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martes, 30 de noviembre de 2010
La madurez y la maduración
Adolfo Castañón
Jaime Labastida, La sal me sabría a polvo, Siglo XXI Editores, México, 2009, 164 p.
A los 70 años Jaime Labastida publica este poemario que consta de cinco partes y veinticinco poemas. Se presenta, y lo es, como obra de madurez y de maduración donde el poeta emplea una diversidad de registros rítmicos, todos regidos por versos de arte mayor, endecasílabos y alejandrinos en su mayoría.
El libro consta de veintiún poemas distribuidos en cinco partes; cada uno tiene entre 43 y 245 versos. La suma total que compone el volumen asciende a 1891 versos. El libro abre y cierra su pinza saludando al idioma y al lenguaje (Sección I, “Palabras”), resumiendo su invocación y su exorcismo, auspiciando la catarsis. El idioma es aquí ante todo vehículo del testamento en que se resuelve este poemario que es repaso biográfico y recapitulación de lo que el poeta tiene o le queda. El libro se puede leer como un ejercicio de purificación y un ritual del amor, del recomienzo y de la muerte. “Crepúsculo” es el título de la segunda sección y ahí el libro tiene su centro, digamos su zócalo; se trata de una serie de diez poemas sobre el tema de la ciudad donde se explaya el motivo de la patria, la idea de comunidad. Es, sin duda, el tramo más desgarrador y acaso diría vehemente de este poemario. Obra de madurez, obra donde el impulso interior y su envoltura formal aspiran a la fluidez y a la insensible espontaneidad, a la “transparencia” del endecasílabo, La sal me sabría a polvo es un poema elegiaco. El poeta canta no sólo la ruina de la ciudad y la del país, sino la de la idea misma de nación. También canta al idioma y al lenguaje, exalta el amor y eleva un himno en ruinas sobre la ciudad en ruinas. Esto orilla al poema hacia la elegía y el desencanto que campea por algunas de sus páginas. El poema se adentra y desciende por una escala de preguntas con las que el autor se acecha y se castiga, con las que el autor se da ánimo y busca saltar su sombra. El juego de la poesía se desdobla en el fuego del amor y del amante-amado. El amor sacude el árbol de los signos y lo salva de morir de rabia. El sentido de la vida, el sentido del preguntar se resuelve en este canto que avanza por así decir agarrándose de los signos de interrogación, ascendiendo y descendiendo a rappel como los alpinistas por las laderas resbalosas del silencio. La pregunta torna y gira sobre sí misma hasta trazar un eje, un hueco en la voz que es el asombro. En ese hueco está el origen de la experiencia poética y la filosófica, está el nido de las dos lenguas originarias de Jaime Labastida de que se habla al final del libro.
En los poemas de “Ciudades” como en “Dura patria” cabe leer una respuesta a la Suave Patria de López Velarde, tanto como una réplica en el sentido sísmico a Efraín Huerta y Octavio Paz, a José Emilio Pacheco, a Eduardo Lizalde y a Homero Aridjis.
En Los muros de la patria se siente hablar a La pared de los padres. Pero se trata no de un tiempo con raíz y genealogía sino de un tiempo huérfano, por así decir, de un calendario sacrificado. La nación y la guerra que es el progreso parecen dialogar de implosión en explosión en el cuerpo de este poema tenso y vehemente donde el poeta se atreve a llamar a la patria por su nombre.
El poema recuerda, por cierto, a la Patria podrida de Miguel Hernández o en otros aspectos a la dureza sintáctica del poeta español Gabriel Celaya en su libro Las resistencias del diamante. La Patria es el reino de los padres y el mundo de la raíz cultural: la patria grande. Ambos se oponen al ámbito de la madre, de la querencia. Hay aquí quizás una tensión entre los valores varoniles y los femeninos, entre Hermes y Andros. Esa tensión es responsable de la pasión helada y abrasadora con que están escritos esos poemas.
El poemario expone la experiencia y la pasión del logos, el padecimiento de la escritura y de su inscripción cordial en el seno del poeta y de su lector.
Hay adentro, latente, en el soliloquio, un diálogo. El asombro se desdobla en contemplación, ésta en meditación. Así la poesía se orilla hacia la filosofía, de donde proviene. El susurro profundo de las palabras nace de la pregunta que lo alumbra en el tácito oficio de nombrar.
La inquietud por la zozobra del lenguaje, por la zozobra de la racionalidad y de la razón se transparenta en el epígrafe: “¿qué sucedería el día en que mueran las palabras…?”
Este elogio de la palabra se plantea como una guerra no dicha contra el reino de la imagen; sólo hay esperanza en el logos: la imagen es literalmente y dice adiós a la esperanza.
Meditación sobre el lenguaje, La sal me sabría a polvo es como ya se ha dicho un testamento y también un intento de escritura de la historia de los signos interiores con los que el poeta se trata de conocer a sí mismo. Por eso no es posible pensar en sus palabras sin asomarse al abismo que convoca.
El libro nuevo de Jaime Labastida señala el lugar del canto como lugar del pensamiento subrayando la relación meditativa que existe entre la necesidad ciega del vivir y el oficio clarividente de examinar la vida con las palabras. En esa tensión se juegan los platillos de esta balanza vital que Jaime Labastida acaba de armar para asentarla en la mesa de la atención en vilo.
viernes, 8 de octubre de 2010
Bibliotecas propias y ajenas
Adolfo Castañón
A lo largo de mis más de veinte mil días, me ha tocado ser custodio o propietario de algunos libros. Los he comprado y recibido. Los he regalado o donado.
Nací en una casa biblioteca. Mi padre era lector voraz, y mi madre no se quedaba rezagada. Cuando él murió durante del eclipse total de sol del 11 de julio de 1991, ya habíamos tenido tiempo de conversar y de convenir como amigos en que la biblioteca de la casa se iría a la Universidad Nacional Autónoma de México. A él le hubiese gustado que su biblioteca se fuese a la Facultad de Derecho pero finalmente se quedó en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Aquella biblioteca de mi padre ascendía a unos veinte mil volúmenes legendarios en los que convivían la historia de México, la de América, la de Europa, incluida España, algo de la de Asia, la filosofía, las novelas policiacas de la colección El Séptimo Círculo, la Filosofía Política, el derecho en sus diversas ramas, las enciclopedias y un caudal de literatura contemporánea. Y notando esa biblioteca de don Jesús Castañón Rodríguez, fue para mí y mi hermana gimnasio, arena, teatro, lugar de estudio y juego.
Desde antes de casarme en 1975, a los 22 años yo ya tenía mis propios libros que no eran siempre los que le pedía prestados o “robaba” a don Jesús. Aunque lo acompañaba a las librerías, sobre todo las librerías de viejo, aspiraba yo a explorar las cosas por mí mismo, como cualquier jovenzuelo. He dicho en algún apunte anterior cuán importante fueron para mí infancia dos libros: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram, y la biografía de Arthur Schleimann, el polémico descubridor de Troya y del palacio de Cnossos. Esta afición temprana a la arqueología me llevó luego a leer libros de antropología, en particular La rama dorada, de sir James Frazer, que durante el año de 1968 fue una de mis lecturas de cabecera, como se recuerda en el poema extenso Recuerdos de Coyoacán. De Frazer salté años más tarde a interesarme por otro antropólogo: Claude Lévi-Strauss, cuya lectura me fue sugerida por un maestro al que tuve la triple fortuna de seguir antes de conocerlo personalmente, de trabajar y colaborar con él una vez que lo conocí y de concluir la tarea de editar sus Obras completas una vez que murió: me refiero a Octavio Paz. Debo decir que en la semilla de mi primera biblioteca y luego en todas las que he tenido a mi cuidado, siempre han estado presentes las obras de Octavio Paz, y no sólo sus obras sino las de los autores que él sugería, recomendaba o aun descalificaba.
Pasé a leer al autor de Tristes trópicos y de Mitologías. Casi inmediatamente después descubrí a Roland Barthes, Michel Foucault, Maurice Blanchot, Pierre Klossowski, Pierre-Jean Jouve, Raymond Roussel. Leí y releí Las palabras y las cosas de Michel Foucault, y recuerdo haber hecho un cuadro sinóptico para entender su peculiar historia de las ideas, entre episteme y taxonomía. También leí fascinado La historia de la locura en la época clásica y El nacimiento de la clínica.
Volviendo más atrás, debo precisar que mi primera biblioteca se encontraba en un sótano que mis padres habían mandado construir desde que hicieron la casa. El sótano tenía un ambiente peculiar. Además de su oscuridad natural sólo matizada por la luz que entraba por la escalera exterior que lo conectaba con la parte exterior de la casa, aquella pieza era todavía más oscura pues yo había decidido ponerle unas cortinas de terciopelo color púrpura. Aquella pieza subterránea tenía algunos libreros, un escritorio, sillas, un sillón y una cama; yo le había puesto como adorno poemas de Baudelaire y Edgar Allan Poe que yo mismo había transcrito con torpe caligrafía sobre hojas de papel albanene recortadas y pegadas sobre varitas de madera. En ese espacio subterráneo mis amigos de aquella época y yo —Coral Bracho, Marcelo Uribe, Alberto Ruy Sánchez, Margarita de Orellana— leímos en voz alta algunas páginas de la historia de la cultura griega de Jacob Burckhardt y el ensayo de Georges Bataille sobre las cuevas de Lascaux publicado en la revista Tel Quel. Entre tanto, arriba, la biblioteca de mi padre crecía de una forma inquietante: cada día él llegaba a la casa con paquetes de libros. Cuando no había ofertas en la Gandhi, era domingo e iba a la Lagunilla o era viernes y traía libros de las librerías de viejo. Ir a recorrer librerías de novedades o de libros viejos era como ir a buscar chácharas, era parte de un estilo de vida. Para mí, era casi inconcebible que mi padre llegara a la casa sin traer un libro, alguna adquisición reciente. Yo heredé esa costumbre de la cual no me ha costado trabajo deshacerme porque no me interesa perderla. Cuando mi madre murió, el 19 de junio de 1987, fuimos al día siguiente a comprar libros usados a la librería que tenía don Ubaldo López en la colonia Doctores.
Recuerdo que en aquella ocasión compré una colección que aún conservo: los numerosos volúmenes de Histoires d’amour de l’historie de France de un tal Guy Breton, publicados por Les Editions Noir et Blanc, en 1958. Quizá con esos libros amorosos quería yo consolarme de la pérdida trágica de mi primer amor: María Estela Morán Nuñez, mi madre.
