martes, 17 de mayo de 2011
El reposo y la clausura
Víctor Alejandro Ruiz Ramírez
Elsa Cross, Nadir, CONACULTA, México, 2010, 88p.
La peor de las catástrofes es cuando todo se derrumba quedando en su lugar.
Maurice Blanchot
Según el decir de Arnold Hauser, las obras de arte oscilan entre la manifestación de dos experiencias: la de vida y la de cultura. Por eso ha de ser que las expresiones dan cuenta de algo distinto al arte o, por el contrario, se ciernen sobre éste como un gesto de retorno al lugar de origen. Se asuma una u otra, tal postura no podrá estar desligada de lo que cada artista, como es natural, alcance a sentir. No otra cosa, para no ir muy lejos, ocurre en Nadir. El más reciente libro de Elsa Cross refiere una experiencia de vida que se ha volcado en la palabra. Nadir, cuyos poemas, como el vórtice de un abismo, conducen a la sensación de haber perdido cierta esperanza, tanto como la experiencia última de la vida: el encuentro con la muerte. De principio a fin, Nadir contiene poemas que buscan compartir con el lector el dolor de la ausencia irreparable.
Dividido en siete apartados de sugerentes títulos, Nadir muestra diversos aspectos en la travesía del duelo. “Derrumbe”, la primera sección, se caracteriza por cierta sensación melancólica. A los once poemas que conforman este apartado, un hilo común los eslabona: el de la catástrofe, quizá la mayor de todas. Al orden regular del mundo —de las cosas, al devenir de la vida— le sobreviene un acontecimiento que hace girar, en sentido opuesto, su transcurrir, allí donde la presencia se convierte en ausencia: la pérdida del otro, la peor de las catástrofes porque “Todo se derrumba / y sigue allí / espectral”. Las cosas, el mundo, la vida, persisten en su transcurrir y el sujeto, melancólico, se desenvuelve en su añoranza, que es el lugar de la permanencia, del detenimiento, de las petrificaciones: “Petrifica la memoria / como en el valle los guerreros de sal, / vueltos hacia el levante”. En el rastro de la errancia, lo que aún permanece, se retiene asimismo el halo del ausente; en el recuerdo se busca recuperar la orientación de la conciencia que “deambula en la noche abismal”. No sólo desaparecen las voces, sino también sus ecos: “Las voces ya no están más de pronto, / y el silencio no sofoca / el asombro de seguir vivos / en medio de esos ecos extintos”. El eco que se va transformando en eco acentúa tanto la sensación de la pérdida como la de los rastros de esa pérdida: de la voz, el eco del eco; del ser, el recuerdo del recuerdo.
Aun en la evocación de los objetos donde se materializan los recuerdos —fotografías, diarios, huellas— se mira la inextricable fugacidad del mundo y los sujetos. “El abrazo”, segunda sección del poemario, nos deja dos figuras al menos. La primera, la del árbol en otoño, cuyo follaje desprendido, a pesar de su ingravidez y del viento que lo eleva, reposa sobre tierra: si el árbol se deshoja es para dar paso a otros retoños que dejarán hojas secas; la segunda, el pasaje de la vida a la muerte como un abrazo donde surge la incógnita de lo que hay entre una u otra: “¿Qué media en el abrazo / entre vida y muerte?” Habla de lo inefable ya que en ese traslado nada se puede decir. La pregunta sobre la mediación entre vida y muerte invita a reflexionar si en el encuentro de ambas la vida se termina o se continúa en la muerte.
Una pequeña ciudad griega le da nombre al tercer pasaje del libro. “Galaxidi”, nombre emblemático que, por la oscuridad de su etimología, da pauta para abordar el enigma del origen de la vida y su continuidad. En la paradoja de lo perecedero y lo durable, los poemas aquí contenidos danzan, tristes, el sentido de lo sorprendente de un retruécano para la razón: lo que permanece y dura es lo efímero y “solamente / lo fugitivo permanece y dura”, como escribió Quevedo en uno de sus más célebres sonetos. Mientras, las cosas que todavía quedan ya no son las mismas porque falta el sentido otro con el que el ausente las hacía existir. Pero “Galaxidi” también se configura como un recuerdo del lugar donde la poeta se reconoció con el otro ahora ausente en la palabra.
El simbolismo de las flores en el acto funerario se despliega en las líneas de los versos abarcados en la cuarta parte. “Asfódelos” sugiere no únicamente la imagen de la bella flor ni sólo sus propiedades curativas sino, a la vez, la evocación de su figuración profética para tratar el tópico del advenimiento ineluctable e inminente de la muerte: “Azahares por dondequiera, / subrayando el carácter de antigua nupcia, / de hecho irrevocable— / el de esta muerte acercándose”. La anunciación de la flor deviene rastro del pasaje a la muerte, del encuentro de ésta con la vida, en cuyo abrazo queda la melancolía desencadenada sólo al poder recuperar, en ausencia y como recuerdo, la presencia del otro. Así, la figura de la flor muestra otro aspecto de su hacer simbólico en el acto funerario, no nada más como impronta del pasaje de una vida a la otra sino como una prueba, para el ser que parte, de la andanza en este mundo.
