Basilio Belliard
(Fragmento)
La presentación del libro de un amigo es un acto de amistad y celebración y, desde luego, un acto social. Entraña una secreta admiración a la persona y a la obra del amigo —y más cuando se trata de un amigo extranjero—. De ahí que la amistad sea un supremo don del amor que supera la raza, la nación, la cultura, la lengua y la relación entre parejas —en la que hay una atracción física—. En la amistad hay un hallazgo de lo que no encontramos en el erotismo. Buscamos tener amigos para encontrar aquello que no tenemos y que necesitamos para vivir. La amistad nos permite conectarnos con el mundo para adquirir los valores que no encontramos en la educación doméstica; es, asimismo, la prolongación del hogar en el mundo exterior. Leyendo a John Dewey aprendí que la amistad es una experiencia estética. La prueba de fuego del aprendizaje original del hogar es la amistad, cuando abandonamos el vientre hogareño. La experiencia de la orfandad y la soledad la recompensamos con el calor de la amistad. Los valores del sentimiento crecen y se fortalecen fuera del ámbito de la casa paterna. La amistad es un acto de amor, pero el amor pocas veces se convierte en amistad. Tiene la fortaleza y el valor de lo que no muere con la distancia, contrario a la pasión erótica, que con la distancia se atenúa y hasta muere en el olvido. Los amigos son la cura del paso de los años; son el consuelo para la vejez. En la amistad literaria hay de por medio la admiración no tanto a un carácter y a una persona como a una obra y, por lo mismo, también genera celos y rivalidad. Por eso hay tan pocas amistades entre pares, iguales o colegas de un mismo oficio. La amistad es generosidad, libertad y solidaridad; también es egoísmo y dependencia. De ahí que los premios, los reconocimientos, los viajes y el dinero son los enemigos más peligrosos de la amistad entre colegas literarios. Cuando ganamos un amigo ganamos un presente; cuando lo perdemos, perdemos una memoria y un tiempo compartidos. Perdemos así el sentido de los días y las noches compartidos en el tiempo de nuestras vidas. Los fundamentos de la amistad son el respeto, la lealtad y la admiración. Y su alimento: la conversación; también el silencio y la distancia. El silencio es la distancia estratégica que reconforta y le da oxígeno a la vida amistosa. Nuestras vidas transcurren entre estar en familia y estar entre amigos. La soledad reclama el vínculo afectivo entre la vida en comunión y la vida del yo. Recordamos con infinita nostalgia los tiempos perdidos del pasado compartido entre los amigos más que cualquier otro tiempo. De ahí el valor de la amistad en la conformación de nuestro diario vivir, en la definición de nuestra personalidad y nuestro carácter. La soledad es la prueba de la necesidad de la amistad hasta que nos llega la muerte, la suprema y eterna soledad. La amistad es el fruto de lo que sembramos. Por eso se debe alimentar igual que a los cultivos. Dependiendo de lo que sembremos, cosechamos. En la carrera de ganar amigos también ganamos enemigos. Por eso no hay nadie que no tenga un enemigo. Sólo que hay quienes eligen a sus enemigos. El arte de la amistad consiste precisamente tanto en conquistar amigos como en elegir a sus enemigos. Los dos enemigos supremos de la amistad son el chisme y la indiscreción. La amistad no los tolera. Olvidamos viejos amigos de infancia y juventud, y ganamos amigos en la madurez y hasta en la vejez. Buscamos amigos más jóvenes y más viejos que uno para aprender de lo que no tenemos y de la experiencia ajena. En esa diferencia estriba muchas veces el oro de la amistad y su perdurabilidad.
Entre Adolfo Castañón y yo hay tres lustros de diferencia, pero entre ambos nació una amistad que se nutre con los encuentros y los reencuentros, en su tierra, México, y en la mía, Santo Domingo. También en la afición por los libros, los autores comunes y en la mutua admiración por Octavio Paz, Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, cuya amistad histórica se prolonga con y en nosotros.