Pero vuelvo al sótano, el lugar mítico a mis ojos en que tuve mi primera biblioteca: ahí leí las vidas de Ricardo Flores Magón, de Praxedis Guerrero y de Librado Ribera, los santos anarquistas mexicanos. Las biografías de Bakunin y del príncipe Kropotkin, la vida de Chopin por André Maurois; ahí también descubrí a Sören Kierkegaard… Allí leí y releí Las flores del mal de Charles Baudelaire en el original, además de las obras del propio Marx y de Trotski en la traducción del poeta Eduardo Marquina, y en el original los cuentos de Edgar Allan Poe y en la traducción de Borges el Orlando de Virginia Woolf y una muy gruesa exposición del pensamiento de Karl Marx hecha por el jesuita francés Jean-Yves Calvez, publicada por Taurus, también ahí leí las novelas del Marqués de Sade —Justine y Las ciento veinte jornadas de Sodoma.
Pero no todo ha sido bibliotecas sedentarias. Entre 1973 y 1974 hice un viaje a Europa y Medio Oriente que duró más de un año. Llevaba yo poco dinero, poca ropa y, previsiblemente, muchos libros: aunque parezca mentira, anduve cargando por Francia, Italia, Grecia, Israel, Turquía y España, los tres volúmenes del Cicerone de Jacob Burkhardt, La tumba sin sosiego (The unquiet grave) de Cyril Connolly, Manhattan Transfer de John Dos Passos, Le bain Diane de Pierre Klossowski y El castillo de Franz Kafka en traducción inglesa. Algunos de estos libros los adquirí durante el viaje, como The unquiet grave de Cyril Connolly, una obra que he leído y releído a lo largo de los años. Gracias a Connolly descubrí a Chamfort, a La Bruyère y a Pascal, que me han acompañado siempre. Debo a Huberto Batis y a Juan García Ponce el haber compartido como en secreto desde aquellos años las obras de Pierre Klossowski y de Rainer María Rilke. Durante aquel viaje por Europa, Grecia, Turquía e Israel, otros de los libros que me acompañaban eran Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y Las cartas a un joven poeta de R. M. Rilke. También iba leyendo libros que me prestaban o que encontraba por ahí: la saga de Los comunistas, de Louis Aragon, cuya Semana Santa, inspirada en la vida del pintor Thèodore Géricault había yo devorado años antes. Otros libros prestados que recuerdo haber leído en ese viaje fueron las novelas de François Mauriac, en particular Nido de víboras y luego Pnina y Lolita de Vladimir Nabokov. Uno de los libros que adquirí en aquel viaje inicial e iniciático todavía me acompaña: es el Concise Oxford Dictionary, que además de las definiciones incluye las etimologías y permite reconstruir a través de sus acepciones la historia de la lengua inglesa. Cuando volví a México a mediados de 1974, me volví a encontrar con mis libros de juventud y adolescencia y previsiblemente seguí adquiriendo y acumulando ya no sólo libros sino también discos. De hecho, para mí, biblioteca y discoteca son como las dos alas del Ave Rok llamada imaginación. En cuanto regresé de aquel viaje, me puse a trabajar en varios sitios a la vez como ahora y seguí acumulando libros en español, francés e inglés y luego en portugués, italiano, latín y griego. Obras todas éstas básicamente de literatura, poesía, novela, cuento, ensayo y a veces teatro. A fines de 1974, tuve la fortuna de adquirir parte de una hemeroteca valiosa: la de Alfonso Junco, quien había donado su biblioteca, creo, al tec de Monterrey. Las cultas autoridades de esa institución tuvieron que aceptar el donativo pero pusieron una condición: no aceptarían revistas. Yo no sé cómo me enteré pero pocas horas después estaba yo en la casa del fallecido escritor buscando las revistas. Marie y yo hicimos varios viajes con la cajuela (de un Ford Falcón verde modelo 1962) llena de publicaciones periódicas. Al final me encontré con un tesoro que incluía la revista Contemporáneos, Sol y Luna de Leopoldo Marechal, números sueltos de Sur —de la primera época—, la valiosísima colección de la revista de literatura comparada de la Universidad de Oregon, Estaciones Arbor, la Revista de las Indias de Germán Arciniegas, Cruz y Raya de José Bergamín, Hora de España, la Revista de la Universidad de Antioquia, Asomante de Puerto Rico y quién sabe cuántas publicaciones más que se iban añadiendo a las que mi padre tenía en casa como eran Cuadernos Americanos, La Palabra y el Hombre, Historia Mexicana, Dianoia. Pero pronto, en 1975, dejaría la casa de don Jesús Castañón y de Estela Morán, mis padres, para irme a vivir en compañía de Marie mi esposa que llegó a México el 29 de julio de 1974 y con la que me casé el 11 de abril de 1975. Al principio como que teníamos pocas cosas pero pronto los libros, los discos y las revistas fueron creciendo: gracias a Marie empecé a comprar todavía más literatura francesa y a suscribirme a publicaciones como el Nouvel Observateur y luego Le Point, la efímera, o L’Evénement du Jeudi. Además, desde que empecé a trabajar para el Fondo de Cultura Económica, editorial cuyo nombre es enigmático, empecé a conocer revistas a las que luego me suscribí y sigo suscrito como el Times Literary Suplement, el New York Review of Books, La Quinzaine Littéraire, La Novelle Revue Française, el London Magazine. La traducción del libro de George Steiner fue para mí formativa: no sólo hice cuatro versiones de la traducción, empecé a comprar un montón de diccionarios de todo tipo —de filosofía, de religiones, de historia, de flores, de árboles, de piedras y metales, de heráldica, de mitología, de cocina— y además, cuando era posible, las obras diversas a las que se refería el ensayista. Si Steiner citaba a la poeta francesa del renacimiento Louise Labé, yo no paraba hasta adquirir las obras; si Steiner citaba a Ovidio, yo me ponía a coleccionar libros de este poeta latino con vistas a encontrar la mejor traducción para citarla en mi propia traducción. Con ese método obviamente mi biblioteca dio un gran estirón. Y con ese mismo método —reunir en mi biblioteca todos los libros que citaba un autor al que estaba yo traduciendo— fui enriqueciéndola a medida que traducía libros sobre Baruch Spinoza, Jorge Cuesta, enciclopedias y diccionarios, Rousseau. Pero una biblioteca no solo se define por lo que acumula sino también por lo que se quita o desprende de ella. Y mi biblioteca, que debe tener alrededor de diez mil volúmenes, es el acervo sobreviviente de varias bibliotecas de las que me he ido desprendiendo a lo largo de los años. La primera biblioteca en importancia de la que me desprendí fue aquella legendaria de varios miles de volúmenes que había acumulado mi padre a lo largo de los años. Poco antes de que muriera dejó establecido en su testamento —con la conformidad de mi hermana y la mía— que el conjunto iría a dar la Universidad. Unos cuantos meses después de su desaparición entregamos al Instituto de Investigaciones Jurídicas aquel valioso acervo que incluía una amplia sección de libros en varios idiomas de y sobre Maquiavelo, ediciones príncipes de Marsilio Ficino y Alexis de Tocqueville, una colección amplia de obras de historia y de literatura mexicana, muchos libros de teoría política y de derecho. La ceremonia de entrega fue muy emotiva e hice concesión de aquella biblioteca leyendo un discurso sobre la figura y la biblioteca de mi señor padre. Otra biblioteca que he tenido el privilegio de donar es la que está alojada en los 71 volúmenes negros de la biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra en su primera edición, una obra muy valiosa que compré en una librería de viejo y de la que tuve que deshacerme durante una mudanza. Se la entregué hacia 1981 a la Coordinación de Humanidades dirigida por el poeta Rubén Bonifaz Nuño. Me arrepentí y decidí rehacer la colección con los libros que más me interesaban. Unos años más tarde también me deshice de una buena cantidad de obras de sociología y mexicanismo al donarla a la delegación Benito Juárez. Durante los casi treinta años que trabajé para el Fondo recibía yo cantidades de libros, entre los publicados por el Fondo de Cultura Económica y los de otras editoriales. Casi nunca me quedaba con esas obras, pero tenía cuidado de que no se perdieran los libros. Iba yo acumulando paquetitos con obras de literatura, filosofía, ciencias o libros para niños, y los iba donando a diversos lugares y bibliotecas. Debo haber hecho por esos años no menos de cinco donaciones de alguna magnitud para el Distrito Federal, Oaxaca, Chiapas y Morelos.
Pero ¿cuáles son realmente las líneas en que está organizada mi biblioteca? Hay en primer lugar un librero atestado de diccionarios en todos los idiomas. Ahí destaca una obra que ha sido para mí clave: Le Grand Dictionnaire de la Conversation, una obra de referencia publicada a mediados del siglo antepasado y que es uno de los libros más divertidos y excéntricos que conozco. También está por ahí la Enciclopedia Británica, una edición de 1949 y muchos otros libros de referencia como el Gran Diccionario de Mitología Celta que me ha sido muy útil para leer a Jorge Luis Borges, Corominas, Autoridades, Le Grand y Le Petit Robert forman parte de ese conjunto.
En un librero contiguo están Michel de Montaigne y El Renacimiento Francés: los diversos libros de y sobre Montaigne, las numerosas y diversas ediciones de los ensayos, la colección de los Montaigne Studies publicados por la Universidad de Chicago, los cuadernos de la Société Internationale des Amis de Montaigne. Ese núcleo montañesco es una de las vértebras de mi biblioteca. Junto está Jorge Luis Borges con sus cuatro bibliotecas: la biblioteca personal, la biblioteca de Babel, todos los libros escritos por Jorge Luis Borges y muchos de los libros que se han escrito sobre él. Cerca están algunos ingleses preferidos que están aparte de los libreros ingleses propiamente dichos: ahí está Virginia Woolf, Nancy Mitford, Vita Sackville-West, lord Acton, lord Maculay, Shelley, Keats, Kipling, Byron, Muriel Spark, Annita Brückner, Robert Graves y, como si fuere una inglesa, uno de mis amores literarios, Isak Dinesen/ Karen Blixen. También en ése el Quijote y Antonio Machado en las ediciones que hizo José Bergamín para la editorial Séneca.
Hay por supuesto libreros de literatura española, portuguesa, francesa, italiana, alemana, rusa, griega, latina, una sección de libros esotéricos y orientales que incluye 101 versiones diversas de Las mil y una noches y muchos, muchísimos libros de poesía china, japonesa, persa, árabe, mozárabe, hebrea.
