix, los romances de Góngora son fáciles, luminosos, accesibles; los poemas largos, el “Polifemo” y las Soledades, son para ellos una monserga intransitable, un delirio incomprensible, la obra de un loco arrogante: hay una luz y una sombra gongorinas, entonces, afirman ellos para facilitarse la vida —y la tarea del poeta consiste en complicársela, como le oí decir un día memorable a Derek Walcott, uno de mis héroes poéticos—. Esa distinción dicotómica en la obra de Góngora fue hecha por Manuel José Quintana y por Marcelino Menéndez Pelayo, entre muchos otros, siguiendo una observación de Cascales en el siglo xvii; pero resulta que uno de los poemas más difíciles de don Luis es el romance de Píramo y Tisbe, cuyas oscuridades dejan como un dechado de claridad los pasajes arduos del “Polifemo” o las Soledades. De esos dos grandes poemas, prácticamente todo ha quedado aclarado; en muchos romances y poemas popularistas de don Luis hay todavía zonas de sombra. Caray, perdón; ya me puse a hablar de Góngora, y si comienzo con eso nunca termino, como me temo que sabes, Felipe.
Sin embargo, sí te puedo contar cómo durante algunos años, al principio, la fidelidad poética de Jorge Guillén fue para mí una especie de ejemplo de vocación a toda prueba. Luego me alejé de su poesía pero seguí teniéndole un gran cariño; curioso: me acerqué a sus ensayos (y a los de su hijo, Claudio Guillén, maestro de la literatura comparada). En un viajecito a España me hice con la tesis gongorina de don Jorge Guillén y fue un descubrimiento muy agradable. Otra figura semejante, para mí, a la de Jorge Guillén, fue, durante largos años, la de Lezama Lima; si esos dos forman una dicotomía o una pareja contrastante, es algo que ignoro: ando hace ya muchos lustros por otros rumbos, leyendo otras cosas, mucha poesía en lengua inglesa, poesía española de los siglos de oro, a sor Juana Inés de la Cruz, ensayos de crítica de poesía, un poco de historia literaria, y bueno, siempre leo novelas. Y un poco de todo. Leo poemas que me gustan, que me buscan y yo procuro que me encuentren; me da igual de dónde vengan: releo muchos poemas de Marianne Moore, por ejemplo, y me gusta siempre regresar a los franceses tan queridos, como René Char y los grandes del xix, ahora que me pude agenciar algunas preciosas ediciones de La Pléiade; así, puedo leer ahora como siempre quise hacerlo a Perse, a Rimbaud, a Apollinaire, a Mallarmé, a Baudelaire.
VIDA Y POESÍA SON LO MISMO
Las relaciones entre poesía y vida no son tales: no hago una distinción entre una y otra; quiero decirte que para mí hay una identidad absolutamente orgánica de las dos. Y por una razón casi ontológica: la poesía no es algo “que hago”; es, por el contrario, algo que forma parte fundamental y duradera —quiero decir: mientras yo dure— de mi vida. Así, entonces, no puedo distinguirlas: son lo mismo. Escribo, desde luego, como lo que soy, con lo que puedo, con lo que sé, con todo lo que se me va ocurriendo y con todo lo que experimento; es decir: soy yo sin duda quien escribe, pero esa persona está inmersa hasta las cejas en el lenguaje y en el momento de escribir puedo encarnar ciertos ritmos, ciertas modulaciones propias del lenguaje, y me entrego a una actividad en la que me dejo modelar, por así decirlo, por la energía del lenguaje. Hay en todo esto una porción infinitesimal de chamanismo, de curanderismo; quien me abrió los ojos a este hecho fundamental fue Ted Hughes, y en especial cuando traduce poemas, incluso de idiomas que él no conocía, por medio del recurso de examinar milimétricamente versiones yuxtalineales que hacían para él native speakers o simples conocedores de esas lenguas. Hace muchos años yo mismo traduje un libro sobre un curandero peruano que se titula El chamán de los cuatro vientos, del antropólogo norteamericano Douglas Sharon. En este sentido, el libro que preparó Daniel Weissbort con una selección de las traducciones poéticas de Hughes es una guía absoluta para mí, pues me permite asomarme a la forma en que un poeta grande —para mí, Hughes lo es sin la menor duda— se mete de lleno en los magmas lingüísticos y modela esas energías, crea vórtices, traspasa formas y las recrea y al otro lado del espejo de la traducción recoge y organiza auténticas invenciones, como las del Libro Tibetano de los Muertos o sus traslados de Sófocles. Eso es pura vida trasmitida a través de un lenguaje purificado hasta la incandescencia. ¿Cómo decir “aquí la vida”, “allá el lenguaje”, o a la inversa? Imposible.
NO TENGO PREJUICIOS CON LAS PALABRAS
Para mí no hay en absoluto palabras “antipoéticas” o “poco poéticas”: es una distinción no solamente falsa sino profundamente equivocada. Tú lo entiendes así también: por eso pones comillas alrededor de los dos adjetivos. Hay un momento decisivo en la vida de un lector joven: cuando en un poema encuentra, digamos, la palabra “trolebús” o la palabra “orina” o la palabra “estructura”: la reacción de ese lector puede ser alguna de éstas: “no, este poema está equivocado porque incluye palabras así”, o bien dice “¡ah!, ¿entonces también esto se vale sin que la poesía deje de ser poesía?, esto se está poniendo interesante”. El primer tipo de lector joven es profundamente conformista y poco curioso; el segundo tiene posibilidades ciertas de llegar a ser un buen lector. El puritanismo lingüístico revuelve aquí las cosas de una manera curiosa: donde en el otro puritanismo aparecen palabras como “decente” o “inmoral”, en este puritanismo surgen expresiones como “antipoético”, “vulgar”. La belleza ocupa en este puritanismo el lugar del bien en el otro: esto es feo, por lo tanto es no-poético: esto es indecente, ergo es inmoral.