Él ha venido seis veces a Santo Domingo y yo tres veces he ido a su tierra, sin contar las veces que he ido a la suya fuera de la ciudad capital. El golfo de la cuenca del Caribe nos distancia geográficamente, pero la pasión intelectual y literaria nos acerca. Sin embargo, la magia del correo electrónico y el teléfono mantiene viva la llama del diálogo y permanente la admiración. Yo, que tengo el privilegio de ser acaso, no sin orgullo, el dominicano que más conoce su obra —pues tengo la mayor parte de sus libros—, me siento en el deber de hablar, defender y promover su obra, sus ideas y su estilo. Hoy me regocijo en la pasión y satisfacción de presentar el libro Viaje a México, que recibió el codiciado premio Xavier Villaurrutia de México en 2008.
Cuando nos conocimos, en 1998, ya yo tenía noticias suyas, pues lo leía en la revista Vuelta mientras estudiaba en Nuevo México, adonde llegaba cada mes y yo acudía a leer sus páginas. Recuerdo que unas de las que más me conmovían —y lo admito— eran las de Adolfo Castañón. Recuerdo que nos vimos por primera vez en persona en el stand del FCE en la I Feria Internacional del Libro Santo Domingo —en 1998, esa vez dedicada a España—. Recuerdo que cuando me dijo su nombre de inmediato reaccioné, sorprendido, pues pensé que nunca lo vería en persona. Unos meses después leería una crónica en la revista Vuelta de esa experiencia, de su visita a Santo Domingo, y de cómo nos conocimos. De modo que fue él quien dio noticias de mí antes que yo de él, con lo que sentí un gran orgullo, pues ya no era un joven autor anónimo, de un libro publicado, sino un autor cuyo nombre había figurado ya en las páginas de aquella revista, que tanto contribuyó en mí a conocer las letras mexicanas, en mi formación literaria y en mantenerme al día sobre su acontecer cultural. Vivía aún Octavio Paz y recuerdo que me dijo —para mi alegría— que si le escribía yo una nota a Paz, él con gusto se la entregaría. Recuerdo que se la dejé, pero no estoy seguro si mi admirado maestro la recibió. Transcribo aquí un fragmento de su crónica de viaje publicada en la revista Vuelta sobre Santo Domingo, de su segundo viaje a tierra quisqueyana y del momento en que nos conocimos en el stand de la feria del libro: “Estaba yo resignado a ir a la biblioteca el último día —soy de una raza que prefiere las librerías insumisas a los disciplinados acervos públicos— cuando, el último día de mi paso, un encuentro inesperado me aligera el ánimo. Llego al lugar donde exhibíamos los libros del fce en la feria un joven escritor dominicano, Basilio Belliard, que me empezó a hacer plática hasta que dio con el santo de mi nombre y el apellido de mis señas.”
Recuerdo que él me preguntó: ¿y usted, qué escribe? Yo le dije: poesía y ensayos. Y me preguntó: ¿pues me puede dar algo que usted haya escrito? Le pasé un artículo que acababa de publicar en la prensa sobre Flaubert. Luego me dejó unos ejemplares de Vuelta que había traído sólo para que las hojeara, y que eran para su amiga —y amiga común— Soledad Álvarez.
Así empezó la historia de mi amistad que revivió cuando, al año siguiente, la Feria Internacional del Libro tuvo como país invitado de honor a México, y Castañón volvió como invitado especial. Dictó dos conferencias: una sobre literatura hispanoamericana y otra sobre Octavio Paz, y participó en un coloquio sobre Paz —el cual organicé—. Luego me regaló varios de sus libros dedicados.
