martes, 30 de noviembre de 2010

La madurez y la maduración



Adolfo Castañón

Jaime Labastida, La sal me sabría a polvo, Siglo XXI Editores, México, 2009, 164 p.

A los 70 años Jaime Labastida publica es­te poemario que consta de cinco partes y veinticinco poemas. Se presenta, y lo es, como obra de madurez y de maduración donde el poeta emplea una diversidad de registros rítmicos, todos regidos por versos de arte mayor, endecasílabos y alejandrinos en su mayoría.
El libro consta de veintiún poemas distribuidos en cinco partes; cada uno tie­ne entre 43 y 245 versos. La suma total que compone el volumen asciende a 1891 versos. El libro abre y cierra su pinza sa­ludando al idioma y al lenguaje (Sección I, “Palabras”), resumiendo su invocación y su exorcismo, auspiciando la catarsis. El idioma es aquí ante todo vehículo del testamento en que se resuelve este poemario que es repaso biográfico y recapitu­lación de lo que el poeta tiene o le queda. El libro se puede leer como un ejercicio de purificación y un ritual del amor, del recomienzo y de la muerte. “Crepúsculo” es el título de la segunda sección y ahí el libro tiene su centro, digamos su zócalo; se trata de una serie de diez poemas sobre el tema de la ciudad donde se explaya el motivo de la patria, la idea de comuni­dad. Es, sin duda, el tramo más desgarrador y acaso diría vehemente de este poemario. Obra de madurez, obra donde el impulso interior y su envoltura formal aspiran a la fluidez y a la insensible espontaneidad, a la “transparencia” del endecasílabo, La sal me sabría a polvo es un poema elegiaco. El poeta canta no sólo la ruina de la ciudad y la del país, sino la de la idea mis­ma de nación. También canta al idioma y al lenguaje, exalta el amor y eleva un him­no en ruinas sobre la ciudad en ruinas. Esto orilla al poema hacia la elegía y el desencanto que campea por algunas de sus páginas. El poema se adentra y des­ciende por una escala de preguntas con las que el autor se acecha y se castiga, con las que el autor se da ánimo y busca sal­tar su sombra. El juego de la poesía se desdobla en el fuego del amor y del aman­te-amado. El amor sacude el árbol de los signos y lo salva de morir de rabia. El sentido de la vida, el sentido del preguntar se resuelve en este canto que avanza por así decir agarrándose de los signos de interrogación, ascendiendo y descendien­do a rappel como los alpinistas por las laderas resbalosas del silencio. La pregun­ta torna y gira sobre sí misma hasta tra­zar un eje, un hueco en la voz que es el asombro. En ese hueco está el origen de la experiencia poética y la filosófica, está el nido de las dos lenguas originarias de Jaime Labastida de que se habla al final del libro.
En los poemas de “Ciudades” como en “Dura patria” cabe leer una respuesta a la Suave Patria de López Velarde, tanto como una réplica en el sentido sísmico a Efraín Huerta y Octavio Paz, a José Emi­lio Pacheco, a Eduardo Lizalde y a Homero Aridjis.
En Los muros de la patria se siente hablar a La pared de los padres. Pero se trata no de un tiempo con raíz y genea­logía sino de un tiempo huérfano, por así decir, de un calendario sacrificado. La na­ción y la guerra que es el progreso parecen dialogar de implosión en explosión en el cuerpo de este poema tenso y vehemen­te donde el poeta se atreve a llamar a la patria por su nombre.
El poema recuerda, por cierto, a la Patria podrida de Miguel Hernández o en otros aspectos a la dureza sintáctica del poeta español Gabriel Celaya en su libro Las resistencias del diamante. La Patria es el reino de los padres y el mundo de la raíz cultural: la patria grande. Ambos se oponen al ámbito de la madre, de la que­rencia. Hay aquí quizás una tensión entre los valores varoniles y los femeninos, en­tre Hermes y Andros. Esa tensión es res­ponsable de la pasión helada y abrasadora con que están escritos esos poemas.
El poemario expone la experiencia y la pasión del logos, el padecimiento de la escritura y de su inscripción cordial en el seno del poeta y de su lector.
Hay adentro, latente, en el soliloquio, un diálogo. El asombro se desdobla en contemplación, ésta en meditación. Así la poesía se orilla hacia la filosofía, de donde proviene. El susurro profundo de las pala­bras nace de la pregunta que lo alumbra en el tácito oficio de nombrar.
La inquietud por la zozobra del len­guaje, por la zozobra de la racionalidad y de la razón se transparenta en el epígrafe: “¿qué sucedería el día en que mueran las palabras…?”
Este elogio de la palabra se plantea como una guerra no dicha contra el reino de la imagen; sólo hay esperanza en el lo­gos: la imagen es literalmente y dice adiós a la esperanza.
Meditación sobre el lenguaje, La sal me sabría a polvo es como ya se ha dicho un testamento y también un intento de escritura de la historia de los signos interiores con los que el poeta se trata de co­nocer a sí mismo. Por eso no es posible pensar en sus palabras sin asomarse al abismo que convoca.
El libro nuevo de Jaime Labastida señala el lugar del canto como lugar del pensamiento subrayando la relación medi­tativa que existe entre la necesidad ciega del vivir y el oficio clarividente de examinar la vida con las palabras. En esa tensión se juegan los platillos de esta balanza vital que Jaime Labastida acaba de armar para asentarla en la mesa de la atención en vilo.

Elogio del buen amor



Gregorio Cervantes Mejía

Enrique Serna, La sangre erguida, Seix Barral, México, 2010, 328 p.

Un mexicano, un español y un argentino. Uno, indocumentado; otro con problemas de impotencia (o disfunción eréctil, como se prefiera); el tercero, un afamado actor porno en el declive de su carrera. Alrede­dor, las obsesiones de cada uno de ellos, desde sus diferentes perspectivas, por el desempeño sexual. Y unos sutiles vasos comunicantes entre los tres personajes.
Ésos son los elementos básicos para de­sarrollar la trama de La sangre erguida donde, de acuerdo con la nota de contra­portada, Enrique Serna se propone hacer una sátira de los mitos acerca de la mascu­linidad y la obsesión de los hombres por sus habilidades eróticas.
Cierto, hay una fuerte dosis de tono satírico a lo largo de esta novela. Y un tono ameno y desparpajado que permite una lectura ágil, agradable. Las más de 300 páginas se leen casi sin sentir. A más de un lector le habrá arrancado alguna carcajada o lo habrá mantenido con la sonrisa bailando en los labios.
Y si bien el sexo es el elemento domi­nante en la novela —prácticamente no existe capítulo sin su buena dosis de encuentros eróticos—, lo que en el fondo se dirime es el tema del amor.
Sí, paradójicamente los tres personajes de Serna sufren por amor —aunque la fra­se suene trivial y cursi—. Bulmaro Díaz, el mecánico mexicano, cree encontrar el amor de su vida en Romelia, una mediocre cantante dominicana, y convencido de ello lo abandona todo: para emigrar a Es­paña, donde ella está convencida de rea­lizar sus sueños de fama. Así inicia una vida de estrecheces en Barcelona, consu­miendo los ahorros de toda su vida hasta involucrarse en el tráfico de Viagra pirata.
También el amor es el móvil central pa­ra Ferrán Miralles, un catalán con proble­mas de impotencia nerviosa cuyo empeño por superarlos le impiden establecer una relación amorosa estable y lo orillan a una serie que lo llevarán a la ruina.
Y, finalmente, Juan Luis Kerlow, un actor porno argentino hastiado de su vida ante las cámaras y con una gran capacidad de control mental sobre sus erecciones, quien encuentra en una joven estudiante la oportunidad de redimirse a través de una relación que considera auténtica y que acelera su abandono de la pornografía.
Si bien La sangre erguida pudiera ser catalogada, a primera vista, como una novela erótica y con tintes subversivos, desde las primeras páginas se aleja de este ámbito para revelar su verdadera in­tención: la defensa del buen amor y una sutil condena a los excesos de la libertad sexual.
Por lo menos, el desarrollo de la tra­ma se acerca más al Arcipreste que a Apo­llinaire. Y las voces que disertan en El banquete parecen resonar a lo largo de las más de 300 páginas que abarca esta historia, porque da la sensación de que Serna toma, como punto de partida, la distinción platónica entre amor vulgar y amor celeste; entre la pasión irrefrenable de la juventud y el populacho, y el amor sereno y reflexivo de los hombres ya maduros.
Como suele suceder en las novelas iniciáticas (y La sangre erguida contiene mu­chos elementos que la ubicarían como tal), las situaciones que enfrentan los persona­jes se convierten en pruebas que les permi­tirán conocerse a sí mismos, construirse una personalidad que al inicio está vedada. Y, a la vez, hacerse merecedor de la redención o la condena: Juan Luis Ker­low consigue abandonar el mundo del porno y consolidar su relación con Laia; Bulmaro Díaz, preso finalmente por tra­fi­car Viagra falsificado, disipa sus dudas acerca de la lealtad de Romelia; Ferrán Miralles, preso y enloquecido después de destruir la vida personal y la reputación de las mujeres con quienes se relaciona.
Para conseguir este resultado, Serna re­curre a una estructura sencilla, sustentada en una narración lineal en la cual se van alternando las historias de sus tres pro­tagonistas y sin complicaciones de orden estructural.
De ahí que a partir del quinto capítulo, el lector tenga claro ya el orden de las intervenciones: Bulmaro Díaz, Ferrán Mira­lles y Juan Luis Kerlow. Siempre en ese orden y, salvo el caso de Miralles —quien narra en primera persona desde su cel­da, por indicaciones de su terapeuta—, en ter­cera persona. Eso implica, además, una uniformidad en la voz narrativa, que se distingue apenas por la aparición de algún regionalismo dentro de los diálogos para enfatizar la nacionalidad de sus persona­jes o bien de algún otro recurso que permite al lector identificar cada uno de las historias.
Así, mientras Bulmaro Díaz sostiene frecuentes discusiones con su pene que, a partir de la aparición de Romelia, sigue sus propios deseos y no los de su propie­tario (discusiones, además, con una fuerte carga humorística), en el caso de Kerlow la voz narrativa alterna entre la arrogancia y el estupor: el actor famoso por el férreo control mental sobre su miembro viril se ve, de repente, reducido a la im­po­tencia ante el amor que siente por Laia.
Los personajes de La sangre erguida, por lo anterior, parecen definidos a partir de sus circunstancias: su nacionalidad, su condición de migrantes, su miseria o prosperidad, sus oficios. Pero sus conduc­tas y percepciones son idénticas, quizá porque desde el principio Serna los mues­tra como individuos con una misma obse­sión: su desempeño sexual.
Tal vez por esta misma razón los personajes femeninos son todavía más im­personales: vistos a través de la óptica de sus contrapartes masculinos, de Romelia, Laia y las múltiples amantes de Ferrán, sólo sabemos lo que sus propias parejas sexuales muestran. Ésta pueda ser la ra­zón de que Romelia sea presentada al ini­cio de la historia como una tirana que ha reducido a Bulmaro, gracias a sus artes eróticas, a un régimen de servidumbre in­digno de cualquier hombre mexicano cria­do en la tradición machista.
O Laia, presentada como una estudian­te mojigata, se debate a lo largo de la novela entre este papel y el de una mujer hambrienta de goces sensuales.
En el caso de las parejas de Ferrán, terminan reduciéndose a un conjunto de nombres que aparecen y desaparecen, contribuyendo tan sólo a generar las con­diciones para la ruina del seductor recién descubierto.
Quizá sea ésta, la de Ferrán, la historia con mayores debilidades entre las tres que integran La sangre erguida: desde su aparición, Serna abre la expectativa so­bre las circunstancias que llevaron al perso­na­je a prisión: debido a una recomenda­ción del psiquiatra, como parte del tratamiento para refrenar sus impulsos suicidas, Mi­ralles empieza a narrar la serie de acon­teci­mientos que culminaron con su de­tención.
Y esa serie presenta varios falsos de­senlaces: en cada una de sus relaciones, Ferrán Miralles comete un acto cuyas con­secuencias podrían llevarlo a prisión sin que esto ocurra, a pesar de que el pri­me­ro de ellos es referido antes de llegar a la mitad de la novela (una maratón sexual que deriva, prácticamente, en una viola­ción). Así, se acumula una serie de actos a partir de los cuales se esperaría resultara el incidente determinante para la de­tención del nuevo seductor, hasta que el motivo aparece de manera inesperada cuan­do Miralles —tras perder empleo, departamento y comodidades luego de arruinar la reputación de la principal clienta de la inmobiliaria donde aquél trabaja—, inten­ta reconstruir su vida en una pequeña co­munidad rural.
Serna recurre, aquí, al mismo elemen­to que inicia la caída de su personaje: la nueva pareja de Miralles, una mujer em­peñada en llevar un estilo “sano” de vida, descubre la dependencia de éste al Via­gra y la discusión derivada de ello se con­vierte en un intento de homicidio.
Así, Miralles no es castigado por los familiares de una virgen musulmana sedu­cida por él; tampoco por las represalias de una mujer aristócrata envuelta en un escándalo gracias a unos videos revelados de manera accidental por el propio seductor. Ni siquiera por haber ocasiona­do la ruina de la familia de una examante suya (cuyo marido se suicida al descubrir la infidelidad).
La ruina de Miralles viene (volvamos otra vez al afán edificante de la novela) de traicionar la segunda oportunidad de es­tablecer una relación sustentada en el amor y no en el sexo.
Si bien La sangre erguida no deja de ser una historia amena y contada de ma­nera atractiva, que hace una sátira puntual sobre los lugares comunes en torno a la virilidad y el machismo, se mantiene den­tro de una línea políticamente correcta y con una visión muy clara desde el principio: el carácter destructivo del sexo vacío, egoísta; y la capacidad redentora del amor.