Pero quizá la sección más importante de mi biblioteca, aparte de la sección mexicana, sea la que corresponda a la literatura e historia hispanoamericanas.
Tengo una gran pieza de ocho metros por seis. En ella se despliega, desde el piso hasta el techo, es decir a dos metros y medio de altura, un librero que cubre de pared a pared el muro con sus estanterías. Y ahí están en hileras de hasta tres y cuatro los libros relacionados con Hispanoamérica. Los tengo acomodados por países y regiones: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala, Haití, la literatura del Caribe, Nicaragua, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, Venezuela. Y personajes de América como Colón, Humboldt, Bolívar. Hay revistas, biografías, libros de historia y de filosofía pero sobre todo poesía, cuentos, novela, memorias. Los autores más ricamente representados ahí son Rubén Darío, Pedro Henríquez Ureña, César Vallejo, Jorge Luis Borges y todo el grupo de Sur —Bioy, Silvina, Bianco, Peyrou, Mastronardi, Murena, Barrenechea—, Julio Cortázar, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Eliseo Diego y Eliseo Alberto. Esta parte de mi biblioteca la he ido a cosechar in situ a las librerías latinoamericanas de todo el mundo. Muchos libros provienen de la gran Pulpería del Libro que en Caracas dirige el señor Castellanos, otros vienen de la librería el Virrey de Lima, otros del Carnero de Bogotá, otros más de la Librería Fuente-Taja de Jesús Ayuso en Madrid o de la librería Delfos que dirige un peruano también en Madrid y muchas, por supuesto, de las librerías de viejo de la ciudad de México, de los hijos de don Ubaldo López, con Mercurio a la cabeza, o la de Enrique Fuentes, la Librería Madero o la Librairie Espagnole de París. Vivo con el sueño de llegar a poseer la que quizá sea una de las bibliotecas latinoamericanas más completas en México y quizás en América misma en ciertos aspectos histórico-literarios. Muchos otros libros me han sido regalados por los autores y los editores, a veces en las ferias de libros, a veces en simposios, festivales o congresos, algunos están dedicados.
Al mirar las paredes de mi biblioteca, no me pregunto realmente si he leído todos esos libros sino si realmente sé lo que tengo en los anaqueles. Compruebo con alguna regularidad que tengo libros duplicados. Hoy mismo, cuando escribía estas líneas, comprobé que tenía repetida una Antología de la poesía clásica china publicada por Gallimard.
Lo más incómodo es descubrir que se tiene repetido un libro de alguien, dedicado por él en dos o hasta en tres ejemplares.
En algunos casos, la repetición de los ejemplares puede ser deliberada. Por ejemplo, debo confesar que tengo cuatro juegos de las obras completas de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Platón, Ortega y Gasset, Montaigne y Cervantes, cuatro veces el Diccionario de la Real Academia, el Diccionario Larousse y el Oxford Concise Dictionary. Esos cuatro juegos están alojados estratégicamente en la casa donde vivo, el estudio donde trabajo, la de los fines de semana y la casa de mis suegros donde paso las vacaciones cada año. Otra causa para tener libros repetidos es de índole filantrópica. A veces me he encontrado en librerías de viejo y puestos de libros usados ejemplares de libros escritos por maestros o amigos, digamos un libro de… dedicado a…, quien es también mi amiga.
Tengo así algunos ejemplares duplicados que voy administrando y que guardo para la ocasión en que el dedicatorio o el dedicante autor me inviten a su casa. Llego entonces con el libro escondido bajo el saco y lo deslizo sin que nadie se dé cuenta en alguna estantería de la casa del amigo regalado o regalador. Esto me lleva a recordar otra práctica que acostumbro con los libros. Me refiero a la institución benévola y divertida del anti-robo. Consiste en llevar un libro desde la casa propia hasta la librería. Una vez ahí, se identifica el sitio en que debería estar dicho ejemplar y, sin que nadie se dé cuenta, se pone en la estantería.
Otras secciones muy gustadas y preciadas de mi biblioteca son la que corresponden a la cocina, la bebida y la alimentación. Ocupan un librero grande en el estudio. Ahí está la Historia mundial de la alimentación de la Universidad de Cambridge, el Larousse Gastronomique, la Historia del vino de Garriguer, varios libros sobre vinos franceses, italianos o españoles, libros sobre tequila, el mezcal, el vodka, la colección completa de los cinco sentidos de Tusquets, los libros de Kurlansky sobre la sal y el bacalao, la colección de recetarios y libros sobre la alimentación de Alianza y sobre lo mismo en Le livres de Poche, además de obras curiosas como el recetario de cocina veneciana realizado por el cocinero amigo de F. Fellini que preparó el banquete de La gran comilona y, por supuesto, el recetario manuscrito de mi bisabuelo Morán (1883) y ejemplares de las tres ediciones de mi libro de cocina Grano de sal.
Otra sección de mi biblioteca es la de los diccionarios: la parte más importante aquí son los doce tomos del mencionado Gran Dictionnaire de la Conversation, los tomos del Gran Robert, el Corominas, el Diccionario de Autoridades, los diccionarios históricos de la lengua francesa, las enciclopedias de las religiones, de la política, de la terminología bancaria, los diccionarios de plantas, animales y rocas y, por supuesto, los libros de regionalismos hispanoamericanos, los diccionarios de literatura, las efemérides.
Finalmente, quiero hablar del librero central de la Capilla Adolfina. Ahí está, como ya dije, toda la cadena montañesca pero también las obras completas de Thomas de Quincey que son uno de mis grandes placeres como bibliófilo. Son más de veinte volúmenes encuadernados en piel y tienen un olor peculiar. Conseguí estos libros gracias a Diego García Elío, quien me dijo que ahí estaban. Cuando estoy aplastado por alguna inquietud o deprimido por alguna circunstancia, me basta abrir de par en par uno de esos tomos —por ejemplo el Suspiria de profundis de The posthumous work, edited by Alexander Japp, London, 1891— para recobrar mi estado normal. Pero además de libros, hay en casa discos, cientos, quizá miles de discos. No todo es música clásica: tengo música iberoamericana de todos los países, músicas africanas, místicas, primitivas, modernas, rock, jazz, blues, óperas y, desde luego, libros leídos, dichos en audio: desde los típicos discos de Voz Viva hasta casos un poco más rebuscados como Ezra Pound, Apollinaire, Dylan Thomas, Dante leído por Carmelo Benne, Eudora Welty, William Butler Yeats y una colección de los sonetos de Shakespeare grabados por distintos actores e intérpretes.
Acaso la biblioteca más importante de entre las que me ha tocado conformar no sea ninguna de éstas sino, si se puede llamar así a la biblioteca que fui armando casi sin querer y jugando cuando era casi un niño, desde que en 1975 entré a trabajar al Fondo de Cultura Económica gracias a David Huerta, mi amigo, y Jaime García Terrés, el poeta y políglota, me permitió colaborar con la editorial debido a mi frenética capacidad de lectura y a los sedimentos que ésta iba dejando. Mi primera faena ahí fue la de leer un centenar de novelas para el concurso de Primera Novela, organizado por el Fondo de Cultura Económica del cual saldría un ganador: Luis Carrión Beltrán con El infierno de todos tan temido. El jurado que premiaría la novela estaba compuesto por Ramón Xirau, José Miguel Oviedo, Juan Goytisolo y Carlos Fuentes. Los conjurados que habíamos hecho la preselección éramos Daniel López Acuña, David Huerta y yo mismo. Ese primer ejercicio de esgrima sería con el tiempo de gran utilidad. El entrenamiento intensivo que supuso me obligó a leer con velocidad y claridad, a dar cuenta de mis pareceres críticos, razonándolos lo mejor posible y entrenar, como si fuese un perro cazador de trufas, mi olfato literario y crítico.
Entre 1975 y 1985 leí entre cuatro y cinco libros por semana para la editorial: muchos de ellos no fueron publicados, otros estuvieron a punto de serlo —un punto intenso como una línea en el tiempo— y otros más se publicarían aunque sólo fuese una vez. Otros más y no son pocos, se siguen reeditando. Un editor sabe, como el jardinero, que el libro que realmente formará parte del catálogo —el de la biblioteca de la editorial— es el que tendrá la suerte de ser reimpreso. Todas estas categorías llegaron a formar parte de mi biblioteca personal, no en el sentido material sino moral y orgánico. Pero los más importantes entre ellos son los libros que adoptó la editorial, surgidos no necesariamente de mis ideas y sugerencias sino de la conversación con los otros autores y editores. La lista de esa biblioteca sería demasiado extensa para citarla aquí pero se puede dar algunos perfiles generales. En la lista deberán aparecer también y por fuerza las obras que hice mías y me apropié por virtud del trabajo editorial. En primer término aparece la edición del poema extenso Pasado en claro, de Octavio Paz, cuya edición me tocó cuidar en colaboración con Ana María Cama.
Luego vendrían los libros de helenistas e historiadores de la antigüedad clásica publicados por el Fondo de Cultura Económica como son los de Cochcrane, Burkhardt, Mommsen Shotwell, que me sirvieron para cocinar el poemario satírico titulado El reyezuelo, en homenaje al periodicucho auspiciado por El Condor, en la novela Heliópolis de Ernst Jünger. La lista sería extensa y agobiante, acaso interminable. Los puentes que unen a los vivos con los muertos están hechos de letras, como sabe cualquier autor de obituarios y necrologías, incluso cualquier historiador.
De ese vaivén está tejida el alma de los hombres, es decir de aquellos seres leyentes que se pueden llamar —no hay otros— humanos.
A lo largo de mis más de veinte mil días, me ha tocado ser custodio o propietario de algunos libros. Los he comprado y recibido. Los he regalado o donado.
Nací en una casa biblioteca. Mi padre era lector voraz, y mi madre no se quedaba rezagada. Cuando él murió durante del eclipse total de sol del 11 de julio de 1991, ya habíamos tenido tiempo de conversar y de convenir como amigos en que la biblioteca de la casa se iría a la Universidad Nacional Autónoma de México. A él le hubiese gustado que su biblioteca se fuese a la Facultad de Derecho pero finalmente se quedó en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Aquella biblioteca de mi padre ascendía a unos veinte mil volúmenes legendarios en los que convivían la historia de México, la de América, la de Europa, incluida España, algo de la de Asia, la filosofía, las novelas policiacas de la colección El Séptimo Círculo, la Filosofía Política, el derecho en sus diversas ramas, las enciclopedias y un caudal de literatura contemporánea. Y notando esa biblioteca de don Jesús Castañón Rodríguez, fue para mí y mi hermana gimnasio, arena, teatro, lugar de estudio y juego.