Paso pues a lo que me invitó mi amigo, a la presentación de su libro Viaje a México, libro de crónicas, ensayos y retratos: viaje al corazón de su cultura, sus letras y su historia. Viajero que escruta, no sin pasión y delectación, las grutas y los signos de la vida cotidiana del México del presente y del pasado. Heredero de una tradición pródiga en hombres de letras y pensamiento, Adolfo Castañón semeja un farmacéutico cuya farmacia platónica maneja con patriarcal secreto de boticario. El amor por los libros le nace de su vocación de editor que traslada a su sacerdocio bibliofílico, distante de la vida académica y diplomática. Y ese amor por atesorar libros es la causa sagrada de su amor por la escritura. No brotan de su espíritu intelectual la vocación magisterial, pero sí, en cambio, su vocación de lector impenitente, investigador para sí mismo y estudioso de las lenguas como filólogo autodidacta: “Por la noche, este lector duerme con un ojo abierto, hojeando las instrucciones de sus clásicos y oteando el horizonte para ofrecer a las naves que se acercan una cogida en la tierra al amanecer.” Así lo ha descrito su discípulo y hermano literario Christopher Domínguez Michael.
A Castañón lo salva su libertad crítica. No asume ningún método. Ni lo importa de Europa ni de Estados Unidos; ni lo trae del mundo académico americano. Por eso no resuenan en su música crítica Harold Bloom, Paul de Man, Edward Said, Jacques Derrida, Roland Barthes, Umberto Eco o Julia Kristeva. Si acaso algún eco resuena, éste viene de Montaigne —su lejano maestro—, o de Alfonso Reyes —“el caballerro de la voz errante”, según sus palabras—. Quizá de Bataille, Blanchot y Roger Callois, me apresuro a decir.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Dos poemas
Alberto Blanco
VASO
Un
vaso
de vidrio
no es transparente
No
sólo el
vidrio es
claramente denso
El
vacío
también
tiene su espesor
La
luz que
lo atraviesa
se difracta al instante
Y
sigue
su camino
con leve alteración
Sin
que su
naturaleza
cambie para nada
Sin
nadie
que atestigüe
la plenitud del vacío
Su
nombre
es como un eco
del vaso que lo contiene
ESPEJO
Camino
y recuerdo
aquellas promesas
hechas a al calor de la pasión
Feliz
adolescente
con ánimo de complacer
a todos los que me rodeaban
Y hoy
muchos años
después de la promesa
¿qué es lo que queda en pie?
Yo
me lo
pregunto
sin hallar respuesta
Veo
de pronto
desperdigados
y brillando en la banqueta
Un
montón
de trozos de vidrio
de todas formas y tamaños
Veo
que ya
no existe
el espejo original
Pero
cada trozo
sigue reflejando
el mundo por completo
VASO
Un
vaso
de vidrio
no es transparente
No
sólo el
vidrio es
claramente denso
El
vacío
también
tiene su espesor
La
luz que
lo atraviesa
se difracta al instante
Y
sigue
su camino
con leve alteración
Sin
que su
naturaleza
cambie para nada
Sin
nadie
que atestigüe
la plenitud del vacío
Su
nombre
es como un eco
del vaso que lo contiene
ESPEJO
Camino
y recuerdo
aquellas promesas
hechas a al calor de la pasión
Feliz
adolescente
con ánimo de complacer
a todos los que me rodeaban
Y hoy
muchos años
después de la promesa
¿qué es lo que queda en pie?
Yo
me lo
pregunto
sin hallar respuesta
Veo
de pronto
desperdigados
y brillando en la banqueta
Un
montón
de trozos de vidrio
de todas formas y tamaños
Veo
que ya
no existe
el espejo original
Pero
cada trozo
sigue reflejando
el mundo por completo
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miércoles, 23 de septiembre de 2009
El corazon instantaneo de un poeta
Kimberly A. Eherenman
(Fragmento)
—Alberto, voy a empezar con la pregunta quizá más obvia de todas, ¿por qué titulaste al primer ciclo de doce libros de tu poesía El corazón del instante y qué representa para ti?