“Ganges”, el siguiente subtítulo, comienza con un epígrafe lapidario que indica el origen del poema. La visceral experiencia de la pérdida de lo que fue engendrado se describe en el acto funerario de arrojar las cenizas, “el paso, el peso de la vida”, devolviéndolas al movimiento del agua para que simbólicamente continúe el ser despedido hacia las transformaciones. Considerada la vida como un viaje hacia la muerte, la muerte se concibe como una “vida otra” donde lo único perpetuo es seguir viajando. De esta manera se responde al cuestionamiento surgido a partir del encuentro entre vida y muerte, donde una se continúa en la otra porque se concibe ésta como inherente a la vida.
Al evocar el Puente Mirabeau en el título de la sexta división, pues es ése el encabezamiento que lleva, resulta difícil no evocar la sensación de la muerte que se manifiesta en el suicidio y, más puntualmente, en el de Paul Celan. Aunque no es de Celan de quien se habla, pese a que algunos versos suyos figuren como epígrafe, la imagen del suicida se aproxima a la del melancólico, para quien tampoco hay suficientes salidas, con la salvedad de que uno actúa con desesperación mientras que el otro se deja consumir con falsa parsimonia —falsa por falta de sosiego—, el gesto de serenidad con el que aparece el melancólico muestra más bien la peor de las catástrofes. El mundo con sus cosas permanece en su sitio. Las aguas del río no apagan el madero aún abrasador. La mirada generada por la melancolía se sitúa en lo efímero, en la vieja metáfora del río y la vida. De modo tal que se elige entre estar en el río, desplazándose en su discurrir, y plantarse ante él contemplando su incansable transitar. El avance del río figura también lo pasajero del estado del alma, ya que la melancolía se acabará cuando se transite a esa vida otra.
Para concluir, una “Coda”, de expresión melancólica en relación a lo que permanece y dura en el mundo, que sólo tiene las formas de “una leve reverberación, un halo difuso”. Las últimas líneas versan sobre la manera en que se mira desde el sentimiento de la pérdida irreparable lo que queda. Del derrumbe provine un resurgimiento dado en la posibilidad del decir. Si en el soñar se manifiestan nuestros deseos, entonces la página vuelta un sueño es en Nadir la búsqueda del alivio por parte de un sujeto quebrantado, el escribir se vuelve una decisión: seguir las palabras “al lugar donde todo se recompone / después de la disolución”. El poema significa la espera del consuelo en la palabra antes que en la muerte; entonces se siente que la pena amaina.
En Nadir habla un sujeto no situado ante el dolor sino en él: una sensación que le resulta inevitable y que se distingue del sufrimiento por ser éste siempre optativo, ya que se trata de una actitud; en cambio el dolor tiene lugar como padecimiento en el alma y en el cuerpo. El título del libro permea cada verso. El nadir constituye la figura del estado de alma de un sujeto que, tras lograr el cenit en la vida mediante la breve felicidad, ahora retorna y permanece en las profundidades del recuerdo con una tristeza sin fin.
Con este nuevo título Elsa Cross comparte una poesía profundamente meditada sobre un tópico constante en su reflexión: la clausura, pero ahora bajo la forma de la ausencia del otro en la muerte. Con ello, Nadir se inscribe en la concepción del acto poético como dador de sentido de la experiencia y posibilidad de reposo, de donde tal vez provenga el rasgo que ha caracterizado hasta el presente su poesía: la conjunción entre el pensamiento profundo y detenido con la claridad de su expresión.
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Víctor Alejandro Ruiz Ramírez
Crítica de la poesía crítica
Felipe Vázquez
Ignacio Ruiz-Pérez, Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, 2009, 162 p.
I
Una de las manías de la “crítica literaria” mexicana consiste en hablar del autor y desplazar la obra a una zona de sombra. El objeto de la crítica, la obra, queda al margen, nimbada por la aureola de lo intocable; y el autor adquiere un papel protagónico tan cuestionable como escabroso. El peor vicio, sin embargo, aparece cuando el “crítico”, al hablar de cualquier obra, habla sólo de sí mismo; y esta suerte de autobiografía parasitaria sólo muestra un desprecio tácito por la literatura. Y para desaliento de la aldea literaria mexicana, quizás hay demasiados escritores que ejercen el ninguneo militante de la literatura.