Nunca he rechazado palabras por su poca belleza o por su uso académico o por su origen científico; tampoco por su utilización callejera o popular. Sería como rechazar algunas experiencias por no ser suficientemente poéticas: quién sabe qué puede significar esto. Las palabras, según yo, no se gastan; se gastan ciertas formas de pensamiento y algunos tipos de conducta intelectual. Por ejemplo: la crítica literaria de cierta sociología, que funciona con enunciados en bloque, ya no resulta, desde hace algún tiempo, un estímulo para el pensamiento: es una forma estéril de pensar, repleta de automatismos, algo así como un funcionamiento robótico. Pero para mí las palabras “burguesía” o “conciencia” están tan llenas de vivacidad como uno pueda otorgarles, de acuerdo con su capacidad (en algún poema mío el subtítulo era “Un poema burgués”). No tengo problemas con las palabras; aunque sería incapaz de escribir algunas frases que me resultan moralmente repugnantes. Piensa, por ejemplo, en la peligrosa ignorancia que lleva a tantas personas, incluso de buena fe, a utilizar indistintamente palabras como “judío”, “israelí”, “israelita”, “semita”, “sionista”; o bien la forma confusa en que se habla (y se escribe) sobre “musulmanes”, “mahometanos”, “islamistas” o “islámicos”, “moros” y aun “sarracenos”. Cada una de esas palabras tiene un significado preciso; usarlas de cualquier manera —sobre todo de una manera ignorante, indiferente a sus cargas históricas e ideológicas— puede ser francamente peligroso. Algo parecido ocurre con las palabras de un poema: más nos vale conocerlas bien para no usarlas a lo loco; el poeta tiene siempre algo de filólogo, ¿no crees? No tengo prejuicios con las palabras, que son inocentes; tengo desacuerdos profundos con algunos individuos que las utilizan para sus fines destructivos o criminales.
He utilizado en un poema de tema grave el adverbio “mismamente”, tan “incorrecto”, tan “feo”, y me quedé tan tranquilo; en ese momento me sirvió para lo que quería decir. Te lo cuento para el expediente: no menos de cuatro personas, que yo recuerde, me dijeron que la tal palabrita les disonaba en un poema de tema trágico, grave.
En todo esto de las palabras hay clasismo, racismo y una tremenda ignorancia. Eso sí: es una lata que prácticamente todos los insultos sean “políticamente incorrectos”; no sabe uno ya cuáles utilizar, ¡y con la falta que hacen!
EL ÚLTIMO COMUNISTA DE MÉXICO
No pertenecí al Partido Comunista (PC) en mi juventud: fui en esos años juveniles, en cambio, un acérrimo “compañero de viaje”, curiosa expresión que significa solidaridad práctica, casi diría militante, con las actividades de esa organización ya desaparecida, pero desde fuera de sus filas. Entré en el pc en mi edad adulta, en 1981, a mis 31 años, por razones estrictamente tácticas, políticas y pragmáticas, poco antes de que se creara el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), del que fui fundador; estuve apenas unas pocas semanas en las filas del PC. Te lo explico brevemente: antes de la fusión de organizaciones que dio origen al PSUM, los camaradas del pc hicieron una especie de campaña para que cuando su partido se disolviera, los ex-comunistas ingresaran (ingresáramos) en la nueva formación política como una “corriente” con muchos integrantes; mis viejos camaradas me pidieron que me afiliara al PC en esos últimos días, y lo hice con gusto, para contribuir a esa finalidad. Tuve acreditación del PSUM después de tener carnet del PC durante algunos días; ahora no pertenezco a ninguna organización política. Mi carnet de comunista está firmado por Arnoldo Martínez Verdugo, cuya contribución a la democracia en México sólo podría ser negada o puesta en duda por los francamente oligofrénicos.
Hay algo que digo continuamente con cierto gusto: es posible que yo haya sido, en términos estrictos y muy formales, el último comunista de México, en el sentido de haber entrado en el PC cuando éste estaba a punto de desaparecer. No lo sé con certeza.
En cuanto a las coacciones políticas para escribir de una manera programática, nunca fui victimado por dómine alguno, por ningún comisario. Crecí, como creo que te lo he contado, Felipe, en un medio de viejos estalinistas; ninguno de ellos me dijo nunca “si escribes tienes que hacerlo de esta manera” o “sirve al pueblo y a la causa revolucionaria con tus poemas”. Eso no quiere decir que no haya pasado yo por algunos problemas y conflictos graves, vividos en una soledad un poquito desesperante; lo diré en forma sucinta: durante largos años fui buscando las vías de “desestalinizarme”, y lo conseguí en un tiempo relativamente corto. “Desestalinizarse” ha significado asumir actitudes críticas ante Cuba, por ejemplo; ante movimientos armados; ante diversos problemas sociales; ante el deterioro del medio ambiente; ante la situación de las mujeres en nuestro país y en el mundo; ante el anti-intelectualismo de la derecha y de la izquierda, territorio en el que ambas coinciden a menudo con aterradora regularidad. Y por supuesto, desestalinizarme ha significado revisar la historia de Rusia y de la Unión Soviética con otros ojos, otro espíritu, sin ilusiones, sin ingenuidad, sin esa buena fe de las almas bellas que es una de las formas corruptas de la mala fe. En este sentido, los libros de Orlando Figes han sido para mí una auténtica iluminación. Imagínate: uno de mis libros de cabecera en la niñez era el Poema pedagógico, de Antón Makarenko, sobre la rehabilitación socialista de los que ahora llamaríamos “niños de la calle” en la urss: todo muy lírico, muy idílico. Los “rehabilitados” por medio del sistema de Makarenko se convirtieron en agentes de la Cheka y luego de la KGB, en torturadores y delatores.
Siempre será uno víctima de acusaciones de estalinismo atroz cuando se atreve a manifestar simpatía por alguna causa de izquierda o a decir su adhesión a una causa como, por ejemplo, la de los palestinos. En este último caso, al infundio de estalinismo se suma el de “terrorista islámico”. En ese mismo tenor, en algunas ocasiones me han acusado de “antisemita”; pero cuando se atreve uno a criticar a algún antisemita siniestro de los que abundan, entonces se convierte en “cómplice de los genocidas sionistas y asesinos del pueblo palestino”. Me ha sucedido pero contártelo nos llevaría por senderos ya muy diferentes de los que animan esta entrevista. Total: no puede uno quedar bien nunca.
Ahora bien, te diré que sí he escrito textos de poesía comprometida o de contenido social, y no pocos. He escrito poemas sobre el movimiento estudiantil de 1968, sobre el golpe militar en Chile en 1973, sobre las muertas de Ciudad Juárez, entre muchos otros temas; el primer poema de un libro de 1976, Cuaderno de noviembre, está dedicado al 68. Escribí un poema contra los militaristas de los Estados Unidos y en especial contra el hipócrita general Colin Powell. Yo sé que en el medio literario mexicano no se ve nada bien escribir ese tipo de textos; pero a mí no me importa nada lo que se vea bien o mal en ese medio: escribo lo que quiero como buenamente puedo.
lunes, 14 de septiembre de 2009
El jardín de las delicias según Sarabia
Julio Eutiquio Sarabia, Tesitura. Monte Carmelo, Comalcalco, 2008, 101 pp.