Desde antes de casarme en 1975, a los 22 años yo ya tenía mis propios libros que no eran siempre los que le pedía prestados o “robaba” a don Jesús. Aunque lo acompañaba a las librerías, sobre todo las librerías de viejo, aspiraba yo a explorar las cosas por mí mismo, como cualquier jovenzuelo. He dicho en algún apunte anterior cuán importante fueron para mí infancia dos libros: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram, y la biografía de Arthur Schleimann, el polémico descubridor de Troya y del palacio de Cnossos. Esta afición temprana a la arqueología me llevó luego a leer libros de antropología, en particular La rama dorada, de sir James Frazer, que durante el año de 1968 fue una de mis lecturas de cabecera, como se recuerda en el poema extenso Recuerdos de Coyoacán. De Frazer salté años más tarde a interesarme por otro antropólogo: Claude Lévi-Strauss, cuya lectura me fue sugerida por un maestro al que tuve la triple fortuna de seguir antes de conocerlo personalmente, de trabajar y colaborar con él una vez que lo conocí y de concluir la tarea de editar sus Obras completas una vez que murió: me refiero a Octavio Paz. Debo decir que en la semilla de mi primera biblioteca y luego en todas las que he tenido a mi cuidado, siempre han estado presentes las obras de Octavio Paz, y no sólo sus obras sino las de los autores que él sugería, recomendaba o aun descalificaba.
Pasé a leer al autor de Tristes trópicos y de Mitologías. Casi inmediatamente después descubrí a Roland Barthes, Michel Foucault, Maurice Blanchot, Pierre Klossowski, Pierre-Jean Jouve, Raymond Roussel. Leí y releí Las palabras y las cosas de Michel Foucault, y recuerdo haber hecho un cuadro sinóptico para entender su peculiar historia de las ideas, entre episteme y taxonomía. También leí fascinado La historia de la locura en la época clásica y El nacimiento de la clínica.
Volviendo más atrás, debo precisar que mi primera biblioteca se encontraba en un sótano que mis padres habían mandado construir desde que hicieron la casa. El sótano tenía un ambiente peculiar. Además de su oscuridad natural sólo matizada por la luz que entraba por la escalera exterior que lo conectaba con la parte exterior de la casa, aquella pieza era todavía más oscura pues yo había decidido ponerle unas cortinas de terciopelo color púrpura. Aquella pieza subterránea tenía algunos libreros, un escritorio, sillas, un sillón y una cama; yo le había puesto como adorno poemas de Baudelaire y Edgar Allan Poe que yo mismo había transcrito con torpe caligrafía sobre hojas de papel albanene recortadas y pegadas sobre varitas de madera. En ese espacio subterráneo mis amigos de aquella época y yo —Coral Bracho, Marcelo Uribe, Alberto Ruy Sánchez, Margarita de Orellana— leímos en voz alta algunas páginas de la historia de la cultura griega de Jacob Burckhardt y el ensayo de Georges Bataille sobre las cuevas de Lascaux publicado en la revista Tel Quel. Entre tanto, arriba, la biblioteca de mi padre crecía de una forma inquietante: cada día él llegaba a la casa con paquetes de libros. Cuando no había ofertas en la Gandhi, era domingo e iba a la Lagunilla o era viernes y traía libros de las librerías de viejo. Ir a recorrer librerías de novedades o de libros viejos era como ir a buscar chácharas, era parte de un estilo de vida. Para mí, era casi inconcebible que mi padre llegara a la casa sin traer un libro, alguna adquisición reciente. Yo heredé esa costumbre de la cual no me ha costado trabajo deshacerme porque no me interesa perderla. Cuando mi madre murió, el 19 de junio de 1987, fuimos al día siguiente a comprar libros usados a la librería que tenía don Ubaldo López en la colonia Doctores.
Recuerdo que en aquella ocasión compré una colección que aún conservo: los numerosos volúmenes de Histoires d’amour de l’historie de France de un tal Guy Breton, publicados por Les Editions Noir et Blanc, en 1958. Quizá con esos libros amorosos quería yo consolarme de la pérdida trágica de mi primer amor: María Estela Morán Nuñez, mi madre.
Pero vuelvo al sótano, el lugar mítico a mis ojos en que tuve mi primera biblioteca: ahí leí las vidas de Ricardo Flores Magón, de Praxedis Guerrero y de Librado Ribera, los santos anarquistas mexicanos. Las biografías de Bakunin y del príncipe Kropotkin, la vida de Chopin por André Maurois; ahí también descubrí a Sören Kierkegaard… Allí leí y releí Las flores del mal de Charles Baudelaire en el original, además de las obras del propio Marx y de Trotski en la traducción del poeta Eduardo Marquina, y en el original los cuentos de Edgar Allan Poe y en la traducción de Borges el Orlando de Virginia Woolf y una muy gruesa exposición del pensamiento de Karl Marx hecha por el jesuita francés Jean-Yves Calvez, publicada por Taurus, también ahí leí las novelas del Marqués de Sade —Justine y Las ciento veinte jornadas de Sodoma.
Pero no todo ha sido bibliotecas sedentarias. Entre 1973 y 1974 hice un viaje a Europa y Medio Oriente que duró más de un año. Llevaba yo poco dinero, poca ropa y, previsiblemente, muchos libros: aunque parezca mentira, anduve cargando por Francia, Italia, Grecia, Israel, Turquía y España, los tres volúmenes del Cicerone de Jacob Burkhardt, La tumba sin sosiego (The unquiet grave) de Cyril Connolly, Manhattan Transfer de John Dos Passos, Le bain Diane de Pierre Klossowski y El castillo de Franz Kafka en traducción inglesa. Algunos de estos libros los adquirí durante el viaje, como The unquiet grave de Cyril Connolly, una obra que he leído y releído a lo largo de los años. Gracias a Connolly descubrí a Chamfort, a La Bruyère y a Pascal, que me han acompañado siempre. Debo a Huberto Batis y a Juan García Ponce el haber compartido como en secreto desde aquellos años las obras de Pierre Klossowski y de Rainer María Rilke. Durante aquel viaje por Europa, Grecia, Turquía e Israel, otros de los libros que me acompañaban eran Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y Las cartas a un joven poeta de R. M. Rilke. También iba leyendo libros que me prestaban o que encontraba por ahí: la saga de Los comunistas, de Louis Aragon, cuya Semana Santa, inspirada en la vida del pintor Thèodore Géricault había yo devorado años antes. Otros libros prestados que recuerdo haber leído en ese viaje fueron las novelas de François Mauriac, en particular Nido de víboras y luego Pnina y Lolita de Vladimir Nabokov. Uno de los libros que adquirí en aquel viaje inicial e iniciático todavía me acompaña: es el Concise Oxford Dictionary, que además de las definiciones incluye las etimologías y permite reconstruir a través de sus acepciones la historia de la lengua inglesa. Cuando volví a México a mediados de 1974, me volví a encontrar con mis libros de juventud y adolescencia y previsiblemente seguí adquiriendo y acumulando ya no sólo libros sino también discos. De hecho, para mí, biblioteca y discoteca son como las dos alas del Ave Rok llamada imaginación. En cuanto regresé de aquel viaje, me puse a trabajar en varios sitios a la vez como ahora y seguí acumulando libros en español, francés e inglés y luego en portugués, italiano, latín y griego. Obras todas éstas básicamente de literatura, poesía, novela, cuento, ensayo y a veces teatro. A fines de 1974, tuve la fortuna de adquirir parte de una hemeroteca valiosa: la de Alfonso Junco, quien había donado su biblioteca, creo, al tec de Monterrey. Las cultas autoridades de esa institución tuvieron que aceptar el donativo pero pusieron una condición: no aceptarían revistas. Yo no sé cómo me enteré pero pocas horas después estaba yo en la casa del fallecido escritor buscando las revistas. Marie y yo hicimos varios viajes con la cajuela (de un Ford Falcón verde modelo 1962) llena de publicaciones periódicas. Al final me encontré con un tesoro que incluía la revista Contemporáneos, Sol y Luna de Leopoldo Marechal, números sueltos de Sur —de la primera época—, la valiosísima colección de la revista de literatura comparada de la Universidad de Oregon, Estaciones Arbor, la Revista de las Indias de Germán Arciniegas, Cruz y Raya de José Bergamín, Hora de España, la Revista de la Universidad de Antioquia, Asomante de Puerto Rico y quién sabe cuántas publicaciones más que se iban añadiendo a las que mi padre tenía en casa como eran Cuadernos Americanos, La Palabra y el Hombre, Historia Mexicana, Dianoia. Pero pronto, en 1975, dejaría la casa de don Jesús Castañón y de Estela Morán, mis padres, para irme a vivir en compañía de Marie mi esposa que llegó a México el 29 de julio de 1974 y con la que me casé el 11 de abril de 1975. Al principio como que teníamos pocas cosas pero pronto los libros, los discos y las revistas fueron creciendo: gracias a Marie empecé a comprar todavía más literatura francesa y a suscribirme a publicaciones como el Nouvel Observateur y luego Le Point, la efímera, o L’Evénement du Jeudi. Además, desde que empecé a trabajar para el Fondo de Cultura Económica, editorial cuyo nombre es enigmático, empecé a conocer revistas a las que luego me suscribí y sigo suscrito como el Times Literary Suplement, el New York Review of Books, La Quinzaine Littéraire, La Novelle Revue Française, el London Magazine. La traducción del libro de George Steiner fue para mí formativa: no sólo hice cuatro versiones de la traducción, empecé a comprar un montón de diccionarios de todo tipo —de filosofía, de religiones, de historia, de flores, de árboles, de piedras y metales, de heráldica, de mitología, de cocina— y además, cuando era posible, las obras diversas a las que se refería el ensayista. Si Steiner citaba a la poeta francesa del renacimiento Louise Labé, yo no paraba hasta adquirir las obras; si Steiner citaba a Ovidio, yo me ponía a coleccionar libros de este poeta latino con vistas a encontrar la mejor traducción para citarla en mi propia traducción. Con ese método obviamente mi biblioteca dio un gran estirón. Y con ese mismo método —reunir en mi biblioteca todos los libros que citaba un autor al que estaba yo traduciendo— fui enriqueciéndola a medida que traducía libros sobre Baruch Spinoza, Jorge Cuesta, enciclopedias y diccionarios, Rousseau. Pero una biblioteca no solo se define por lo que acumula sino también por lo que se quita o desprende de ella. Y mi biblioteca, que debe tener alrededor de diez mil volúmenes, es el acervo sobreviviente de varias bibliotecas de las que me he ido desprendiendo a lo largo de los años. La primera biblioteca en importancia de la que me desprendí fue aquella legendaria de varios miles de volúmenes que había acumulado mi padre a lo largo de los años. Poco antes de que muriera dejó establecido en su testamento —con la conformidad de mi hermana y la mía— que el conjunto iría a dar la Universidad. Unos cuantos meses después de su desaparición entregamos al Instituto de Investigaciones Jurídicas aquel valioso acervo que incluía una amplia sección de libros en varios idiomas de y sobre Maquiavelo, ediciones príncipes de Marsilio Ficino y Alexis de Tocqueville, una colección amplia de obras de historia y de literatura mexicana, muchos libros de teoría política y de derecho. La ceremonia de entrega fue muy emotiva e hice concesión de aquella biblioteca leyendo un discurso sobre la figura y la biblioteca de mi señor padre. Otra biblioteca que he tenido el privilegio de donar es la que está alojada en los 71 volúmenes negros de la biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra en su primera edición, una obra muy valiosa que compré en una librería de viejo y de la que tuve que deshacerme durante una mudanza. Se la entregué hacia 1981 a la Coordinación de Humanidades dirigida por el poeta Rubén Bonifaz Nuño. Me arrepentí y decidí rehacer la colección con los libros que más me interesaban. Unos años más tarde también me deshice de una buena cantidad de obras de sociología y mexicanismo al donarla a la delegación Benito Juárez. Durante los casi treinta años que trabajé para el Fondo recibía yo cantidades de libros, entre los publicados por el Fondo de Cultura Económica y los de otras editoriales. Casi nunca me quedaba con esas obras, pero tenía cuidado de que no se perdieran los libros. Iba yo acumulando paquetitos con obras de literatura, filosofía, ciencias o libros para niños, y los iba donando a diversos lugares y bibliotecas. Debo haber hecho por esos años no menos de cinco donaciones de alguna magnitud para el Distrito Federal, Oaxaca, Chiapas y Morelos.