Refiero esta situación a propósito del libro Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra, de Ignacio Ruiz-Pérez, quien se propuso analizar, de manera rigurosa e imaginativa, la obra poética del autor tabasqueño más allá del abundante anecdotario sobre su vida, sus andanzas, sus amistades y su trágica muerte. A diferencia de los expertos en escamotear la obra al mismo tiempo que la “critican”, Ruiz-Pérez ejerce la crítica a ras de poema. Y aunque hay poemas de Becerra que requieren un contexto biográfico para comprenderlos con amplitud, el crítico nunca pierde de vista que su objeto de análisis es la poesía. Por otra parte, no se trata del árido estudio de un académico —aunque el autor lo es— sino de una lectura inteligente y erudita que un poeta realiza sobre los poemas de otro poeta. Para ello, Ruiz-Pérez retoma el discurso sobre la poesía moderna de Octavio Paz y lo aplica al análisis e interpretación de El otoño recorre las islas, título que reúne los libros de poesía de Becerra, compilado por Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco y publicado por la editorial ERA en 1973.
Antes de comentar grosso modo la estructura de Nostalgia de la unidad natural, quiero hacer un breve comentario sobre la poesía de Becerra para que el lector comprenda la dispositio crítica de Ruiz-Pérez.
II
La poesía de José Carlos Becerra (1936-1970) traza un arco que va del lenguaje adánico, casi inocente en su capacidad genésica y celebratoria, hasta el lenguaje crítico de sí mismo: re-flexivo, desarticulado y fragmentario en su intento por cuestionar sus propios mecanismos de enunciación. En el sistema de Octavio Paz, diremos que Becerra inicia su trayectoria poética armado de la teoría de las correspondencias universales (analogía), pasa por un periodo crítico (de crisis, véase el sentido etimológico) y culmina en la ironía: la conciencia consciente de sí y de su propia muerte, consciente de su escisión respecto del mundo, consciente de su condición desasida. (En el prólogo de El otoño recorre las islas, Paz se refiere a la fractura de la visión analógica como “encuentro con la realidad”, la que produjo “los mejores poemas de Becerra”).
En la cima de este arco verbal se despliega el versículo como un oleaje (digo oleaje por la recurrencia de la anáfora en muchos poemas), las líneas versuales se extienden sobre la página y se van engarzando en una suerte de danza erótica y, como Shiva, en esa danza crea y destruye, aunque la fuerza resultante es la euforia creadora del lenguaje. En este punto, la imagen —la imagen demiúrgica— adquiere una presencia absoluta. La concepción del tiempo es circular y el universo es el espacio de la semejanza (de la unidad). En su devenir, el universo se dice y, al decirse, se crea semejante a sí mismo. El poema es aquí una de las formas que el universo tiene de decirse, de nombrarse; y más aún: el universo es consciente de sí en el poema.
Al final del arco, el verso se acorta, se vuelve contra sí, y roza el filo del silencio: el lenguaje toca los límites de su relación con la realidad y consigo mismo, y ya no es el hacedor de imágenes sino el instrumento que disecciona las imágenes. La conciencia de la muerte lo vuelve irónico y metapoético: “La ironía —comenta Ruiz-Pérez— es la conciencia de la ruptura entre el sujeto y su entorno: el fracaso de su poder trascendental, pero también la conciencia de ser un ente caído, contingente y, en suma, expulsado del orden universal. A diferencia de la analogía, la ironía señala que la cópula entre la palabra y el objeto que ésta designa es una convención: es la conciencia de la alteridad y no de la unidad que aparece con la Edad Moderna y el afán por el progreso.”
También podemos pensar la trayectoria lírica de Becerra desde el punto de vista deconstructivo. En efecto, el versículo se despliega de manera elocuente, suntuosa y casi vegetal; las palabras establecen una relación erótica que impulsa el desbordamiento rizomático del poema; y de manera sucesiva, cada poema rompe sus propios límites poseído por el horror vacui que él mismo concibe en sus mecanismos de proliferación. Esta característica, que comparte con otros poetas de tendencia neobarroca, tiene una singularidad: visto en su conjunto, el lenguaje lírico de José Carlos Becerra despliega una estrategia de desterritorialización que culmina en la desarticulación del lenguaje adánico frente a una realidad extraña y fugitiva, en el giro del lenguaje sobre sí mismo, en una fragmentariedad radical donde el significado queda en entredicho, y donde el poema pierde terreno, se vuelve carencia de sí. El lenguaje va de desmarcaje en desmarcaje: se desarticula de sí mismo, de su tradición, de la realidad, etc. Al final, el poema se acerca a los márgenes del silencio y tenderá a confundirse con la página en blanco.
III
Acorde con la concepción romántica, Ruiz-Perez argumenta que Nostalgia de la unidad natural es un título que engloba la aventura poética de José Carlos Becerra, pues considera la palabra nostalgia en su sentido etimológico: “Los antiguos llamaban nostalgia (del griego nóstos, regreso, y álgos, dolor) a aquella enfermedad que consistía en el impulso (en su sentido más puro: pulsión erótica) doloroso e irrealizable por el retorno al país de origen. En la poesía de Becerra la nostalgia es producto del deseo por recuperar aquello (infancia, paisaje, amor) que de manera natural perteneció al sujeto; una pertenencia que nunca recuperará y que en cambio habrá de revelarle su condición escindida, pasajera y terrestre.”