viernes, 22 de octubre de 2010

Buscando a Caín

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

Comienza a existir una vez que escuchas su nombre, acompañado enseguida por calificativos y valoraciones. Sólo después, al indagar, peticiones median­te, llegan sus libros y la lectura despierta la necesidad, el vicio por conocer más de él, de los sucesos que lo rodearon y la manera en que se apropió del acer­vo mediático y cultural que nutriría su ulterior obra literaria.
Sabes entonces que su llegada a la capital en 1941 cerró el capítulo de su vida provinciana en Gibara y abrió las puertas a la función continua en los cines, la música norteamericana, el habla popular habanera y el estudio del idioma inglés. Compruebas en la realidad lo que parecía ficción en las páginas de La Habana para un infante difunto: la caseta de madera del Par­que Central durante la Dirección de Cultura de Raúl Roa a fines de los cua­renta y principios de los cincuenta, la existencia de una revista llamada Nueva Generación y las tertulias en el cuarto del solar situado en Zulueta 408 donde aquel-que-es-nombrado vivió hasta su juventud, y en las que eran vi­sita frecuente Harold Gramatges, Carlos Franqui, Matías Montes Huidobro, Rine Leal, Silvano Suárez, Oscar Hurtado, Miriam Acevedo, Roberto Branly, Julia Astoviza, Antonio Alejo, Juan Blanco, Gloria Antolitia, Néstor Almen­dros y Lisandro Otero.
De aquel tiempo se ha visto recientemente, gracias a Manuel Zayas, una fotografía tomada en 1948 por Germán Puig en el patio común allende la puerta del cuarto. El encuadre es un escenario de la penuria, la vestimen­ta de las dos niñas que aparecen en el primer plano, el enlosado irregular del suelo, los cubos y las palanganas, las paredes descascaradas del fondo, excepto por el elemento anacrónico de los dos jóvenes lectores de unos 19 años sentados frente a sen­dos libros: Ricardo Vigón y “Gui­llermito”.
Preguntas por Guillermo Ca­brera Infante a mucha gente, si lo reconocen, si lo recuerdan. Pero en el lugar, en el momento y con la per­sona menos pensada llegará la res­puesta inimaginada que buscas. Te cuenta Luis Marré que lo vio entre­gar a Nivaria Tejera, como regalo por su boda con Fayad Jamís, una plancha eléctrica. Otros buenos sa­maritanos facilitan el contacto con dos asiduos colaboradores de Lu­nes de Revolución: Luis Agüero y Edmundo Desnoes.
Encuentras en la misma ciudad que creías conocer otras ciudades ya olvidadas, y en la misma historia que te habían contado otras muchas historias ignotas. Por ello la advertencia: “La posibilidad latente de que se pier­da el pasado, la muerte de los lugares, los objetos, las personas, no hace descabellada la suposición de que todo esto que nos contaron y lo que prefirieron callar, por muy verídico y apegado a la realidad que haya querido ser, algún día podrá leerse como una ficción.”