Pero ¿cuáles son realmente las líneas en que está organizada mi biblioteca? Hay en primer lugar un librero atestado de diccionarios en todos los idiomas. Ahí destaca una obra que ha sido para mí clave: Le Grand Dictionnaire de la Conversation, una obra de referencia publicada a mediados del siglo antepasado y que es uno de los libros más divertidos y excéntricos que conozco. También está por ahí la Enciclopedia Británica, una edición de 1949 y muchos otros libros de referencia como el Gran Diccionario de Mitología Celta que me ha sido muy útil para leer a Jorge Luis Borges, Corominas, Autoridades, Le Grand y Le Petit Robert forman parte de ese conjunto.
En un librero contiguo están Michel de Montaigne y El Renacimiento Francés: los diversos libros de y sobre Montaigne, las numerosas y diversas ediciones de los ensayos, la colección de los Montaigne Studies publicados por la Universidad de Chicago, los cuadernos de la Société Internationale des Amis de Montaigne. Ese núcleo montañesco es una de las vértebras de mi biblioteca. Junto está Jorge Luis Borges con sus cuatro bibliotecas: la biblioteca personal, la biblioteca de Babel, todos los libros escritos por Jorge Luis Borges y muchos de los libros que se han escrito sobre él. Cerca están algunos ingleses preferidos que están aparte de los libreros ingleses propiamente dichos: ahí está Virginia Woolf, Nancy Mitford, Vita Sackville-West, lord Acton, lord Maculay, Shelley, Keats, Kipling, Byron, Muriel Spark, Annita Brückner, Robert Graves y, como si fuere una inglesa, uno de mis amores literarios, Isak Dinesen/ Karen Blixen. También en ése el Quijote y Antonio Machado en las ediciones que hizo José Bergamín para la editorial Séneca.
Hay por supuesto libreros de literatura española, portuguesa, francesa, italiana, alemana, rusa, griega, latina, una sección de libros esotéricos y orientales que incluye 101 versiones diversas de Las mil y una noches y muchos, muchísimos libros de poesía china, japonesa, persa, árabe, mozárabe, hebrea.
Pero quizá la sección más importante de mi biblioteca, aparte de la sección mexicana, sea la que corresponda a la literatura e historia hispanoamericanas.
Tengo una gran pieza de ocho metros por seis. En ella se despliega, desde el piso hasta el techo, es decir a dos metros y medio de altura, un librero que cubre de pared a pared el muro con sus estanterías. Y ahí están en hileras de hasta tres y cuatro los libros relacionados con Hispanoamérica. Los tengo acomodados por países y regiones: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala, Haití, la literatura del Caribe, Nicaragua, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, Venezuela. Y personajes de América como Colón, Humboldt, Bolívar. Hay revistas, biografías, libros de historia y de filosofía pero sobre todo poesía, cuentos, novela, memorias. Los autores más ricamente representados ahí son Rubén Darío, Pedro Henríquez Ureña, César Vallejo, Jorge Luis Borges y todo el grupo de Sur —Bioy, Silvina, Bianco, Peyrou, Mastronardi, Murena, Barrenechea—, Julio Cortázar, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Eliseo Diego y Eliseo Alberto. Esta parte de mi biblioteca la he ido a cosechar in situ a las librerías latinoamericanas de todo el mundo. Muchos libros provienen de la gran Pulpería del Libro que en Caracas dirige el señor Castellanos, otros vienen de la librería el Virrey de Lima, otros del Carnero de Bogotá, otros más de la Librería Fuente-Taja de Jesús Ayuso en Madrid o de la librería Delfos que dirige un peruano también en Madrid y muchas, por supuesto, de las librerías de viejo de la ciudad de México, de los hijos de don Ubaldo López, con Mercurio a la cabeza, o la de Enrique Fuentes, la Librería Madero o la Librairie Espagnole de París. Vivo con el sueño de llegar a poseer la que quizá sea una de las bibliotecas latinoamericanas más completas en México y quizás en América misma en ciertos aspectos histórico-literarios. Muchos otros libros me han sido regalados por los autores y los editores, a veces en las ferias de libros, a veces en simposios, festivales o congresos, algunos están dedicados.
Al mirar las paredes de mi biblioteca, no me pregunto realmente si he leído todos esos libros sino si realmente sé lo que tengo en los anaqueles. Compruebo con alguna regularidad que tengo libros duplicados. Hoy mismo, cuando escribía estas líneas, comprobé que tenía repetida una Antología de la poesía clásica china publicada por Gallimard.
Lo más incómodo es descubrir que se tiene repetido un libro de alguien, dedicado por él en dos o hasta en tres ejemplares.
En algunos casos, la repetición de los ejemplares puede ser deliberada. Por ejemplo, debo confesar que tengo cuatro juegos de las obras completas de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Platón, Ortega y Gasset, Montaigne y Cervantes, cuatro veces el Diccionario de la Real Academia, el Diccionario Larousse y el Oxford Concise Dictionary. Esos cuatro juegos están alojados estratégicamente en la casa donde vivo, el estudio donde trabajo, la de los fines de semana y la casa de mis suegros donde paso las vacaciones cada año. Otra causa para tener libros repetidos es de índole filantrópica. A veces me he encontrado en librerías de viejo y puestos de libros usados ejemplares de libros escritos por maestros o amigos, digamos un libro de… dedicado a…, quien es también mi amiga.
Tengo así algunos ejemplares duplicados que voy administrando y que guardo para la ocasión en que el dedicatorio o el dedicante autor me inviten a su casa. Llego entonces con el libro escondido bajo el saco y lo deslizo sin que nadie se dé cuenta en alguna estantería de la casa del amigo regalado o regalador. Esto me lleva a recordar otra práctica que acostumbro con los libros. Me refiero a la institución benévola y divertida del anti-robo. Consiste en llevar un libro desde la casa propia hasta la librería. Una vez ahí, se identifica el sitio en que debería estar dicho ejemplar y, sin que nadie se dé cuenta, se pone en la estantería.
Otras secciones muy gustadas y preciadas de mi biblioteca son la que corresponden a la cocina, la bebida y la alimentación. Ocupan un librero grande en el estudio. Ahí está la Historia mundial de la alimentación de la Universidad de Cambridge, el Larousse Gastronomique, la Historia del vino de Garriguer, varios libros sobre vinos franceses, italianos o españoles, libros sobre tequila, el mezcal, el vodka, la colección completa de los cinco sentidos de Tusquets, los libros de Kurlansky sobre la sal y el bacalao, la colección de recetarios y libros sobre la alimentación de Alianza y sobre lo mismo en Le livres de Poche, además de obras curiosas como el recetario de cocina veneciana realizado por el cocinero amigo de F. Fellini que preparó el banquete de La gran comilona y, por supuesto, el recetario manuscrito de mi bisabuelo Morán (1883) y ejemplares de las tres ediciones de mi libro de cocina Grano de sal.
Otra sección de mi biblioteca es la de los diccionarios: la parte más importante aquí son los doce tomos del mencionado Gran Dictionnaire de la Conversation, los tomos del Gran Robert, el Corominas, el Diccionario de Autoridades, los diccionarios históricos de la lengua francesa, las enciclopedias de las religiones, de la política, de la terminología bancaria, los diccionarios de plantas, animales y rocas y, por supuesto, los libros de regionalismos hispanoamericanos, los diccionarios de literatura, las efemérides.
Finalmente, quiero hablar del librero central de la Capilla Adolfina. Ahí está, como ya dije, toda la cadena montañesca pero también las obras completas de Thomas de Quincey que son uno de mis grandes placeres como bibliófilo. Son más de veinte volúmenes encuadernados en piel y tienen un olor peculiar. Conseguí estos libros gracias a Diego García Elío, quien me dijo que ahí estaban. Cuando estoy aplastado por alguna inquietud o deprimido por alguna circunstancia, me basta abrir de par en par uno de esos tomos —por ejemplo el Suspiria de profundis de The posthumous work, edited by Alexander Japp, London, 1891— para recobrar mi estado normal. Pero además de libros, hay en casa discos, cientos, quizá miles de discos. No todo es música clásica: tengo música iberoamericana de todos los países, músicas africanas, místicas, primitivas, modernas, rock, jazz, blues, óperas y, desde luego, libros leídos, dichos en audio: desde los típicos discos de Voz Viva hasta casos un poco más rebuscados como Ezra Pound, Apollinaire, Dylan Thomas, Dante leído por Carmelo Benne, Eudora Welty, William Butler Yeats y una colección de los sonetos de Shakespeare grabados por distintos actores e intérpretes.