Luego de este planteamiento, Ruiz-Pérez organiza su estudio en dos capítulos. En el primero, titulado “De la plenitud al dolor por el retorno”, analiza la poesía producida a partir de la concepción analógica del universo. De acuerdo con la estructura que Zaid y Pacheco dieron a la edición de El otoño recorre las islas, dicha poesía corresponde a Los muelles, Oscura palabra y las dos primeras partes de Relación de los hechos: “Betania” y “Apariciones”. En el segundo capítulo, titulado “La (anti)épica de la modernidad: ciudad, cine y cómic en la poesía de José Carlos Becerra”, analiza los poemas escritos cuando el poeta descubre que su visión analógica queda desgarrada por la ironía: las dos últimas secciones del libro Relación de los hechos: “Las reglas del juego” y “Ragtime”, luego La Venta, Fiestas de invierno y Cómo retrasar la aparición de las hormigas.
Ruiz-Pérez inicia el abordaje crítico a partir de la concepción romántica de la poesía (debo precisar que se trata de la lectura que hace Octavio Paz de la poesía romántica, expuesta principalmente en Los hijos del limo) y lo va enriqueciendo con ideas de diversos críticos de la modernidad: Albert Béguin, Marcel Raymond, Denis de Rougemont, Walter Muschg, Mircea Eliade, Bachelard, Heidegger, Barthes, Benjamin, etc. Aunque estas referencias son aparatosas, el discurso de Nostalgia de la unidad natural no es pedante, pues la virtud crítica de Ruiz-Pérez consiste en citar paso a paso la producción poética de Becerra; analiza, contextualiza e interpreta los poemas con ayuda de diversas herramientas críticas, y no duda, por ejemplo, en hacer coincidir las definiciones del mito según Eliade y según Barthes para descodificar los palimpsestos del constructo lírico correspondiente al capítulo segundo. Ahora bien, más allá de la biografía de Becerra, de sus influencias (Paul Claudel, Saint-John Perse, Pellicer, Lezama Lima, Pablo Neruda, Paz), de sus tópicos (el mar, la selva, el trópico, la mujer amada, los cómics, el cine) y de sus mitologías, Ruiz-Pérez analiza en qué consiste la singularidad de esa poesía, qué nos dice, cuáles son sus atributos y sus recursos, cuál es la cosmovisión desde la que fueron escritos los poemas, cómo acusa recibo de las diversas obras líricas que contribuyeron a articular su visión lírica, cómo desemboca en la problematización de sus recursos verbales (“¿No se puede considerar el versículo sinuoso y acéntrico de Becerra la constancia de esa contra-dicción que entraña su poesía, es decir, la irónica certeza de la pérdida de la unidad natural frente al entorno prosaico que descentra y fragmenta al sujeto?”), y cómo influye en los poetas mexicanos de la generación siguiente (David Huerta, Coral Bracho, José Luis Rivas, Jorge Esquinca) e incluso cómo influyó en un poeta de su misma promoción poética: Gerardo Deniz (quizá hoy el mejor poeta vivo de México).
El resultado es una espléndida guía de lectura de una de las obras poéticas más complejas de la tradición mexicana. Si los acercamientos críticos a la poesía fueran como el de Ruiz-Pérez o como el de Arturo Cantú (En la red de cristal. Edición y estudio de Muerte sin fin de José Gorostiza), quizás habría menos pero mejores poetas, y más y mejores críticos, pues creo que la sobrepoblación actual de poetas y la mengua de críticos (tanto impresionistas como académicos) se basa en la mala lectura; mala lectura que incluso algunos críticos prominentes difunden, basta revisar las entradas correspondientes a los poetas del Diccionario crítico de la literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael.
lunes, 16 de mayo de 2011
El viaje, la mirada y el desencanto
Alejandro Badillo
Gabriel Bernal Granados, Una finestra che guarda tramontana, Libros Magenta, 2010, 138 p.
Los libros de viajes han sufrido varias metamorfosis a lo largo de la historia. Desde los descubrimientos deslumbrantes consignados en El libro de las maravillas, de Marco Polo, a la guía de turistas actualizada, que ofrece al viajero una experiencia uniforme, controlada y libre de sorpresas, quedan varias preguntas para un lector que afronta un libro del género: ¿qué queda por descubrir? ¿Cómo rescatar para la literatura un mundo cada vez más estrecho, que ofrece sus enigmas en televisión o, etiquetados, tras un escaparate?
La respuesta en las páginas de Una finestra che guarda tramontana, libro de Gabriel Bernal Granados (México, DF, 1973), que mezcla el ensayo, la entrevista y la crónica de viajes, es el escepticismo, una mirada íntima que, al estilo del flâneur de Baudelaire, se sumerge en los desgastados engranajes de la civilización apartándose de cuando en cuando para reflexionar, para cultivar en cada paso un saludable sentido de extrañeza. La mirada de Bernal Granados concuerda con una prosa que transcurre sin sobresaltos, privilegiando a veces la imagen, añadiendo un dato, la luz de un detalle mínimo pero trascendente en el peso total de la obra.
