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lunes, 14 de marzo de 2011

La voz agónica de la Revolución

Enrique Serna

Los movimientos culturales siempre van a la zaga de los estallidos sociales por­que hace falta una distancia temporal para calibrar su importancia histórica. La literatura de la Revolución dio sus mejores frutos a mediados del siglo XX, cuando Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog ya daban por muerto el im­pulso libertario y justiciero de 1910. Su diagnóstico fue acertado, pues el apo­geo de la corrupción en el sexenio de Miguel Alemán puso en marcha un proceso degenerativo que tocó fondo en el último tercio del siglo XX, cuando los gobiernos de Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y Salinas de Gortari reprimieron salvajemente a la población y llevaron el país a la bancarrota. Los estertores de la dictadura del pri han vacunado a varias generaciones contra la retórica de los logros revolucionarios, de manera que en la actualidad una importante corriente de opinión condena la Revolución en bloque y conside­ra que no dejó nada bueno para el país. Pero al menos en el campo de la narra­tiva sí tuvo un efecto positivo, pues gracias a ella un pueblo tradicionalmente sumiso, condenado a la inexistencia, adquirió una fuerte personalidad litera­ria, aunque los encargados de modular y decantar el lenguaje de la tribu, el español rudimentario de los campesinos alzados en armas, hayan puesto en su boca una crítica acerba de la gesta social traicionada.
El cuento de Juan Rulfo, “Nos han dado la tierra”, que para algunos crí­ticos clausura la narrativa de la revolución, es una denuncia irónica y amarga del agrarismo fraudulento practicado por los gobiernos de Obregón y Calles, pero la magia verbal de Rulfo, su genio para descubrir la singularidad del es­pañol mexicano, preservado durante siglos en los pueblos fantasmas de Jalisco, a salvo de cualquier contaminación lingüística, representa el punto culmi­nante de una búsqueda literaria inicia­da desde los relatos de Mariano Azuela, el primer “pintor de voces” de la gesta revolucionaria. Rulfo creía que la Revo­lución había dejado intacta la tiranía de los señores feudales de horca y cu­chillo, pero consiguió tensar al máxi­mo el genio de la lengua vernácula para conceder a la masa una importancia y una dignidad que estuvieran a la altura de su papel histórico. Se cumplió así el sueño del crítico Ermi­lo Abreu Gómez, que en los años veinte había propuesto como meta revolucio­naria “crear una nueva literatura a partir del español que habla el pueblo mexicano”, como primer paso para uni­versalizar nuestra cultura autóctona.1
El principal mérito de Mariano Azuela, un naturalista miope, incapaz de penetrar en el alma de sus personajes, pero dotado con un buen oído para caracterizar por medio del diálogo, fue otorgar a la masa un papel protagó­nico en su pintura mural de la sociedad mexicana. Como bien ha señalado José Joaquín Blanco, “su generosidad permite, si no el triunfo de la versión de las masas, mérito del que escasos escritores del mundo pueden ufanarse, sí su convivencia con el punto de vista del autor”.2 Esta convivencia es un salto cualitativo importante, si tomamos en cuenta la aséptica y despectiva dis­tancia con que José López Portillo y Emilio Rabasa observaban a las hordas pastoreadas por los caudillos regionales en las “bolas” del siglo XIX. Desde lue­go, Azuela tampoco simpatizaba con los vándalos que entraban a caballo en los salones porfirianos y, de hecho, se empecinó en censurar sus rudos modales, pero su vocación de novelista magnetofónico lo forzaba a cederles la palabra. El verismo de sus retratos hablados sentó un precedente que le desbrozó el camino a los escritores de las nuevas generaciones. Cuando estalló la Revolu­ción, Azuela tenía 40 años y ya era un escritor hecho, es decir, un semiletrado con taras irreversibles. Aunque algunos de sus relatos de juventud aparecie­ron en la revista Moderna, nunca tuvo contacto con los cenáculos intelectua­les de la capital. El aislamiento en la provincia lo condenó a una formación literaria deficiente, que se advierte en las limitaciones técnicas de su estilo. Escribía “cuadros vivos” a la manera de Flaubert y Zolá, pero nunca aprendió a manejar la mejor herramienta de sus maestros, el estilo indirecto libre. Por su notoria ineptitud para fundir la voz del narrador con la conciencia de sus criaturas, se condenó a dibujar tipos sociales sin espesor.
Por el contrario, los jóvenes miembros del Ateneo de la Juventud, que tenían poco más de 20 años cuando estalló la Revolución, habían tenido una formación literaria muy rigurosa, que ellos mismos se impusieron a contrapelo de los programas de estudio de la Escuela Nacional Preparatoria. José Vascon­celos y Martín Luis Guzmán eran intelectuales con vastos horizontes cultura­les, que conocían a fondo la tradición española y la grecolatina, hablaban lenguas extranjeras y dominaban la propia con una maestría precoz. Liberales maderistas criados en familias decentes de clase media, ninguno de los dos po­día congeniar demasiado con la masa hambrienta y desharrapada que había tomado las carabinas para derrocar a Porfirio Díaz. Las memorias de Vascon­celos, irreprochables como testamento político, como visión panorámica de una época y como autorretrato psicológico, son con frecuencia irritantes por su marcado carácter clasista y racista, quizá porque Vasconcelos las escribió cuando ya comenzaba su viraje a la ultraderecha. Martín Luis Guzmán comprendió mejor que Azuela y Vasconcelos el carácter resentido y violento de los guerrilleros alzados en armas. En una ironía dirigida contra Vasconcelos y Azuela, ridiculizó a los apóstoles del orden burgués que tildaban de troglodi­tas a los rebeldes: “Como las revoluciones no se hacen con los miembros ho­norables de las asociaciones de padres de familia (personas morigeradas que se acuestan a las ocho de la noche y están de nuevo en pie a las seis de la ma­ñana), durante la Revolución entraron en escena hombres que conciben el desorden como instrumento creador. La superabundancia vital de esos hombres trastocó la rígida tabla de valores en ejercicio.”3
Sin duda, Guzmán logró rescatar la vitalidad arrolladora de los jefes re­volucionarios en sus magistrales estudios de carácter, tan ricos en matices y cla­roscuros como los retratos de Rembrandt. De hecho, una de sus principales virtudes como narrador fue trazar perfiles complejos de los personajes históricos con la máxima economía verbal, sin anteponer absoluciones o condenas. Pero frente al reto de entrar en el corazón de la masa, Guzmán retrocedió con espanto. El mejor retratista de nuestras letras sólo vio en las hordas revolucio­narias una lamentable degradación de la especie humana, colindante con el reino animal, quizá porque la amorfa cohesión de la muchedumbre le impedía trazar fisonomías individuales. En “Una noche en Culiacán”, un episodio memo­rable de El águila y la serpiente, narró su encuentro con una multitud de solda­dos borrachos en una oscura calleja de Culiacán, sin disimular la repugnancia que le produjo ese baño de pueblo. Su caminata en la oscuridad en busca de la fiesta donde se congrega la soldadesca nos introduce en una atmósfera casi macabra, como si la penumbra lodosa en que se mueve el narrador fuera una imagen metafórica de la tiniebla bestial donde está sepultado el ser colectivo cuya cercanía teme como si se aproximara a la guarida de un monstruo. Cuando Guzmán está a punto de caer en el lodo, lo sostiene un borracho juguetón que le pasa el brazo por el hombro. Trata de zafarse pero el soldado lo aprieta con más fuerza. “Quise ver quién me tenía cogido y levanté la vista. Mi apresador era un soldado andrajoso. El sombrero de palma le caía hasta media nariz, al grado de que el ala, ancha y colgante, venía a tocar el cuello de una botella que tenía empuñada con la otra mano.” Logra ver entonces una multitud imprecisa, de 200, 400 o un millar de hombres congregados en un terreno baldío y le sorprende descubrir en ella “un alma de unidad colectiva”. Obligado a beber mezcal a pico de botella por su fraternal y pegajoso amigo, Guzmán se siente de pronto engullido por la mole de cuerpos donde la dignidad humana ha que­dado abolida: “¡Extraña embriaguez en masa, triste y silenciosa como las tinie­blas que la escondían! ¡Embriaguez gregaria y lucífuga, como de termitas felices en su hedor y en su contacto! Chapoteando en el lodo, perdidos en la sombra de la noche y de la conciencia, todos aquellos hombres parecían haber renunciado a su humanidad al juntarse. Formaban algo así como el alma de un reptil monstruoso.”
Este descenso al infierno de la barbarie popular pone de relieve una rara virtud literaria de Martin Luis Guzman: la fidelidad a sus emociones por encima de cualquier imperativo demagógico, y una extraña incongruencia política: si el pueblo a quien buscaba redimir lo asqueaba tanto, ¿qué hacía un catrín tan delicado en un campamento revolucionario? A partir de estas confesiones, un marxista dogmático podría tachar a Guzmán de enemigo del pueblo, pero quien conciba la literatura como un medio de conocimiento debe agradecerle su ho­nestidad, pues la forma superior de comunicación escrita, es decir, el diálogo inteligente y sincero de persona a persona, sólo se produce cuando el autor na­da a contracorriente de la opinión general, a riesgo de perder lectores. Martín Luis Guzmán aborrecía la suciedad y el espíritu gregario de la masa, pero trató de hablarle en su propio lenguaje, no con el fin de reproducirlo literalmente, como Azuela, sino para ennoblecer a los héroes populares con una reinvención literaria del habla campirana. En su experimento coloquial más arriesgado, las Memorias de Pancho Villa, se propuso reivindicar ante la posteridad al Centau­ro del Norte, para desmentir la leyenda negra (no del todo falsa) que le habían adjudicado los gobiernos de Carranza, Obregón y Plutarco Elías Calles. Escri­tas a partir de la autobiografía política y militar que Villa dictó a su secretario Manuel Bauche Alcalde, las Memorias le plantearon un serio problema de au­tenticidad, porque según Guzmán, el responsable de la transcripción “se dedicó a traducir a su lengua de la ciudad de México lo que Villa había dicho a su modo. De hecho, apenas aparecen en los apuntes de cuando en cuando el léxico, la gramática, la pureza expresiva del habla que en Villa era habitual”. Para co­rregir el desaguisado, Guzmán decidió “no apartarme del lenguaje que siempre le había oído a Villa, y a la vez, mantenerlo dentro de los límites de lo literario”.4
Aunque las Memorias de Pancho Villa fueron un long seller que ocupó durante años los primeros lugares de ventas, la crítica ha reprobado por deci­sión unánime el experimento de ventriloquía que intentaba resucitar el estilo de Villa. En opinión de Jorge Aguilar Mora, uno de los ensayistas que ha estu­diado más a fondo la obra de Guzmán, “su decisión fue desastrosa porque se olvidó de la diferencia fundamental de un habla coloquial y de un discurso na­rrativo. Aun así, Guzmán mantuvo la estructura estilística, el color retórico, la forma gramatical del manuscrito y, fatalmente, lo prolongó al resto de la obra que no estaba ya basado en esas memorias”.5 Dicho en otras palabras, en su afán por mantener las memorias “dentro de los límites de lo literario”, Guzmán adecentó demasiado el lenguaje de Villa y le quitó sabor, sin mejorar dema­siado el manuscrito de Bauche Alcalde. Tal vez Guzmán no comprendió que ese audaz experimento, nunca antes intentado en las letras nacionales, exigía no sólo reinventar el español mexicano, sino su propia idea de lo literario. Aun­que admirara con ojos de erudito condescendiente la pureza léxica y sintáctica de Villa, el prosista superdotado de El águila y la serpiente no tenía faculta­des acústicas para emprender esa tarea, o tal vez era alérgico al encanto del lenguaje popular. El mismo prurito de aseo y distinción que le puso la carne de gallina en Culiacán, cuando el soldado borracho lo estrechó en sus brazos, de­be de haberlo invadido cuando corregía el español de Villa. El habla popular tiene sus propios cánones de belleza, y no suelen coincidir con los de la lengua culta, que Guzmán dominaba a la perfección. Animado por el noble afán de prestar al guerrero bárbaro las palabras que le faltaban, Guzmán no pudo es­tilizar su lenguaje, pero en cambio lo condenó a la falsedad.
Aunque la tentativa de Guzmán haya sido un fiasco estilístico, las genera­ciones posteriores no renunciaron a seguir la misma ruta. Seguía pendiente la tarea de crear una literatura con valor universal a partir del habla del pueblo, pues si algo había dejado en claro la Revolución era que la narrativa mexicana sólo podía tener personalidad propia si auscultaba el corazón de la masa, lo que a fin de cuentas significaba individualizarla, perfilar mejor su timbre de voz. En los años treinta y cuarenta, las obras de Rafael Felipe Muñoz, Nellie Campobello y Agustín Yáñez construyeron peldaño a peldaño una escalera que se aproxi­maba cada vez más al ideal estético vislumbrado lúcidamente por Abreu Gó­mez. En las antípodas de Mariano Azuela, que sólo vio los aspectos negativos de la Revolución, Muñoz se propuso reflejar el aliento épico de la guerra y dig­nificar a los pobres que murieron por la justicia social, con un énfasis muy marca­do en la recuperación de la dignidad colectiva. Panegirista de la masa anónima que entregó la vida en los campos de batalla, Muñoz describió con pasmo reve­rente la misma “unidad de alma” que infundía pavor a Guzmán, recurriendo también al simbolismo de la noche interior. Desde su punto de vista, la tropa es una asamblea de ángeles negros embellecidos por la posibilidad del martirio: “La tiniebla los circunda, los estrecha, los abraza como amigos, los ama como hermanos porque sus espíritus son también sombras. Adonde ellos van todo lo sumergen en una oscuridad eterna. Son una mancha, son un caos. Llevan dentro de ellos mismos, viviendo, la muerte.”6
En sus dos novelas más importantes, Vámonos con Pancho Villa y Se lle­varon el cañón para Bachimba, Muñoz pasa por alto los conflictos ideológicos de los caudillos en pugna, pues narra desde el punto de vista de los soldados de a pie, que tomaron el fusil sin saber por qué luchaban. Pero a diferencia de Azuela, Muñoz no condena esa falta de principios: la elogia, pues a su jui­cio, la principal virtud de un soldado es la adhesión ciega a su caudillo. Como bien ha señalado Jorge Aguilar Mora, para los personajes de Muñoz “la rebe­lión es su propia justificación”,7 pero no creo que esto sea una virtud de su narrativa sino un grave defecto. Los protagonistas de Se llevaron el cañón para Bachimba, el adolescente Álvaro Abasolo y el general Marcos Ruiz, pelean bajo las órdenes de Pascual Orozco en un movimiento contrarrevolucionario patro­cinado por los latifundistas de Chihuahua (familias Terrazas y Creel), que te­mían resultar perjudicados por el tímido reparto agrario emprendido por el gobernador Abraham González, quien fue asesinado poco después de la revuel­ta. Orozco estaba resentido porque el gobierno maderista no había reconocido sus méritos como general revolucionario y aceptó la invitación de los hacenda­dos, a cambio de una turbia componenda económica. ¿Debemos aplaudir en­tonces a los protagonistas de la novela porque salieron a echar balazos en defensa de un traidor?
Proponer que lo más importante en una guerra es la obediencia al jefe, por encima de la justicia de su causa (la tesis de fondo en toda la obra de Mu­ñoz), significa lisa y llanamente tomar partido por el fascismo. El lema de la organización ultraderechista el Yunque (“el que siempre obedece nunca se equi­voca”) parece regir la conducta de estos revolucionarios leales hasta la ignominia. En su afán por idealizar la obediencia, Muñoz llegó al extremo de hacer cometer a Tiburcio Maya, el protagonista de Vámonos con Pancho Villa, un acto de servilismo inverosímil y abyecto cuando acepta con mansedumbre que el caudillo mate a su esposa y a su hija para dejarlo libre de compromisos fa­miliares. Guzmán trató de suavizar la crueldad de Villa y presentarlo como un buen salvaje. Muñoz no maquilla sus atrocidades pero pretende que el lector lo admire a pesar de ellas.
Si en las novelas de Muñoz el contenido político y moral es indefendible, su vuelo lírico tiene un valor literario muy disparejo. Conocía a la perfección el habla de la tropa, pero se empeñó siempre en tender una línea divisoria en­tre la voz del autor, proclive al preciosismo bélico, y la vox populi, áspera y bronca. En sus mejores momentos de inspiración logra desentrañar la simbolo­gía del árido paisaje norteño, como en el capítulo “Divagando”, una inspirada digresión lírica sobre el carácter simbólico de los mezquites.8 Pero a menudo la repetición de recursos empobrece su estilo en vez de elevarlo. Pergeñar un símil tras otro no significa necesariamente arañar las cumbres etéreas de la poesía, más bien puede evidenciar una voluntad de estilo fallida. Con frecuencia, Muñoz amontona varios símiles en el mismo párrafo, haciéndose presente en el texto con una terquedad machacona:

El seco zacatón gris parecía cabello cortado al rape en el cráneo pedregoso de los montes y se esparcía como agua sucia en los planos. La procesión de postes, cirios sin encender engarzados en los alambres…

Subimos a una colina que se alargaba en la misma dirección que trotaban nues­tros caballos; éramos como su espinazo, un espinazo de trescientas vértebras. El pasto, seco y alto, que se erizaba en las laderas, era como el pelo del monstruo que enarcaba su lomo sobre el nivel de la tierra.

Se arrojaban como rocas que ruedan por los flancos de los cerros cuando la dina­mita disuelve un cantil de la cumbre, hacia los jinetes enemigos que habían quedado inmóviles, semejantes a estacas en los límites de un potrero.

Los ejemplos anteriores, tomados de Se llevaron el cañón para Bachimba, revelan que a veces la búsqueda de sofisticación literaria conduce a la retórica ornamental forzada. Muñoz creía que esta novela era muy superior a Vámonos con Pancho Villa, por tener un lenguaje más ambicioso y una arquitectura mejor planeada. Pero en realidad el estilo de su primera novela es superior al de la segunda, tal vez porque en ella, cercano todavía al lenguaje periodís­tico, no aspiraba con tanto ahínco a escribir “alta literatura”. Aunque en la narrativa de Muñoz el sufrimiento del pueblo tiene casi un valor sagrado, no pudo entrar del todo en la conciencia de la masa, tal vez porque escribía a partir de un imperativo cívico: redimir poéticamente al soldado anónimo, conven­cer al pueblo de que su sacrificio había sido glorioso. La duranguense Nellie Campobello corrió con mejor suerte como intérprete del alma popular al estable­cer un fuerte vínculo entre el sujeto lírico y el objeto de sus textos elegíacos: los soldados de la División del Norte a quienes vio morir cuando era niña. Irre­ductibles a las clasificaciones genéricas, las piezas literarias reunidas en sus dos libros más importantes, Cartucho y Las manos de mamá, son poemas en prosa, epitafios o responsos fúnebres en los que narra recuerdos de su infancia en diferentes pueblos de Durango y Chihuahua. Maestra del laconismo poéti­co, en su obra, como en la de Rulfo, los silencios dicen más que las palabras. Casi no usa adjetivos, sólo verbos y sustantivos, como si quisiera llegar al má­ximo de emoción con el mínimo de palabras. “Intento abrir los nudos vírgenes de la naturaleza —declaró a Emmanuel Carballo—, referirme a la entraña de las cosas, de las personas, ver con ojos limpios el espectáculo que me rodea.”9 Comprometida emocionalmente con los revolucionarios caídos, tal vez por com­partir con ellos un sentimiento de orfandad (perdió a la madre en la niñez, en plena Revolución), procura ser para ellos una madre que los acompañe a bien morir. Pero no puede negar que esos muertos, contemplados con sus ojos de niña morbosa, son un espectáculo fascinante. En sus semblanzas de los villis­tas caídos la muerte parece un juego de niños. Es la única escritora de la litera­tura mexicana, incluyendo a los hombres, que ha sabido combinar la violencia con la ingenuidad, el tono elegíaco con la canción de cuna. Al parecer, subli­mó en la edad adulta los recuerdos traumáticos de su niñez en un intento por restañar viejas heridas y darle un sentido trágico a todas las muertes que había presenciado. La ternura cruel de Campobello no tiene antecedentes en las letras mexicanas, pero sí algunos continuadores: Sabines en Algo sobre la muer­te del mayor Sabines, o Garibay en Beber un cáliz.
Como ha señalado atinadamente Jorge Aguilar Mora, en la obra de Ne­llie Campobello hay una transfiguración fantástica de la realidad y un trato íntimo con la muerte que anuncian la obra de Rulfo.10 Campobello hablaba con los muertos, Rulfo los hizo dialogar desde ultratumba. Pero antes de llegar a la cima de esa cadena evolutiva fue necesario explorar un nuevo continente de la conciencia colectiva, el que Agustín Yáñez descubrió en Al filo del agua. En palabras del propio Yánez, el estilo que intentaba forjar desde sus comien­zos como escritor “quería encontrar las características mexicanas del idioma en los valores sintácticos, más que en la deformación de los vocablos”.11 Para lo­grarlo, en uno de sus primeros libros, Flor de juegos antiguos, tuvo que suprimir de su léxico todas las palabras que sonaran falsas en boca de un niño de diez años. El resultado fue un lenguaje coloquial de extraordinaria pureza, que le permitió limpiar su prosa de artificios retóricos y perfilar con acierto la perso­nalidad del protagonista, un niño pobre, como él lo fue, que descubre el amor en los juegos infantiles con sus vecinas.
En Al filo del agua se propuso algo mucho más difícil: invocar a los espí­ritus del subsuelo, como un médium que oye hablar a las piedras y descubre su armonía recóndita. Si las crónicas autobiográficas de Yáñez son declaracio­nes de amor a la capital de Jalisco, escritas cuando las circunstancias de la vida lo distanciaron de ella, su obra maestra, en cambio, es un ajuste de cuentas con un microcosmos provinciano que le resultaba más entrañable: Yahua­lica, el pueblo de sus padres, que llegó a conocer muy bien por haber pasado ahí todas las vacaciones escolares. La atmósfera claustrofóbica de ese pueblo levítico, evocada con el espíritu de un librepensador, le producía una mezcla de horror y fascinación, tal vez porque en ese mundo cerrado a todas las alegrías se gestaron los atavismos religiosos de su familia. En Yahualica, Yáñez en­contró lo que hasta entonces había falta­do a su narrativa: un terreno fértil para sondear los abismos de la soledad colec­tiva. El hallazgo de ese purgatorio árido, polvoriento, rico en tensiones soterradas, coincidió con la maduración de su téc­nica narrativa, pues hasta entonces Yánez había oscilado entre la sencilla perfec­ción de los Flor de juegos antiguos y el estilo arcaizante de su Archipiélago de mujeres (1943), un libro hinchado de ci­tas literarias y parrafadas líricas, que los críticos incon­dicionales de Yánez han elogiado por compromiso, pero no ha resistido la prue­ba del tiempo.
Según el testimonio del propio Yánez, Al filo del agua surgió por casua­lidad, cuando escribía la introducción para una novela corta, “Oriana”, que formaría parte del Archipiélago de mujeres:

Imaginaba un pueblo de Los Altos durante el conflicto religioso, un pueblo de mujeres enlutadas. Las proporciones de la introducción excedieron el tamaño asig­nado a la novela y decidí aprovecharlo en una novela breve que contaría las peripe­cias de algunas vidas características de un pueblo: cantera que resultaba adecuada para descubrir personajes. Me propuse aplicar a un pueblo pequeño la técnica que John Dos Passos emplea en Manhatan Transfer para describir la gran ciudad.12