Acaso la biblioteca más importante de entre las que me ha tocado conformar no sea ninguna de éstas sino, si se puede llamar así a la biblioteca que fui armando casi sin querer y jugando cuando era casi un niño, desde que en 1975 entré a trabajar al Fondo de Cultura Económica gracias a David Huerta, mi amigo, y Jaime García Terrés, el poeta y políglota, me permitió colaborar con la editorial debido a mi frenética capacidad de lectura y a los sedimentos que ésta iba dejando. Mi primera faena ahí fue la de leer un centenar de novelas para el concurso de Primera Novela, organizado por el Fondo de Cultura Económica del cual saldría un ganador: Luis Carrión Beltrán con El infierno de todos tan temido. El jurado que premiaría la novela estaba compuesto por Ramón Xirau, José Miguel Oviedo, Juan Goytisolo y Carlos Fuentes. Los conjurados que habíamos hecho la preselección éramos Daniel López Acuña, David Huerta y yo mismo. Ese primer ejercicio de esgrima sería con el tiempo de gran utilidad. El entrenamiento intensivo que supuso me obligó a leer con velocidad y claridad, a dar cuenta de mis pareceres críticos, razonándolos lo mejor posible y entrenar, como si fuese un perro cazador de trufas, mi olfato literario y crítico.
Entre 1975 y 1985 leí entre cuatro y cinco libros por semana para la editorial: muchos de ellos no fueron publicados, otros estuvieron a punto de serlo —un punto intenso como una línea en el tiempo— y otros más se publicarían aunque sólo fuese una vez. Otros más y no son pocos, se siguen reeditando. Un editor sabe, como el jardinero, que el libro que realmente formará parte del catálogo —el de la biblioteca de la editorial— es el que tendrá la suerte de ser reimpreso. Todas estas categorías llegaron a formar parte de mi biblioteca personal, no en el sentido material sino moral y orgánico. Pero los más importantes entre ellos son los libros que adoptó la editorial, surgidos no necesariamente de mis ideas y sugerencias sino de la conversación con los otros autores y editores. La lista de esa biblioteca sería demasiado extensa para citarla aquí pero se puede dar algunos perfiles generales. En la lista deberán aparecer también y por fuerza las obras que hice mías y me apropié por virtud del trabajo editorial. En primer término aparece la edición del poema extenso Pasado en claro, de Octavio Paz, cuya edición me tocó cuidar en colaboración con Ana María Cama.
Luego vendrían los libros de helenistas e historiadores de la antigüedad clásica publicados por el Fondo de Cultura Económica como son los de Cochcrane, Burkhardt, Mommsen Shotwell, que me sirvieron para cocinar el poemario satírico titulado El reyezuelo, en homenaje al periodicucho auspiciado por El Condor, en la novela Heliópolis de Ernst Jünger. La lista sería extensa y agobiante, acaso interminable. Los puentes que unen a los vivos con los muertos están hechos de letras, como sabe cualquier autor de obituarios y necrologías, incluso cualquier historiador.
De ese vaivén está tejida el alma de los hombres, es decir de aquellos seres leyentes que se pueden llamar —no hay otros— humanos.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Adolfo Castañón o el viaje a la pasión
Basilio Belliard
(Fragmento)
La presentación del libro de un amigo es un acto de amistad y celebración y, desde luego, un acto social. Entraña una secreta admiración a la persona y a la obra del amigo —y más cuando se trata de un amigo extranjero—. De ahí que la amistad sea un supremo don del amor que supera la raza, la nación, la cultura, la lengua y la relación entre parejas —en la que hay una atracción física—. En la amistad hay un hallazgo de lo que no encontramos en el erotismo. Buscamos tener amigos para encontrar aquello que no tenemos y que necesitamos para vivir. La amistad nos permite conectarnos con el mundo para adquirir los valores que no encontramos en la educación doméstica; es, asimismo, la prolongación del hogar en el mundo exterior. Leyendo a John Dewey aprendí que la amistad es una experiencia estética. La prueba de fuego del aprendizaje original del hogar es la amistad, cuando abandonamos el vientre hogareño. La experiencia de la orfandad y la soledad la recompensamos con el calor de la amistad. Los valores del sentimiento crecen y se fortalecen fuera del ámbito de la casa paterna. La amistad es un acto de amor, pero el amor pocas veces se convierte en amistad. Tiene la fortaleza y el valor de lo que no muere con la distancia, contrario a la pasión erótica, que con la distancia se atenúa y hasta muere en el olvido. Los amigos son la cura del paso de los años; son el consuelo para la vejez. En la amistad literaria hay de por medio la admiración no tanto a un carácter y a una persona como a una obra y, por lo mismo, también genera celos y rivalidad. Por eso hay tan pocas amistades entre pares, iguales o colegas de un mismo oficio. La amistad es generosidad, libertad y solidaridad; también es egoísmo y dependencia. De ahí que los premios, los reconocimientos, los viajes y el dinero son los enemigos más peligrosos de la amistad entre colegas literarios. Cuando ganamos un amigo ganamos un presente; cuando lo perdemos, perdemos una memoria y un tiempo compartidos. Perdemos así el sentido de los días y las noches compartidos en el tiempo de nuestras vidas. Los fundamentos de la amistad son el respeto, la lealtad y la admiración. Y su alimento: la conversación; también el silencio y la distancia. El silencio es la distancia estratégica que reconforta y le da oxígeno a la vida amistosa. Nuestras vidas transcurren entre estar en familia y estar entre amigos. La soledad reclama el vínculo afectivo entre la vida en comunión y la vida del yo. Recordamos con infinita nostalgia los tiempos perdidos del pasado compartido entre los amigos más que cualquier otro tiempo. De ahí el valor de la amistad en la conformación de nuestro diario vivir, en la definición de nuestra personalidad y nuestro carácter. La soledad es la prueba de la necesidad de la amistad hasta que nos llega la muerte, la suprema y eterna soledad. La amistad es el fruto de lo que sembramos. Por eso se debe alimentar igual que a los cultivos. Dependiendo de lo que sembremos, cosechamos. En la carrera de ganar amigos también ganamos enemigos. Por eso no hay nadie que no tenga un enemigo. Sólo que hay quienes eligen a sus enemigos. El arte de la amistad consiste precisamente tanto en conquistar amigos como en elegir a sus enemigos. Los dos enemigos supremos de la amistad son el chisme y la indiscreción. La amistad no los tolera. Olvidamos viejos amigos de infancia y juventud, y ganamos amigos en la madurez y hasta en la vejez. Buscamos amigos más jóvenes y más viejos que uno para aprender de lo que no tenemos y de la experiencia ajena. En esa diferencia estriba muchas veces el oro de la amistad y su perdurabilidad.
Entre Adolfo Castañón y yo hay tres lustros de diferencia, pero entre ambos nació una amistad que se nutre con los encuentros y los reencuentros, en su tierra, México, y en la mía, Santo Domingo. También en la afición por los libros, los autores comunes y en la mutua admiración por Octavio Paz, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, cuya amistad histórica se prolonga con y en nosotros.
Él ha venido seis veces a Santo Domingo y yo tres veces he ido a su tierra, sin contar las veces que he ido a la suya fuera de la ciudad capital. El golfo de la cuenca del Caribe nos distancia geográficamente, pero la pasión intelectual y literaria nos acerca. Sin embargo, la magia del correo electrónico y el teléfono mantiene viva la llama del diálogo y permanente la admiración. Yo, que tengo el privilegio de ser acaso, no sin orgullo, el dominicano que más conoce su obra —pues tengo la mayor parte de sus libros—, me siento en el deber de hablar, defender y promover su obra, sus ideas y su estilo. Hoy me regocijo en la pasión y satisfacción de presentar el libro Viaje a México, que recibió el codiciado premio Xavier Villaurrutia de México en 2008.
Cuando nos conocimos, en 1998, ya yo tenía noticias suyas, pues lo leía en la revista Vuelta mientras estudiaba en Nuevo México, adonde llegaba cada mes y yo acudía a leer sus páginas. Recuerdo que unas de las que más me conmovían —y lo admito— eran las de Adolfo Castañón. Recuerdo que nos vimos por primera vez en persona en el stand del FCE en la I Feria Internacional del Libro Santo Domingo —en 1998, esa vez dedicada a España—. Recuerdo que cuando me dijo su nombre de inmediato reaccioné, sorprendido, pues pensé que nunca lo vería en persona. Unos meses después leería una crónica en la revista Vuelta de esa experiencia, de su visita a Santo Domingo, y de cómo nos conocimos. De modo que fue él quien dio noticias de mí antes que yo de él, con lo que sentí un gran orgullo, pues ya no era un joven autor anónimo, de un libro publicado, sino un autor cuyo nombre había figurado ya en las páginas de aquella revista, que tanto contribuyó en mí a conocer las letras mexicanas, en mi formación literaria y en mantenerme al día sobre su acontecer cultural. Vivía aún Octavio Paz y recuerdo que me dijo —para mi alegría— que si le escribía yo una nota a Paz, él con gusto se la entregaría. Recuerdo que se la dejé, pero no estoy seguro si mi admirado maestro la recibió. Transcribo aquí un fragmento de su crónica de viaje publicada en la revista Vuelta sobre Santo Domingo, de su segundo viaje a tierra quisqueyana y del momento en que nos conocimos en el stand de la feria del libro: “Estaba yo resignado a ir a la biblioteca el último día —soy de una raza que prefiere las librerías insumisas a los disciplinados acervos públicos— cuando, el último día de mi paso, un encuentro inesperado me aligera el ánimo. Llego al lugar donde exhibíamos los libros del fce en la feria un joven escritor dominicano, Basilio Belliard, que me empezó a hacer plática hasta que dio con el santo de mi nombre y el apellido de mis señas.”
Recuerdo que él me preguntó: ¿y usted, qué escribe? Yo le dije: poesía y ensayos. Y me preguntó: ¿pues me puede dar algo que usted haya escrito? Le pasé un artículo que acababa de publicar en la prensa sobre Flaubert. Luego me dejó unos ejemplares de Vuelta que había traído sólo para que las hojeara, y que eran para su amiga —y amiga común— Soledad Álvarez.
Así empezó la historia de mi amistad que revivió cuando, al año siguiente, la Feria Internacional del Libro tuvo como país invitado de honor a México, y Castañón volvió como invitado especial. Dictó dos conferencias: una sobre literatura hispanoamericana y otra sobre Octavio Paz, y participó en un coloquio sobre Paz —el cual organicé—. Luego me regaló varios de sus libros dedicados.