MATÍAS MONTES HUIDOBRO
Soy de Sagua la Grande y cuando tenía trece años mi familia se trasladó pa­a La Habana. A Guillermo lo conocí en el tercer año de bachillerato. Lo recuerdo como un tipo al que le gustaba burlarse de los demás. Yo era muy tímido e introvertido, pero Guillermo conocía las flaquezas ajenas y le gustaba “joder”, haciendo a veces jueguitos de palabras. Un amigo mío del aula se llamaba Elio Cruz, y Guillermo se sentaba detrás de nosotros y le decía “Orange Cruz” para molestarlo. Creo que conmigo no se metía. Pero hacía este tipo de cosas que denotaba ya un sentido del juego de palabras y un deseo de chocar, que también es una característica pueblerina.
De todas formas, nos hicimos amigos. Los dos participamos en una re­vistica estudiantil llamada Criterios. Guillermo publicó un poema y yo, entre otras cosas, una reseña de cine. En el grupo estaba Rine Leal, también muy amigo mío, más que Guillermo, porque tenía otro carácter, y nos llevábamos muy bien. Para el quinto año, formé parte de un club y sacamos la revistica Ultra. En ella di a conocer una reseña sobre La bella y la bestia, de Coc­teau, y Guillermo, un artículo sobre David Alfaro Siqueiros, pintor que, creo, no le gustaba. Teníamos intereses comunes de tipo cultural ya desde los quin­ce y 16 años, y eso nos unía. Creo que yo era más amigo suyo que él mío.
Yo era un adolescente muy traumatizado y Guillermo tenía un especial talento para buscar los puntos flojos de una persona. Sabía cómo herirme. No quiere esto decir que no sintiera afecto hacia mí, pero era su modo de ser, y había un contraste entre nosotros que siempre perduró. El otro punto en común era el cine, porque juntos, o con Rine, íbamos obsesivamente de una sala para otra (Majestic, Verdún, Alkazar, Universal, Neptuno, Radio Ci­ne), particularmente a las tertulias porque no teníamos dinero. De ahí em­pezamos a asistir a la cinemateca que funcionaba gracias al entusiasmo de Ricardo Vigón y Germán Puig.
En realidad, el vínculo clave en todo esto era su mamá, Zoila Infante. Una de las mujeres más inteligentes y fascinantes que he conocido en mi vida, quien dejó una influencia muy grande en todos nosotros. No recuerdo en qué momento la habitación en la cual vivía Guillermo comenzó a ser el centro de reunión. No íbamos a reunirnos con Guillermo, sino con Zoila y otros amigos que entraban y salían. Ella limpiando, conversando, metiéndose en todo, haciendo tacitas de café. Un estado absoluto de pobreza. Era una es­pecie de Greta Garbo, muy sofisticada y delgada, que sin llegar a ser bonita tenía un definitivo atractivo físico. Durante muchas temporadas, Sabá, que padeció de tuberculosis, se la pasaba en aquella habitación en una cama, re­costado. Te­nía un carácter diferente al de su hermano Guillermo, pero una fuerte personalidad también. Zoila era dominante y posesiva. Si no íbamos a diario se ponía a preguntar las razones por las cuales no la visitábamos. Gui­llermo po­día estar allí o no, porque el ritmo era de entradas y salidas sin un definitivo concierto. Hubo momentos en que además de Zoila, Sabá, Guiller­mito y su pa­dre, también venían de Gibara la abuela y una prima, Rosita. El padre de Guillermo hablaba poco. Llevaba una vida arruinada como correc­tor de prue­bas en el periódico Hoy y estaba dedicado a la causa del Partido Comunista.
Yo vivía en Malecón número 13. Una casa de vecindad algo mejor que la de Guillermo porque teníamos dos habitaciones. En una estaba mi tía con su esposo, y en la otra mi madre, mi prima y yo, sirviendo todo de cocina, sala y cuarto. Así que no pertenecía ni remotamente a las clases privilegia­das de la República. Mi casa quedaba al lado de lo que se conoce como el Palacio de las Cariátides. No era centro de reunión como la vivienda de Gui­llermo, porque mi madre y mi tía tenían otro carácter. Los únicos días de excepción eran durante los carnavales, porque Sabá se volvía loco con las carrozas y las comparsas, y nosotros teníamos una ubicación privilegiada. Después Néstor Almendros también iría. Guillermo con alguna frecuencia, aunque no era punto fijo como su hermano.
Entre las personas que nos reuníamos en torno a Zoila Infante se en­contraba Carlos Franqui, que era algo mayor que nosotros. Franqui era una persona que se hacía mucha ilusión con las cosas, muy por las nubes (me daba siempre esa impresión), pero tenía buenas intenciones. Muy amigo de la familia, sentía mucho cariño por Zoila y el padre de Guillermo. El proyecto de Nueva Generación fue idea de él. En esa época, Sabá, más joven que no­sotros, estaba seriamente enfermo de tuberculosis y hacía reposo. Durante la convalecencia, le dio por pintar interesantes motivos fantasmagóricos, que a Carlos le parecieron extraordinarios. Incluso le auguró a Sabá una trayectoria importante en la plástica cubana. No fue así, pero en todo caso sus bo­cetos sirvieron para ilustrar el primer número de la revista. Como yo estaba entre los que se reunían, pues fui uno de los fundadores, junto a Guillermo, Rine Leal, Jorge Tallet, Ithiel León. Fue sencillamente un esfuerzo personal de Carlos, quien logró algunos contactos para publicar el primer número, que quedó muy bien. Los siguientes fueron algo más pobres. Exactamente no sé de dónde sacó el dinero, porque no creo que él tuviera mucho y los que nos reuníamos allí teníamos menos. Sólo recuerdo que íbamos a una tertulia en una casa del Vedado perteneciente a alguien de mejor posición social que la nuestra, donde se hablaba lo mismo que en el cuarto que presidía Zoila, pe­ro bajo circunstancias muy diferentes.
La propuesta de Nueva Generación murió por la apatía de una época y porque éramos jóvenes de apenas unos años que teníamos que comer y nos fuimos orientando hacia trabajos diversos y carreras universitarias. La revista se distribuía como todas las publicaciones culturales de aquella épo­ca: entre amigos interesados en la cultura y algunos patrocinadores que que­rían ayudar y dar algo. Se organizaba a la buena de Dios, cada cual contribuía con algún texto y Franqui tomaba las decisiones. Raúl Roa ayudó en algo, porque Fran­qui tenía el contacto. En ese momento también se imprimía el Mensuario de Arte, Literatura, Historia y Crítica, donde yo publiqué un cuen­to y Guiller­mo un guión de cine titulado El aullido. No sé en qué medida Nueva Gene­ración fue un antecedente de Nuestro Tiempo, que se inaugura en la calle Reina en 1951 con una exposición de Wifredo Lam y una puesta en escena de mi obra Sobre las mismas rocas, bajo la dirección de Fran­cisco Morín. Sólo nos unía entonces el interés intelectual alejado de cualquier meta política.
Nueva Generación se gesta en torno a la inquietud intelectual de una generación de escritores que no se define políticamente, sino a través de una preocupación individual e independiente por la cultura. Ése era el espí­ritu no partidista que animaba a Guillermo, Rine Leal, Silvano Suárez y otros escritores que nos reuníamos en torno a Zoila Infante, la figura matriarcal que nos gestaba casi de una forma posesiva y producto de una personalidad que se había fortalecido porque la solía pasar negra. Tanto Guillermo como Sabá eran temperamentales y la atmósfera no era precisamente la de una familia aburguesada, común y corriente. De ahí que siempre se desprendía una es­pecie de tensión dramática en la cual todos estábamos envueltos, dominada sobre todo por el espíritu de Zoila, que era muy teatral y había influido a Guillermo. Quizás una cosa taciturna emergía del padre, siempre muy callado. Él también debió ser una corriente oculta en Guillermo, que era esencial­mente una personalidad hermética, que se construía a sí mismo como en una concha. Claro, a lo mejor me estoy llevando por mi imaginación.
El grupo Prometeo formaba parte del contexto general en que nos de­senvolvíamos. Morín representaba en ese momento la vanguardia de nuestra dramaturgia. Franqui era un apasionado de su trabajo y del de Miriam Acevedo. De esa admiración emerge su gestión para que no quiten una ca­seta que había en el Parque Central. Su idea consistía en que Morín llevara a escena obras de teatro allí. El equipo de actuación se cambiaba en “casa” de Guillermo. Estas actividades fueron muy importantes para los jóvenes dramaturgos (incluyéndome), porque se estrenaron, por ejemplo, montajes de La canción del pescador, una obrita de Rine Leal (poema del cual escribí un guión de cine) y La máquina rota de Silvano Suárez, que en aquel tiempo era una promesa. Roa dio alguna ayuda y permitió que la caseta siguiera en el Parque Central por algún tiempo.
A Guillermo no le interesaba para nada el teatro. El único interés de Guillermo por la dramaturgia cubana se llamó Miriam Gómez, pero eso vino ya con la Revolución. No sé si tuvo algún interés “teatral” por Julia Asto­viza. Zoila Infante, que no sabía lo que estaba diciendo en este sentido, quería que Guillermo se casara con Julia porque le parecía la esposa ideal. Pero a veces las madres están muy despistadas. En su lugar, Guillermo se casó con Marta Calvo, que era una muchacha también muy bonita y, sin du­das, mucho mejor elección. Creo que él no supo apreciarla en la medida que se merecía. Ella siempre me ha parecido la protagonista de “Abril es el mes más cruel”, pero eso ya son interpretaciones subjetivas.
Íbamos mucho a la cinemateca de la calle Consulado, incluida Zoila. Entre los escritores, William Faulkner era el profeta, especialmente para Guillermo. En realidad, la literatura norteamericana era la que nos interesaba. La Biblioteca Circulante de la aburguesada Sociedad del Lyceum fue muy importante también para nosotros, porque hizo una contribución a la cultura nacional, realmente extraordinaria, con exposiciones de arte, confe­rencias… Los que no teníamos dónde caernos muertos asistíamos y apren­díamos de forma autodidacta. Guillermo también iba. De allí sacábamos libros sin orden ni concierto: Romain Rolland, Kaiser, Supervielle, Faulkner, Hemingway, cualquier cosa. Literatura europea y norteamericana, pocas co­sas de autores españoles y latinoamericanos. El teatro español en general nos parecía malísimo. Morín publicaba la revista Prometeo, la primera de teatro que salió en Cuba.
“El cine, industria y arte de nuestro tiempo”. Así se llamó un curso de verano que se ofreció en 1952 en la Universidad de La Ha­bana, algo sintomático de lo mucho que representaba el cine para noso­tros. La 20th Century Fox convocó a un concurso de crítica sobre la película El capitán de Castilla. Co­mo el único modo que teníamos de asistir al curso era cumpliendo ese requisito, pues Guillermo, Vigón, Puig, Natividad González Freire, Rine y otros más, enviamos reseñas y pu­dimos entrar. Con Guillermo a la cabeza del reparto, seguido de cer­ca por Vigón y Puig, se le hizo la vida imposible a José Manuel Val­dés Rodríguez, que en aquel tiempo era el decano de la crítica cinemato­gráfica y se creía el dueño de la cinemateca universitaria. Se desató una antipatía mutua entre éste y aquél. Las interpretaciones fílmicas de Valdés Rodríguez las considerábamos caducas. Pero el curso ofrecía una oportuni­dad única de ver películas que no habríamos podido conocer de otro modo.
La generación de los cincuenta, que se da a conocer a principios de los sesenta, tenía un verdadero concepto de ruptura con los moldes previos y cada cual funcionaba teniendo presente esta especie de principio, de acuerdo al género que seleccionaba para expresarse. Por eso durante los tres primeros años de la Revolución hay una verdadera efervescencia creadora, una verdadera vanguardia que produce una renovación estética. Lamen­tablemente, los objetivos de esta renovación estética no coincidían siempre con los objetivos políticos, y se creaba un desajuste, una disonancia. Y Gui­llermo, a través de Lunes de Revolución, fue una figura dominante en el espíritu de vanguardia verbal.
En lo dramático, se trataba del absurdo, la crueldad, el teatro dentro del teatro. No sé muy bien cómo definirlo en relación con la narrativa, pero diría que la característica principal (que en Guillermo se refleja muy bien) era el texto en sí mismo como protagonista de la creación, la palabra como objetivo, lo cual difería con el concepto de la Revolución como centro. Éste fue el choque fundamental y, por extensión, cualquier cosa que oliera a realismo socialista era inaceptable para las figuras representativas de esa generación. De ese modo afirmábamos nuestra identidad y diferencia contra las postu­ras más tradicionales y convencionales.
Conocía a Guillermo desde mucho antes y me resultaba natural verlo como un “infante” terrible, a veces muy pesado, pero siempre normal. Sa­bía que era su manera de impresionar y, al mismo tiempo, de protegerse co­mo un erizo. Mucha gente tiende a subestimar a las personas dóciles. Así que creo que estaba en lo correcto cuando actuaba de ese modo, como un pesado, porque realmente Guillermo —a pesar de sus juegos de palabras— nunca fue “gracioso”. Ulteriormente, lo vi en una conferencia en Miami. Trató a la gente a las patadas, y a todos les gustó. Ésa fue parte de su estrategia pa­ra “construir” su presencia y éxito públicos. No obstante, era una persona brillante, de extraordinario talento, que no tenía nada de mediocre. Eso hay que acreditárselo, teniendo en cuenta que muchas personas no perdonan el talento. En los “círculos intelectuales” se veía (y se seguirá viendo) con la óptica opuesta de amor-odio, un poco a lo Marlene Dietrich, a quien tanto admiraba.
Cuando el triunfo de la Revolución, no estuve dentro de Lunes. Contri­buía con bastante regularidad, llevaba mis trabajos, los publicaban, pero no tenía nada que ver con la Redacción. En realidad no me sentía del todo a gusto. Trabajaba de día en una escuela privada y, de noche, en otra pública situada en la Esquina de Tejas. Franqui me consiguió trabajo como profesor en la Escuela de Periodismo. Llegó un momento en que no había alumnos. No recuerdo las razones, pero así fue. Con esa excusa, me reintegré a la escuela pública en 1961.
En Lunes de Revolución en Televisión participé en una oportunidad con Luis Orticón (Luis Agüero) y Fausto Canel. Fue estupendo. Nos llevábamos muy bien y me sentí cómodo. Contribuí con una adaptación de Electra Ga­rrigó, donde trabajaron Miriam Gómez y Adela Escartín, y el día en que se estrenó el documental P.M. en televisión se presentaron dos obras mías: Gas en los poros y El tiro por la culata.
Nunca vi a Guillermo “limpiar los establos” con “la escoba política”. Si él dijo tal cosa, lo hizo para épater, como parte de la construcción de su perso­nalidad pública. Muchos artistas, como Dalí, hacen eso y les dan excelentes resultados. Otros, como Van Gogh, se joden y construyen su personalidad mediante lo que escriben, pintan, componen. Guillermo usó ambos recursos. Puede que fuera un pesado para mucha gente; la verdad es que no era la persona más encantadora del mundo, pero no fue un persecutor intolerante.
Estuve en las tres reuniones de la Biblioteca Nacional. Es posible que Guillermo hablara, pero no creo que fuera una intervención tan significativa como la de Virgilio Piñera. Las Palabras a los intelectuales dejaron una im­presión muy negativa, y en lo que a mí respecta, la Revolución, más exactamente, la alta jerarquía, definía su posición con claridad y el que no la entendiera así sus razones tendría. El que un documental en sí mismo cau­sara tanto revuelo porque se consideraba que no reflejaba el proceso revo­lucionario era una obvia exageración, y así lo comprendimos algunos. Fue realmente un golpe brutal para aquellos que nos identificábamos con muchos aspectos del cambio revolucionario, pero no con todos. Este criterio refleja el de muchos de aquellos que contribuíamos en Lunes y nos sentíamos cerca­nos al espíritu de vanguardia intelectual que representaba esta publicación y, por extensión, a Guillermo Cabrera Infante. Yo no abrí la boca, porque en boca cerrada no entran moscas y el pez por la boca muere.
Mi salida coincidió de modo casual con el cierre de Lunes. Yara y yo habíamos pedido el permiso hacía meses y nos tocó por azar un 27 de noviem­bre de 1961. Ese día mi obra Gas en los poros era estrenada por el grupo Prometeo, con Verónica Lynn y Parmenia Silva. No pude asistir. Me fui a des­pedir de Franqui (prácticamente en arresto domiciliario). Me metió una filípica por­que me iba con los colonialistas, bla bla bla bla, pero nos despedimos ami­gablemente. Me creía en la obligación de despedirme de él y de Guillermo.
Empecé a enseñar en la Universidad de Hawai en 1965 y continúe por unos treinta y cinco años, lo cual explica que viera a Guillermo en muy po­cas oportunidades. Estando de paso por Londres, fui a su flat unas tres veces. Miriam nos brindó unos sándwiches de pepino, todo muy inglés. Después, en un viaje a Miami, mi esposa tuvo la idea de que nos volviéramos a ver. Nos encontramos en una cena en casa de Palenzuela, un poeta cubano ami­go de Guillermo. No fue buena idea. Llegó tarde y con Andy García. A mí se me ocurrió plantear el problema de quién de los dos había sido más pobre en Cuba. No nos pusimos de acuerdo. Él estuvo pesadísimo y posiblemente yo también. Nunca más nos volvimos a ver.