Si la poesía tuvo su origen en el canto y la música, el poemario Tesitura intenta su habla desde esa raíz sonora. Es una mirada hacia el principio y, al desandar el tiempo, el discurso lírico se nutre con las voces de quienes han dado sentido al arco humano tendido entre el génesis y el apocalipsis. La singularidad de Tesitura consiste en que el habla, el yo lírico, está instalado después del tiempo. Por ello está concebido como un réquiem, un concierto donde la gravedad de lo fúnebre no está reñida con una visión carnavalesca de la historia.
Regidos por el título, en Tesitura hay abundantes términos provenientes de la música; pero más que una estructura de orden musical, percibo la diseminación de tales términos sólo para sugerir una orquestación de las voces líricas que presiden los diversos poemas. Aunque este poemario se desarrolla como una polifonía de voces (en realidad una voz plural), no es posible visualizarlo en un pentagrama como se ha hecho, por ejemplo, con Un coup de dés de Mallarmé; al contrario: me sugiere un mural pintado por un miniaturista.
Espero no equivocarme en esta apreciación, pues sé poco de música y menos de musicología, sin embargo creo que Tesitura tiene más afinidades con la pintura que con la música; o mejor: es un poemario cuya cualidad sonora adquiere dimensiones plásticas. Pienso en el tríptico El jardín de las delicias de El Bosco, que presenta tres estadios de la historia según la mitología cristiana: el paraíso, el mundo de los hombres y el infierno. Los diversos personajes no están representados según la proporción clásica sino según la condición moral, y lo que El Bosco muestra es que, excepto Adán y Eva en el primer panel, los humanos están en una situación de falta y de extravío debido a su ignorancia de dios. Si el Cristo salvador, a diferencia del Padre vengativo, afirma en el evangelio de Juan que él es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14: 6), y si la verdad radica en el conocimiento de dios, entonces los hombres de El Bosco no podían sino ser caricaturas morales: seres caídos de la verdad, atados al extravío, alejados de la vida y atrapados en la jaula de su locura. Sobra decir que en el tercer panel, correspondiente al infierno, los hombres dejan de ser hombres, pues sólo son seres grotescos, carne de tormento sometida a sufrimientos absurdos e inacabables.
De manera semejante, en Tesitura lo humano es percibido como una expresión de lo grotesco, los actos humanos incluyen el resorte de la maldad y por eso el hombre no puede ser sino caricatura de sí mismo, esperpento de una imagen ideal que nunca le será dado alcanzar. Para expresar esta situación, Sarabia parafrasea diversos mitos —bíblicos, griegos, aztecas— y da su versión de la historia humana. Esta lectura de los mitos, sin embargo, es posible sólo desde una visión irónica. O de manera precisa: la realidad humana leída a través de los mitos no puede ser sino una lectura irónica y no pocas veces sarcástica. A semejanza de las cosmogonías y teogonías, y como en El jardín de las delicias, en Tesitura se habla desde el origen. Los dos versos iniciales del libro son, en sus diversas acepciones, una declaración de principios: “Desde la luz líquida, sábelo antes de emprender el treno, / atisbaba ya los prodigiosos colores de las fiestas.”
En el principio está el fin. La “luz líquida” me recuerda el versículo segundo del Génesis: “el espíritu de dios se movía sobre la faz de las aguas”. Para el mito bíblico —y para la tradición cabalística—, dios es luz de cuya emanación surge el universo. “Desde la luz líquida” sugiere, entonces, el origen, antes de la creación, antes del tiempo. Por otra parte, el treno es un canto fúnebre; proviene de la palabra griega thrênos, que significa lamento. Como la definición del diccionario de la Academia de la Lengua es muy pobre, costumbre habitual de los señores que redactan esa cosa, quiero citar la definición de Wikipedia, pues arroja cierta luz sobre la propuesta lírica de Sarabia: “Composición de la lírica griega arcaica, es un lamento fúnebre destinado a ser ejecutado por un coro con acompañamiento musical. Se cantaba en ausencia del muerto, al contrario que los epicedios, poemas en lo demás muy afines. Los trenos más conocidos son los de Píndaro y Simónides, que suelen utilizar el lamento por el muerto como punto de partida para la reflexión moral sobre el destino humano.”
Quizá algún lector purista diga que la poesía de hoy debe estar lejos de la reflexión moral; pero si el poema habla del hombre, ¿cómo eludirla? Gran parte de la poesía de Octavio Paz, por ejemplo, es, como en los trenos de la Grecia antigua, una “reflexión moral sobre el destino humano”. Pese a la experimentación verbal —que en sus momentos de mayor radicalidad condujo al poema hacia las fronteras del silencio y la destrucción—, quizá todos los poetas de la modernidad han dado continuidad al treno: de Hölderlin a Baudelaire, de Rimbaud a Pound y de Eliot a Celan. Lector atento de la poética moderna, Sarabia se inscribe esta tradición, pues los poemas de Tesitura suscriben una visión crítica de los actos humanos. Daré sólo un ejemplo que destaca por su tono escéptico y feroz. El último párrafo del poema en prosa “Notación” es una suerte de moraleja que no requiere que lo contextualice: “(Combaten raquíticas fortunas por unas cuantas pajas: acólitos unos de la fe y acólitos los otros de la ley. ¡Horrible siglo de prosélitos y de santones!)”
A partir de estas consideraciones, creo que los versos iniciales cifran el tema de todo el libro: Tesitura es un poema fúnebre ofrecido a un muerto ausente. Repetiré los versos: “Desde la luz líquida, sábelo antes de emprender el treno, / atisbaba ya los prodigiosos colores de las fiestas.”
El hablante poético inicia, pues, con dos advertencias. La primera afirma que hablará desde el origen y de lo que ya desde entonces preveía: “los prodigiosos colores de las fiestas”, y recordemos que, en la estructura del mito, la fiesta incluye la expiación y el sacrificio. La segunda advertencia afirma que el poema es un treno, es decir un réquiem, una elegía.