La fidelidad a esa técnica cinematográfica que va de lo general a lo par­ticular, del plano de conjunto al monólogo interior, permitió a Yánez encontrar una voz propia, la voz de un narrador oculto tras bambalinas, obligado a con­trolar su vena poética para ceñirse a las leyes del realismo objetivo. La nece­sidad de dar la palabra a sus personajes lo salvó de la verbosidad retórica, pues el narrador del Archipiélago de mujeres era un preciosista fallido, muy afecto a entrometerse en la ficción para exhibir su cultura libresca.
Como los héroes de la tragedia griega, los personajes de Al filo del agua se desprenden de un coro que parece haberlos engendrado, pero al mismo tiem­po los condena a morir en vida. No son tipos literarios de novela costumbrista, pues el autor ha escudriñado los entresijos más retorcidos de su carácter, pero sólo pueden existir dentro de esa atmósfera existencial, porque la sociedad de Yahualica es una matriz cercada con alambre de púas. Desde el “Acto prepa­ratorio”, que esboza la arquitectura de la novela, el desolado paisaje del pueblo se nos presenta como fiel trasunto de una intimidad igualmente desértica: “Flota un aire de desencanto, un sutil aire seco, a modo del paisaje, de las canteras rechupadas, de las piedras tajantes. Uno mismo el paisaje y las almas. Foscura luminosa, como de prolongado atardecer, como de rescoldo inacabable.” En esa aldea sepulcral, la rebeldía erótica puede causar cataclismos, como lo su­giere el colofón del acto preparatorio, que anuncia el tema de la novela: el choque entre la necesidad de amar, “que es la más temida y peligrosa forma de vivir el morir”, y la decrepitud moral de un mundo anacrónico, donde la plenitud amorosa es un sacrilegio. Gabriel, María, Victoria y el cabecilla revolu­cionario Damián Limón representan a las fuerzas subversivas alzadas en armas contra la dictadura del padre Islas, pero a pesar de identificarse plenamente con ellos, Yáñez nunca pierde de vista que su papel como narrador es elevar la mur­muración a la altura del arte. Por eso, cuando los rebeldes abandonan el pue­blo con gran escándalo de las buenas conciencias, el narrador no se escapa con ellos, sino que refiere las repercusiones de esa fuga desde el sancta sanctorum violado por los impíos, reproduciendo los chismes y las hablillas que su fuga ha suscitado en el pueblo. Ese recurso, manejado con insuperable destreza, deja en el lector la impresión de que a pesar del terremoto registrado en el pueblo, nada ni nadie podrán alterar su inmutable rutina.
Precursor y paisano de Juan Rulfo, Yáñez descubrió en Al filo del agua que su principal tarea como novelista era decantar el lenguaje hablado, y crear un estilo literario a partir de ese patrimonio verbal sin caer en la trascripción fonética o el falso pintoresquismo. A estos dos grandes narradores corresponde el altísimo honor de haber quintaesenciado el español mexicano, una tarea difí­cil de continuar en el México de hoy, donde la televisión y el radio tienden a uniformar el habla y a despojarla de su casticismo. A estas alturas, hasta en Comala y Yahualica deben de haber hecho estragos los cronistas futboleros que a fuerza de repetir necedades y barbarismos terminan por imponerlos como usos lingüísticos. Pero en los años cuarenta, cuando México era todavía un país ma­yoritariamente rural, en los pueblos del oriente de México se conservaba casi intacta la lengua mestiza nacida del choque entre la cultura española y la indí­gena. Yánez la había escuchado desde la cuna, pero estaba muy intoxicado por sus lecturas y no descubrió su potencial literario hasta que ya era un escritor maduro, después de leer a Dos Passos, Faulkner y Joyce. Sin proponérselo, en su camino a la perfección siguió al pie de la letra un consejo de Jorge Cuesta, que en los años treinta recomendaba: “El deber que nuestra propia cultura nos impone es encontrar en una voluntad externa la esencia de nuestra volun­tad interior, el origen de nuestra propia significación.”13
Es indudable que Pedro Páramo, titulada originalmente “Los murmullos”, le debe muchísimo a la obra maestra de Agustín Yáñez, como han señalado desde hace décadas los estudiosos más importantes de nuestras letras. Pero es al mismo tiempo la culminación de una tendencia iniciada por otro jalisciense, Mariano Azuela, que en Las moscas y Nueva burguesía, obras posteriores a Los de abajo, había intentado ya, como apunta José Joaquín Blanco, “suprimir el recurso del protagonista estructurador de la novela burguesa y acrecentar la presencia disgregada y centrífuga de múltiples personajes, en un intento de novela de masas”.14 Azuela nunca pasó de la mímesis a la reinvención y por eso se quedó por debajo de sus ambiciones. Pero en los cuentos y en la gran novela de Rulfo, escritas desde el sustrato inconsciente de la mexicanidad, o desde la memoria lingüística del pueblo, desaparece ya por completo la línea fronte­riza entre el demiurgo y la masa.
Se trata, claro, de una masa con acentos personalísimos, de un coro trá­gico de solistas eternamente ninguneados que no aspiran a tener tesitura propia, pero lo consiguen a pesar de su modestia ancestral. Rulfo nos enseñó que la mejor manera de rendir homenaje a la masa no es compadecerla o ideali­zarla, sino ayudarle a dejar de serlo, aunque sea después de la muerte. De­liberadamente, desde el comienzo de la novela, las voces susurrantes de los difuntos nos sitúan en una atmósfera intemporal. Los acontecimientos que na­rran podrían haber ocurrido en el siglo XVI o en el XX, pues nada ha cambiado en ese pueblo con el paso de los siglos. La primera irrupción de la Historia ocurre, ya bien avanzado el relato, cuando se menciona de pasada la guerra cristera. No hay en la novela el menor entusiasmo ni la menor simpatía por la Revolución, aunque tampoco un afán explícito de descalificarla. Pero como Comala es un pueblo prototípico, se sobreentiende que para Rulfo la Revolución fue un inmenso fraude o, en el mejor de los casos, un estallido de bandidaje vagamente justiciero que no modificó nada sustancial.
Cacique perenne que sobrevive a las revoluciones, Pedro Páramo es un arquetipo nacional y universal que puede cambiar de rostros y de disfraces políticos (apoya a Villa, luego a Carranza y finalmente a los cristeros), pero nun­ca desaparece del todo. Su actitud hacia el pueblo es la de un dios inalcanzable (la máxima ilusión de todas las mujeres es acostarse con él, para ascender en la escala social y emparentar con el patroncito) que trata a los pobres mortales como si no existieran. Cuando Fulgor Sedano le advierte que hay gente descon­tenta por las tropelías de su hijo Miguel, que se cree con derecho de violar a todas las muchachas del pueblo, el imperturbable cacique responde: “No tienes pues por qué apurarte, Fulgor. Esa gente no existe.” Es tan omnipotente que preten­de regir hasta las emociones de sus vasallos. No sólo es un señor de vidas y haciendas, sino de risas y llantos, pues le ordena a la indiada cuándo debe llo­rar y cuándo debe interrumpir sus efusiones de pena. Aunque en Pedro Páramo y en los cuentos de El llano en llamas la Revolución es un vendaval que sólo levanta polvo, sin ella los personajes de Rulfo nunca hubie­ran tenido esa voz cascada y reseca, preñada de iluminaciones y hallazgos líricos. El reptil mons­truoso que asustó a Martín Luis Guzmán sólo necesita­ba clases de solfeo para aprender a cantar con la voz de la tierra. Por una cruel paradoja, esa gran conquista literaria, quizá la mayor de nuestra joven literatura, se produjo en 1953, cuando la Revolución ya era letra muerta. Si Muñoz intentó levantar la moral del pueblo sacrificado en vano, y Campo­bello le compuso un réquiem fraterno, Rulfo convirtió en esplendor verbal su profunda decepción fatalista.
 
1 Citado por Adalbert Dassau en La novela de la Revolución Mexicana, FCE, México, 1972, p.120
2 José Joaquín Blanco, Crónica literaria, Cal y Arena, México, 1996, p.101.
3 Emmanuel Carballo, Protagonistas de la literatura mexicana, SEP, México, 1986, p.86.
4 Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa, Porrúa, México, 1991, p. VIII.
5 Jorge Aguilar Mora, “El fantasma de Martín Luis Guzmán”, en Fractal, núm. 20, enero-marzo 2001, p.12 (accesible en internet).
6 Rafael F. Muñoz, Vámonos con Pancho Villa, Espasa-Calpe Mexicana, México, 1989, p. 109.

7 En el prólogo a Se llevaron el cañón para Bachimba, Ediciones Era, México, 2007, p. 35.
8 Ibid., p.137.
9 Carballo, Op. cit., p. 415
10 En el prólogo a Cartucho, Ediciones Era, México, 2009.

11 Carballo, Op. cit, p. 369
12 Ibid., p. 371
13 Jorge Cuesta, Poemas y ensayos, UNAM, México, 1978, t. IV, p. 154.

14 José Joaquín Blanco, Op. cit, p. 114.

martes, 30 de noviembre de 2010

Elogio del buen amor



Gregorio Cervantes Mejía

Enrique Serna, La sangre erguida, Seix Barral, México, 2010, 328 p.

Un mexicano, un español y un argentino. Uno, indocumentado; otro con problemas de impotencia (o disfunción eréctil, como se prefiera); el tercero, un afamado actor porno en el declive de su carrera. Alrede­dor, las obsesiones de cada uno de ellos, desde sus diferentes perspectivas, por el desempeño sexual. Y unos sutiles vasos comunicantes entre los tres personajes.
Ésos son los elementos básicos para de­sarrollar la trama de La sangre erguida donde, de acuerdo con la nota de contra­portada, Enrique Serna se propone hacer una sátira de los mitos acerca de la mascu­linidad y la obsesión de los hombres por sus habilidades eróticas.
Cierto, hay una fuerte dosis de tono satírico a lo largo de esta novela. Y un tono ameno y desparpajado que permite una lectura ágil, agradable. Las más de 300 páginas se leen casi sin sentir. A más de un lector le habrá arrancado alguna carcajada o lo habrá mantenido con la sonrisa bailando en los labios.
Y si bien el sexo es el elemento domi­nante en la novela —prácticamente no existe capítulo sin su buena dosis de encuentros eróticos—, lo que en el fondo se dirime es el tema del amor.
Sí, paradójicamente los tres personajes de Serna sufren por amor —aunque la fra­se suene trivial y cursi—. Bulmaro Díaz, el mecánico mexicano, cree encontrar el amor de su vida en Romelia, una mediocre cantante dominicana, y convencido de ello lo abandona todo: para emigrar a Es­paña, donde ella está convencida de rea­lizar sus sueños de fama. Así inicia una vida de estrecheces en Barcelona, consu­miendo los ahorros de toda su vida hasta involucrarse en el tráfico de Viagra pirata.
También el amor es el móvil central pa­ra Ferrán Miralles, un catalán con proble­mas de impotencia nerviosa cuyo empeño por superarlos le impiden establecer una relación amorosa estable y lo orillan a una serie que lo llevarán a la ruina.
Y, finalmente, Juan Luis Kerlow, un actor porno argentino hastiado de su vida ante las cámaras y con una gran capacidad de control mental sobre sus erecciones, quien encuentra en una joven estudiante la oportunidad de redimirse a través de una relación que considera auténtica y que acelera su abandono de la pornografía.
Si bien La sangre erguida pudiera ser catalogada, a primera vista, como una novela erótica y con tintes subversivos, desde las primeras páginas se aleja de este ámbito para revelar su verdadera in­tención: la defensa del buen amor y una sutil condena a los excesos de la libertad sexual.
Por lo menos, el desarrollo de la tra­ma se acerca más al Arcipreste que a Apo­llinaire. Y las voces que disertan en El banquete parecen resonar a lo largo de las más de 300 páginas que abarca esta historia, porque da la sensación de que Serna toma, como punto de partida, la distinción platónica entre amor vulgar y amor celeste; entre la pasión irrefrenable de la juventud y el populacho, y el amor sereno y reflexivo de los hombres ya maduros.
Como suele suceder en las novelas iniciáticas (y La sangre erguida contiene mu­chos elementos que la ubicarían como tal), las situaciones que enfrentan los persona­jes se convierten en pruebas que les permi­tirán conocerse a sí mismos, construirse una personalidad que al inicio está vedada. Y, a la vez, hacerse merecedor de la redención o la condena: Juan Luis Ker­low consigue abandonar el mundo del porno y consolidar su relación con Laia; Bulmaro Díaz, preso finalmente por tra­fi­car Viagra falsificado, disipa sus dudas acerca de la lealtad de Romelia; Ferrán Miralles, preso y enloquecido después de destruir la vida personal y la reputación de las mujeres con quienes se relaciona.
Para conseguir este resultado, Serna re­curre a una estructura sencilla, sustentada en una narración lineal en la cual se van alternando las historias de sus tres pro­tagonistas y sin complicaciones de orden estructural.
De ahí que a partir del quinto capítulo, el lector tenga claro ya el orden de las intervenciones: Bulmaro Díaz, Ferrán Mira­lles y Juan Luis Kerlow. Siempre en ese orden y, salvo el caso de Miralles —quien narra en primera persona desde su cel­da, por indicaciones de su terapeuta—, en ter­cera persona. Eso implica, además, una uniformidad en la voz narrativa, que se distingue apenas por la aparición de algún regionalismo dentro de los diálogos para enfatizar la nacionalidad de sus persona­jes o bien de algún otro recurso que permite al lector identificar cada uno de las historias.
Así, mientras Bulmaro Díaz sostiene frecuentes discusiones con su pene que, a partir de la aparición de Romelia, sigue sus propios deseos y no los de su propie­tario (discusiones, además, con una fuerte carga humorística), en el caso de Kerlow la voz narrativa alterna entre la arrogancia y el estupor: el actor famoso por el férreo control mental sobre su miembro viril se ve, de repente, reducido a la im­po­tencia ante el amor que siente por Laia.
Los personajes de La sangre erguida, por lo anterior, parecen definidos a partir de sus circunstancias: su nacionalidad, su condición de migrantes, su miseria o prosperidad, sus oficios. Pero sus conduc­tas y percepciones son idénticas, quizá porque desde el principio Serna los mues­tra como individuos con una misma obse­sión: su desempeño sexual.
Tal vez por esta misma razón los personajes femeninos son todavía más im­personales: vistos a través de la óptica de sus contrapartes masculinos, de Romelia, Laia y las múltiples amantes de Ferrán, sólo sabemos lo que sus propias parejas sexuales muestran. Ésta pueda ser la ra­zón de que Romelia sea presentada al ini­cio de la historia como una tirana que ha reducido a Bulmaro, gracias a sus artes eróticas, a un régimen de servidumbre in­digno de cualquier hombre mexicano cria­do en la tradición machista.
O Laia, presentada como una estudian­te mojigata, se debate a lo largo de la novela entre este papel y el de una mujer hambrienta de goces sensuales.
En el caso de las parejas de Ferrán, terminan reduciéndose a un conjunto de nombres que aparecen y desaparecen, contribuyendo tan sólo a generar las con­diciones para la ruina del seductor recién descubierto.
Quizá sea ésta, la de Ferrán, la historia con mayores debilidades entre las tres que integran La sangre erguida: desde su aparición, Serna abre la expectativa so­bre las circunstancias que llevaron al perso­na­je a prisión: debido a una recomenda­ción del psiquiatra, como parte del tratamiento para refrenar sus impulsos suicidas, Mi­ralles empieza a narrar la serie de acon­teci­mientos que culminaron con su de­tención.
Y esa serie presenta varios falsos de­senlaces: en cada una de sus relaciones, Ferrán Miralles comete un acto cuyas con­secuencias podrían llevarlo a prisión sin que esto ocurra, a pesar de que el pri­me­ro de ellos es referido antes de llegar a la mitad de la novela (una maratón sexual que deriva, prácticamente, en una viola­ción). Así, se acumula una serie de actos a partir de los cuales se esperaría resultara el incidente determinante para la de­tención del nuevo seductor, hasta que el motivo aparece de manera inesperada cuan­do Miralles —tras perder empleo, departamento y comodidades luego de arruinar la reputación de la principal clienta de la inmobiliaria donde aquél trabaja—, inten­ta reconstruir su vida en una pequeña co­munidad rural.
Serna recurre, aquí, al mismo elemen­to que inicia la caída de su personaje: la nueva pareja de Miralles, una mujer em­peñada en llevar un estilo “sano” de vida, descubre la dependencia de éste al Via­gra y la discusión derivada de ello se con­vierte en un intento de homicidio.
Así, Miralles no es castigado por los familiares de una virgen musulmana sedu­cida por él; tampoco por las represalias de una mujer aristócrata envuelta en un escándalo gracias a unos videos revelados de manera accidental por el propio seductor. Ni siquiera por haber ocasiona­do la ruina de la familia de una examante suya (cuyo marido se suicida al descubrir la infidelidad).
La ruina de Miralles viene (volvamos otra vez al afán edificante de la novela) de traicionar la segunda oportunidad de es­tablecer una relación sustentada en el amor y no en el sexo.
Si bien La sangre erguida no deja de ser una historia amena y contada de ma­nera atractiva, que hace una sátira puntual sobre los lugares comunes en torno a la virilidad y el machismo, se mantiene den­tro de una línea políticamente correcta y con una visión muy clara desde el principio: el carácter destructivo del sexo vacío, egoísta; y la capacidad redentora del amor.