NIVARIA TEJERA
Recibo sus e-mails referentes al trabajo que preparan sobre GCI por si tengo alguna anécdota personal que pudiera referirles, dando por ejemplo la que mencionan y que considero una fabulación al estilo del bueno de Marré y su humor algo socarrón. A ver si se aclara este malentendido de las serpentinas anécdotas: mi relación con Guillermo se redujo al corto año que coincidimos en la entonces Escuela de Periodismo y fue más bien distante, dado su comportamiento machista que me resultaba particularmente desa­gradable. Tampoco existió la pertenencia a un mismo grupo (mi vía era la poética; la suya, periodística), por lo que nuestros encuentros muy esporádicos se reducían a uno de sus característicos sarcasmos que me lo hacían aún más antipático: “¿Sigues escribiendo poesía?” Convergimos más tarde en los puestos de agregados culturales que nos fueron confiados y también en el mo­mento de abandonarlos, yo primero y él después; pero tampoco hubo comunicación entre nosotros. Y en el terreno literario (ni qué decir), nuestras búsquedas se aproximan únicamente —y así lo ha considerado cierta crítica— en que mi novela Sonámbulo del sol describe la diurnidad habanera y él la nocturnidad.
Así pues, que se deje de fabular alrededor de lo que Vallejo denomi­naba “la nonada”. Les deseo éxito en su tesis. Y, desde luego, ruégoles que feliciten al viejo Marré por la condecoración a su buena conducta cultural...
Saludos cordiales.