Ahora bien, ¿desde qué lugar habla el yo lírico de Tesitura? Con mirada retrospectiva, habla desde el fin, desde un lugar hipotético donde sucede el apocalipsis, y en algunos pasajes habla desde un lugar donde el apocalipsis ya ha sucedido. El poema se referirá entonces al que ha muerto, a lo que ha muerto, a lo que fue. Por eso hay pasajes de intensa añoranza: “Me vuelvo hacia la puerta y rememoro / la urgencia fantasmal de ciertos sueños / en los que una espalda se encamina hacia el jardín / o hacia el páramo donde uno se despoja de legión.”
De nuevo hay referencias bíblicas. La primera remite al jardín del Génesis: la espalda que “se encamina hacia el jardín”, sólo se encamina, nunca llega, ese movimiento hacia el origen es, en otras palabras, la utopía: el intento de instalar, en el futuro, el tiempo originario. Pero el hablante sabe que ese intento de regresar al jardín ha desembocado en Estados totalitarios, en la muerte, en el caos, pues como él mismo dice: “Está dicho ya en el Génesis y está en las abusiones / que auguran de nuevo el encuentro con el Caos.”
La segunda referencia bíblica se refiere a un pasaje de los evangelios (Mateo 8: 28-34, Lucas 8: 26-39, Marcos 5: 1-20) en el que Cristo libera a un hombre poseído: “Mi nombre es Legión porque somos muchos”, le dice el demonio al Cristo cuando éste le pregunta su nombre. Así, pues, cuando el yo lírico habla del “páramo donde uno se despoja de legión” se refiere al anhelo de ser él mismo, de no ser los otros, sin embargo sólo podrá ser los otros. Ya Sartre nos ha recordado que el otro es el infierno. Quizá por eso en el libro se percibe un aire de Juicio Final. El hablante de Tesitura es como otro san Juan en la isla de Patmos, un visionario desengañado que narra un Juicio Final más carnavalesco que aterrador y más crítico que ejemplar. Así lo refiere en el poema “Paraísos perdidos”: “La biblia de las migraciones, el aria alucinante en Juan de Patmos / he presentido en ese andar violento sobre el césped / y en ese sacudirse la ropa con el fragor de quien / prolonga el zarandeo porque, sin tregua, lo siguen unas fauces. // La herrumbre en la cruz de hierro le recuerda al transeúnte / los vestigios que perpetúan en Abel la cólera nefanda de Caín. / Atisba el hacha que desciende a plomo sobre el árbol, / la picana eléctrica que le recetan al cordero.”
Este último verso adquiere una dimensión al mismo tiempo trágica e irónica si recordamos que la picana eléctrica fue inventada por Polo Lugones, hijo del poeta argentino Leopoldo Lugones, y que ha sido el instrumento de tortura favorito de las dictaduras militares. El cordero no sólo remite a los disidentes políticos sino al Cristo, el agnus dei, el cordero de dios que debe ser sacrificado para que los hombres puedan acceder a la salvación, no obstante que en Tesitura ni siquiera se plantea la salvación. Como en las miniaturas medievales, en Tesitura hay una visión satírica de la danza de la muerte en las fauces del abismo.
Ahora bien, para tejer este cuadro de perspectivas múltiples y simultáneas, el poeta ha recurrido a un yo lírico plural. El hablante de Tesitura es la voz caleidoscópica de quienes han vivido sobre la tierra desde el principio. Un verso del primer poema dice: “En muchos otros fui concebido al clamor de los caudales”.
Y en “Kashima”, el último poema del libro, el hablante declara: “Tantos nombres he sido en el ascenso y el declive, / en la cresta del agua y en las horadaciones ocultas por un velo, / en la niebla y en la completa desnudez de los solsticios”.
El hablante de Tesitura es omnisciente porque ha sido los hombres y los nombres de la historia. “Los prodigiosos colores de las fiestas”, que anunciaba ya en el segundo verso del libro, se refiere a esta caudalosa metamorfosis del ser y del signo que lo nombra. El hablante es un Proteo carnavalesco pero también el cantor de esas perpetuas transformaciones de seres y de nombres: “un saltimbanqui me vi reflejado en otros ojos / y un barítono me torné al modular el nombre de la cosa.”
En efecto, la tesitura del hablante de Tesitura es la de barítono: una voz grave, la voz que corresponde al treno. Lo que fue, el muerto, no puede ser cantado sino en esa tesitura.
viernes, 5 de junio de 2009
Arreola y el género varia invención
(Fragmento)
INTRODUCCIÓN
Hay autores que, desde su primer libro, incluyen las líneas formales de lo que será su escritura. En ese movimiento inicial de formas literarias asoman las facetas, los rasgos, las fallas y las tensiones que habrán de dar cuerpo a una obra. El primer libro aparece como una piedra fundacional donde, por un lado, es evidente la convergencia de tradiciones literarias y, por el otro, se percibe el devenir de una escritura que sólo estaremos en condiciones de evaluar con amplitud cuando se haya desplegado en un horizonte de comprensión, cuando se haya intersectado en las redes escriturales de su tiempo y condicione el devenir de un continuum literario. Ejemplo de este linaje fue Juan José Arreola, quien desde Varia invención (1949),[1] su primer libro, decidió que su escritura debía ser una hibridación de géneros, un diálogo con tradiciones literarias diversas y un espacio imantado por la poesía. Dicho título, por cierto, le era simpático a Borges —un creador de amplios registros cuya obra influyó de manera decisiva en Arreola—, quien escribió en el prólogo a Cuentos fantásticos: “Un libro suyo, que recoge textos de 1941, de 1947 y de 1953, se titula Varia invención; ese título podría abarcar el conjunto de su obra.”[2] Coincido con el autor de Ficciones, pues creo que analizar esa acuñación verbal nos permitirá comprender con cierta amplitud la propuesta literaria del escritor zapotlanense.
En este movimiento que conduce hacia la materialización de la obra —las engarzaduras, el tejido de las tramas visibles e invisibles, y la manera de anudar los hilos en ese espacio que será el lugar de la obra—, indagaré las características de esa propuesta formal; y más allá de la singularidad de la escritura arreoliana —la espléndida articulación de sus cláusulas, la armonía de su andadura, la tensa vivacidad de sus imágenes, su índole poemática y ese humor que nace de una visión trágica del mundo, atributos que han sido analizados in extenso desde posiciones críticas incluso opuestas—, analizaré la génesis del término “varia invención” y su constitución como género literario. Asimismo y de modo tangencial trataré de explicar cómo Arreola violentó el continuum de la literatura mexicana y posibilitó una escritura cuya condición de ser radica en la apertura, la hipertextualidad y la fusión de fronteras genéricas.