lunes, 9 de agosto de 2010

El converso

Enrique Serna

a la Chiquis Mendoza

Estaba gozando en sueños a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patro­nato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madruga­da. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor, que en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula imaginaria antes de tener po­luciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, te­miendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio del pueblo está lleno de niños a quienes sus madres de­jaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas de matrimonio. Por si acaso necesitaba arropar al expósito, salí a la calle desierta con una cobija, crucé la plaza de armas y di vuelta a la derecha en avenida Morelos, guiado por el estridente llanto. En esa noche gélida de no­viembre, con la niebla a ras de suelo, ni la criatura más robusta y bien abriga­da podría sobrevivir a la intemperie. Llegado a los puestos de tiro al blanco, me sorprendió ver la rueda de la fortuna dando vueltas en medio de la brumosa luz mercurial. ¿Quién demonios la había puesto en marcha a las tres de la mañana? La sonoridad del llanto me indicaba la cercanía de la criatura, que imploraba socorro con toda la potencia de sus pulmo­nes. Cuando llegué al pie de la rue­da me froté los ojos, incrédulo: el llanto se oía con más nitidez que nunca, pero la rueda estaba de­sier­ta, girando a solas como un viejo planeta insomne. Jalé la palanca de fierro para detenerla, y enton­ces el llanto cesó como por arte de magia.
Busqué una canasta o un huacal entre los puestos de fritangas y los tambos de basura, creyendo que el bebé se había callado de improviso por haber perdido el aliento. ¿O tal vez ya lo hubieran devorado las ratas? No, por Dios, tenía que encontrarlo vivo. Deambulé entre los juegos mecánicos, husmeando en los rincones oscuros. Pero después de una larga búsqueda in­fructuosa deduje que la madre, arrepentida de su mal proceder, había salido corriendo con su retoño cuando me vio llegar. Era una hipótesis tranquili­zante, aunque un poco reñida con la lógica. Volví a la cama y dormí de un tirón sin sueños obscenos hasta las siete de la mañana. A la hora del de­sayuno le pregunté a doña Simona, la señora que me hace el aseo, si no la había despertado el niño llorón.
—¿Cuál niño? Yo no oí nada.
—Chillaba bien fuerte, ¿a poco no lo escuchó?
—Tengo el sueño muy pesado, ni las campanas de la iglesia oigo.
Más tarde pregunté lo mismo a Jerónimo, el organista de la parroquia que vive en la vecindad de al lado.
—No, padre, anoche nadie lloró.
—¿No tendrás tapones de cerilla?
—¿Cómo cree, padre? Si yo me baño diario.
Ni él ni Simona eran confiables, pues ambos rondaban los sesenta años y a esa edad el oído se atrofia. Pero tampoco Lauro ni Sofía, los porteros de la casa parroquial, ambos jóvenes y con buenas orejas, habían oído el llan­to que me despertó. Sorprendidos por mi agitación nerviosa, durante el inte­rrogatorio cruzaron una mirada de suspicacia, como si dudaran de mi salud mental. Picado en el orgullo, caminé a grandes zancadas rumbo a la feria. Liborio, el velador de los juegos mecánicos, un exadicto a quien yo saqué del vicio, se quitó la gorra en señal de respeto y me llevó hacia la tienda de campaña instalada en el Parque Morelos, donde dormía el operario de la rue­da. Estaba lavándose las axilas a jicarazos con el agua que sacaba de una cu­beta. Era un cuarentón prieto, de bigote entrecano y labios gruesos, con el aliento perfumado por el pulque.
—Buenos días, soy el padre Genaro, de la parroquia de la Asunción.
—David Rosas, para servirle.
—Anoche me desperté como a las tres de la mañana y vi su rueda dan­do vueltas. ¿Se le olvidó apagarla?
—No, padre, la apagué como a las diez de la noche. Y el motor tiene llave. Nadie puede encenderlo.
—Pues anoche estaba girando sola.
—Yo no la prendí, se lo juro —el operario besó la cruz.
—¿Anoche no se perdió ningún niño en la feria?
—Que yo sepa, no —David se dirigió a Liborio—. ¿Tú sabes de alguno?
El muchacho negó con la cabeza.
—Bueno, si les reportan alguna criatura extraviada, avísenme, por favor.
Me sentía culpable, vejado, expuesto al ridículo, y si hubiera estado en el pueblo el padre Quintero, mi confesor, esa misma tarde lo hubiera buscado para sanar mi alma. Pero Quintero había salido a llevar víveres a una comunidad indígena de la sierra de Zitácuaro, y tuve que apaciguar a solas mi desasosiego, rezando de rodillas ante el Santísimo. Estaba seguro de ha­ber salido a la calle de madrugada, eso no lo había soñado, el lodo de mis zapatos lo corroboraba. Pero sólo yo había escuchado ese llanto, sólo yo ha­bía visto la rotación fantasmal de la rueda. Había tenido quizá una revela­ción. ¿Pero era divina o diabólica? Hasta los santos pueden ser engañados por el demonio, cuantimás un pobre cura pecador como yo. Pero el llanto me había arrancado de un sueño lúbrico. ¿Era, pues, una trompeta celestial llamándome al orden, o una queja del Niño Dios, que reprobaba desde el cielo mis fantasías obscenas? La mera verdad, nunca fui un sacerdote muy dado a creer en señales divinas. Más aún, he deplorado siempre que las bea­tas ávidas de milagros confundan la religión con el pensamiento mágico. Toda la vida viendo aparecidos, nahuales, almas en pena, sin dar importancia a la creación del universo, el verdadero milagro que debería tenerlas en vilo. Entre tanta gente supersticiosa como abunda en este pueblo, alguien debía mantener los pies en la tierra y limpiar la fe de adherencias frívolas. Pero la visión había sido demasiado real y, por si las dudas, esa noche hice un ejer­cicio de mortificación, azotándome la espalda con un rebenque.
Al día siguiente, después de haber desayunado chayotes fríos sin sal, para castigar también mi paladar, las damas de la Congregación del Divino Verbo vinieron a rezar un novenario en honor de su fundadora, doña Hila­ria Martínez, que cumplía un año de muerta. Les permití poner su retrato en el altar mayor, que adornaron con cirios y arreglos florales, como si doña Hi­laria fuera una santa. No acostumbro malgastar el tiempo en responsos fú­nebres, tarea que por lo general delego en el sacristán, pero acepté dirigir el novenario para aplacar un remordimiento. Me avergonzaba y aún me aver­güenza no haber asistido a la pobre Hilaria en el último trance. Falté a mi deber porque el día de su muerte, cuando vinieron a pedirme que le admi­nistrara el viático, estaba en el balneario de la Malinche, ocupado en vergon­zosos menesteres con mi amante de turno, Adriana, la insaciable esposa del ingeniero Dueñas. Perdóname, Dios mío, la flaqueza de haber sucumbido a sus coqueteos. Por andar fornicando con ella en esa cabaña privé de los san­tos óleos a una cristiana ejemplar. Cuando supe que la vieja se había muerto sin auxilio divino hice un acto de contrición y terminé de una vez por todas con ese amorío culpable. Fue un arrepentimiento tardío, pues el mal ya esta­ba hecho. Después de haberle fallado a la difunta no tenía autoridad moral para rezar por ella en su aniversario, lo admito. Pero ese gesto político era necesario para complacer a las damas de la congregación, que no me repro­chaban directamente la negligencia pero sí murmuraban a mis espaldas.
Por la tarde tuve una charla con el doctor Güemes, el encargado del dispensario. Por falta de vacunas, medicinas y material quirúrgico ya no se daba abasto para atender a sus pacientes, que bajaban de la sierra en busca de atención médica por no tenerla en sus comunidades, donde las clínicas de Salubridad estaban en ruinas desde la última inundación. Necesitaba con urgencia la remesa de antibióticos que nos había pro­metido el presidente municipal, don Heberto Pineda, pero esa mañana su secretario particular había vuelto a postergar la entrega de las medicinas para las calendas griegas.
—Dice que andan escasos de fondos por el recorte presupuestal. Pero eso sí, Pineda acaba de estrenar una camioneta Land Rover y le está construyendo una casa a su querida, la profesora Robles, con dinero del erario.
—Hijo de la chingada —estallé—, para sus lujos y sus viejas sí tiene dinero, pero a los indios de la sierra que se los lleve el diablo.
Desde mi llegada a la parroquia había tenido fuertes roces con Pineda, no sólo por su falta de apoyo al dispensario, sino por su velada complicidad con los narcos que han asolado el pueblo. De nada sirve predicar desde el púlpito la honradez y el amor al pró­jimo, cuando afuera de la iglesia, en pleno kiosco, las bandas de rufianes reclutan sica­rios entre los jóvenes desempleados, en las narices de la policía municipal. De camino al Palacio de Gobierno me topé con una caravana de infieles que llevaban en andas la efigie de La Santa Muerte, con capucha, guadaña, y un lujoso vestido de encaje que ya quisieran las vírgenes empolvadas de la parroquia. Iban cantando alabanzas a La Niña Blanca, el mote de cariño de su falsa diosa, con un fervor que me atrevería a calificar de satánico. Maldije al pre­sidente municipal por permitir esas procesiones sacrílegas a cambio de gene­rosas dádivas. Por su culpa el culto a la patrona de los narcos ha proliferado en toda la comarca. En la oficina de la presidencia tuve que hacer una larga antesala, en la que me dio tiempo de serenar los ánimos. Como siempre, Pi­neda me recibió con fuertes palmadas en la espalda, simulando profesarme una calurosa amistad. Prieto, de ojillos ladinos, con una sonrisa pétrea de ído­lo tarasco, domina a la perfección el arte de ocultar sus emociones. Le seguí el juego y eso me permitió ponerlo contra las cuerdas sin perder las buenas maneras.
—Buenos días, licenciado, vengo a molestarlo por un asunto que me preocupa desde hace tiempo. Como usted sabe, el dispensario tiene muchas carencias y la ayuda que nos prometió no ha llegado. Me dolería tener que enviar una queja al gobernador, porque usted es mi amigo y no quiero perjudicarlo. Pero está en juego la salud de la gente y si la remesa de vacunas sigue tardando me veré obligado a…
—No se preocupe, padre, mañana mismo tendrá esos medicamentos —me interrumpió con un destello de bilis negra en los ojos—. Le ruego que me disculpe por este retardo, la contraloría del estado nos han tenido muy cortos de fondos.