LUIS AGÜERO
Conocí a G. Caín antes que a Guillermo Cabrera Infante. Creo estar seguro de que fue a finales de 1958, en un lugar llamado La Corea, próximo a la calle Ayestarán, donde las compañías distribuidoras de películas tenían unas salitas para exhibiciones privadas a la prensa. Lo que más me llamó la atención de Caín, a pesar de que ya era un feroz lector de su sección “Cine/Los Estrenos”, fue que usaba unos extraños lentes con armadura de plástico color gris ratón. El filme que se proyectó esa noche fue Sombras del mal, de Orson Welles. Cuando leí su crónica en Carteles, una semana más tarde, tuve la certeza de que debía agenciarme un par de espejuelos semejantes pa­ra ir al cine. La mayoría de las veces me interesaban más sus crónicas que las propias películas que reseñaba. Algún tiempo después —o antes, como diría Guillermo Cabrera Infante, si la memoria no me falla—, tuve el privilegio de leer el original de “Josefina, atiende a los señores” en versión mecanografiada por el propio autor. Hasta entonces no supe que eran la misma persona.
Cuando él estudiaba bachillerato, en un periodiquito estudiantil, re­dac­tó una columna que firmaba un tal Reporter Sesos, “el último con las prime­ras”, una parodia de un boletín informativo de la radio cubana de la época llamado “El Reporter Esso, el primero con las últimas”. También publicó algunos excelentes textos humorísticos, bajo el nombre de El Estrungundán, en el semanario El Pitirre del periódico La Calle, muy al principio de la Re­volución. Son los seudónimos que le conozco, además de Caín.
Muchas son las anécdotas que me vienen a la mente cuando mencionan el nombre de Guillermo Cabrera Infante, pero hay una en particular que suele ser más frecuente. Ocurrió la misma tarde del último viernes de reuniones en la Biblioteca Nacional con Fidel Castro, cuando todavía algunos ingenuos como yo pensaban que a Lunes de Revolución le quedaba mucho por vivir, como dice el bolero. Guillermito me dijo: “Mírame, Jockey —así me llamaba a veces, aludiendo a mis cinco pies cinco pulgadas, ‘mi ver­dadera estatura de escritor’, de acuerdo a su criterio—: estás hablando con el hombre que fue lunes y no logró sobrevivir el tercer viernes. ¡Se acabó lo que se daba!” Y así fue.
Muchos de los jóvenes —algunos no tan jóvenes— escritores de los se­senta tenían al menos dos sueños en común: que se acabara de caer Batista y publicar su primer libro. De un solo golpe de pólvora, la Revolución abolió el azar y les cumplió esos dos deseos y otros muchos más. Guillermo devino líder en dicha coyuntura al ser situado por Carlos Franqui al frente de Lunes de Revolución y salir al res­cate de un grupo de escritores que había emigrado en su mayoría a Esta­dos Unidos —Pablo Armando Fer­nández, Humberto Arenal, Heberto Padilla, Oscar Hurtado…—. En cuan­to a las “estrategias de legitimación”, que en mi opinión no se caracterizaron precisamente por sus “posturas rupturistas” ni siquiera en el ámbito estrictamente literario, los escritores de los sesenta publicaron todo lo que tenían almacenado, lo cual hizo posi­ble que apareciera más de un libro de dudoso valor, entre ellos De aquí para allá, del cual soy autor.
Un día envié al magazine un cuento titulado “Este pequeño pueblo” y, para mi sorpresa, fue publicado casi enseguida, lo cual demuestra que Lunes podría ser cualquier cosa, menos una publicación elitista —en última instancia, yo en ese momento era un perfecto desconocido—. Meses después repetí el tiro con “Todos los sá­bados son iguales”, que para mayor sorpresa mía apareció en “A partir de cero”, una sección sólo para debutantes a cargo de Virgilio Piñera. Creo que fui el único escritor que perdió su virginidad literaria dos veces en Lunes. Puede ser que eso me animara a seguir colaborando. Yo era el más joven, así que no estuve muy al tanto de sus luchas intestinas, esofágicas o de cualquier otra índole anatómica que se suscitara. Si las hubo, Guillermo Cabrera Infante tuvo que estar involucrado en todas ellas. Cualquier relación con él —la de trabajo en particular— era siempre problemática. Guillermo no estaba de acuerdo con casi nada, a veces ni con sus propias opiniones.
No existían formalmente sesiones para organizar los números. Cuando el periódico Revolución estaba en el antiguo local de Alerta, las reuniones del magazine se realizaban en los pasillos, en los talleres o en un bar aleda­ño al que todos llamábamos “El agua fría”. Después, cuando se tomó por asal­to el suntuoso edificio del periódico Prensa Libre, como había pronosticado su director Sergio Carbó, la Redacción de Lunes compartió un local con los periodistas que trabajábamos en la sección de “Espectáculos”, que éramos los mismos salvo muy raras excepciones, y de esa época sí recuerdo haber participado en algunas sesiones de números especiales, en particular uno de­dicado a la televisión que jamás llegó a publicarse.
No sé si Lunes tenía una nómina aparte. Pero de ser así, creo que únicamente Pablo Armando Fernández, como subdirector, debió cobrar por esa vía; también los colaboradores ocasionales, desde luego. El resto de los redactores fijos, incluyendo a Cabrera Infante, cobraban por el periódico. No podía existir ninguna diferencia.
El trabajo del magazine con el programa Lunes de Revolución en Te­levisión y Ediciones R se articulaba como se hacía todo en esa época, un poco al arbitrio del poeta. Yo fui el guionista de Lunes de Revolución en Televisión durante algún tiempo, y no recuerdo que existiera una relación estrecha en­tre ambos. Más o menos sucedía lo mismo con Ediciones R, dirigida por Vir­gilio Piñera. Ahora, a la distancia de medio siglo del primer número de Lunes, es lógico que ese fenómeno editorial, cultural e incluso político que fue el magazine obligue a que sea analizado desde una óptica más compleja. Cin­cuenta años atrás, como el mismo Guillermo Cabrera Infante señaló en el comentario editorial iniciático: “Nosotros no formamos un grupo, ni literario ni artístico, sino que simplemente somos amigos y gente de la misma edad más o menos.” Sólo me gustaría añadir que entre la gente de Lu­nes lo que no faltaba era el talento y el deseo de hacer nuestro trabajo lo me­jor posible.
Un sonero cubano, no estoy seguro si Puntillita o Cascarita, repetía con orgullo en cada una de sus presentaciones que “él sí estaba en la ultimitilla”. Lunes ídem de ídem, y la “ultimitilla” en este caso era, sobre todo, la Beat Generation y la Nueva Ola francesa. Por eso el magazine se ocupaba de Ginsberg y de Kerouack, de Los 400 golpes y de Hiroshima, mon amour. Sin embargo, eso no significa que la gente de Lunes fuera seguidora incondicional o estuviera identificada plenamente con esos movimientos.
Lunes, desde su mismo nacimiento, afrontó muchas dificultades. Tenía que ser así, como dice la canción de Laserie: dentro del mismo periódico, gente como Lisandro Otero o Jaime Sarusky abogaba porque el magazine fue­ra lo que ahora se conoce como “un poco más ligth”, refiriéndose en particular a ciertos textos de carácter teórico que sin duda estaban fuera del alcance del lector no especializado. En parte tenía razón, aunque Guillermo Cabrera Infante siempre respondía que eso era subestimar al lector.
La editorial y el programa de televisión, a pesar de que tuvieron vidas más efímeras que el magazine, también realizaron una notable labor. En “R” se publicaron títulos como Así en la paz como en la guerra, la primera poesía de José Álvarez Baragaño, esa extraña joyita que es Señorita corazo­nes solitarios de Nathaniel West, el Teatro completo de Virgilio Piñera y, sobre todo, un excelente tomo sobre la pintura cubana que armó Oscar Hurtado con indudable acierto. Lunes de Revolución en Televisión no sólo tuvo el mé­rito de haber trasmitido por primera y única vez en la pequeña pantalla esa inventada manzana de la discordia que fue P.M., sino que además se ocupó de divulgar la obra de los más jóvenes creadores cubanos de entonces, y rea­lizó una emisión especial dedicada al jazz, que recuerdo como uno de los pro­gramas de televisión más logrado que se ha hecho en Cuba.
Puede ser que haya algo de verdad en eso de que Lunes de Revolución aplastaba a todo aquel que estuviera en desacuerdo con sus posiciones esté­ticas, pero no siempre lograba su objetivo. Un ejemplo es José Lezama Lima. Claro: es sumamente difícil aplastar a un súper pesado como Lezama. Ni si­quiera la Revolución lo consiguió. Lezama, como advirtió Luis Ortega en un curioso ensayo no muy conocido, es más que un escritor: una entidad litera­ria; probablemente su obra sea menos importante que su persona o, mejor aún, que ese personaje tropical rabelesiano que él mismo se creó. Visto así, me parece consecuente que no le quitara el sueño ningún tipo de ataque.
La declaración de que “como director intentó limpiar los establos del auge literario cubano recurriendo a la escoba política para asear la casa de las letras” no encaja mucho en el estilo de Guillermito, pero durante los prime­ros y fervorosos días de nuestro enero revolucionario cualquiera podía decir cualquier cosa. A Heberto Padilla, con su habitual acidez, le gustaba contar que Guillermo echó a pelear a Baragaño y a él contra Lezama, pero que por detrás de ellos hacía gestiones para “mejorar al Gordo y que pudiera seguir visitando el restorancito árabe de la calle Rayo que tanto le gustaba”. Es todo lo que oí decir. Y con respecto a su encuentro con algunos de los miem­bros del grupo Orígenes a comienzos de 1959, debió producirse, pues por esa época Cabrera Infante fue nombrado en la dirección de Cultura donde, dicho sea de paso, duró lo que el clásico merengue a la puerta de un colegio. Guillermo no tenía talento como funcionario.
Por otra parte, ¿a quién se le puede ocurrir que Lunes le disputó la hege­monía cinematográfica al ICAIC, pero si por casualidad hubiera sido así podía constituir un peligro? Un número dedicado al cine y al filme experimental P.M., de Sabá y Orlandito Jiménez Leal, no pueden tomarse ni siquiera en cuenta para suponer una auténtica confrontación de poder con el ICAIC, que tenía todos los recursos oficiales para hacer cine. Alfredo Guevara fue uno de lo comisarios del ámbito artístico-literario que más “silenció, atacó, ensal­zó” a cualquiera “sobre la base del favoritismo y la discriminación”. En el ICAIC no logró hacer carrera nadie (aunque le sobrara el talento como a Nés­tor Almendros) que no fuera incondicional, afectuoso o al menos transigente o embarajador con Alfredo, como es el caso de Titón y de algunos otros rea­lizadores que supieron enmascarar su ojo fétido. No vale insistir sobre las de­claraciones de Alfredo, “el otro Guevara”, como decía a veces Guillermito. En realidad, el único que tenía vocación sacerdotal y quería expresarse a tra­vés de una capilla era él.
Los integrantes de El Puente, con José Mario a la cabeza, eran los noví­simos en ese momento, de manera que los de Lunes, mientras existió el magazine, no tuvieron mucho tiempo para mirarlos, ya sea con displicencia o de cualquier otra manera. Me parece recordar que Antón Arrufat y Vir­gilio Piñera eran quienes a veces hacían comentarios más ásperos sobre El Puente, en especial sobre algunos poetas a los que consideraban demasiado prolíficos. El talento de Ana María Simo como ensayista y narradora, una fi­gura emblemática del grupo, era reconocido por todos o casi todos los de Lu­nes. Creo inclusive que fue el propio Guillermo quien le gestionó a Ana María un empleo en el periódico La Calle como comentarista de música popular.