Paso pues a lo que me invitó mi amigo, a la presentación de su libro Viaje a México, libro de crónicas, ensayos y retratos: viaje al corazón de su cultura, sus letras y su historia. Viajero que escruta, no sin pasión y delectación, las grutas y los signos de la vida cotidiana del México del presente y del pasado. Heredero de una tradición pródiga en hombres de letras y pensamiento, Adolfo Castañón semeja un farmacéutico cuya farmacia platónica maneja con patriarcal secreto de boticario. El amor por los libros le nace de su vocación de editor que traslada a su sacerdocio bibliofílico, distante de la vida académica y diplomática. Y ese amor por atesorar libros es la causa sagrada de su amor por la escritura. No brotan de su espíritu intelectual la vocación magisterial, pero sí, en cambio, su vocación de lector impenitente, investigador para sí mismo y estudioso de las lenguas como filólogo autodidacta: “Por la noche, este lector duerme con un ojo abierto, hojeando las instrucciones de sus clásicos y oteando el horizonte para ofrecer a las naves que se acercan una cogida en la tierra al amanecer.” Así lo ha descrito su discípulo y hermano literario Christopher Domínguez Michael.
A Castañón lo salva su libertad crítica. No asume ningún método. Ni lo importa de Europa ni de Estados Unidos; ni lo trae del mundo académico americano. Por eso no resuenan en su música crítica Harold Bloom, Paul de Man, Edward Said, Jacques Derrida, Roland Barthes, Umberto Eco o Julia Kristeva. Si acaso algún eco resuena, éste viene de Montaigne —su lejano maestro—, o de Alfonso Reyes —“el caballerro de la voz errante”, según sus palabras—. Quizá de Bataille, Blanchot y Roger Callois, me apresuro a decir.
(Fragmento)
La presentación del libro de un amigo es un acto de amistad y celebración y, desde luego, un acto social. Entraña una secreta admiración a la persona y a la obra del amigo —y más cuando se trata de un amigo extranjero—. De ahí que la amistad sea un supremo don del amor que supera la raza, la nación, la cultura, la lengua y la relación entre parejas —en la que hay una atracción física—. En la amistad hay un hallazgo de lo que no encontramos en el erotismo. Buscamos tener amigos para encontrar aquello que no tenemos y que necesitamos para vivir. La amistad nos permite conectarnos con el mundo para adquirir los valores que no encontramos en la educación doméstica; es, asimismo, la prolongación del hogar en el mundo exterior. Leyendo a John Dewey aprendí que la amistad es una experiencia estética. La prueba de fuego del aprendizaje original del hogar es la amistad, cuando abandonamos el vientre hogareño. La experiencia de la orfandad y la soledad la recompensamos con el calor de la amistad. Los valores del sentimiento crecen y se fortalecen fuera del ámbito de la casa paterna. La amistad es un acto de amor, pero el amor pocas veces se convierte en amistad. Tiene la fortaleza y el valor de lo que no muere con la distancia, contrario a la pasión erótica, que con la distancia se atenúa y hasta muere en el olvido. Los amigos son la cura del paso de los años; son el consuelo para la vejez. En la amistad literaria hay de por medio la admiración no tanto a un carácter y a una persona como a una obra y, por lo mismo, también genera celos y rivalidad. Por eso hay tan pocas amistades entre pares, iguales o colegas de un mismo oficio. La amistad es generosidad, libertad y solidaridad; también es egoísmo y dependencia. De ahí que los premios, los reconocimientos, los viajes y el dinero son los enemigos más peligrosos de la amistad entre colegas literarios. Cuando ganamos un amigo ganamos un presente; cuando lo perdemos, perdemos una memoria y un tiempo compartidos. Perdemos así el sentido de los días y las noches compartidos en el tiempo de nuestras vidas. Los fundamentos de la amistad son el respeto, la lealtad y la admiración. Y su alimento: la conversación; también el silencio y la distancia. El silencio es la distancia estratégica que reconforta y le da oxígeno a la vida amistosa. Nuestras vidas transcurren entre estar en familia y estar entre amigos. La soledad reclama el vínculo afectivo entre la vida en comunión y la vida del yo. Recordamos con infinita nostalgia los tiempos perdidos del pasado compartido entre los amigos más que cualquier otro tiempo. De ahí el valor de la amistad en la conformación de nuestro diario vivir, en la definición de nuestra personalidad y nuestro carácter. La soledad es la prueba de la necesidad de la amistad hasta que nos llega la muerte, la suprema y eterna soledad. La amistad es el fruto de lo que sembramos. Por eso se debe alimentar igual que a los cultivos. Dependiendo de lo que sembremos, cosechamos. En la carrera de ganar amigos también ganamos enemigos. Por eso no hay nadie que no tenga un enemigo. Sólo que hay quienes eligen a sus enemigos. El arte de la amistad consiste precisamente tanto en conquistar amigos como en elegir a sus enemigos. Los dos enemigos supremos de la amistad son el chisme y la indiscreción. La amistad no los tolera. Olvidamos viejos amigos de infancia y juventud, y ganamos amigos en la madurez y hasta en la vejez. Buscamos amigos más jóvenes y más viejos que uno para aprender de lo que no tenemos y de la experiencia ajena. En esa diferencia estriba muchas veces el oro de la amistad y su perdurabilidad.
Entre Adolfo Castañón y yo hay tres lustros de diferencia, pero entre ambos nació una amistad que se nutre con los encuentros y los reencuentros, en su tierra, México, y en la mía, Santo Domingo. También en la afición por los libros, los autores comunes y en la mutua admiración por Octavio Paz, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, cuya amistad histórica se prolonga con y en nosotros.
Él ha venido seis veces a Santo Domingo y yo tres veces he ido a su tierra, sin contar las veces que he ido a la suya fuera de la ciudad capital. El golfo de la cuenca del Caribe nos distancia geográficamente, pero la pasión intelectual y literaria nos acerca. Sin embargo, la magia del correo electrónico y el teléfono mantiene viva la llama del diálogo y permanente la admiración. Yo, que tengo el privilegio de ser acaso, no sin orgullo, el dominicano que más conoce su obra —pues tengo la mayor parte de sus libros—, me siento en el deber de hablar, defender y promover su obra, sus ideas y su estilo. Hoy me regocijo en la pasión y satisfacción de presentar el libro Viaje a México, que recibió el codiciado premio Xavier Villaurrutia de México en 2008.
Cuando nos conocimos, en 1998, ya yo tenía noticias suyas, pues lo leía en la revista Vuelta mientras estudiaba en Nuevo México, adonde llegaba cada mes y yo acudía a leer sus páginas. Recuerdo que unas de las que más me conmovían —y lo admito— eran las de Adolfo Castañón. Recuerdo que nos vimos por primera vez en persona en el stand del FCE en la I Feria Internacional del Libro Santo Domingo —en 1998, esa vez dedicada a España—. Recuerdo que cuando me dijo su nombre de inmediato reaccioné, sorprendido, pues pensé que nunca lo vería en persona. Unos meses después leería una crónica en la revista Vuelta de esa experiencia, de su visita a Santo Domingo, y de cómo nos conocimos. De modo que fue él quien dio noticias de mí antes que yo de él, con lo que sentí un gran orgullo, pues ya no era un joven autor anónimo, de un libro publicado, sino un autor cuyo nombre había figurado ya en las páginas de aquella revista, que tanto contribuyó en mí a conocer las letras mexicanas, en mi formación literaria y en mantenerme al día sobre su acontecer cultural. Vivía aún Octavio Paz y recuerdo que me dijo —para mi alegría— que si le escribía yo una nota a Paz, él con gusto se la entregaría. Recuerdo que se la dejé, pero no estoy seguro si mi admirado maestro la recibió. Transcribo aquí un fragmento de su crónica de viaje publicada en la revista Vuelta sobre Santo Domingo, de su segundo viaje a tierra quisqueyana y del momento en que nos conocimos en el stand de la feria del libro: “Estaba yo resignado a ir a la biblioteca el último día —soy de una raza que prefiere las librerías insumisas a los disciplinados acervos públicos— cuando, el último día de mi paso, un encuentro inesperado me aligera el ánimo. Llego al lugar donde exhibíamos los libros del fce en la feria un joven escritor dominicano, Basilio Belliard, que me empezó a hacer plática hasta que dio con el santo de mi nombre y el apellido de mis señas.”
Recuerdo que él me preguntó: ¿y usted, qué escribe? Yo le dije: poesía y ensayos. Y me preguntó: ¿pues me puede dar algo que usted haya escrito? Le pasé un artículo que acababa de publicar en la prensa sobre Flaubert. Luego me dejó unos ejemplares de Vuelta que había traído sólo para que las hojeara, y que eran para su amiga —y amiga común— Soledad Álvarez.
Así empezó la historia de mi amistad que revivió cuando, al año siguiente, la Feria Internacional del Libro tuvo como país invitado de honor a México, y Castañón volvió como invitado especial. Dictó dos conferencias: una sobre literatura hispanoamericana y otra sobre Octavio Paz, y participó en un coloquio sobre Paz —el cual organicé—. Luego me regaló varios de sus libros dedicados.
Paso pues a lo que me invitó mi amigo, a la presentación de su libro Viaje a México, libro de crónicas, ensayos y retratos: viaje al corazón de su cultura, sus letras y su historia. Viajero que escruta, no sin pasión y delectación, las grutas y los signos de la vida cotidiana del México del presente y del pasado. Heredero de una tradición pródiga en hombres de letras y pensamiento, Adolfo Castañón semeja un farmacéutico cuya farmacia platónica maneja con patriarcal secreto de boticario. El amor por los libros le nace de su vocación de editor que traslada a su sacerdocio bibliofílico, distante de la vida académica y diplomática. Y ese amor por atesorar libros es la causa sagrada de su amor por la escritura. No brotan de su espíritu intelectual la vocación magisterial, pero sí, en cambio, su vocación de lector impenitente, investigador para sí mismo y estudioso de las lenguas como filólogo autodidacta: “Por la noche, este lector duerme con un ojo abierto, hojeando las instrucciones de sus clásicos y oteando el horizonte para ofrecer a las naves que se acercan una cogida en la tierra al amanecer.” Así lo ha descrito su discípulo y hermano literario Christopher Domínguez Michael.