Otra batalla ganada, pero en el fondo del alma sabía que estaba perdiendo la guerra. Pineda era un político soberbio, mi cortés reclamo sin du­da le causaría urticaria y debía prepararme para nuevas zancadillas. Angus­tiado por el futuro, esa noche tardé un buen rato en conciliar el sueño. Mi autoridad moral no tenía suficiente fuerza para frenar la oleada de nihilismo que envenenaba a la juventud. Cada vez que daba la comunión a un mu­chacho me preguntaba: ¿cuánto tardará este pobre infeliz en renegar del Señor y rendirle vasallaje a los matones que se pavonean en la calle con sus esclavas de oro macizo? La ostentación del dinero sucio convertía mis ho­milías en letra muerta. Agotada la capacidad de indignación popular, la apa­rición de un cadáver decapitado en la plaza de Armas ya no sorprendía a nadie. Teníamos la corrupción incrustada en el mapa genético de la raza. No sólo Jungapeo, el país entero estaba hundido en una crisis moral, y ese proceso degenerativo arrastraba consigo a la Iglesia. Los escándalos de cu­ras pederastas menudeaban en los noticieros, y ahora los niños veían con recelo a cualquier hombre con tonsura. Como soldado de Cristo, yo también dejaba mucho que desear. Había trabajado con tesón por llevar la fe a los rincones más apartados de mi curato, por socorrer a los pobres y por combatir el egoísmo que estaba destruyendo los viejos lazos comunitarios. Pero aunque la gente me respetaba, yo sabía que no era digno de su aprecio. Cuan­do una mujer guapa entraba a la parroquia se me iban los ojos tras ella, no po­día evitarlo ni con todas las penitencias del mundo. Hasta las indias feas de buen cuerpo me alebrestaban. ¿Cómo podía redimir a sus fieles un pastor de almas con pezuñas de macho cabrío?
Cuando por fin había logrado dormir un rato, el llanto de la víspera me volvió a despertar. Esta vez se oía más cerca de mi alcoba y las orejas me ar­dieron como tizones. Como ya sabía que ese lamento no venía de este mundo, bajé a la sacristía armado con un crucifijo. Descarté la idea de despertar a Lauro, el portero, pues temí que me tomara por loco. Sólo yo, entre todos los mortales, tenía el dudoso privilegio de oír esa serenata. Al abrir la puerta que comunica la sacristía con la nave lateral de la parroquia arreció la fuer­za del llanto: la criatura abandonada, si acaso existía, debía de estar en algún rincón del templo. Rezando el Credo en voz baja me aproximé al altar ma­yor, donde refulgía entre los cirios el retrato de la beata Hilaria en sus mo­cedades. Tenía las mandíbulas tensas y un velo de melancolía en la mirada. Un hilillo de cera había caído sobre su rostro, a la altura del ojo izquierdo, de manera que parecía verter lágrimas. Conmovido y asustado por esa se­ñal, oprimí el retrato contra mi pecho, como un padre que consuela a una hi­ja afligida. Entonces el llanto cesó de súbito. Cuando volví a ver la foto a la luz de los cirios, el hilillo de cera había desaparecido.
En vez de volver a mi alcoba me quedé rezando en la sacristía. ¿De modo que ese lloriqueo era una reprimenda de Dios por no haberle dado la extremaunción a Hilaria? ¿O era ella misma quien lloraba con voz de niña? Qui­zás haya muerto en pecado mortal, pensé: hasta las beatas más devotas guar­dan en los entresijos del alma pecados añejos, hinchados de pus, que sólo se atreven a confesar al pie de la sepultura. ¿Pero por qué me había llama­do primero desde la rueda de la fortuna? ¿Tenía un mensaje para mí o sólo quería espantarme? Confundido por tantos enigmas, al día siguiente recu­rrí al auxilio espiritual del padre Quintero, que había vuelto ya de su misión en la sierra. Veinte años mayor que yo, Quintero fue párroco de Jungapeo en su juventud, antes de consagrarse a la tarea pastoral en las comunidades indígenas, y lo he admirado siempre por su temple de carácter, por su lucidez humilde y serena, que lo man­tiene a salvo del engreimiento virtuoso. Apasionado del bien, puede indignarse ante la vile­za humana cuando la ocasión lo amerita, pero el ánimo justiciero jamás nubla su inteli­gencia. Para mí ha sido un segundo padre y, como nos te­nemos tanta confianza, conoce todas mis infracciones al voto de castidad. Quintero me oyó con una mirada severa y a la vez paternal, como si escrutara los negros soca­vones de mi conciencia. Cuando terminé de soltar el borbotón de angustias se rascó la barba entrecana con una sonrisa incrédula.
—Quien lo dijera: tú no creías en las ánimas en pena y mírate ahora, elucubrando cuentos de aparecidos.
—Tengo miedo, si usted oyera ese llanto me entendería.
—¿Y no has pensado que la culpa te puede estar poniendo trampas? Pri­mero oyes el llanto después de un sueño pecaminoso, luego vuelves a oírlo cuando te atormenta el remordimiento por no haberle administrado el viático a doña Hilaria. Es tu alma quien está llorando, Genaro, es ella quien te atormenta.
—Pero le juro que esa rueda de la fortuna se estaba moviendo y el retra­to de Hilaria lloraba. No estoy inventando nada.
—Dime una cosa, Genaro, ¿has vuelto a caer en pecado con alguna mujer?
—No, padre, en los últimos tres meses me he dominado.
—¿Y no has tenido tentaciones?
—Bueno, sí, he mirado con deseo a Leonor Acevedo. Con ella estaba soñando la primera noche que me despertó la llorona.
—Pues apártala de tu mente y verás cómo cesan los llantos. El deseo nubla la conciencia y deforma la realidad, Genaro. Cuando te hayas vencido a ti mismo, cuando Cristo sea el guardián de tus sueños, ningún fantasma se atreverá a perturbarlos.
Aunque no me convencían del todo los consejos de mi director espiritual, tomé la precaución de cancelar una cita de trabajo que tenía al día siguiente con la tentadora presidenta del patronato. La deseaba demasiado, y si bien ella me trataba con distante respeto, temía perder los estribos al aspirar su perfume. No volví a escuchar el llanto en varias noches y atribuí mi sosiego al santo remedio del padre Quintero. Recuperada la energía es­piritual, emprendí una colecta de cobijas para evitar que los indios de las montañas se murieran de frío en el invierno. Gracias a mis recorridos de casa en casa, en tres días logré juntar más de cien edredones, sarapes y co­bertores que mi abnegado confesor se llevó a la sierra en una camioneta. Li­bre de pensamientos mórbidos, volví a la brega cotidiana con el infatigable celo que me había valido el respeto de la comunidad. Actué como mediador en un conflicto de tierras, evitando que unos campesinos fueran despojados de sus parcelas; comenzamos las obras de ampliación del hospicio y, con la llegada de las vacunas, logramos salvar muchas vidas en el dispensario. En esos días, los trabajadores de la feria desarmaron la rueda de la fortuna. Creí ver en ese feliz acontecimiento una señal de la Providencia, que despejaba de signos maléficos las calles del pueblo. Pero entonces, cuando ya me sentía absuelto de culpas y curado de espantos, las damas de la Congregación del Divino Verbo vinieron a verme con un grueso legajo de papeles.
—Hemos reunido estos testimonios sobre la vida de nuestra hermana Hilaria Martínez para pedirle que promueva su canonización —me dijo do­ña Genoveva, una vieja desdentada, de carnes magras y ojos amarillentos—. Cuando la vimos en el altar, rodeada de crisantemos, pensamos que ahí se debería quedar para siempre. Nadie lo sabe, porque Hilaria fue muy discre­ta, pero varias de nosotras fuimos testigos de sus curaciones milagrosas. Sa­nó las llagas de una leprosa rociándola con agua bendita, hizo caminar a un organillero tullido, salvó de la muerte a una criatura atropellada, yo misma lo vi con estos ojos que se han de comer los gusanos. Era una mujer que se quitaba el pan de la boca para dárselo a los pobres. Nunca tuvo nada de su propiedad, a cada rato pescaba catarros por haber regalado su chal o su re­bozo. Y después de muerta ya se nos ha aparecido tres veces, ¿verdad, mu­chachas?
Todas asintieron con aire grave, los ojos refulgentes de esperanza. Di­simulando mi turbación, contuve el impulso de revelarles que Hilaria también se comunicaba conmigo, pues no debía comprometerme a nada mientras ig­norara el significado de sus mensajes.
—Un proceso de canonización puede llevar años o décadas —advertí a Genoveva, circunspecto y frío—. La Santa Sede recibe miles de peticiones co­mo ésta y tiene requisitos muy estrictos para admitir a los candidatos. Pero voy a leer el expediente con mucho cuidado. Les prometo que si doña Hila­ria reúne méritos suficientes, contarán con todo mi apoyo para interceder ante la diócesis.
—No nos falle, padrecito —Genoveva besó mi mano—. Hilaria se lo me­rece y usted más que nadie tiene el deber de honrar su memoria.
El “usted más que nadie” se quedó zumbando en mi oído cuando la parvada de urracas salió de la sacristía. Traducido al lenguaje directo significaba: “Sabemos que anduvo en malos pasos mientras la santa del pueblo entregaba el alma al Señor, o sea que ahora le toca lavar sus culpas.” Viejas chimoleras, qué exagerada importancia le daban a los pecadillos carnales. Tendré mis deslices, hubiera querido decirles, pero me parto el alma por el prójimo más que ninguna de ustedes.
Devoré el legajo con ansiedad, en busca de una clave para entender las extrañas manifestaciones de Hilaria. La mayor parte de los documentos daba fe de sus obras pías y de sus curaciones milagrosas. Como todas las beatas de pueblo había tenido levitaciones, ayunos de 40 días a pan y agua, raptos vocales en los que hablaba en latín con el Espíritu Santo. Enérgica defensora de la maternidad, montaba guardias en las casas de las comadro­nas para interceptar a las muchachas que iban a abortar, y con palabras dul­ces, pero vehementes, las disuadía de asesinar al inocente fruto de sus entrañas. Muy conmovedor, pensé, pero el alma de una mujer tan devota no tendría motivos para llorar. Hilaria había muerto atormentada por algo y ese recuento de acciones virtuosas no daba noticia alguna de sus pecados. En busca de indicios delatores leí con rapidez las páginas sobre su infancia:

Hija de un trabajador ferroviario y de una costurera, Hilaria vivió en la infancia una tragedia familiar que la marcó de por vida. En 1958, cuando tenía doce años, su padre, Agustín Zárate, llegó a casa en estado de ebriedad, después de haberse corrido una larga parranda. Ofuscado por los celos, acusó a su esposa, Remigia Huerta, de haberle sido infiel durante uno de sus largos viajes en tren y la mató de 24 puñaladas. Hilaria llegó a casa justo cuando Agustín terminaba de consumar el vitando crimen, montado a horcajadas sobre la occisa. Perdió el habla durante varias semanas y ni siquiera pudo rendir testimonio durante las diligencias del ministerio público. No era para menos, un trauma de ese calibre hubiera trastornado para siempre el juicio de cualquier muchacha menos devo­ta. Pero recién ingresada al internado de las madres clarisas, donde asumió es­toicamente su condición de huérfana, Hilaria recuperó el habla y se sobrepuso a la adversidad con una entrega absoluta al trabajo comunitario. Un año des­pués del asesinato, pidió permiso a sus mentoras para visitar al uxoricida en el penal de Tacámbaro. Se lo concedieron a disgusto, pues temían que el encuentro pudiera volver a hundirla en el desconsuelo. Pero Hilaria salió ilesa de la entrevista y siguió visitando al reo para llevarle un poco de alegría hasta su muer­te en 1970. Sólo algunos elegidos del Señor tienen el don de perdonar a quie­nes los han mutilado. La infinita misericordia de Hilaria, su ausencia total de rencor, acreditan que ya desde entonces era una elegida de Jesucristo.