Antes de Varia invención, Arreola había publicado Gunther Stapenhorst (1946),[3] una plaquette perteneciente a la Colección Lunes que dirigían Pablo y Enrique González Casanova. Dicha plaquette está integrada por dos textos: uno se titula “El fraude”, estructurado a partir de los cánones cuentísticos del siglo XIX; y el otro, “Gunther Stapenhorst”, se puede leer como un cuento, como un ensayo de ficción, como una semblanza imaginaria (o una biografía ficticia) y como una nota necrológica; es decir, en un mismo espacio literario se intersectan cuatro formas literarias. Digo formas literarias y no géneros porque, en estricto sentido, sólo al cuento le podríamos llamar género. Para algunos teóricos de literatura, el ensayo de ficción, la biografía ficticia y la nota necrológica serían subgéneros e incluso, en el caso de la nota necrológica, meras formas de escritura que, sólo mediante el trabajo del escritor, se pueden convertir en literatura. En este apartado, y para no entrar en la irresuelta polémica sobre la prudencia o imprudencia de los géneros, convengamos en que géneros, subgéneros y especies son formas literarias. Doy por sentado que, por ejemplo, una receta de cocina es una forma literaria sólo si el escritor la sustrae del espacio culinario y la injerta en el espacio de la literatura. Toda forma escritural, o casi toda, es pasible de ser metamorfoseada en literatura y, por lo tanto, es posible tensar sus márgenes de modo que pueda intersectarse o injertarse en diversos géneros. Ahora bien, me detuve en “Gunther Stapenhorst” porque además de haber sido la primera de las numerosas biografías ficticias que Arreola escribió a partir del modelo propuesto por Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias, este cuento anuncia el advenimiento de una escritura proteica; diré incluso que es un texto vidente, pues visualiza —de manera precaria, no obstante— la obra que vendrá.[4] Y quizá porque fue una cristalización de formas irregulares, un experimento narrativo que le permitiría luego tallar cristales casi perfectos, Arreola nunca incluyó “Gunther Stapenhorst” en sus obras y sólo permitió que fuera publicado, tres años antes de morir, en la revista Biblioteca de México.[5] Quiero señalar además que los dos cuentos de la plaquette —concebidos desde estrategias narrativas opuestas, uno desde el canon y otro desde la vanguardia— prefiguran la tensión que habría de regir toda la obra arreoliana: el impulso por subvertir los cánones de la tradición literaria desde los cánones consagrados por esa misma tradición. Arreola fue un cismático dentro del templo; de modo paradójico, pero consecuente, su herejía formal contribuyó a la vitalidad del templo.
HACIA LA FUSIÓN DE FORMAS ESCRITURALES
Varia invención reúne sus textos elaborados entre 1941 y 1949. Escritor exigente desde joven, excluyó “Sueño de navidad”,[6] su primer cuento, y, como dije líneas arriba, “Gunther Stapenhorst”. La primera edición de este libro es muy diferente respecto de la establecida en las Obras de Juan José Arreola, publicadas por Joaquín Mortiz entre 1971 y 1972, pues en ésta sólo quedaron cuatro de los 18 textos de la edición original (once pasaron a Confabulario y tres a Bestiario).[7] Para mostrar que, desde el principio, Arreola concibió cada texto como un hipertexto donde convergen no sólo diversas formas escriturales provenientes de tradiciones literarias diversas sino que parodió, parafraseó y citó de manera directa e indirecta obras y tópicos literarios, haré un rápido seguimiento formal de los textos que integraban la Varia invención de 1949.
“Hizo el bien mientras vivió” es un cuento de ironía finísima y amarga, estructurado a la manera de un diario personal.[8] En una entrevista con Emmanuel Carballo, Arreola afirma que este cuento “proviene directa e inmediatamente de Georges Duhamel”; y líneas adelante precisa:
“Duhamel con su Diario de un aspirante a santo, que se desarrolla en
París y refiere una serie de problemas teológicos y familiares, me proporcionó
el instrumental adecuado para enfrentarme a hechos y personas de la provincia
mexicana. Entre otras, estas herramientas fueron el tono de voz y la ironía.
También, la buena fe vista desde un plano oblicuo.”[9]
Más allá de que esté estructurado en forma de diario personal, si analizamos la gradación expositiva de las oposiciones morales y su carácter ejemplar, diremos que este cuento guarda cierta similitud con los exempla de El conde Lucanor de don Juan Manuel.
“Nabónides” puede leerse como una biografía imaginaria del último rey de Babilonia, como un ensayo de ficción histórica y como la reseña de los descubrimientos arqueológicos del profesor Rabsolom en la Babilonia del rey Nabónides.
“El converso” es un cuento de teología ficción o de ficción teológica o de teoficción, pues el hereje Alonso Cedillo, preso en una de las cárceles de la Inquisición, narra su apostolado redentor en los círculos del infierno, donde no hizo más que agregar un tormento más: el de la esperanza. Si los metafísicos de Tlön, como dice Borges, “juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica”,[10] Arreola parte del supuesto de que las religiones pueden concebirse también como formas de la literatura fantástica; y en efecto, hay numerosos textos en su obra que se basan en motivos provenientes de la Biblia, y de la historia y de la literatura cristiana.
“El faro” es un cuento breve e intenso, su atmósfera asfixiante recuerda la literatura existencialista.
Aunque “Un pacto con el diablo” surgió, según Arreola, a partir de la película All that Money can Buy (1941), dirigida por William Dieterle, y basada en el cuento “The Devil and Daniel Webster” (1937) de Stephen Vincent Benét,[11] en realidad escenifica un antiguo tópico que ha tenido excelentes expositores: Christopher Marlowe, Calderón de la Barca,[12] Goethe y Thomas Mann, entre los más destacados; en este sentido podemos decir que es un cuento hipertextual, pues parafrasea en un doble plano (tanto en la película como en la realidad de los personajes) un tema que otros autores han dramatizado y narrado con amplitud. Antes de continuar aclaro que refiero la “hipertextualidad” de Gérard Genette, quien la describe en Palimpsestos como “toda relación que une un texto B (que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (al que llamaré hipotexto) en el que se injerta de una manera que no es la del comentario”. Más adelante ejemplifica: “La Eneida y el Ulysses son, en grados distintos, dos (entre otros) hipertextos de un mismo hipotexto: la Odisea”.[13] En nuestro caso y sólo desde la tradición literaria, “Un pacto con el diablo” de Arreola, “The Devil and Daniel Webster” de Benét, Doctor Faustus de Thomas Mann y Fausto de Goethe son, pese a sus radicales diferencias, hipertextos de La trágica historia de la vida y la muerte del doctor Fausto de Christopher Marlowe (el hipotexto).[14] Este cuento ejemplifica, en su modesta realización, la complejidad del palimpsesto literario. Hay que señalar además que Arreola introduce el cine en el cuento, no obstante que lo hace como parte de la escenografía. En Palindroma, su libro último,[15] hay experimentos narrativos donde el cuento bordea los límites del anti-cuento. En “Hogares felices”, por ejemplo, los planos de la película y la realidad narrada se intersectan, y generan un desenlace donde el humor y lo absurdo se conjugan en un tercer plano narrativo.[16] Y en “Starring all people” la pasión del Cristo es narrada como si se tratara de un filme,[17] donde la historia y el mundo de los hombres son el escenario de esa superproducción cinematográfica; sin duda hay una alusión al auto sacramental El gran teatro del Mundo de Calderón, pues un título alterno de este cuento podría ser “El gran cine del Mundo”.