El comienzo de la primera parte del libro “Villa Serbelloni” nos muestra al viajero en Milán, Italia, en la búsqueda del poeta y artista plástico peruano Jorge Eduardo Eielson para una entrevista. Las líneas que inauguran este capítulo, directas, ejemplifican la transición natural en la narrativa de viajes, donde la peripecia del traslado, la transformación antes de llegar al destino final, no existen. Bernal Granados comienza su diario de viaje in situ, en un país y en una ciudad que, en su irremediable condición turística, reproducen el esquema artificial de una sala de espera, el magro almuerzo en el avión, el folleto lleno de tours y promociones. Por esta razón el viajero-autor explota la subjetividad, la capacidad para encontrar nuevos significados en rituales manidos: la llegada a un hotel, un encuentro en la montaña, una cena en donde los comensales no cuentan anécdotas desopilantes. El desencanto pronto se hace evidente en el encuentro con un Eielson despojado de cualquier matiz romántico sobre Europa, dibujado como un viajero más, sólo que detenido en el tiempo, incrédulo del artificio de cierta poética barroca. El capítulo —casi fugaz— termina con una despedida que evoca, a su vez, una despedida anterior cuando Eielson conoce al músico John Cage en su departamento de Nueva York a mediados de los años sesenta, en un invierno gris.
El segundo y tercer capítulos (“San Francesco, il guarda della selva” y “El señor Fabergé”) encuentran correspondencias en los detalles: la inmersión en el terreno ajeno, la historia de unas ruinas evocadas por Plinio el Joven. Lejos de la ciudad, Bernal Granados se mueve con más soltura y, al estilo del autor-caminante de W.G. Sebald —cazador de pequeñas maravillas—, encuentra en la minucia el pretexto ideal para contar una breve historia, para volver protagonistas las ramas de un árbol, una banca de piedra junto a un lago, el mito de Orfeo y Eurídice. En “El señor Fabergé” la mirada se dirige, de inicio, al propio cuerpo: las uñas crecen más deprisa, sujetas a otra naturaleza; el cabello se cae en la regadera. Después nos topamos con el retrato del señor Fabergé, cuya singularidad es lo simple, no es un personaje azaroso, no cuenta una historia extravagante; su naturaleza —a pesar de las múltiples reflexiones del escritor— es la de un reflejo, una interrogante, un espacio en blanco que se va llenando poco a poco con breves referencias: un economista que viste con mucha pulcritud, que viaja en compañía de su esposa Rosamunda y cuya apariencia, voluble en la descripción del autor, transita de “una nota de jazz que brota de los labios gruesos de un saxofón del trópico” a “un simio burgués, arreolesco”.
En “Naturaleza y autobiografía” la apuesta del autor se centra en una introducción y dos desvíos que, con diferentes matices, mantienen el devaneo enmarcado por reflexiones de largo aliento. Como en los ensayos de Charles Lamb y William Hazlitt, los temas se unen y alejan, gravitan en distintas formas sobre la naturaleza en el arte, la vida como referencia ineludible del creador, la autobiografía como un espejo en donde se refleja la obra. La parte inicial aborda la incredulidad ante el estrellato literario, el mercado que depreda la literatura, las manías y dilemas del escritor, sus modelos y la forma de encontrarse con ellos. En el primer desvío, “Il Cenacolo”, el viaje da un rodeo a la escritura para enfocarse en la pintura. El elemento que cohesiona sigue siendo la reflexión pero el viaje transcurre en los trazos de La última cena de Leonardo da Vinci. Partiendo del análisis de las figuras de los apóstoles y de Jesús, de las características de la escuela renacentista, el autor lleva su tanteo al vínculo entre la naturaleza y arte, pero más allá del concepto bucólico de lo natural el interés del autor bordea una relación íntima: la observación del fresco de Leonardo en el convento de Santa María Delle Grazie, los juegos de luz o las sombras que acontecen en ese instante y que ponen de manifiesto la tensión entre la naturaleza y la forma en que ha sido modelada por el discurso artístico. En el segundo desvío, “Si una noche de invierno”, el autor parte del libro de Italo Calvino para abordar las posibilidades de la reescritura como un elemento más de lo natural, regresar siempre al punto de partida, como un viajero indeciso sobre el camino a elegir, la perpetua duda que lo cerca. En este caso la literatura, para el autor, es como un espejo borgeano que devuelve —más que certezas— inquietudes y temores.
En “Varenna”, capítulo que cierra la primera mitad del libro, hay un acercamiento a lo cotidiano, la escritura fluye en una anécdota que nunca llega o que se hace presente en la intrascendencia, en las múltiples variaciones: las incidencias de un viaje en auto, de Varenna a Lecco y de Lecco a Bellagio; en realidad el trayecto es sólo pretexto para la observación de lo nimio, para formar en la mente imaginaciones, escenarios futuros que, de pronto, son interrumpidos por una carta que “visualiza mejor la escena” y, adelante, en el resto del trecho, se alínean instantáneas, pensamientos como fotografías que se añaden al diario de viajes.