Para explicar las contradicciones con el Partido Socialista Popular, vuel­vo a Heberto Padilla, quien en una de las sesiones de los tres viernes en la Biblioteca Nacional le respondió a Carlos Rafael Rodríguez que una de las contradicciones o, más bien, de las diferencias entre Lunes de Revolución y Hoy Domingo era que el primero publicaba a T.S. Eliot y el segundo a Ma­nuel Díaz Martínez, entonces un joven poeta comunista. Casi medio siglo después, Eliot sigue siendo un gran poeta, Heberto y Carlos Rafael están muertos, mientras Manolito vive exiliado de Islas Canarias.
En lo referente a la polémica con el Diario de la Marina, el choque generacional era inevitable y se remonta a mucho antes del 1 de enero de 1959. Desde el principio de la lucha en Sierra Maestra, la mirilla del fusil guerrillero apuntaba al periódico de los Rivero, que tradicionalmente representó a los sectores más conservadores del país. Lo curioso de la polémica en cuestión es que terminó liquidando a los dos contendientes.
Usar el término “reduccionista” para calificar el motivo del cierre de Lunes me parece un eufemismo. Dicho en cubano, fue una cañona, un atropello. Se justificó en una nota periodística donde se informaba que el país estaba atravesando una aguda escasez de papel. Sin duda la mejor coartada, porque algún tiempo después el país se repuso en ese rubro y se creó la UNEAC, a la que se le asignó suficiente papel para que editara La Gaceta de Cuba y la revista Unión.
La verdadera discusión sobre P.M. tuvo lugar algún tiempo antes en Casa de las Américas, de manera que los participantes en las sesiones de la Biblioteca Nacional parecían saber que la peliculita financiada por Lunes era tan sólo una excusa para definir la política cultural de la Revolución. Es­toy convencido de que Cabrera Infante lo sabía mejor que nadie y estaba convencido, además, de cuáles serían los resultados. Ya mencioné que yo era uno de los ilusos que creía, consideraba, confiaba en que Lunes iba a continuar con vida, al menos por algún tiempo más. Tal vez por eso me re­sultó más doloroso cuando supe, por el propio Guillermo, que el último nú­mero del magazine iba a ser dedicado a Picasso y que no llevaría el número 131 que le correspondía en la serie. ¿Por qué no se numeró la edición final? No lo sé, tampoco intenté averiguarlo. Pienso ahora que tal vez fue un intento fallido en pos de la reencarnación, un ingenuo ejercicio de magia simpática que estaba destinado al fracaso.
Me he referido a algunos de los valores que reconocía en Lunes, pero quiero insistir en el que me resulta el más sólido visto a distancia: el ma­gazine intentó, y además lo logró en buena medida, épater al burgués y al proletario al mismo tiempo, si acaso eso fuera admisible; o sea, a trancazos consiguió alterar, revolucionar la visión que en ese momento el cubano promedio tenía de una obra de arte. El ejemplo mejor es el atrevido dise­ño del magazine, que gracias a Jacques Brouté, Guerrero, Tony Évora, Cuti­llas y, sobre todo, Raúl Martínez, le abrió literalmente los ojos al hombre común y sirvió de avance para que años más tarde resultaran tan exitosos los afiches de las películas del icaic, por citar uno solo de sus méritos como francotirador de la vanguardia.
De Guillermo en Cuba puedo decirles que nunca le interesó dirigir cine. Aparte de que él mismo en alguna entrevista, o tal vez en uno de los textos recogidos en Mea Cuba, aseguró que no le hubiera gustado sentarse en una silla que tuviera en el espaldar un letrero que dijera DIRECTOR. Así en la paz como en la guerra, el libro que publicó en La Habana, fue un éxito de venta. Continúa siendo un excelente libro, pero está compuesto por textos escritos en diversas épocas y con diversos propósitos (y hasta uno de ellos por encargo, como es el caso de “El día que terminó mi niñez”, porque ha­cía falta un cuento en Carteles para el Día de Reyes) y en realidad no refleja de manera cabal la “individualidad creativa” de Cabrera Infante.
De la novela que ganó el Seix Barral con el título Vista del amanecer en el trópico, y que se publicó como Tres tristes tigres, sólo se conocía entonces la primera parte de “Ella cantaba boleros”, donde ya están bien diferenciados los elementos que conforman un arte de narrar muy propio, donde todos los aportes están sabiamente procesados. Se dice que Carlos Barral había comentado en un viaje a La Habana que ese año el premio sería para un cubano, de modo que la mayoría de los escritores se pusieron a terminar la novela que ya habían comenzado o a escribir lo más rápido posible la que tenían en mente. Debe haber sucedido algo así, porque desde Cuba se en­viaron muchos manuscritos ese año al Seix Barral. Como en los buenos com­bates de boxeo, esa vez ganó el mejor. Algún tiempo después, cuando ya se sospechaba que Guillermo no iba a regresar a Cuba, Mario Vargas Llosa me comentó que él estaba muy enojado porque como jurado del concurso había premiado Vista del amanecer en el trópico y no Tres tristes tigres, que fue el título definitivo del libro después de que Guillermo le hizo los cambios y añadidos. Sin duda este hecho debió haber influido en la poca atención que se le dio al primer, y creo que único premio Seix Barral que ganó un cubano.
Pero es en Un oficio del siglo XX donde Guillermo pone de manifiesto, ya en época temprana, su talento para armar un libro que nadie más que él podría hacer. Guillermo Cabrera Infante es, en mi opinión, uno de los grandes innovadores del lenguaje, más allá de cualquier moda.
La última vez que lo vi fue en casa de Abelardo Estorino y Raúl Martínez, donde le dieron una fiesta de despedida cuando se fue de Cuba tras el azaroso viaje que hizo en 1965 a La Habana por causa de la muerte de Zoila, su madre. Nunca más lo volví a ver ni logré hablar con Guillermo. Lo recuerdo mucho en sueños, como era cuando lo conocí. Por eso, al año de su muerte, escribí un breve trabajo que se publicó en Venezuela: “Soñar con tigres”. Me niego a recordar a Guillermito de manera diferente a la primera vez que lo vi, con aquellos horribles espejuelos con montura plástica de color gris ratón.

EDMUNDO DESNOES
Elizabeth y Carlos:
Guillermo y yo estábamos (y estamos) en polos opuestos de cierta vi­sión del mundo o, si prefieren, de las cosas. Yo busco la inclusión y él prefiere, en su vida y en su obra, la exclusión. Los opuestos se tocan, decía André Gide, y en esa tierra de nadie intento vivir y expresarme. En cual­quier situación conflictiva suelo pensar en la posibilidad de que el otro tenga la razón. Es una incertidumbre que disfruto, que me permite ahondar y sobrevivir entre las ruinas.
Un ejemplo: Guillermo era amigo íntimo de Ramón Alejandro, le dedi­có un ensayo a su pintura, pero cuando Ramón aceptó ilustrar un número de Encuentro, Cabrera Infante le cerró las puertas de su amistad. Cuando me exilé y me negué a viajar al otro lado de la luna, a incorporarme a la agresiva y ciega hostilidad a la Revolución, Guillermo decidió atacarme durante una conferencia a la que ambos asistimos en una universidad norteamericana, y sólo bajo presión de los organizadores aceptó eliminar el ataque personal de su charla. Cuando apareció mi antología, Los dispositivos en la flor, donde había incluido tanto autores cubanos viviendo en la isla como en el exilio, Guillermo declaró que incluirlo en el volumen era como incluir a Tho­mas Mann en una misma antología junto a Hitler. Lo cual probablemente yo hubiera hecho si intentara definir la realidad alemana. Lo cierto es que no le había informado de su inclusión, sea porque durante esos primeros años de mi exilio no pensaba en derechos de autor o porque sabía que se negaría. Fue editorialmente un enorme error pero de una absoluta honestidad intelectual. Creo que los escritores de la isla y los del exilio forman par­te del mismo árbol. Hoy muchos cubanos del exilio cultural me consideran un agente del castrocomunismo y, en Cuba, Alfredo canceló mi invitación al Festival de Cine de La Habana cuando publiqué Memorias del desarrollo, donde Fidel aparece como una cabeza de perro en la empuñadura de mi bas­tón, un bastón en el que me apoyo y con el cual mantengo un diálogo cordial y agresivo.
En cuanto a nuestra obra alrededor del cine, tanto en la crítica como en la creación, vuelve a expresarse nuestra coexistencia nada pacífica; na­da, como dijo Unamuno, se parece más al abrazo que la lucha cuerpo a cuer­po. Cuando se cansó de hacer crítica de cine, me propuso que me hiciera cargo de la tarea y acepté. Inclusive una de mis críticas, “La infancia de Iván”, apareció en la primera plana de Revolución. Mis críticas, desde lue­go, no merecen recogerse en un libro. Las de Guillermo son ocurrentes, frescas y a veces penetrantes. Siguen teniendo vigencia.
Donde realmente fracasó Cabrera Infante fue en su afán de escribir un guión de calidad y verlo convertido en una película trascendente. El guión para la película que dirigió Andy García es de una mediocridad bochor­nosa. Ni siquiera se atrevió, por otra parte, a ver Memorias del subdesarro­llo para mejor destruir la narración visual. Y la película, como todos saben, ha sido seleccionada por la crítica internacional como la más importante de todo el cine iberoamericano. Llegó a decir que Titón y yo denigrábamos a Lam porque uno de sus cuadros aparece en el departamento de Sergio. Que estábamos sugiriendo que Lam era un pintor de la burguesía. Y Guillermo sabía que Lam había sido íntimo amigo mío.
Ya habrán notado la sana o enfermiza competencia entre nosotros. No lo niego. Muerto Guillermo, Padilla y Titón… me siento el principal sobrevi­viente de mi generación. Como no tengo abuela que hable maravillas de su nieto me veo obligado a celebrarme.
Resumiendo la valoración antagónica: Cabrera Infante es una de las raíces de nuestra cultura, su uso y abuso de las palabras para exaltar y deni­grar, para crear un mundo donde la imaginación, el resentimiento y el humor criollo son un mecanismo de defensa ante un mundo caótico, son ingredien­tes constantes de nuestra existencia. Guillermo Cabrera Infante es parte inse­parable de nuestra identidad (cosa que Guillermo, y tal vez con razón, jamás diría de Edmundo). Guillermo es mucho más auténticamente cubano que yo, pero espero que muchos jóvenes se vean reflejados y expresados cada día más en mi obra y mi pensamiento. Un sueño ridículo e imposible.
Martí, cuando no podía elogiar, prefería callar. Yo no quiero, no puedo callar. El silencio pronto será mi realidad.
Espero que lean y destruyan mi respuesta demasiado personal y subjetiva.