“Baltasar Gérard” es un cuento que es también la biografía de un regicida donde se mezcla la historia y la imaginación.
“La migala” es quizás el cuento más tenso e intenso de Arreola y cuya estructura abierta da pie a diversas interpretaciones; una de las lecturas incluso sugiere que este cuento alude a Dante y la Divina comedia.
“Pablo” es otro cuento de ficción teológica.[18] La referencia inmediata señala hacia el bíblico Saulo de Tarso y su conversión súbita en el camino de Damasco —un tópico prestigioso en la tradición cristiana—,[19] pues el personaje del cuento experimenta una teofanía: “el corazón de Pablo fue visitado por la gracia” una mañana igual a todas y “la idea de la divinidad llenó su espíritu”. En segundo lugar, las ideas religiosas que el autor desarrolla parten, por un lado, del panteísmo; y por el otro, del quietismo postulado en la Guía espiritual del teólogo y místico aragonés Miguel de Molinos —quien, por cierto, murió en las cárceles de la Inquisición—.[20] Arreola comenta a Carballo que:
“En ‘Pablo’, en ‘El silencio de Dios’, hay una percepción del todo. En esos
textos trato de incluirme yo mismo en el todo. Actitud que se parece un poco al
quietismo de Miguel de Molinos, ya que es una especie de abolición del ser
individual y un deseo de incluirse en el todo. El todo pensado como una armonía
general que uno puede interrumpir a su antojo, o que puede seguir su curso si
uno se cancela.”[21]
Al hacer de la teología una de las formas de la literatura fantástica, en este cuento Arreola hace una operación de intertextualidad, concepto que tomo también de Genette, quien define
“la intertextualidad, de manera restrictiva, como una relación de copresencia
entre dos o más textos, es decir, eidéticamente y frecuentemente, como la
presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la
práctica tradicional de la cita (con comillas, con o sin referencia precisa); en
una forma menos explícita y menos canónica, el plagio (…); en forma todavía
menos explícita y menos literal, la alusión”.[22]
La relación intertextual que “Pablo” establece con la Guía espiritual es alusiva, pues toma algunas ideas de Miguel de Molinos y las lee desde una visión panteísta. Esta intertextualidad incluye el motivo bíblico de la teofanía, un tópico presente en la obra arreoliana: “tarde o temprano algunos de mis personajes encuentran su camino de Damasco, practican a veces sin saberlo el saulismo”.[23] Por último, una quizá involuntaria relación intertextual se refiere al cuento “El caso de Paul” de Willa Cather.[24]
“Carta a un zapatero” (que en la edición definitiva de Joaquín Mortiz se titulará “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”) se inscribe en el género epistolar cuya tradición ha tenido notables expositores: desde Cicerón y Séneca a Quevedo, desde san Pablo a Petrarca, y de Voltaire a Kafka y Rilke. En este sentido, no considero que sea un cuento sino una carta moral: una epístola donde la ética no está reñida con el humor. Siento incluso que Arreola satiriza con delicadeza el lenguaje grave y ejemplar característico del género. Y aún: es quizás una carta moral que parodia las cartas morales.
“Interview” es, como su título indica, un cuento que toma la forma de una entrevista que —podemos deducirlo por contexto— será publicada en un periódico. Aquí hay alusiones a la ballena bíblica de Jonás y a Moby Dick de Melville. Y el juego alegórico permite establecer una relación de igualdad entre el eterno femenino, la madre cósmica y la nada.
“El silencio de Dios” es un cuento de ficción teológica y está compuesto por dos cartas morales; la primera, escrita por un hombre abrumado por las precariedades de la condición humana, está dirigida a dios; y la segunda es la respuesta que dios da al hombre.
“Eva” es un cuento cuyo leit motiv se basa en los estudios de dos antropólogos, uno real y otro inventado, sobre un hipotético matriarcado en los albores de la humanidad. El cuento incluye, pues, dos reseñas muy breves de los estudios antropológicos.
“El fraude” es, como dije párrafos arriba, un cuento de estructura clásica.
“Monólogo del insumiso” es otra biografía imaginaria, donde el yo narrativo se mimetiza en el habla del poeta romántico Manuel Acuña, momentos antes de suicidarse. Dicha biografía puede leerse también como una crítica a la literatura romántica de Hispanoamérica, cuyos escritores confundieron el Romanticismo con el sentimentalismo.
“El cuervero” es un cuento que se inscribe en la literatura sociológica, en específico la antropología social, una corriente en boga hacia mediados del siglo XX.
En “El asesino” el yo narrativo asume el habla de un emperador romano que se apresta a dejarse asesinar por un joven. Es otra biografía imaginaria.
“El soñado” es sin duda el primer poema en prosa de Arreola, o mejor: un cuento que también es un poema en prosa. Y a pesar de que el yo narrativo es un no nato, podemos decir que se clasifica dentro de lo que hemos llamado biografía imaginaria. Y debido a la visión sarcástica de lo humano que tiene el no nato, hay quizá un guiño hipertextual respecto del Tristram Shandy de Lawrence Sterne.
Y finalmente, “La vida privada” escenifica el teatro dentro del cuento.
[1] Juan José Arreola, Varia invención, FCE, México, 1949.
[2] Jorge Luis Borges, “Juan José Arreola. Cuentos fantásticos”, en Obras completas, Emecé, Barcelona, 1996, t. IV p. 510. Respecto de la cita, Borges no se refiere ciertamente a la primera edición (de 1949) sino, al parecer, a la edición conjunta de los dos libros de Arreola: Confabulario y Varia invención (1951-1955), FCE (Letras Mexicanas, 2), México, 1955.