—Kim, tal vez pensarás que voy a dar un rodeo muy largo para responder a esta primera pregunta, pero hace muchos años alguien me preguntó: “Al escribir poesía, ¿cuál es tu tema?” Claro, es una de esas preguntas obligadas, pero yo nunca la había tomado en serio. Me quedé pensando, primero, que era una pregunta muy absurda... como si la poesía tuviera un tema o tuviera temas, y me pareció todavía más absurda la idea de que un poeta tuviera que apartar un tema para sí mismo o hacer un tema suyo como los pintores o seudopintores que pintan cuadros para vender en serie que se especializan en pintar vacas o en pintar puestas de sol en el mar o en pintar desnudos. Y mi primera reacción entonces fue decir: todos los temas... o ninguno. Pero no dije eso, me quedé callado pensando: “Bueno, de veras, ¿cuál es mi tema?¿Qué quiere decir “tema”?¿Por qué me parece tan absurda la pregunta? Y lo primero que tuve que reconocer, claramente, es que he escrito sobre todo. Pero, ¿qué quiere decir “sobre todo”? ¿O qué quiere decir escribir “sobre cualquier cosa”? Por principio de cuentas, uno no escribe “sobre cualquier cosa”. Realmente sólo he escrito cuando “algo” me pide que escriba: cuando una situación o un recuerdo o un ser o una visión me piden que escriba. Y eso siempre sucede como una llamada muy fuerte. Y esa llamada siempre acontece cuando uno está atento, cuando uno está despierto, porque si no, no se escucha. De tal manera que mi primera reacción habría sido decir: mi verdadero y único tema es esa llamada. Mi tema es escuchar esa llamada, de donde venga, si es ese avión que está pasando ahorita, o esa ardilla que pasó corriendo, o la fuente, o tú, o la grabadora, o mi respiración. No importa. O sí importa, pero no es a final de cuentas lo más importante. Lo que importa, para mí, es ese grado de atención que permite escuchar la llamada. Y ese grado de atención no es más que una manera de decir: estoy aquí, aquí, aquí, aquí despierto. De tal manera que entonces, después de pensar todo esto y más cosas, le respondí a la amiga que me preguntó, “¿cuál es tu tema?”, diciéndole nada más: “Este instante”. Y así es. Éste ha sido siempre mi tema. Y lo seguirá siendo, porque no conozco otra cosa. Sin embargo, con el paso del tiempo —¡ay, el tiempo, siempre el tiempo!— he tenido que reconocer que la puntualidad flamígera del instante se halla siempre contrapunteada por lo que el poeta galés Robert Graves llamaba el único tema de la poesía, “El Tema” (así, con mayúsculas) de toda la poesía: el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección del Dios del Año. A veces el Dios puede referirse a su ciclo diario como el Sol desde una aurora hasta la siguiente; a veces, a su ciclo anual, desde el solsticio de invierno hasta el otro solsticio de invierno con los meses como estaciones de su avance (doce meses: doce libros); y otras veces a ciclos mucho más grandes, como al ciclo de 52 años que constituía la base del sistema calendárico mesoamericano, o hasta el magno ciclo de 25 800 años alrededor del Zodiaco. Ahora, ¿qué quiere decir este instante? Parece que tiene que ver con el tiempo... pero tengo mis dudas. Es muy probable que este instante no tenga nada que ver con el tiempo. O con las ideas que de modo común y corriente tenemos acerca del tiempo. En todo caso, es evidente que este instante parecería tener mucho más que ver con el tiempo que con el espacio, que son nuestras dos grandes categorías. En este sentido El corazón del instante sería como un pleonasmo, una repetición casi innecesaria, pero que en este caso se justifica. Así como podemos concebir el instante como el centro del tiempo, podemos concebir el corazón como el centro del espacio. “El corazón del instante” es para mí el centro-centro. El doble centro. El centro del centro. Por eso, este libro, a diferencia de todos mis libros anteriores, no tiene una dedicatoria.* El título es ya, en sí mismo, la dedicación y el fin de la dedicatoria: al corazón del instante0.