Engranajes

Alejandro Badillo

Góngora y Lemus jugaban cartas en el silencio de la habitación. Un foco ama­rillo, medio muerto, aleteaba. Las manos escondían el juego. Los ojos en la mesa, velados por el humo acumulado, por las nubes que las bocas alentaban. Dis­plicentes, lentos ajedrecistas, a sus piezas. A los dados habían jugado antes. Sin embargo la aburrición, el azar que en ese momento no decía nada, los había conducido a las cartas.
—Es medianoche —dijo Góngora.
—¿Y qué? —respondió el otro
—Ya debería estar aquí.
—A veces tarda —lo tranquilizó.
Los vasos brillosos. Sus orillas redondas y nubladas. El alcohol —apenas diluido en los hielos— los despabilaba. Desde hacía años tenían varias coincidencias: la paz del whisky, su lenta fiebre, su progresivo ascenso a la cabe­za. Lemus tenía una herida reciente sobre la ceja derecha. Góngora, huellas de sangre en la nariz. Los zapatos habían dejado un rastro de lodo en la coche­ra. En la siguiente mano de cartas la herida de Lemus brilló, quizá motivada por las esquirlas de luz, por el semblante descolorido y sin vida. El foco parpa­deaba, casi inservible. Entre amarillos, volutas, las cosas.
—¿Y la maleta? —preguntó Góngora.
—Está en el cuarto
Con codicia miraron el inventario de cartas. Siguieron jugando un rato aunque las nervudas manos los delataban. Los ínfimos movimientos. Góngo­ra, buscando desahogo, se rascaba las sienes. La codicia en los dos, la imagen de los billetes. Después de la última partida Lemus dijo:
—Voy por la maleta.
Góngora inclinó la cabeza. Los ojos grandes siguieron los pasos del otro. Y la inestable luz le carcomía la cara y la sombra de su cuerpo ane­gaba una parte de la mesa. Tan den­sa como un charco, pen­só. Tan ní­tida era, una silueta viva, en la espera.
Lemus regresó:
—Deberíamos contar los bi­lletes.
Los hombres comenzaron a sacar los fajos de la maleta.

El whisky volvió a fulgurar en los vasos. El mantel manchado de la mesa, los motivos frutales medio bo­rrados; los tenedores. La botella menguó, asediada por los ofician­tes. Los escrupulosos habían contado los billetes dos veces. Apilados por denominaciones, junto a los vasos. Por precaución una pistola. La siguien­te partida. Pero los ojos atentos al reloj. Los segundos sin ruido, más lentos. Hecho el tiempo esa noche, para atascarse.
—¿Lo habrán atrapado? —dijo Lemus
—No sé.
—Al menos una llamada.
Acabó de improviso la partida. Los dos se miraron. Las cartas descubiertas y el juego expuesto. Abundantes tréboles y ases. Magro juego. Pocas combinaciones. Las cabezas en dirección al teléfono. La vasta habitación re­producía sus temores. El vuelo de un mosquito, amoroso al halo del foco, era amplificado por el silencio.
Góngora fue a la ventana. Dudó un instante antes de apartar la cortina. Afuera, un camino de tierra, los desperdicios del maíz, perros nocturnos, falenas, desperdigadas luces.
—¿Miras algo?
—Bien muerta, la noche.
Volvió a su lugar la cortina. Las ventanas comenzaban a helarse. El vaho de la noche las opacaba. Intentaron volver a la normalidad.
—Hay que esperar al día, unos horas, nada más —dijo Lemus mirando sus dedos. Las uñas despostilladas fueron a la herida en la ceja. Se concen­tró en la hinchazón, en el ardor que le aguijoneaba el ojo.
Góngora, buscando respuestas, remiró la cocina: en la mesa sólo los inú­tiles reflejos, el ámbito amarillo en todo y los hielos en los vasos, a pesar del frío, desmoronándose.

El transcurso de las horas, una tortura. El whisky en los ojos amilanaba. Ya no había cigarros. Sólo cadáveres en el cenicero, apilados; una solitaria voluta so­bre ellos. Lemus, mirando a la leve, retorcía el cable del teléfono. Imaginaba al ausente, interrogado en una silla, su cara anónima por las bocanadas de una lámpara. ¿Dónde están? ¿Sus nombres? ¿Por dónde huyeron? Lemus casi miraba en la penumbra a los captores. Las voces difusas, los brillos de los ojos; también las placas.
—¿Qué piensas? —dijo Góngora.
—En que no hay mucho tiempo.
—No podemos estar aquí.
Cavilosos consumieron los asientos del whisky. Prendieron el radio en busca de alguna noticia. En vano. Entre la estática, entre las inútiles voces, sólo algarabía y acordes. Caminaron en círculos. Triste carrusel los dos. Pe­rros enjaulados.
—¿A dónde vamos? —dijo Góngora.
En el silencio de la habitación quisieron huir en despoblado, aferrados a la maleta, alejándose de la carretera. Borrarían innumerables pistas, vigila­rían huellas. Atentos al horizonte de la bruma, en el imaginario la llegada de barcos enemigos, peligrosos contingentes. Las heladas respiraciones y la lujuria expuesta en los rostros, incontrolable por los billetes.
—No sé —respondió Lemus.
—Quizá esté cerca de aquí.
—No va a llegar.
Sin alcohol, con los cigarros vueltos humo, nada en la mente. Góngora se acercó a la puerta. El whisky en su cuerpo bullía. Recordó el gesto del desco­nocido mientras lo amenazaba con la pistola. La sangre, entonces, un hervide­ro. Los ojos calientes, tensos los nervios, el torrente que venía de alguna parte y que le abultaba las venas. Recordó que el desconocido, a pesar de la amenaza, del probable fuego, le buscaba la mirada deseando la muerte. El hombre, pensó Góngora mientras huía por la calle, tenía en sus rezos al dios de los prematuros, de las naves que naufragan, de los árboles que nunca crecen.

Lemus, gato apresado, dio una última vuelta por la habitación. Miró a Góngora.
—¿Salimos?
—Espera —murmuró Góngora, después inclinó la cabeza y movió el cuer­po. Los brazos como los insomnes, por instinto, hacia las ventanas. El sonido de un auto llenó la calle. El silencio alrededor era pleno: sólo el transcurrir de las llantas y el resto del andamiaje. Insectos se reunían en las ventanas por la inestable luz. El zumbido de los convocados, murmullo de mucha gente, casi los engañaba.
Los impacientes se miraron. Ganas de romper el reloj, de tomar el teléfono, marcar números al azar, esperar una voz y confesarlo todo.
—Hay que apagar la luz —dijo Lemus.
Hubo en Góngora un poco de incredulidad. Pero el semblante de Lemus no era de nieve. Ahora temblaba y era rico en temores. Oprimió el apagador. El auto pasó a un lado de la casa pero no se detuvo. En las ventanas un último reflejo. La habitación tuvo nuevo peso. A la distancia los objetos zozobraban, inundados por la noche. En el ámbito sólo luz del exterior, muy leve entre los hombres, vagando. Varadas en sus lamentaciones, las figuras. En un sutil ar­tificio, una búsqueda de señales, las manos abiertas y vencidas, como si en ellas el peso de innumerables peces.

¿Había pasado el tiempo? Sentados en la mesa, repletos de oscuridad, ignorantes. La faz de las cartas, manchas de luz entre sus manos. Pensaron en la luna, entre las ramas de un árbol, dejando una cauda. Góngora le contó a Lemus del hombre, de su mirada que todavía lo buscaba. Las consecuencias se encadenaban, infinitas y redondas. Tal vez el hombre lo siguió. Tal vez en la esquina, en el edificio de enfrente. Tal vez la casa, en ese momento, rodea­da por la policía. Góngora decía que imaginaba las voces, los susurros, los pasos. Que la cara del hombre en la faz de las cartas, nítida, mientras jugaban.
—Tonterías —dijo Lemus.
—¿Qué hacemos? —arremetió Góngora.
Miraron las desmesuradas pilas de billetes. Torres anchas, vigías, imagi­naciones. Llevaría tiempo guardarlas en la maleta. A un lado la pistola.
—El otro quizás esté muerto; tu hombre, no sé —dijo Góngora mientras iba a la mesa, motivados los ojos por el metal de la pistola. Lemus, apenas vi­sible, avanzó a tientas, vacío, vadeando los muebles.
—¿Y nosotros? —dijo Lemus.
Góngora apretó los labios. Sin sombra, sólo silueta, indeciso junto a los estantes. Miraba y se relamía y husmeaba el espacio con la tosca nariz. De re­pente quiso consultar el reloj y lo buscó ahogado en el mueble de enfrente, entre las demás cosas.
—¿Dónde está?
—¿Qué?
—El reloj.
Lemus aguzó la vista. Buscó encima del refrigerador, cerca de las llaves, junto al coronado cenicero. Después fue a la mesita de madera, la del teléfo­no, precisa por la luna al inicio de las escaleras. Nada.
—¿Dónde está? —repitió, reclamándose.
Siguieron buscando con una lámpara de pilas. Indagaron los cojines de la sala, cajones inferiores, botellas de cerveza, calendarios. Restos de polvo, por el haz, se descubrían. También los muebles intactos. Las manos de Le­mus abandonaron la lámpara y tantearon. Atentas a la forma redonda, a la retumbante campanilla. Góngora, inútil comparsa, revolvía el aire.