La segunda parte del libro, “El viaje no ha terminado”, empieza por “Milán, ciudad irreal”. El andamiaje de este capítulo se reconcilia con la mirada desencantada, con la rutina del turista que es obligado, de nuevo, a buscar calles, entregar el pasaporte con displicencia, mirar los edificios como recipientes vacíos. El autor, ante la falta de diálogo, se limita a pasear la mirada por la ciudad, a buscar historias en vano. Incluso la reflexión sobre el arte desarrollada en los anteriores capítulos es remplazada por el hastío: artistas globales en la televisión de un pub, rebaños de turistas que convierten los objetos de arte en mero ruido de fondo. El viajero, entonces, sólo puede deambular, asistir a un partido de futbol para sumergirse en la masa.
En “Venecia, ciudad y materia”, el viaje inicia en la literatura: Marcel Proust, lord Byron, Robert Browning, Ezra Pound, entre otros, son evocados como fantasmas y su condición se acentúa en los canales artificiosos, en los habitantes convertidos en “vendedores de bagatelas”. Si hay una ciudad turística por antonomasia ésa es Venecia, decenas de autores la han retratado en distintas facetas: de la ciudad derrotada por el cólera en Muerte en Venecia, de Thomas Mann, a la penumbra, el sutil engaño de Henry James en Los papeles de Aspern. Bernal Granados recuerda el legado de éstos tratando de rescatar en alguna rendija, algún destello, la individualidad que se niega entre cámaras fotográficas y promociones de folletos. Para situar su lugar en el mundo, el viajero mira los botones del elevador, las cortinas del cuarto, privilegia lo minúsculo, el flujo del tiempo que pasa desapercibido en las calles de Venecia.
Más adelante, en consonancia con el tono de los anteriores capítulos, hay una digresión, un extenso análisis de la pintura de Umberto Boccioni que se centra en su óleo La materia. Visto en la perspectiva general de Una finestra che guarda tramontana, el análisis de Boccioni —emblema del movimiento futurista con Filippo Tommaso Marinetti— es denso, lleno de referencias, encuentra su blanco en las bases del futurismo, sistema que parte del movimiento y que se desdobla en un cúmulo de significados que desbordan la velocidad, la experiencia casi instantánea de viajar a una ciudad donde las paredes, los puentes y las ventanas son parte de una inmensa escenografía. Sin embargo la digresión se antoja demasiada y pone en riesgo el equilibrio del capítulo, quizá por el tono evocado al inicio, más dubitativo, que se regodea en la apostilla final, por eso se extraña una transición menos abrupta, más suave, manteniendo la constante irreal, fantasmagórica, de una ciudad que se hunde y que contagia su incertidumbre.
Los dos últimos capítulos del libro (“Roma: una postal de San Pedro” y “Elijah Millgram”) forman viñetas, un último personaje que reafirma lo banal del viaje, la indiferencia ante el lugar de llegada. Sus palabras y observaciones regresan al viajero a su condición de minoría, de fugitivo en un mundo que avanza sin mirar atrás, devastando todo.
Finalizado el recorrido por los capítulos, el lector puede volver a la pregunta ¿estamos ante la decadencia definitiva de Occidente?, que plantea Gabriel Bernal Granados en el prefacio del libro, vinculada por el autor al clásico ensayo de Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, escrito entre 1918 y 1923. Esta pregunta encuentra también correspondencia con El crepúsculo de la cultura americana (1999) del historiador cultural Morris Berman, en el cual —como en el libro de Spengler— se plantea la analogía con el derrumbe del imperio romano y los mecanismos que funcionaron para conservar la cultura en espera de un incierto renacimiento. Para Berman la historia cultural de la humanidad no es cíclica, un fenómeno de expansión-contracción, es una espiral que ramifica los escenarios futuros, los vuelve casi infinitos, como los pensamientos que suceden en la mente del viajero, los caminos a seguir en el interminable deambular. Berman aventura la posibilidad de una “resistencia monástica”, una especie de guardia que, espontáneamente, sin liderazgos ni organizaciones visibles, transmite pautas y códigos culturales. En este tenor se mueve Bernal Granados que, en su desencanto, aún se esfuerza en fijar objetos en la mirada, recuerdos. Como los románticos pone en relieve lo individual, la locura del artista frente a la masa homogénea y devoradora. Sin embargo la pregunta que plantea el autor, la “decadencia definitiva de occidente”, a pesar de su influencia, no es un elemento que cohesione los capítulos de Una finestra che guarda tramontana, porque pesa demasiado, abrumaría un texto cuya intención es sondear caminos ambiguos, imaginativos. Si el llamado posmodernismo relativiza todo, el viajero busca el relieve natural en las cosas y por eso la necesidad de aferrarse a la visión del arte porque es un momento que permanece, indeleble, en la memoria. La pregunta que siembra el autor sirve, en todo caso, para incomodar, para tender un anzuelo al lector y que éste se sumerja en la prosa desencantada y elegante que recorre las incidencias de un viaje a Italia.