A Castañón lo salva su libertad crítica. No asume ningún método. Ni lo importa de Europa ni de Estados Unidos; ni lo trae del mundo académico americano. Por eso no resuenan en su música crítica Harold Bloom, Paul de Man, Edward Said, Jacques Derrida, Roland Barthes, Umberto Eco o Julia Kristeva. Si acaso algún eco resuena, éste viene de Montaigne —su lejano maestro—, o de Alfonso Reyes —“el caballerro de la voz errante”, según sus palabras—. Quizá de Bataille, Blanchot y Roger Callois, me apresuro a decir.
jueves, 5 de febrero de 2009
Hacia las cifras de Carlos Fuentes
Adolfo Castañón
(Fragmento)
En la cifra de Carlos Fuentes (1928) conviven por lo menos dos esferas: la de la persona pública y la de la obra. Ambas, al yuxtaponerse, se contrastan, exaltan y declinan. Fuentes irrumpió en los tiempos mexicanos con la novela La región más transparente en 1958. Esa novela funcionó como una suerte de augurio, y en ella quedaban predestinadas las diversas líneas de acción y exposición de su obra ulterior que, en cierto modo, cabría ser leída como una reiteración incesante de ese gesto creador original. Aspiraba La región más transparente a erigirse en una suerte de gran fresco literario, un mural llamado a cubrir en su despliegue las diversas capas, espacios y “momentos” sociales y culturales de la capital mexicana de aquel entonces. Alrededor de esta construcción, alimentado por ella como por una nodriza, fue desarrollándose el personaje del autor como actor de su propia escritura e imaginación: personaje público por definición, por necesidad carismático y como nimbado de un aura sagrada, es decir, sacrificial.
Esta silueta de sacerdocio literario y de protagonismo civil, y aun político, responde a un paradigma que ha sido estudiado por el historiador y crítico francés Paul Bénichou (1908-2001), y que en el México moderno han encarnado con distintos matices Justo Sierra, José Vasconcelos, Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz y el mismo Carlos Fuentes —para no hablar de Carlos Monsiváis—, entre otros, como figuras cuasi totémicas alrededor de las cuales se van organizando las tribus y grupos literarios. Mientras, del otro lado del espejo, obras como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Las buenas conciencias, Cumpleaños, Cambio de piel, Cantar de ciegos, Zona sagrada, Agua quemada, Cristóbal Nonato, El naranjo e Instinto de Inez, para mencionar sólo ciertos títulos afortunados, se levantan precisamente como espejos de unas cortes y sociedades, como cristales y cristalizaciones de sus heterocronías desveladas por captar y atrapar el espíritu fugaz y resbaladizo del tiempo hecho época. El instrumento de estos oficios de cacería social es la imitación, el pastiche y la parodia. Por ello no extraña que la marca y el mito de la máscara —puente entre la magia y la murmuración— tengan en la obra de Fuentes una presencia tan significativa desde su primer título: Los días enmascarados (1954).
Como el bufón de los dramas medievales, el imitador, el que arremeda y parodia, el juglar o juglarón —como diría León Felipe— es una figura a la vez entrañable e inquietante, cercana al poder pero enemiga de la institución, ya que la reina despiadada a la que obedece es la fama, hermana condescendiente de la gloria. El imitador no tiene un discurso propio; no tiene opinión, su opinión; cuando más, puede ser el suyo un arte de la opinión —para evocar la fórmula que Jaime García Terrés acuñó acerca de Alfonso Reyes—. Y la lealtad última del novelista es —o será— a la idea de novela, independientemente de la calidad de sus creaciones.
En el caso de Fuentes, la seducción, el encanto que producen sus creaciones, puede ser intermitente: hay obras suyas que lo tienen y otras que no; obras que, como Agua quemada, irradian misterio y otras que, como Zona sagrada, parecen frías y calculadas, o algo demañadas como La campaña; y otras más como Una familia lejana en la que el lector presiente que el gato de la creación está ahí, encerrado, pero sin poder expresar plenamente su feliz condición felina de cazador de símbolos. Esa figura que es como un joker, el tramposo o el traidor de la baraja, asume en la nueva novela, La voluntad y la fortuna, el papel de un estudioso de las leyes, un abogado capaz de atravesar, nadar y sobrenadar, como Ixca Cienfuegos, todos los estamentos y estratos, los suelos y subsuelos del tapiz político y social mexicano.
Si la crítica literaria fuese un tribunal donde un fiscal expusiese cargos y un abogado hiciese defensas de casos para que el juez —el lector ideal— pronunciase su sentencia, uno de los cargos que se podría levantar contra el autor es que ha publicado muchas novelas, pero que en este mar narrativo no hay —salvo acaso el Ixca Cienfuegos de su primera novela o el agónico Artemio Cruz— ningún personaje inolvidable; que los caracteres que alza en su imaginación son muchas veces caricaturas someras, cifras superficiales, signos efímeros trazados por el sacerdote o chamán de la fábula para evocar y conjurar los espectros del tiempo, previamente aprendidos en diarios, revistas, libros, películas y rumores... El abogado defensor, a su vez, respondería que los personajes de Fuentes no son tanto los caracteres mexicanos como los tiempos mexicanos tanto históricos como simbólicos y que… Pero una voz, desde el jurado, se alzaría para preguntar si el mejor crítico literario no es acaso como un médico que atina con su diagnóstico en el humor del cuerpo individual y social sometido a examen; y que el mejor médico sería acaso un discípulo del meteórico Paracelso…
(Fragmento)
en memoria de Paco Ignacio Taibo I (1924-2008) y su Gato Culto
My mother was rushed from a stearning-hot movie house in those days before Colonel Buendía took his son to discover ice in the tropics. She was seeing King Vidor’s Version of La Bohème with John Gilbert and Lilian Gish. Perhaps the pangs of my birth were provoked by this anomaly: a silent screen version of Puccini’s Opera. Since then, the operatic and the cinematographic have had a tuy-of-war with my vords, as if expecting the Scorpio of fiction to rise from silent music and blind images.
Carlos Fuentes, My self with others, p. 3
I
En la cifra de Carlos Fuentes (1928) conviven por lo menos dos esferas: la de la persona pública y la de la obra. Ambas, al yuxtaponerse, se contrastan, exaltan y declinan. Fuentes irrumpió en los tiempos mexicanos con la novela La región más transparente en 1958. Esa novela funcionó como una suerte de augurio, y en ella quedaban predestinadas las diversas líneas de acción y exposición de su obra ulterior que, en cierto modo, cabría ser leída como una reiteración incesante de ese gesto creador original. Aspiraba La región más transparente a erigirse en una suerte de gran fresco literario, un mural llamado a cubrir en su despliegue las diversas capas, espacios y “momentos” sociales y culturales de la capital mexicana de aquel entonces. Alrededor de esta construcción, alimentado por ella como por una nodriza, fue desarrollándose el personaje del autor como actor de su propia escritura e imaginación: personaje público por definición, por necesidad carismático y como nimbado de un aura sagrada, es decir, sacrificial.
Esta silueta de sacerdocio literario y de protagonismo civil, y aun político, responde a un paradigma que ha sido estudiado por el historiador y crítico francés Paul Bénichou (1908-2001), y que en el México moderno han encarnado con distintos matices Justo Sierra, José Vasconcelos, Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz y el mismo Carlos Fuentes —para no hablar de Carlos Monsiváis—, entre otros, como figuras cuasi totémicas alrededor de las cuales se van organizando las tribus y grupos literarios. Mientras, del otro lado del espejo, obras como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Las buenas conciencias, Cumpleaños, Cambio de piel, Cantar de ciegos, Zona sagrada, Agua quemada, Cristóbal Nonato, El naranjo e Instinto de Inez, para mencionar sólo ciertos títulos afortunados, se levantan precisamente como espejos de unas cortes y sociedades, como cristales y cristalizaciones de sus heterocronías desveladas por captar y atrapar el espíritu fugaz y resbaladizo del tiempo hecho época. El instrumento de estos oficios de cacería social es la imitación, el pastiche y la parodia. Por ello no extraña que la marca y el mito de la máscara —puente entre la magia y la murmuración— tengan en la obra de Fuentes una presencia tan significativa desde su primer título: Los días enmascarados (1954).
II
Como el bufón de los dramas medievales, el imitador, el que arremeda y parodia, el juglar o juglarón —como diría León Felipe— es una figura a la vez entrañable e inquietante, cercana al poder pero enemiga de la institución, ya que la reina despiadada a la que obedece es la fama, hermana condescendiente de la gloria. El imitador no tiene un discurso propio; no tiene opinión, su opinión; cuando más, puede ser el suyo un arte de la opinión —para evocar la fórmula que Jaime García Terrés acuñó acerca de Alfonso Reyes—. Y la lealtad última del novelista es —o será— a la idea de novela, independientemente de la calidad de sus creaciones.
En el caso de Fuentes, la seducción, el encanto que producen sus creaciones, puede ser intermitente: hay obras suyas que lo tienen y otras que no; obras que, como Agua quemada, irradian misterio y otras que, como Zona sagrada, parecen frías y calculadas, o algo demañadas como La campaña; y otras más como Una familia lejana en la que el lector presiente que el gato de la creación está ahí, encerrado, pero sin poder expresar plenamente su feliz condición felina de cazador de símbolos. Esa figura que es como un joker, el tramposo o el traidor de la baraja, asume en la nueva novela, La voluntad y la fortuna, el papel de un estudioso de las leyes, un abogado capaz de atravesar, nadar y sobrenadar, como Ixca Cienfuegos, todos los estamentos y estratos, los suelos y subsuelos del tapiz político y social mexicano.
III
Si la crítica literaria fuese un tribunal donde un fiscal expusiese cargos y un abogado hiciese defensas de casos para que el juez —el lector ideal— pronunciase su sentencia, uno de los cargos que se podría levantar contra el autor es que ha publicado muchas novelas, pero que en este mar narrativo no hay —salvo acaso el Ixca Cienfuegos de su primera novela o el agónico Artemio Cruz— ningún personaje inolvidable; que los caracteres que alza en su imaginación son muchas veces caricaturas someras, cifras superficiales, signos efímeros trazados por el sacerdote o chamán de la fábula para evocar y conjurar los espectros del tiempo, previamente aprendidos en diarios, revistas, libros, películas y rumores... El abogado defensor, a su vez, respondería que los personajes de Fuentes no son tanto los caracteres mexicanos como los tiempos mexicanos tanto históricos como simbólicos y que… Pero una voz, desde el jurado, se alzaría para preguntar si el mejor crítico literario no es acaso como un médico que atina con su diagnóstico en el humor del cuerpo individual y social sometido a examen; y que el mejor médico sería acaso un discípulo del meteórico Paracelso…
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