Empezaba a brotar el lodo por debajo de la leyenda áurea. Quizás el recuerdo de esa tragedia seguía atormentando a Hilaria, por eso lloraba des­de el otro mundo. ¿Pero toda una vida de oración y penitencia no había bastado para cerrar esa herida? En el relato hagiográfico de su niñez no pude hallar más información sobre el crimen, pero en la última sección del legajo, la del álbum fotográfico familiar, una vieja foto en color sepia me deparó un hallazgo perturbador: la niña Hilaria, de trenzas y moño en el pelo, sonreía de la mano de su madre, una señora menuda y coqueta, de busto ge­neroso y cintura breve, con un vestido entallado que realzaba sus ampulosas caderas: la típica vampiresa municipal capaz de enloquecer de celos a cual­quier marido. No fueron los encantos de doña Remigia, sino el paisaje de fondo, lo que me heló de estupor: la foto había sido tomada en la feria, al pie de la rueda de la fortuna.
La hipótesis del padre Quintero cayó por su propio peso: no estaba sugestionado por la culpa, esa mujer imploraba mi auxilio. Yo era el culpable de que estuviera penando en la oscuridad por no haber acudido a su lecho de moribunda. Los niños lloran cuando tienen hambre, sed o frío, ¿qué alivio esperaba de mí esa pobre mujer? Necesitaba conocer más a fondo las circunstancias del crimen, solo así descifraría su mensaje. Había pasado más de medio siglo desde entonces, pero quizá los ancianos del pueblo pudieran aportarme datos reveladores. Hoy en día las ejecuciones a sangre fría se suceden a un ritmo vertiginoso y pasado un mes nadie las re­cuerda. Pero en aquellos tiempos de paz, cuando las muertes violentas eran hechos insólitos, el asesinato de Remigia debió de quedar grabado con fue­go en la memoria colectiva.
Acababa de guardar el legajo bajo llave en el cajón de mi escritorio, resuelto a investigar por mi cuenta las circunstancias del crimen, cuando recibí la inesperada visita de Leonor Acevedo. Alta, de cuerpo firme y an­chas caderas, con el pelo negro ondulado y los ojos de aguamarina, su gar­bo de señora principal llenó la sacristía de efluvios magnéticos. Esposa de Rogelio Bringas, un ganadero millonario, Leonor era la máxima benefactora de la parroquia. Siempre nos habíamos visto en reuniones concurridas y nunca hasta entonces su belleza me había golpeado a quemarropa. Me le­vanté a saludarla con un vacío en el estómago, las manos húmedas de sudor.
—Tuve el atrevimiento de venir a buscarlo, padre, porque necesito ha­blarle de un asunto importante.
—Siéntate, por favor, hija —le ofrecí una silla sin poder ocultar el temblor de mis labios—. Perdona que no haya podido recibirte ayer, pero las obras del hospicio me tienen muy ocupado.
—Voy al grano porque no quiero quitarle tiempo. Se trata de mi hijo Lalo, padre: ha vuelto a las drogas.
Quebrada por la confesión, que debió costarle un gran esfuerzo, prorrumpió en sollozos de mater dolorosa. Los espasmos de llanto le agrandaron el pecho y me asomé al abismo de su escote con una sed de lactante. La deseaba tanto que no pude condolerme como hubiera debido. Andaba por los cuarenta y cinco, más o menos mi edad, pero conservaba la lozanía y la figura espigada de la juventud. Imaginarla en el gimnasio, haciendo largas rutinas de ejercicio para tener ese cuerpo, me empañó la conciencia de vaho.
—Perdón, padre, me duele mucho hablar de esto.
—No te preocupes, conmigo puedes desahogarte con toda confianza.
—Hice todo lo que pude para darle una buena educación, se lo juro, padre. Le inculqué mis valores: el respeto a la familia, la caridad con los pobres, el amor al estudio. Pero mi esposo no me ayuda en na­da —gimoteó con indigna­ción—. Rogelio es un patán engreído por sus millones, si usted supie­ra lo que le he aguantado. Se la vive en los antros de putas, a cada rato le encuentro bolsitas de coca en el saco, y claro, de tal palo tenía que salir tal asti­lla. Lalito se ha echado a per­der por los amigos que tiene, pero sobre todo por seguir el mal ejemplo de su papá.
—No te sientas culpable, tú has cumplido con tu deber de madre. Lalo ha errado el camino pero puede corregir el rumbo.
—¿Usted cree, padre? ¿Usted cree que mi Lalito pueda sentar cabeza?
Un rayo de esperanza iluminó sus ojos zarcos y al sentirme traspasado por esa mirada tuve una briosa erección.
—Claro que sí, nunca debemos perder la fe en el Señor —me levanté del escritorio y con aire paternal le puse una mano en el hombro—. El pro­blema de tu hijo y el de muchos jóvenes de hoy es que tienen el alma vacía y quieren llenarla con sensaciones fuertes. En el fondo están angustiados por un exceso de libertad.
—¿Pero qué puedo hacer yo sola, padre? Mi fuerza espiritual ya se agotó —dijo, y en busca de consuelo me tomó la mano que había dejado caer en su hombro. Se la acaricié con los dedos trémulos, como un chamaco tímido haciendo avances con su primera novia.
—Nunca te des por vencida, hija. Debes de actuar con madurez y fir­meza para ayudarlo a superar la crisis.
—Eso es lo que me falta, padre, tengo los nervios desechos y el yoga ya no me sirve de nada —doña Leonor se levantó de la silla y quedamos frente a frente tomados de la mano, sus senos rozando mi pecho—. Para enfrentarme al mundo necesito el apoyo de un hombre que de veras me quiera.
No me pude contener y le planté un beso en la boca, ciñéndola con fuerza de la cintura. Que Dios me perdone por abusar de su congoja. Leo­nor me correspondió con pasión y comprendí el ardiente significado de sus miradas furtivas en misa. Devorado por un fuego sacrílego, le besé el cue­llo con la lengua en brasas y aventuré mis manos hacia la dulce eminencia de sus nalgas, mientras ella me hincaba las uñas en la espalda. Entonces es­cuché el llanto recriminatorio, primero a lo lejos, luego incrustado en el ca­racol de mi oído, como un furioso clarín de guerra. Ahora el fantasma ya no penaba en las cercanías, chillaba dentro de mí, pero estaba demasiado ca­liente para asustarme, y aunque la estridencia era insoportable seguí besando a doña Leonor. Iba a poseerla ahí mismo, de pie, como en el sueño lascivo de la otra noche, cuando irrumpió en la sacristía Lauro, el portero de la casa parroquial, que se quedó perplejo al vernos abrazados.
—Perdone, padre, no sabía que tenía visita —quiso retroceder, cohi­bido.
—Pasa, Lauro, doña Leonor ya se iba —traté de componerme el alzacuello—. ¿Vienes a traerme el correo?
—No, padre, hubo un accidente. Se derrumbó el techo del hospicio y hay dos albañiles atrapados bajo las vigas.
La noticia apagó el llanto acusador. Pero en las ruinas de la construcción, mientras ayudaba a remover el cascajo con una cuadrilla de voluntarios, arrepentido de mi donjuanismo contumaz, atribuí el accidente al ven­gativo poder de Hilaria, que me castigaba por partida doble: con el derrumbe físico del hospicio, una obra de remodelación onerosa y difícil, que había em­prendido a costa de grandes esfuerzos, y con el derrumbe de mi reputación, enlodada ahora por el descubrimiento de Lauro. Por fortuna, los dos albañi­les sólo tuvieron fracturas y Lauro no me hizo ningún comentario malicioso. Pero yo caí en el insomnio crónico, esperando en ascuas que en cualquier mo­mento la beata llorona me anunciara una nueva catástrofe. Si se hubiera con­formado con manifestar su pena, como la famosa plañidera de la leyenda colonial, tal vez habría podido ignorarla. Pero me había declarado la gue­rra y era capaz de tomar represalias cruentas si no encontraba la manera de apaciguarla. Era urgente, pues, descubrir cuál era el pecado que se había lle­vado a la tumba. So pretexto de obtener información complementaria para enriquecer su expediente, acudí a la delegación de policía en busca de in­formación sobre el asesinato de Remigia. No conservaban car­petas con más de treinta años de antigüedad, me informó la empleada de la ventanilla, pero si quería conocer los pormenores del caso podía hablar con don Federico Bustos, el anciano que en aquella época se desempeñaba como agente del Ministerio Público. Conocía bien a don Federico y, de hecho, acababa de sa­ludarlo en la boda de una nieta suya: era un anciano afable y parlanchín que todavía empinaba el codo en las fiestas del pueblo. Cuando iba en camino a su casa, me lo encontré por casualidad en el parque, dando mi­gas a las pa­lomas. Desdentado, con las manos tiesas de artritis, y la cara sal­picada de manchas violetas, conservaba, sin embargo, algunos rescoldos de juventud en su penetrante mirada de gavilán. Como estaba medio sordo tuve que recordar­le a gritos el asesinato de doña Remigia. Fue necesario repetir­le seis veces el nombre de la víctima para iluminar las galerías subterráneas de su memoria.
—Remigia, pobrecita muchacha —lamentó con nostalgia—. Estaba rete­chula la condenada, pero tenía el demonio en el cuerpo.
—Usted llevó el caso de su asesinato. ¿Recuerda por qué la mataron?
—Sí, claro, por ponerle los cuernos a su marido —arrojó un puñado de migajas a las palomas—. Le voy a confesar algo, acá entre nos: yo también le traía ganas, pero conmigo no quiso.
—¿Y recuerda usted quién era su amante?
—Todo el pueblo lo sabía —sonrió con sorna—. Como el marido se la pasaba viajando en los trenes, cuando instalaron la feria ella se enredó con el operario de la rueda de la fortuna, un tal Melquíades, carita él y bien ponchado.
Me quedé atónito, embonando en la mente la pieza clave del acertijo.
—¿Y el marido cómo se enteró? ¿Los encontró en la cama?
—Eso no lo supe —se encogió de hombros—. Los agentes de la policía estatal se lo llevaron a Ciudad Hidalgo y allá lo interrogaron. Yo sólo levan­té el acta del crimen.
—¿Existen archivos donde pueda consultar las actas del proceso?
—El expediente ha de estar en el juzgado penal de Hidalgo, pero quién sabe, ha pasado tanto tiempo que a lo mejor ya lo trituraron.
Le agradecí su ayuda con gran­des efusiones de afecto. Necesitaba consultar ese archivo enseguida, pero como tenía el alma llena de sapos y culebras, acudí a la modesta casa del padre Quintero en el Carrizal, una aldea de agricultores a 15 kilóme­tros de Jungapeo. Sólo él podía tenderme una mano para salir del hoyo. Lo encontré alfabetizando a un gru­po de campesinos adultos en una pequeña aula con techo de asbesto, y me senté a esperar en una banca del patio, con un periódico local en las rodillas. Pasaba revista a las últimas ejecuciones de policías federales acribillados por La Familia Michoa­cana, la banda de narcos más po­derosa de la región, cuando sonó mi teléfono celular.