Retomo una de las ideas que planteé al inicio de este texto: ¿qué sentido tiene la mirada del viajero en un mundo uniforme y estrecho? Aventuro, en el tramo final de estas notas, una nueva respuesta: el escepticismo y la extrañeza que encontré en las páginas del libro de Gabriel Bernal Granados: el rescate del asombro de los antiguos viajeros mediante el lenguaje, las imágenes que logra el autor al evocar, por ejemplo, a Venecia como una ciudad inmaterial, una ciudad semejante a las imaginadas por Italo Calvino, impregnadas de una intensa presencia femenina: “La boca artificial de los palacios se abre a los oídos del viajero y repite el abalorio de su historia, que la alejan, la transforman en una ciudad inmaterial; se abre como el cuerpo de una joven mora y al cabo de un breve lapso carnavalesco, se endurece para no decir una palabra más de su locura intensa.”
Energía concentrada
Gabriel Bernal Granados
Jorge Juanes, Territorios del arte contemporáneo, Ítaca/Universidad Autónoma de Puebla/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México, 2010, 488 p. + XVI láminas.
Después de Marx o la crítica de la economía política como fundamento (1982) y Hölderlin y la sabiduría poética (2003), Territorios del arte contemporáneo es el libro más ambicioso, inclusivo y abarcador de Jorge Juanes. El libro se divide en dos grandes secciones. La primera toca las diferentes manifestaciones del arte a través de la historia, desde el arte cristiano de los primeros siglos de nuestra era hasta las representaciones más heterodoxas del fenómeno artístico en nuestros días (el performance, el cine, la fotografía, el arte del cuerpo, el arte de la tierra, el arte conceptual, el retorno a la figuración y la pintura, el arte digital). La segunda sección propone un recorrido paralelo y enfoca los mismos problemas, pero desde la perspectiva de las ideas y el pensamiento que ha tenido como referente nutricio al mundo del arte. Aquí, y obedeciendo en todo momento los intereses particulares del autor, vamos de Vasari a Hegel, Kierkegaard, Nietzsche y Heidegger, para luego demorarnos en el comentario a los libros de algunos de los críticos y pensadores más influyentes en el arte del siglo XX, como Benjamin, Adorno, Hans Sedlmayr, Clement Greenberg, Arthur Danto y Joseph Kosuth (por razones seguramente de espacio, Juanes no hace ningún comentario a la crítica de arte de Baudelaire y deja fuera la referencia a la crítica que se ha producido en suelo latinoamericano).
No obstante su espíritu misceláneo y didáctico, el libro de Juanes dista de ser un museo a la manera de La historia del arte del profesor Gombrich. Territorios del arte contemporáneo tiene un carácter eminentemente comprehensivo, que busca esclarecer y fijar el significado de una serie de hitos que han ido conformando, eso sí, la historia del arte y la historia de su pensamiento crítico. De ahí que Juanes no mencione una serie de artistas menores que, a la hora de una valoración crítica objetiva, no podrían ocupar un mismo lugar al lado de Velázquez, Goya, Miguel Ángel o Leonardo, para referirme solamente a los pintores.
Pese a que el volumen en su totalidad es la transcripción, casi sin retoques, de una serie de programas radiofónicos que se transmitieron hace unos años por Radio Educación, el libro de Juanes posee una impecable coherencia programática que no da pie a la emergencia del azar en su exposición de los problemas del arte. Después de haber leído las casi 500 páginas del libro, me sorprendió aún más la capacidad de Juanes para improvisar sobre una serie de asuntos complejos, y organizarlos como si la serie obedeciera a las previsiones de un guión concebido de antemano. Esto sólo quiere decir que el libro funciona como libro, y admite algunas consideraciones sobre la calidad de su contenido y de su prosa. La prosa de Juanes, evidente no sólo en Territorios del arte contemporáneo sino en la prosa del conjunto de sus libros, tiene un carácter marcadamente oral. Cuando Juanes escribe —al menos así me lo imagino— se levanta de su silla, camina, hojea libros, mira algunos de los pocos cuadros que cuelgan de las paredes de su casa, vuelve a sentarse, sigue escribiendo durante largas rachas muy parecidas a espasmos o arranques de un vigoroso intelecto, contesta el teléfono, mira el aparato de televisión donde se transmite un partido del Real Madrid, escribe, lee en voz alta lo escrito, hace anotaciones en un bloc a rayas y vuelve a escribir con la energía concentrada de quien está poseído totalmente por su tema. Así, lo que prima en el estilo de Juanes es el gesto, o lo que Juanes, tomando prestada una metáfora al mundo de la pintura, llama “lo pulsional”. El cuerpo, el propio cuerpo está altamente involucrado en el proceso. Y éste es el significado último del infinitivo improvisar: la escritura, entendida como el vaso contenedor del pensamiento, se está haciendo a sí misma en el momento de ser transmitida de la mano al papel. Esto le confiere a los escritos de Juanes un considerable empuje y una vecindad con sus lectores: el lector no puede dejar de sentirse interpelado, e incluso “agredido”, por este hombre que se apasiona cuando habla y escribe de arte.