Hartos estaban de buscar cuando escucharon al auto en la calle. El sonido más vivo que antes, el pesado andamiaje, el rechinido, las luces. El resplan­dor a través de los cristales, amarillo, el de un faro. La bocanada tocaba a los hombres. Instantes de ámbar en los rostros, como antes, con el foco. Se en­corvaron por instinto. Las miradas a la puerta, a la cerradura, al improbable giro de la perilla. Pero cuervos en el temblor de una rama, con entereza, esperaron. Bajaron las voces:
—¿Y si es él?
—¿Por qué no se detiene entonces?
—No sé, tal vez desconfía.
—Es la policía.
—Hubiera llamado.
—No tuvo tiempo.
—¿Entonces?
El auto, como la primera vez, siguió de largo. Y destacó el mutismo del teléfono y el hervor de insectos siguió y de nuevo en el punto de inicio. Inde­cisos, sólo en los cuerpos los latidos. Después el aullido de un perro, el frío que ascendía y asediaba los huesos.
—Va a regresar —dijo Góngora.
—Esperan que salgamos —completó Lemus.
—No lo haremos.
Góngora tomó la pistola. En el otro aún perduraba la inseguridad, la sensación de que intensos ojos lo espiaban.

El auto pasó una vez más. Orbitando la casa, sus cortos intervalos, casi im­posible la huida. La desparramada luz. En los cristales el fantasma, la proce­sión entrevista tras los sillones. Y los dos espectadores, fugitivos en su casa, boqueando. Los ojos de pez llenos de asombro. Imaginaban nubes de tierra entre las llantas, por los baches. Incluso intentaron poner un rostro al conduc­tor. El del ausente, quizás un testigo del robo, un policía de bigotes. ¿Iría solo?, ¿con pasajeros?, ¿cuántas armas? Pensaron en una risa bullendo en el auto, justo cuando pasaba frente a la casa. Una risa aguda, carcajada festiva, serpentinas, burbujas en el aire. Y después la luz recorriendo la calle, posada en la ventana, detenida ahí, por instantes, con avidez de insecto.
Góngora sopesó la pistola. El brillo de la empuñadura en los dedos, dimi­nuta luna, alumbraba. Quiso tener un blanco para disparar, quiso chispas en la boca de la pistola, fuegos artificiales; un cuerpo enfrente, a sus pies, humeante.
—Tenemos que contar —dijo Lemus, haciendo a un lado sus ima­ginaciones.
—¿Qué?
—El tiempo en que tarda en pasar el auto.
—¿Piensas en el intervalo?
Góngora asintió en silencio.
Buscaron una hoja de papel y un lápiz. La lámpara avivó muebles, cajones. Como viento apartan­do nu­bes, el haz, en los objetos. Esta­ban listos cuando hubo un problema im­portante: la desaparición del reloj. La ausencia renovó el malestar, una intromisión en la cuidada estrategia, la única seguridad que tenían para aferrarse.
—Tendremos que calcular nosotros —dijo Lemus.
—En cuanto pase empezamos a contar.
—Al mismo tiempo, sin distracciones.
—Muy bien.
Escondidos tras un sillón. Un consumido lápiz entre los dedos, la hoja cuadriculada; las armas. Con nervios, en una trinchera, no hablaron. Sólo faltaba el humo de los cigarros y los sacos de arena. Pero las quijadas apretadas remitían a la guerra, también los ojos devorados por el alcohol, por el forzado insomnio.
Después de un rato escucharon el auto. A la misma velocidad, tiempo suficiente para prepararse, una respiración profunda. Los hombres inclina­ron las cabezas. La velocidad del auto disminuyó, rodaba tan lento que pensaron en el andar de un animal esforzado, en un barco pequeño, suspendido en la inmóvil marea. Góngora, impaciente, enderezó el cuerpo y avanzó un trecho para espiar por los cristales.
—Creo que es un Datsun viejo, color blanco —dijo.
El informe tentó a Lemus.
—¿Distingues al conductor?
—No.
—Regresa, es peligroso.
Góngora se arrastró hasta su posición de combate. A pesar del esfuerzo, del movimiento dócil y cuidado, no pudo ocultar el tintineo de las monedas, inquietas en el fondo de los bolsillos.
El auto llegó al final de la calle y, como antes, dobló en la esquina de­recha.
—Ahora —dijo Lemus.
Empezó el murmullo de números, un rezo vivo en las bocas. A la distan­cia las voces se unían, una sincronía de insectos. Siguieron contando. Las len­guas al unísono, también los labios. El tiempo, sujeto a las palabras, transcurría de otra forma. Más verdadero que el otro, el de los relojes.

El auto volvió a pasar: en el papel diez minutos exactos. La redonda cifra alarmó. La precisión maléfica, de miniaturista, perturbaba. ¿Habían sido ellos? Quizás una sutil maniobra, de los de afuera, en sus bocas.
—Tal vez se dieron cuenta
—¿Qué?
—De que los viste, te vieron.
—No lo creo.
Sopesaron probabilidades, las más fantásticas ganaban. Lo único cierto era la inmovilidad. Estar los dos, en charola de plata, listos para el depreda­dor. Sólo el enroque final y la última embestida. Una señal que así, a oscu­ras, no vislumbraban. Quizá por el jardín, caminando en la azotea. Sigilosos poli­cías en el cerco. Miraron el techo. ¿Volver a contar? ¿Huir ahora? En cóncla­ve meditaron: a favor la semioscuridad, acrecentada por las densas nubes que manchaban la luna. Y después, más seguros, al otro lado de la calle, aprovechar el siguiente intervalo para internarse en despoblado o, en caso con­trario, buscar el amparo de los matorrales. Tal vez, incluso, habría tiempo suficiente para recomenzar o componer el trayecto. Sólo la coordinación, la fortuna del movimiento, el instante preciso, garantizarían la victoria.
—Muy bien.
—Esperamos una última vuelta y nos largamos.
Decididos fueron a la cocina. Miraron las altas torres, las varias deno­minaciones. Lemus puso la maleta en la mesa. Abrió el cierre. Desbara­taron las torres, pronto ruinas entre las manos. Mientras metían los fajos Góngora miró las uñas de Lemus. Destacaban monedas brillantes en la pe­numbra. La del pulgar, un poco más larga. Espolón para la lucha, pensó Gón­gora, para el abordaje.
—Espera —dijo Góngora.
—¿Qué?
—Será muy pesada la maleta para la huida, mejor repartimos el dinero en partes iguales, tengo una bolsa.
Lemus lo miró. La desconfianza era evidente en el otro. El temor de trai­ción, el despojo. La promesa que fácil enceguece, la codicia que despierta. Lemus, sin argumentos para rebatir, accedió con un movimiento de cabeza. Repartieron dos bultos de similar tamaño. Guardado el tesoro, con la carga a cuestas, regresaron a su lugar en los sillones. La conjura en las mentes, sólo una cuenta más, una vuelta más del Datsun blanco. El vibrar de insectos, los nervios, como el anterior temblor en el foco
—No debe tardar —dijo Góngora.
El sonido creciente del motor hizo buenas las predicciones. En el inicio de la calle aceleraba. En una pequeña subida el motor desfalleció, pero acrecentó el brío entre los baches, entre las nubes —también pequeñas— que las llantas del auto despertaban. El habitual recorrido, pensaron los hombres, el último que escucharían. El Datsun blanco, medio cansado, a trompicones, a pesar de todo, avanzaba.
Se acercaron a la puerta. Las coyunturas, los pies ligeros, la sensación de libertad que aturdía e impulsaba. Inclinaron los cuerpos antes de correr. Los hombres, antes homogéneos en la penumbra de la casa, mostraban sus di­fe­rencias en la bocanada. Lemus, un poco más alto, las uñas en filo y la herida que trastocaba la ceja. Góngora, el rostro pulido por el insomnio, los afilados pómulos y la paz de los ojos, a pesar de la experiencia. Como añadido, igual que la herida de Lemus, la costra de sangre bajo la nariz, sombreando roja los labios. En común el nervio del pez que remonta, que va contrario a las aguas y que busca, en el impulso, otro torrente. El Datsun blanco pasó de lar­go y en la cabina hubo breve vislumbre del conductor pero equívoco, como una vaga señal en el cielo o un reflejo percibido en la esquina del ojo.
—Ahora —dijo Lemus.
Abrieron la puerta y comenzaron a correr con sus cargas. En el primer trecho alcanzaron el jardín y cruzaron la reja. Los pies liberados de sus anclas, en el impulso, volaban. La otra orilla de la calle, su promesa en los ojos, en el escape. No miraban al otro. Lemus adelantó un poco pero Góngora em­parejó la carrera. Veloces no eran pero en el ansia ligeros se imaginaban. A breve distancia de la orilla, con el despoblado en perspectiva, la maleta de Lemus se abrió, abrumada por el peso. El cierre había cedido lentamente desde el inicio del escape e, incapaz de contener el cauce, dejó en libertad su contenido. El caso de Góngora fue similar aunque relacionado con la premu­ra en la salida. La bolsa, en un primer instante, había tocado los agudos filos de la reja y, desgarrada, soportó el principio del embate. Pero los jirones de plástico poco pudieron hacer y pronto la fuga de billetes acompañó la ruta de Góngora. El valioso rastro en el suelo. La carga, entonces, granos en un reloj de arena, poco a poco, escapando. Los hombres sólo se detuvieron cuan­do los billetes comenzaron a revolotear. En carnaval los fugitivos aunque la algarabía era solitaria, encendida por el único farol de la calle. Los papelitos, por el viento, casi con vida propia. Algunos husmearon por lo bajo, otros buscaron cielo, a la altura de las ventanas. Los menos afortunados quedaron atrapados, como afiches en la pared, en esqueletos de arbustos y matorra­les. Lemus y Góngora no intentaron recogerlos. En silencio, a la mitad de la calle, testigos de la desbandada. Sin ninguna motivación, extrañamente libe­rados, miraban y miraban. No las casas, no la bruma, no el farol y su sortilegio. Tampoco el despoblado. Concentrados en sus zapatos, en las puntas indecisas por el galope, cubiertas de polvo y alboroto. Después de los zapa­tos alzaron las cabezas y miraron el final de la calle en busca del Datsun blanco. Pero el silencio era pleno y no hubo atisbos de luces.