[3] Juan José Arreola, Gunther Stapenhorst [con viñetas de Isidoro Ocampo], Costa-Amic (Colección Lunes, 28), México, 1946. Hay una reciente edición facsimilar de esta plaquette: Juan José Arreola, Gunther Stapenhorst, UNAM, México, 2005.
[4] El texto fue escrito hacia 1944, así lo expresa su hijo: “Respecto al cuento ‘Gunther Stapenhorst’, parece que lo escribió, en una primera versión, por 1944. Es un texto que el autor nunca incluyó en sus obras completas. Alguna vez me comentó que no había logrado darle a la historia la redondez que él quería y nunca le gustó el desenlace final del cuento”. Cf. Orso Arreola, Juan José Arreola. Vida y obra, Secretaría de Cultura de Jalisco, Guadalajara, 2003, p. 121.
[5] Juan José Arreola, “Gunther Stapenhorst”, en Biblioteca de México, México, mayo-agosto, 1998, núms. 45-46, pp. 19-21. Y después de la muerte de Arreola fue reeditado en forma de libro: Juan José Arreola, Gunther Stapenhorst, prólogo de José Emilio Pacheco, y entrevistas de Antonio Alatorre y Eduardo Lizalde con Juan José Arreola, Aldus (Festina Lente), México, 2002. [6] “En diciembre de 1940, escribí mi primer cuento formal: ‘Sueño de navidad’. El periódico Vigía de Zapotlán lo publicó en su edición especial de año nuevo, correspondiente al primero de enero de 1941”. Cf. Orso Arreola, El último juglar. Memorias de Juan José Arreola, Diana, México, 1998, p. 113. En este libro se reproduce el cuento referido, pp. 115-117.
[7] En la edición definitiva de Varia invención (Joaquín Mortiz, 1971) sólo quedaron cuatro de los 18 textos de la edición original: “Hizo el bien mientras vivió”, “El cuervero”, “La vida privada” y “El fraude”; y en la segunda parte del libro incluyó “La hora de todos (Juguete cómico en un acto)”, una obra de teatro publicada en Los Presentes —una editorial independiente creada y dirigida por Arreola— en noviembre de 1954. Respecto de los demás textos de la edición primera, once pasaron a formar parte de Confabulario (Joaquín Mortiz, 1971): “Nabónides”, “El converso”, “El faro”, “Un pacto con el diablo”, “Baltasar Gérard”, “La migala”, “Pablo”, “Carta a un zapatero” (que finalmente se tituló “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”), “El silencio de Dios”, “Eva” y “Monólogo del insumiso”; y tres textos pasaron al Bestiario (Joaquín Mortiz, 1972): “Interview”, “El asesino” y “El soñado”. Un estudio minucioso de los índices en las diversas ediciones de los libros de Arreola se halla en Sara Poot Herrera, Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 1992.
[8] De los textos que incluye Varia invención, este cuento es el más antiguo, pues fue escrito en julio y agosto de 1941.
[9] Emmanuel Carballo, “Juan José Arreola (1918)”, en Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, Empresas Editoriales, México, 1965, p. 371.
[10] Jorge Luis Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertitus” en Obras completas, Emecé, Barcelona, 2001, t. I, p. 436.
[11] Cf. Carballo, pp. 373-374. Arreola tituló su cuento de manera idéntica a la película (me refiero al título con el que se exhibió en México, en España se tituló El hombre que vendió su alma). En el pasaje de la entrevista citada afirma que escribió el cuento “tras de ver una película que, por más señas, era de Simone Simon, James Craig y Walter Houston. Su título, Un pacto con el diablo, y estaba basada en la obra de Stephen Vincent Benét, The Devil and Daniel Webster”. Respecto de la película All that Money can Buy, tomé los datos de Edmond Orts, El cine. Diccionario mundial de directores del cine sonoro, Mensajero, Bilbao, 1985, t. I, p. 443.
[12] Véase el estudio de Sigmund Méndez, El mito fáustico en el drama de Calderón, Reichenberger (Teatro del Siglo de Oro. Estudios de Literatura, 59), Kassel, 2000. Méndez considera que el canon fáustico radica en la obra de Goethe, y centra su estudio sobre Calderón desde las estructuras del mito goethiano, pero su investigación va más allá de la esencia fáustica del Barroco. Al vertebrar la teoría fáustica desde el proceso genético del mito —expresado en la literatura y la historia— hasta sus variantes en el siglo XX, sugiere que este mito traduce la esencia de Occidente. Ésta es quizá su tesis más arriesgada y más seductora. Pero antes de plantearla, Méndez hace un seguimiento filosófico y literario del mito. Por un lado, indaga la literatura fáustica desde la tradición popular, en la Edad Media, hasta la literatura moderna, pasando por el ciclo artúrico, la Legenda aurea de Jacobo de Vorágine, los hombres fáusticos del Renacimiento, El libro popular del doctor Fausto del siglo XVI, la tragedia famosa de Marlowe, la consolidación del anhelo fáustico debido a la quebradura radical del Barroco, los Faustos en la literatura española del Siglo de Oro (Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Mira de Amescua y Tirso de Molina) y los de la literatura moderna (Goethe, Byron, Shelley, Carlyle, Pushkin, Heine, Bulgákov, Valéry y Thomas Mann). De modo simultáneo, analiza el mito, ve sus relaciones con la literatura y con la historia y propone una ontología de lo fáustico. Luego analiza sus elementos estructurales y explica los motivos principales de su trama: la caída, el rebelde, el mago, el pacto diabólico, el eterno femenino, el anciano sabio, el suicida y el gracioso. A continuación hace un seguimiento histórico desde el origen hasta la configuración del mito: su génesis en la Edad Media, el impulso fáustico del Renacimiento, la historicidad de Fausto y cierra con el análisis del Fausto de Marlowe, quizá la mayor articulación del mito antes del Goethe. Finalmente, Méndez da seguimiento al tema fáustico en algunos dramas de Calderón: No hay cosa como callar, Las cadenas del demonio, El José de las mujeres, Los dos amantes del cielo y El mágico prodigioso.
[13] Gérard Genette, Palimpsestos. La escritura en segundo grado, traducción de Celia Fernández Prieto, Taurus (Teoría y Crítica Literaria), Madrid, 1987, pp. 14-15.