—En la “Nota preliminar” de El corazón del instante tú dices que esta colección de poesía tuya constituye un ciclo completo de poemas, un ciclo de veinticinco años de producción poética, pero que no está organizado cronológicamente. Entonces, ¿cómo organizaste estos doce libros de poesía y por qué decidiste organizarlos de esta manera?
—Porque lo vi. Porque vi ese orden. Yo no lo organicé en el sentido absolutamente literal que se le puede dar a esta frase: “yo lo organicé”. La verdad es que yo no lo organicé.
—Se organizó.
—Exactamente, se organizó de esta manera. Sólo tuve la suerte de estar despierto el día en que me mandaron el esquema, la forma geométrica de este trabajo. Y eso sucedió hace mucho tiempo. Sucedió hace veinte años, más o menos. Y, por supuesto, entonces todavía no estaba escrito todo lo que contiene El corazón del instante. Pero yo ya me había dado cuenta desde mi primer libro, Giros de faros, que los poemas que yo escribía con absoluta libertad —y he de decir que siempre los he escrito con la más absoluta libertad— tenían sus propias opiniones respecto a cómo juntarse, con quién les gustaba estar cerca, con quiénes no, etc. De manera tal que descubrí muy pronto en mi escritura que estaba trabajando con series. En realidad, y eso lo escribí ayer, fíjate, cada pensamiento, cada aforismo, cada poema inaugura una serie. Pero una vez que tú ves una serie, es muy difícil que más adelante no reconozcas algún poema que pertenece a esa serie. Es como distinguir familias o especies. Y a mí eso me sorprendió mucho, mucho, cuando lo descubrí trabajando en mi primer libro. Y ese primer libro se organizó en siete capítulos. Se llama Giros de faros. Fue terminado de escribir en 1977 y fue publicado en 1979. Tiene 77 poemas. Está dividido en siete capítulos. Y sé que todo esto puede parecer muy obvio. Lo que no es obvio es que yo no le impuse esa estructura desde fuera. No fue que un día yo dije, “Voy a adoptar el número ‘siete’ como elemento estructurador de este libro”, sino que simple y sencillamente durante mucho tiempo fui apartando los poemas que me parecía que tenían que ver uno con otro. Todo esto lo pude ver más claro todavía después de un año de trabajo en el Centro Mexicano de Escritores, que en 1977 me dio una beca para terminar de escribir este libro. Allí lo pude someter a la lectura y la crítica de Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde en sesiones semanales de varias horas. Pero el trabajo siguió. Y durante años yo estuve tratando de distinguir esas familias o esas series. De manera tal que sí, me daba cuenta de que había una manera de organizar los poemas que ya no tenía que ver directamente con la escritura del poema sino que tenía que ver con la manera en que los poemas se combinan entre sí. Así que empecé a pensar en estructuras más largas, más complejas; en verdaderos super-poemas, vamos a decirlo de esta manera. Empecé a ver los poemas como parte de un poema más grande que, tarde o temprano, se iba a convertir en un capítulo de un libro. Y el paso siguiente era obvio. Empecé a ver los libros como parte de un poema todavía más grande. Y lo que vi en ese momento hace veinte años fue la forma de ese libro que es El corazón del instante. Lo vi. Simple y sencillamente lo vi. Vi la forma, vi la estructura, vi los doce libros, vi la secuencia, vi en qué orden podían aparecer. Algunos ni siquiera se habían comenzado a escribir, pero ya estaban en ciernes, en germen. Digamos que tuve la fe de creer en ese descubrimiento o en esa visión y se me concedió la paciencia para llevarlo a cabo. Así es que veinte años después puedo decir que sí era cierto, sí era verdad. En realidad y hasta la fecha, Kim, aunque he trabajado en otros libros, no he publicado más que dos libros: El corazón del instante es uno, y el otro se llama Cuenta de los guías. Cuenta de los guías es un libro de doscientos sesenta poemas en prosa que ya está publicado y que no forma parte de El corazón del instante. Estos dos libros son todo lo que he publicado de poesía hasta el día de hoy. Dos libros de poemas en 25 años no es una producción exagerada... ¿No te parece?