—Necesito verte, Genaro —Leo­nor me tuteó por primera vez—. ¿Cuán­do nos vemos, mi cielo?
Juro por la Santísima Virgen que estaba arrepentido de corazón y ha­bía ido al Carrizal asqueado de mi vida pecadora, en busca de una dura penitencia. Pero esa voz susurrante y húmeda echó por tierra mis propósitos de enmienda. En vez de apagar el teléfono, como me ordenaba la conciencia, cité a Leonor el día siguiente en la plaza mayor de Ciudad Hidalgo. De cualquier modo tenía que ir allá para consultar el archivo del juzgado y en ese lugar corríamos menos peligro de ser descubiertos. Después de sucumbir a la tentación no tuve aga­llas para enfrentarme con el padre Quintero. Asomado a la ventana del salón, le avisé con señas que regresaría más tarde y volví a Jungapeo a toda velocidad, can­turreando con cínica euforia el bolero que sonaba en el radio.
A las diez de la mañana del día siguiente, con ropas de civil, y una boina para ocultar la tonsura, me encontré con Leonor en el kiosco de Ciu­dad Hidalgo. Se había cubierto la cabeza con una pañoleta y la cara con unos grandes anteojos oscuros de aro redondo, pero de cualquier manera estaba seductora. Los dos teníamos coartada para quedarnos un par de no­ches: oficialmente, Leonor había venido a pasar unos días con una prima al­cahueta, aleccionada para cubrirle las espaldas ante el marido, y yo dije en el curato que venía a pedir fondos para continuar las obras del hospicio. Éra­mos, pues, libres de pecar a nuestro antojo y decidí posponer mi visita al juzgado para consagrar esa mañana al amor, si se le puede llamar así al egoís­mo salvaje de los cuerpos en llamas. Repleta de retenes militares y escua­drones motorizados de policías federales, la ciudad parecía en estado de sitio. De camino al hotel, Leonor se acurrucó en mi hombro, intimidada por el relumbrón de las metralletas y los gestos fieros de los federales, la mayo­ría mocitos imberbes recién salidos del cascarón. Tienen más miedo que tú, le dije, los pobres se están jugando la vida. Nos registramos con nombres falsos en el Hotel Ojo de Agua, un conjunto de búngalos con alberca situado a las afueras de la ciudad, en medio de una apacible floresta. No debo ni quiero recordar lo que pasó en esa alcoba. Las delicias de la carne crean una vana ilusión de inmortalidad, pero todo himeneo es en realidad la obertura de un réquiem. Sólo puedo decir que la amé tanto como ahora me aborrez­co. A las ocho de la mañana salí con sigilo para no despertar a mi amante, hundida en el sueño abisal de las hembras saciadas, y después de un abundante desayuno en el restaurante del hotel, para recuperar las proteínas de­rrochadas en las lides de Venus, me dirigí en el coche al centro de la ciudad. Pasé por dos retenes donde los soldados me revisaron la cajuela en busca de armas, y por otra revisión más en el decrépito edificio del juzgado, a cargo de un policía que me pasó por el cuerpo un detector de metales.
—Disculpe, padre —me explicó—, pero el otro día vinieron a lanzarnos granadas y tuvimos que implantar medidas de seguridad.
Caminé por un pasillo flanqueado por viejos archiveros llenos de polvo y estantes con altas pilas de legajos que hacían prodigios de equilibrio para no derrumbarse. Cuántas atrocidades estarán consignadas en cada expedien­te, pensé, y me sentí amenazado por enemigos invisibles, como un intruso alla­nando una casa embrujada. El licenciado Lucas Herrejón, con quien había concertado una cita, me recibió en su modesto despacho de funcionario me­dio. Por fortuna, había encontrado el expediente judicial de Agustín Zárate, una polvorienta carpeta de más de seiscientas páginas.
—No acostumbramos abrir nuestro archivo al público, padre, pero por tratarse de usted hemos hecho una excepción.
Para revisar el legajo me cedieron un cuartucho infestado de telarañas, sucio y mal ventilado, en donde me acomodé como pude en una mesabanco de patas disparejas. Desempolvé el expediente con mi pañuelo y al abrirlo me saltó a las piernas un alacrán güero. Mala señal, pensé, quizás el Señor quie­re decirme que no debo continuar. Pero la curiosidad era más fuerte que mi temor y aplasté de un zapatazo al cancerbero de los secretos de Hilaria. Con extrema cautela, por temor de encontrar nuevas alimañas, me puse a hojear las actas del proceso. Algunas páginas estaban carcomidas por la polilla, otras eran ilegibles porque el tiempo había borrado párrafos enteros. Me salté el informe del forense, de más de cincuenta páginas, las prolijas descripciones de la escena del crimen y las declaraciones de los vecinos que oyeron los gri­tos. En mitad de la carpeta, en una sección de hojas azules, encontré lo que de verdad me importaba: la trascripción estenográfica de los interrogatorios practicados al detenido.

Declara el de la voz que durante más de quince años vivió en matrimonio con la occisa, Remigia Huerta, y que procreó con ella una niña, de nombre Hilaria, que en la actualidad tiene doce años de edad. Interrogado sobre sus conflictos matrimoniales, responde que con anterioridad no había tenido celos de su espo­sa, pues confiaba en ella, y por eso nunca la creyó capaz de engañarlo, a pesar de ausentarse de casa durante largos periodos por su trabajo como ferrocarri­lero. Con visible consternación, el de la voz guarda un largo silencio cuando se le pregunta cómo descubrió que su mujer lo engañaba. Ya saben que yo la ma­té, voy a firmarles mi confesión, responde compungido, pero no quiero perjudi­car a inocentes. El comandante Durán le advierte que si oculta información, el juez le aumentará la pena. El detenido calla y pide un cigarro. Se lo proporcionan y entonces rompe en sollozos. No quiero meter en problemas a la persona que me lo dijo, ella no tiene la culpa de nada. Si no está involucrada la dejaremos en paz, promete el comandante, pero necesitamos saber si usted actuó con premeditación. Está bien, se quiebra Zárate, pero Dios los ha de castigar si faltan a su palabra. Había regresado de un viaje largo, molido de cansancio, con ganas de tirarme en la cama y en la casa no encontré a mi esposa, que había salido al mercado. Sólo estaba mi hija Hilaria, pálida y triste, con sus ojitos hinchados, haciendo la tarea en la mesa del comedor. ¿Qué te pasa, muñeca?, le pregunté. Nada, papi, me dice muy seria. ¿Cómo que nada? A ti te pasa algo. Entonces la pobre se suelta a llorar y me dice: Mi mamá te engaña. Cuando estás de viaje se acuesta con Melquíades, el señor que maneja la rueda de la fortuna. El de la voz tiene un acceso de llanto. Cuando termina de desahogarse añade, con voz más serena: Los hijos de la chingada se metían a coger a mi casa, delante de la po­bre niña. Ni siquiera tuvieron la decencia de ir a un hotel.

El maligno tumor de Hilaria palpitó en mis guantes de cirujano. Estaba atormentada por haber delatado a su madre. Pero ella era inocente del cri­men, pues no podía saber que Agustín iba a matar a Remigia. ¿O sí lo previó? ¿La odiaba tanto que le deseaba la muerte? ¿Siguió visitando a su padre en la cárcel porque aprobaba el asesinato? Para descifrar esos enigmas hubiera tenido que darle la extremaunción. Al continuar la lectura, de pronto sentí una quemadura en la mano derecha. Al soltar la carpeta vi un mensaje garabateado en grandes letras rojas, que atravesaba la página en diagonal:

BUELBE AL HOTEL CON TU PUTA

Tenía los dedos manchados de rojo y al chuparme la punta del índice reconocí el sabor de la sangre fresca. Salí corriendo del despacho, con un escalofrío en el espinazo, sin despedirme del licenciado Herrejón. Al parecer mi descubrimiento había ofendido a Hilaria y, conociendo la violencia de sus rencores, me temí lo peor. ¿Pero no estaba enviándome esas señales por una necesidad de expiación? ¿Había malinterpretado su llanto de niña? Sólo algo me quedaba claro: ese recado sangriento no podía presagiar nada bue­no. Manejé de vuelta al hotel como un cafre, pasándome semáforos en rojo, y en la carretera a Guadalajara, cuando me faltaba medio kilómetro para lle­gar al hotel, me quedé atrapado en un embotellamiento. Llamé al celular de Leonor para avisarle que no tardaba en llegar. Sonó el timbre más de seis veces hasta que entró el buzón de llamadas. Caraja madre, contesta por el amor de Dios. Me bajé del coche para otear el horizonte: la fila de coches era infinita y no se veía ningún movimiento a lo lejos. Un arriero que jalaba un burro venía caminando por la cuneta en sentido opuesto al flujo de autos.
—¿Sabe qué pasó allá adelante? ¿Hubo algún accidente?
—No, la policía federal acordonó la zona. Parece que hubo una bala­cera en el hotel Ojo de Agua.
Abandoné el coche en mitad de la carretera y corrí en dirección al ho­tel, borracho de adrenalina. Al llegar a la zona acordonada, una pareja de policías federales me cerró el paso con sus escudos antimotines.
—No puede pasar, hay un operativo.
—Pero mi esposa estaba en el hotel.
—Hágase a un lado, tengo que verla —traté de abrirme paso a empujones, pero un federal me cortó cartucho.
—No me obligue a lastimarlo. Son órdenes de arriba.
Los periódicos amarillistas han difundido hasta el hartazgo lo sucedido en el tiroteo, de modo que no abundaré en detalles. Cuando pedimos la habitación, nadie tuvo la bondad de informarnos que en ese hotel se hos­pe­daban dos altos mandos de la Policía Federal, que tenían cuentas pendien­tes con la Familia Michoacana. Los acribillaron en el jardín, cuando iban saliendo de sus alcobas, y una ráfaga de metralla alcanzó a Leonor, que leía una novela echada en una tumbona junto a la alberca. Pese a mis intentos de soborno, los federales no me concedieron siquiera el privilegio de abra­zar su cadáver. Si me quedaba a los interrogatorios habría tenido que reve­lar mi identidad, y el escándalo me hubiera obligado a colgar los hábitos. Yo soy el “sujeto no identificado” que según los partes policiales acompañaba a la única víctima civil de la balacera. Descubierta su infidelidad, ella quedó cubierta de ignominia ante su familia, pero esa misma noche yo volví a Jun­gapeo con mi reputación ilesa, pues gracias a Dios o al demonio el empleado de la recepción olvidó anotar en el registro las placas de mi auto.
Inmaculado frente a los demás, tenía sin embargo la certeza de haber quedado preso en una telaraña. Me dolía más haber perdido a Leonor que haber traicionado a Cristo, y luchaba en vano por salvar mi conciencia del naufragio. Si acudía a confesarme con el padre Quintero me pediría que re­conociera mi culpa ante la justicia y afrontara el escándalo con todas sus con­secuencias. Por menos que eso otros curas habían sido sancionados con una suspensión a divinis, pero yo no estaba dispuesto a echarme de cabeza. Cuan­do el marido de Leonor se presentó en la parroquia, al día siguiente de la tra­gedia, creí que venía a partirme la madre. Pero sólo quería que oficiara la misa de difuntos en la capilla de su rancho gana­dero, en una ceremonia privada para la familia y sus íntimos. Tuve, pues, que ha­cer votos por el descanso eterno de mi examante con el gesto consternado de un político marrullero.
—Blanquead, señor, y limpiad su corazón —dije al rociar el ataúd con el hi­sopo— para que, purificada con la sangre del Cordero, disfrute de los gozos ce­lestiales en compañía de nuestro señor Je­sucristo.
Mis balsámicas palabras de consue­lo hicieron llorar a Lalito, el joven desca­rriado a quien Leonor me rogó meter en cintura. Por si fuera poco, terminada la ceremonia, cuando regresé a la parroquia, Lauro, el portero de la casa parroquial, vino a verme a la sacristía con la carita mustia y la mirada esquiva de los bribo­nes recién maleados.
—Quería pedirle una merced, pa­dre —dio vueltas con nerviosismo al som­brero de paja que se quitó al entrar—. Mi esposa y yo estamos esperando un niño. No lo deseábamos, pero Dios nos lo mandó, y como la vida se ha puesto tan dura, quería preguntarle si sería posible que me conceda un aumento de sueldo.
Su extorsión era tan obvia que me dieron ganas de soltar una carcajada: o me aumentas el sueldo o rajo que usted se tiraba a doña Leonor. Pero me mantuve circunspecto y frío, como lo manda el código de los valores en­tendidos.
—Estoy muy satisfecho con tu trabajo y, sobre todo, con tu discreción, Lauro. Voy a revisar el presupuesto de la parroquia y espero conseguirte el aumento.
Después de comprar su silencio me di a la bebida para escapar de la zozobra o, por lo menos, para ignorarla. Pero el mezcal apenas si logró en­tibiar la marea de chapopote donde me hundía. Predicaba en misa con la monótona seguridad de los actores aburridos de sus propios clichés. He de­testado siempre la simulación de los fariseos, y ahora, me gustara o no, mili­taba en el bando de los hipócritas que se dan golpes de pecho en la iglesia, cuando sólo piensan en cogerse a la vecina o en robar al prójimo. Hilaria ya no me intimidaba: más bien le guardaba rencor y quería vengarme de ella. Pero no podía responsabilizarla del todo por mi derrumbe moral. Ella escri­bía el cuento de terror que yo protagonizaba, pero ningún personaje doblegado por la corrupción colectiva puede alegar inocencia. El Cordero de Dios no puede redimir a los borregos del mal, ni el demonio se ocupa ya de tentar a santos varones. ¿Para qué, si tiene bajo su yugo a sociedades enteras? Cuando se han roto los lazos fraternos entre los hombres, cuando está permi­tido envenenar o matar al prójimo para hacer fortuna, cuando los hampones gobiernan o suplantan a la autoridad, cuando el deseo carnal pisotea institu­ciones y sacramentos, los poderes sobrenaturales ya no tienen mucho campo de acción para sembrar el terror en el mundo.
Semanas después de la tragedia en el Hotel Ojo de Agua, recibí un donativo anónimo de medio millón de pesos para continuar las obras de am­pliación del hospicio, que se habían quedado truncas por el derrumbe. En la caja de cartón donde venía el dinero en efectivo sólo había una tarjeta sin firma con la frase “Saludos cordiales de La Familia”. Deduje que los jefes locales del hampa querían ganarse mi voluntad y estuve a punto de romper el cheque en pedazos. Pero me detuvo el sentido práctico, uno de los disfra­ces favoritos de la perfidia. En cierto modo ese donativo era una justa in­demnización por todas las atrocidades que los narcos habían cometido en el pueblo. Si dejaban huérfanas a tantas criaturas ¿no debía yo aceptar ese dinero para darles techo? Me convertiría, es cierto, en una pieza más del en­granaje podrido que nos había sumido en la barbarie y el caos. Y no tardarían en cobrarse el favor, invitándome a bautizar al hijo de algún capo devoto. Pero a esas alturas no podía andarme con escrúpulos timoratos: a caballo re­galado no se le mira el diente, pensé, si les devuelvo el dinero se lo van gastar en parrandas, mejor invertirlo en una obra de caridad. ¿O sería mejor cum­plir mi sueño de viajar a Roma en la Navidad, para oír la misa de gallo en la Basílica de San Pedro?
Mi conciencia, cada vez más elástica y sobornable, no me reprochó la decisión de conservar el dinero, y caí en la cama con un sueño de plomo. Co­mo a las tres de la madrugada, cuando soñaba en los deleites de mi ence­rrona con Leonor, a quien seguía deseando con la tenacidad de un buitre, me despertó una vez más el llanto de mi perseguidora. Esta vez no me asus­tó: esperaba que en cualquier momento reestableciera el contacto, pues te­nía muy claro que su alma no encontraba sosiego.
—¿Quieres confesarte? Habla de una vez —la increpé en voz alta.
El llanto venía de lejos, me estaba pidiendo que saliera a la calle a buscarla. ¿Era una trampa o esta vez sí quería decirme algo? Tomé el estuche de los santos óleos y salí a la calle abrigado con un jorongo. Los sollozos, agudos y prolongados como chillidos de rata, me guiaron entre los charcos y los tambos de basura hacia los portales del mercado. Los perros famélicos se apartaban a mi paso, aullando con pavor, como si presintieran que iba al en­cuentro de una condenada. Al llegar a la esquina de Morelos y López Ra­yón, donde el llanto se oía más recio, me detuve frente a la siniestra capilla de la Santa Muerte, una casita blanca con techo de teja, el zaguán enmarca­do por un friso con tibias y cráneos de yeso, semejante a los zompantlis az­tecas. Me opuse con terquedad a su construcción, empleando todos los medios políticos a mi alcance, pero en un acto de abyecta sumisión a sus benefacto­res, el presidente municipal autorizó ese ultraje a la religión católica, invocan­do la libertad de cultos. Empujé la puerta entreabierta con más indignación que miedo. Adentro, a la tenue luz de un cirio, vislumbré la silueta de una niña arrodillada frente al altar de la calavera. Viciaba el aire un olor amonia­cal a flores muertas que parecía emanar de la deidad venerada en el templo. El llanto cesó en cuanto la niña advirtió mi presencia. El ánima de Hilaria, con cuerpo infantil y cara de anciana, me dirigió una mirada implorante y a la vez retadora.
—Te escucho, hija —dije con aplomo—. He venido a darte la extre­maunción.
Hilaria exhaló un suspiro agó­nico.
—Llega usted un poco tarde. Ya no quiero el perdón de Dios.
Su voz quejumbrosa parecía emerger de un hondo barranco.
—¿Entonces por qué me llamaste?
—Quería darle las gracias por no haberme confesado in extremis. Gracias a usted encontré la salvación y he descubierto la verdadera fe —mi­ró con fervor a la muerte encapuchada—. Venga conmigo, vamos a rezarle a la Niña Blanca, ella sí nos comprende.
—Pero tú eras una beata, Hilaria. Consagraste tu vida a Cristo.
—De dientes para afuera, pero siempre fui mala, muy mala.
—Eres injusta contigo. Si estás en el purgatorio todavía puedes salvarte —intenté conmoverla mostrándole un crucifijo—. La misericordia de Dios es infinita, no reniegues de tu fe. Delataste a una pecadora sin saber que tu padre la iba a matar.
—No, padre, yo la condené a muerte y no me arrepiento. Se lo merecía por puta. Melquíades era mío y ella me lo robó. Estaba yo en la edad en que una empieza a desear a los hombres y él fue el primer varón que me gus­tó de verdad. Era muy atento conmigo en la feria, me compraba algodones de azúcar, súbete otra vez a la rueda, mi reina, tú no pagas boleto, qué linda te ves con esas trencitas. Me cargaba con sus fuertes brazotes de luchador cada vez que me subía al asiento de la rueda, y yo hubiera querido que­dar­me ahí, enredada en su cuello, aspirando el olor a espliego de su pecho ve­lludo. Qué bien olía el condenado. Cuando estaba en sus brazos hasta sentía cosquillas en la entrepierna. Él no lo supo nunca, pero entre las niñas del colegio yo corrí la voz de que éramos novios.
Transfigurado por el recuerdo, el rostro de Hilaria recuperó la tersura de la pubertad. Parecía gozar un éxtasis inocente, pero enseguida su boca se contrajo en una mueca de amargura.
—Por eso me dolió tanto descubrir que el cabrón sólo quería congraciarse conmigo para seducir a mi ma­dre —enronqueció la voz, al borde del sollozo—. Mientras yo daba vueltas en la rueda de la fortuna ellos se quedaban platicando en el puesto de los elotes, y mi madre se reía de sus piropos, dándole entrada. No se ima­gina cuánto la odiaba por tener ese cuerpo de rumbera, esa boquita obs­cena en forma de corazón. Cuando Melquíades empezó a visitarla yo me empeñé en estorbarles. Nunca los de­jaba estar a solas, me interponía en­tre los dos con cualquier pretexto. No entiendo la tarea de aritmética, mami, ¿me puedes explicar este problema? ¿Me das vueltas en el aire, Melquía­des? Yo también quiero helado, voy con ustedes a la nevería. Era tan la­tosa y metiche que les colmé la pacien­cia. Un día me llevaron a la feria, como a las nueve de la noche, cuando ya no había gente. Me subieron a la rueda de la fortuna, Melquíades la puso a girar, y se les hizo fácil abandonarme ahí para poder agasajarse a solas en mi casa. Por suerte la rueda se detuvo a la décima vuelta, cuando yo estaba en su punto más alto, si no me hubiera vomitado de tanto mareo. Y entonces empecé a llorar recio, a todo lo que daban mis pulmones. Que­ría llamar la atención pero nadie vino en mi auxilio. Ahí arriba, tan cerca de las estrellas, muerta de frío, comprendí que un artero egoísmo gobierna el cielo y la tierra, que la maldad es una ley de la naturaleza, que el daño ajeno aviva el fuego del placer. Juré vengarme de la peor manera y lo cum­plí cuando regresó mi papi. Soy una asesina, padre, lo tenía todo calculado. Pobre papá, le echaron 25 años de cárcel por defender su honor y vengar mi despecho. Pero ahora estamos juntos, gracias a esta bendita señora. El infierno no existe, padre, los dos dormimos contentos bajo el amparo de nuestra madre.
Su aspecto atormentado la desmentía, y sin embargo me horrorizó pensar que la condenación eterna fuera una mentira piadosa. Si los asesinos y la gente de bien corrían la misma suerte en la otra vida, si la impunidad de prolongaba en el más allá, ¿qué sentido tenía predicar la palabra de Dios? Para ahuyentar esas reflexiones desoladoras pasé a la ofensiva:
—Lamento mucho que estés condenada, Hilaria —me arrodillé también, blandiendo el crucifijo como un escudo— y te pido perdón por no ha­berte asistido en el último trance. Pero dime una cosa, ¿qué ganas con torturarme?
—¿No lo has entendido, mi rey? —sonrió con malicia, transfigurada en la voluptuosa Remigia—. Tú me gustabas, estuve enamorada de ti desde que llegaste a la parroquia. O mejor dicho, enculada, si es que una se puede encu­lar con el pensamiento. Eras Melquíades redivivo: fuerte, guapo, calavera, castigador con las viejas. Las beatas de la congregación te condenaban por mujeriego y yo fui la inquisidora más severa de tu conducta. Pero en el fon­do de mi alma pensaba: algo bueno tendrá el cabrón, donde ha seducido a tantas mujeres. Si la edad me lo hubiera permitido, te habría lanzado las pan­taletas como la mosquita muerta de Leonor Acevedo. Pero ya era una vieja encogida como una pasa y no podía hacer el ridículo. Me resigné a querer­te de lejos, envidiando a las güilas que lograban meterse a tu cama. Hijas de la chingada, cuánto las odiaba y las sigo odiando. Pensarás que soy una loca, pero me daba ilusión tenerte en mi lecho de muerte. La última confesión es un acto de amor, un diálogo íntimo entre las sábanas, y yo quería revelarte mi secreto en el último suspiro, para entregarte con él mi virginidad. Pero no llegaste a la cita: esa tarde andabas ungiendo a otra. Tu abandono me do­lió casi tanto como el de Melquíades. Me dejaste con las ganas, papito, por eso ahora no te permito andar de caliente y voy a atormentarte cada vez que violes el voto de castidad, aunque sea en tus sueños. Pobre de ti si vuelves a engañarme. Desde mi reino de sombras te voy a traer con la rienda corta.
Había ido envejeciendo hasta volverse un tasajo de carne macerada, y al final del monólogo me tendió su brazo de anciana con los pellejos colgan­tes. El roce de su mano con el crucifijo produjo un fuerte chispazo, acompañado de fumarolas con olor a azufre. La silueta de Hilaria se esfumó en el aire y en el reclinatorio donde había estado rezando sólo quedó un montículo de ceniza, pero no puedo ufanarme de una victoria sobre el maligno porque el choque de fuerzas carbonizó también mi crucifijo. Volví a la casa parroquial atolondrado, con la presión baja, deteniéndome en los postes de luz para tomar aliento. Eso sucedió hace cuatro días y desde entonces no he vuelto en mis cabales. Oscilo como un péndulo entre dos extremos: buscar la salvación o pactar con el enemigo, pedir audiencia con el padre Quintero pa­ra hacer una confesión en regla o seguir ahogando mis angustias en el mezcal. Otros elegirán por mí, pues tengo la fe agusanada y ahora soy un guiñapo sin albedrío. Haré lo que Dios disponga, si me lo permite la Niña Blanca.