[14] Es difícil saber si los dramas de Calderón son un posible hipotexto de “Un pacto con el diablo”, por ello eludo referirlo en esta segunda instancia, pese a que tal vez Arreola conocía las obras fáusticas de Calderón. Por otra parte, como he señalado en una nota precedente, la leyenda fáustica tiene raíces en la Edad Media y adquiere consistencia en el Renacimiento; en este caso el Fausto de Marlowe sería el hipertexto de una de las variantes de la leyenda fáustica (el hipotexto). Véase el capítulo “Desarrollo histórico del mito fáustico” en Sigmund Méndez, Op. cit., pp. 63-99.
[15] Juan José Arreola, Palindroma, en Obras de Juan José Arreola, Joaquín Mortiz, México, 1971. Cuando digo que Palindroma es su libro último, quiero decir que se trata del último que escribió con el propósito explícito de hacer literatura. Luego de Palindroma escribió ensayos y artículos que fueron publicados en forma de libro, pero ya no intento hacer literatura (aunque redactó algunos versos cuya fortuna literaria es tan incierta que es preferible pensar que la poesía le fue dada en prosa y no en verso).
[16] “Hogares felices”, Ibid., pp. 36-39.
[17] “Starring all people”, Ibid., pp. 29-35.
[18] En Apuntes de Arreola en Zapotlán, libro en el que Vicente Preciado transcribe, en fragmentos breves, las charlas que sostuvo con el autor de La feria, Arreola cuenta la génesis de “Pablo”: “era originalmente una carta que mandé a un psiquiatra poco antes de enfermarme de agorafobia, la escribí en altas horas de la noche. Me permitían en el Fondo de Cultura [Económica] escribir a máquina hasta muy tarde. (…) Hubo seis versiones. La primera fue a lápiz. Trabajé mucho en él”. Véase Vicente Preciado Zacarías, Apuntes de Arreola en Zapotlán, Universidad de Guadalajara/Ayuntamiento de Zapotlán El Grande, Guadalajara, 2004, p. 165.
[19] Véase “Hechos de los apóstoles”, IX: 1-9, en La santa Biblia. Antiguo y nuevo testamento, antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), Sociedades Bíblicas Unidas, Inglaterra, 1960, p. 1012. Sobre la vida, la conversión y el apostolado de san Pablo, véase H. Haag, A. van den Born y S. de Ausejo, Diccionario de la Biblia, Herder, Barcelona, 2000, pp. 1384-1401.
[20] Véase Miguel de Molinos, Guía espiritual. Defensa de la contemplación. José Ángel Valente, Ensayo sobre Miguel de Molinos, Barral Editores (Rescate Textual, 2), Barcelona, 1974.
[21] Carballo, Op. cit., pp. 367-368.
[22] Genette, Op. cit., p. 10.
[23] Carballo, Op. cit., p. 400.
[24] En Apuntes de Arreola en Zapotlán (pp. 359-360) hay un pasaje donde Arreola afirma: “Willa Cather es una novelista americana que escribió un texto idéntico al ‘Pablo’ de Confabulario. El personaje es también un empleado que se suicida por los mismos cuestionamientos teológicos. ¡Increíble! Rulfo me enseñó el cuento de Willa publicado en Cuadernos Americanos y me dijo: ‘¡¿Qué pasó, maestro?! ¿Te lo fusilaste?’ No era verdad, mi ‘Pablo’ es obra personal”. Arreola se refiere al cuento “El caso de Paul” (“Paul’s Case”) de Willa Cather, publicado originalmente en El jardín del troll (1905) y, en una versión corregida, en Juventud y la radiante Medusa (1920). Pareciera que Arreola se confabula, es intertextual y escribe un palimpsesto incluso cuando no lee una obra —no dice que no la hubiese leído pero se deduce por contexto—. Sin embargo quiero resaltar dos expresiones que, me parece, son un poco inverosímiles en boca del notable lector que era Arreola: “un texto idéntico” y “cuestionamientos teológicos”. Quien haya leído “El caso de Paul” verá que no es idéntico al “Pablo” de Arreola, y que en el cuento de Cather no se aborda ningún motivo teológico. Las semejanzas se reducen a: el nombre del personaje es el mismo (además aparece en el título), son empleados (Paul es ayudante contable en un despacho y Pablo es el cajero principal del Banco Central), son huérfanos de madre, y se suicidan (Paul se tira al paso del tren cuando se entera que los agraviados han descubierto su delito y Pablo muere en su cuarto “de modo cualquiera, como un ínfimo suicida” para evitar “la desintegración universal”); sin embargo las diferencias son mayores, empezando porque “Pablo” se desarrolla a partir de ideas teológicas (es pura teoficción) y en “El caso de Paul” no hay ninguna referencia a la teología, además los motivos del suicidio son moralmente opuestos y opuesto es el carácter de los personajes: Paul es sensualista y estafa a una empresa, Pablo es místico y se sacrifica por el mundo; Paul es fatuo y desprecia su mundo (“En el mundo de Paul, lo natural casi siempre adoptaba el disfraz de lo feo; tal vez por eso, a él le parecía necesario que la belleza tuviera cierta dosis de artificiosidad”) y Pablo percibe la belleza infinita del universo y experimenta un amor compasivo por todos seres porque se siente habitado por la divinidad; el prototipo de Paul es el del joven indolente sin futuro, el de Pablo es el prototipo del santo que intenta salvar a la humanidad. Por otra parte, la coincidencia del nombre en el título no es indicio de plagio, pues Arreola puso en práctica la estrategia de emplear el título del hipotexto para su hipertexto; lo hizo en “Un pacto con el diablo”, en “El lay de Aristóteles” y en “El himen en México”, por ejemplo. Debido a las coincidencias tangenciales entre ambos cuentos, no resulta extraño que Rulfo creyera que Arreola hubiera plagiado el cuento de Cather, porque la amistad entre los escritores no está reñida con la malicia, pero resulta anómalo que Arreola hubiera sostenido que los cuentos eran idénticos. Y una última observación: como hemos visto en el seguimiento formal de Varia invención, Arreola nunca ocultó las fuentes que dieron origen a sus textos y siempre refirió el nombre de los autores que lo habían inspirado; por lo tanto, cabe creer que no había leído el cuento de Willa Cather antes de que escribiera “Pablo” y que los puntos de coincidencia entre ambos cuentos son obra sólo del azar. Cf. “El caso de Paul” en Willa Cather, Los libros de cuentos, traducción de Olivia de Miguel, Alba Editorial (Clásica Maior), Barcelona, 2006, pp. 231-256.