—Mi próxima pregunta iba a ser, ¿por qué hay doce colecciones de poesía en una?¿Qué tiene que ver el número doce y el significado del número doce con la idea de publicar un ciclo completo de poemas?
—El número doce, si queremos hacer una lectura simbólica de los números, una interpretación numerológica, es uno de esos números redondos por excelencia. Es un número asociado con la idea de ciclos. No sabemos desde cuándo. Desde luego, no es una invención personal, no es una invención moderna, no es una arbitrariedad. Nosotros no inventamos que el año tiene doce meses, por decir algo, y probablemente ni Pitágoras inventó en realidad que entre una nota y su nota gemela, una octava más arriba, hay doce notas de por medio: siete blancas y cinco negras. Esta idea de los ciclos de doce aparece en muchas mitologías, en muchas leyendas... y muchos ciclos tienen que ver con el número doce. Así que en cierto sentido resultaba muy natural que un ciclo se organizara sobre el número doce, pero podría haber sido un ciclo trabajado con otros números. Podía haber sido un ciclo de cuatro libros, podía haber sido un ciclo de siete, un ciclo de nueve, podía haber sido un ciclo de doce, de dieciocho, de veinticuatro, de treinta y seis, de cincuenta y dos, de sesenta y cuatro, de setenta y dos, de ciento ocho libros, yo qué sé. Yo he trabajado muchísimo con los números porque me gusta mucho la geometría. Me gustan mucho las formas. Y es imposible que alguien que está interesado en el arte en un momento dado no descubra la maravilla de las formas geométricas. Digamos que ésas son nuestras dos grandes alternativas de construcción: la vía de las formas geométricas, de los cristales; o la vía de las formas orgánicas completamente libres, llenas de curvas, y, en cierto sentido, aparentemente caprichosas: la de las llamas. El cristal y el fuego. Yo he trabajado en ambas formas y con ambas formas. En cierto sentido podría decir que si El corazón del instante es un libro organizado geométricamente, Cuenta de los guías es un libro organizado orgánicamente, por más que esto suene, otra vez como un pleonasmo.
—¿En qué sentido está organizado “orgánicamente”?
—Cuenta de los guías es un libro de poemas en prosa. El poema en prosa es un poema mucho más flexible, mucho más abierto que la generalidad de los poemas escritos en verso. Sin embargo, yo diría que los dos libros en su conjunto, es decir, los resultados de estos primeros veinte, veinticinco años de escritura, están muy claramente orientados del lado geométrico, del lado cristalino, formal, apolíneo. En realidad, la estructura de los dos libros está muy relacionada, pero esto ya nos llevaría a consideraciones de otro nivel y probablemente nos apartaría de la lectura de El corazón del instante.
—En la colección Antes de nacer, del año 1983, tú dices que “la voz es pluma / que el espíritu da / mientras brota luz”. Y además me dijiste hace poco que un poema es “una cajita de música hecha con palabras”. Entonces, para ti, ¿qué es un poema?