Juanes no deja nada en el tintero. Quiere abarcarlo y decirlo todo. Sin embargo, pese a sus énfasis y a las connotaciones complejas de los términos filosóficos que emplea, Territorios del arte contemporáneo es un libro polémico y abierto a las polaridades de la discusión. No es digresivo sino concentrado, hasta el punto de golpear sobre la mesa del escritorio con tal de poner los puntos sobre las íes y decirnos con todas sus letras y acentos que la crítica de arte no debe confundirse con la literatura ni con las ensoñaciones de los poetas que han escrito malamente sobre arte. La crítica de arte debe partir de la obra para generar un nuevo pensamiento y para volver a ella, generando con ello el efecto elusivo y preciso de un boomerang.
El programa, o el guión general al que obedece la secuencia episódica del libro de Juanes, tiene una marcada relación de interdependencia con los libros y los ensayos que Juanes ha publicado a lo largo de la última década. Libros sobre pintura y crítica del pensamiento a los que uno tiene que recurrir si busca encontrar detalles o elaboraciones más prolijas. Si Juanes hace énfasis en Hölderlin y lo poético-pensante es porque antes ha publicado un libro sobre el particular; o cuando habla de Goya y la naturaleza “desaseada” y corporal de su pintura, uno no puede evitar remitirse a su libro sobre Goya y la modernidad como catástrofe. Lo mismo sucede con Leonardo y algunos tópicos del Renacimiento y la pintura veneciana, en particular el problema del color y la carnación de las figuras en Giorgione. Con Dalí, con Pollock, con Artaud, con Kandinsky y con Duchamp, artistas a los que Juanes ha dedicado sendas monografías y que cita de cuando en cuando durante el desarrollo de su discurso radial. Sin embargo, las discusiones que podemos encontrar en este libro nos reservan sorpresas inéditas y momentos de gran apasionamiento en relación sobre todo con la obra de algunos pintores. Yo rescato los pasajes dedicados a Velázquez y san Juan de la Cruz o la conmovedora, por puntual, secuencia en la que Juanes refiere el modo en que está pintado un autorretrato de Rembrandt. La seriedad y los valores escuetos de su comentario a Las señoritas de Avignon me parecen un reflejo fidedigno del rango que Juanes le otorga a la crítica de arte: por encima de la interpretación, se encuentra el hecho irrefutable de la obra. El crítico debe palpar y observar antes que tratar de interpretar adecuadamente. Esto supone un alto grado de intimidad con el arte. Y el crítico, si de veras quiere serlo, debe ser partícipe activo de la obra. Pese a su título, Territorios del arte contemporáneo, algo me dice que Juanes se siente mucho más a gusto en compañía de los pintores de antaño que con los artistas de lo estrictamente nuevo y contemporáneo. Las mejores páginas del libro no en balde están consagradas a la plástica: mencioné a Picasso y a Velázquez. Y vale decir que la bibliografía de Juanes aún no ha contemplado un estudio sobre este último y los vasos comunicantes que se extienden de su obra a la de san Juan de la Cruz.
Territorios del arte contemporáneo es un ajuste de cuentas con la noción de que el arte es un asunto connatural a la existencia del hombre y a las circunvoluciones de su pensamiento. En reiteradas ocasiones a lo largo de su libro, Juanes nos recuerda que no hay arte sin pensamiento ni arte que excluya al cuerpo, aquello que Nietzsche llamaba la dimensión trágica del arte griego, esto es, la fusión de lo dionisiaco en lo apolíneo y la no cancelación de la forma sino lo opuesto: su emergencia y esplendor y su convivencia con lo atmosférico intangible de la idea. “El arte debe ser pensado siempre desde el arte y (...) el arte es en sí un incentivo para el pensamiento radical, libre, ajeno a los maniqueísmos de las posiciones de Verdad y de la política de los políticos”, dice Juanes en el Prólogo a su libro.
Al poner en perspectiva histórica a las artes tradicionales o heredadas, la pintura de caballete y la escultura de pedestal, y refiriendo el momento en que las artes se despojan de los soportes tradicionales y se abren a nuevas posibilidades de expresión, Juanes está definiendo su posición sobre el arte. Siguiendo a Nietzsche y a los poetas románticos alemanes, Juanes lo entiende como el lugar donde el hombre se juega su propio destino. Pero también como la encarnación de una esencia intelectual e intangible. Si no hay pensamiento, no hay arte; y viceversa. El momento actual, que supone la inoperatividad de los esquemas tradicionales de perfilar y reconfigurar el arte, se abre más que nunca a los horizontes de lo subjetivo. Ahora más que nunca el crítico o el pensador sobre el fenómeno artístico se ha convertido en un colaborador indispensable del artista. Y el libro de Juanes es un testimonio fehaciente de ello.
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