—Se pueden decir muchas cosas. Entre otras, las dos que tú acabas de citar. Un poema es un milagro. Un poema es un juguete del lenguaje que te demuestra que jugar es un juego muy serio, que vivir es un juego muy serio. Que si prefieres vivir tu vida como un ser humano en toda su plenitud, en toda su extensión y profundidad, es inevitable que en un momento dado te preguntes por las capacidades del lenguaje, que es lo que, en muchos sentidos, nos hace ser seres humanos. Así que una posible respuesta tendría que ver con el lenguaje. Sí, somos seres del lenguaje, somos seres de palabras o seres constituidos por la palabra en muchos sentidos. No somos pericos; o no todo el tiempo; o no todos o no nada más. Son muchas las tradiciones que imaginan el origen del mundo, del universo, o del hombre, como una palabra o como un sonido, como un Creador diciendo: “hágase”. Una orden en palabras, por palabras, a través de las palabras, con la palabra. Ahora mismo nos estamos comunicando con palabras. Habría que reflexionar sobre todo esto muy en serio... y muchos filósofos lo han hecho, y muchos poetas también. Me vienen a la mente, de inmediato, por citar un ejemplo, Wittgenstein, del lado de la filosofía, o Paul Valéry, del lado de la poesía. El mismo Octavio Paz. ¿Cuál es la relación entre pensamiento y lenguaje? ¿Podemos pensar sin palabras? ¿Podemos pensar sin lenguaje? ¿Qué quiere decir pensamientos sin lenguaje? ¿O pensamientos sin palabras? ¿Hay conocimiento sin lenguaje? Y si es así, ¿de qué conocimiento se trata? En todo caso me queda claro que la poesía, dentro del campo del lenguaje, es la punta de la lanza, la vanguardia, la utilización más riesgosa, más intensa, más intencionada, más aventurada, de las palabras. Para ver hasta dónde llega, hasta dónde da el lenguaje. ¿Qué podemos conocer y qué no a través de las palabras? Y lo que sucede con la poesía —y eso lo descubre uno en un poema— es que tal parece que en el límite del lenguaje un poema sería justamente un testimonio de que algo muy extraño y maravilloso sucede con las palabras. En el límite del lenguaje tal parece que el lenguaje se da la vuelta y te comienza a decir a ti. Estamos muy acostumbrados a usar las palabras como si nosotros fuéramos los dueños, como si nosotros tuviéramos las riendas y las palabras fueran un carro que podemos manejar hacia dónde nosotros queramos. Cualquier poeta sabe que en la poesía no sucede exactamente así. Y, de hecho, no costaría mucho trabajo llegar a plantear la idea contraria: que en la poesía es más bien el lenguaje el que le dice al poeta de qué se trata, qué es lo que quiere. ¿El lenguaje? ¿La Musa? ¿El inconsciente? ¿El espíritu? ¿El misterio? ¿El sueño? ¿La otredad? De todas formas son maneras muy extrañas de hablar. Porque, ¿qué quiere decir que el lenguaje nos dice? ¿Qué es lo que quiere decir? Sea lo que sea, un poema es un testimonio de esa inversión de flujos. ¿Cómo lo hace el lenguaje? Quién sabe... ¿Viste el salto que dio la ardilla?
—No.
—Ese salto en el vacío es lo que yo llamo “un acuerdo”.
—¿Es un tipo de salto dado a ciegas con mucha fe?
—Es un paso al frente. Es un brinco de lo conocido a lo que no conocemos. Un poema es como aquella flor de la que hablaba Samuel Coleridge, y que tanto le gustaba citar a Jorge Luis Borges. ¿Qué pasa si soñaste con que ibas al Paraíso y cuando despiertas hay una flor allí, abajo de la almohada, que trajiste de allá, del otro lado, de “la otra orilla”. Entonces, tu sueño fue real. Esa flor debajo de la almohada es un poema, evidentemente, puesto que ya ha sido dicha: esa flor fantástica es, no lo olvidemos, una flor escrita. Es una cajita de música que no deja de dar sorpresas. Pero es una cajita de música construida con palabras.
* Las dedicatorias de los libros anteriores de Alberto Blanco son las siguientes: En Giros de faros, “Al farero”. En Tras el rayo, “A la raíz del rayo”. En Cromos, “Al dador de forma y color.” En Canto a la sombra de los animales, “A la luz de los animales”. En El libro de los pájaros, “Al corazón del cielo”. Y en Materia prima, “Al más visible sonido de todos”.
(Fragmento)
—Alberto, voy a empezar con la pregunta quizá más obvia de todas, ¿por qué titulaste al primer ciclo de doce libros de tu poesía El corazón del instante y qué representa para ti?
—Kim, tal vez pensarás que voy a dar un rodeo muy largo para responder a esta primera pregunta, pero hace muchos años alguien me preguntó: “Al escribir poesía, ¿cuál es tu tema?” Claro, es una de esas preguntas obligadas, pero yo nunca la había tomado en serio. Me quedé pensando, primero, que era una pregunta muy absurda... como si la poesía tuviera un tema o tuviera temas, y me pareció todavía más absurda la idea de que un poeta tuviera que apartar un tema para sí mismo o hacer un tema suyo como los pintores o seudopintores que pintan cuadros para vender en serie que se especializan en pintar vacas o en pintar puestas de sol en el mar o en pintar desnudos. Y mi primera reacción entonces fue decir: todos los temas... o ninguno. Pero no dije eso, me quedé callado pensando: “Bueno, de veras, ¿cuál es mi tema?¿Qué quiere decir “tema”?¿Por qué me parece tan absurda la pregunta? Y lo primero que tuve que reconocer, claramente, es que he escrito sobre todo. Pero, ¿qué quiere decir “sobre todo”? ¿O qué quiere decir escribir “sobre cualquier cosa”? Por principio de cuentas, uno no escribe “sobre cualquier cosa”. Realmente sólo he escrito cuando “algo” me pide que escriba: cuando una situación o un recuerdo o un ser o una visión me piden que escriba. Y eso siempre sucede como una llamada muy fuerte. Y esa llamada siempre acontece cuando uno está atento, cuando uno está despierto, porque si no, no se escucha. De tal manera que mi primera reacción habría sido decir: mi verdadero y único tema es esa llamada. Mi tema es escuchar esa llamada, de donde venga, si es ese avión que está pasando ahorita, o esa ardilla que pasó corriendo, o la fuente, o tú, o la grabadora, o mi respiración. No importa. O sí importa, pero no es a final de cuentas lo más importante. Lo que importa, para mí, es ese grado de atención que permite escuchar la llamada. Y ese grado de atención no es más que una manera de decir: estoy aquí, aquí, aquí, aquí despierto. De tal manera que entonces, después de pensar todo esto y más cosas, le respondí a la amiga que me preguntó, “¿cuál es tu tema?”, diciéndole nada más: “Este instante”. Y así es. Éste ha sido siempre mi tema. Y lo seguirá siendo, porque no conozco otra cosa. Sin embargo, con el paso del tiempo —¡ay, el tiempo, siempre el tiempo!— he tenido que reconocer que la puntualidad flamígera del instante se halla siempre contrapunteada por lo que el poeta galés Robert Graves llamaba el único tema de la poesía, “El Tema” (así, con mayúsculas) de toda la poesía: el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección del Dios del Año. A veces el Dios puede referirse a su ciclo diario como el Sol desde una aurora hasta la siguiente; a veces, a su ciclo anual, desde el solsticio de invierno hasta el otro solsticio de invierno con los meses como estaciones de su avance (doce meses: doce libros); y otras veces a ciclos mucho más grandes, como al ciclo de 52 años que constituía la base del sistema calendárico mesoamericano, o hasta el magno ciclo de 25 800 años alrededor del Zodiaco. Ahora, ¿qué quiere decir este instante? Parece que tiene que ver con el tiempo... pero tengo mis dudas. Es muy probable que este instante no tenga nada que ver con el tiempo. O con las ideas que de modo común y corriente tenemos acerca del tiempo. En todo caso, es evidente que este instante parecería tener mucho más que ver con el tiempo que con el espacio, que son nuestras dos grandes categorías. En este sentido El corazón del instante sería como un pleonasmo, una repetición casi innecesaria, pero que en este caso se justifica. Así como podemos concebir el instante como el centro del tiempo, podemos concebir el corazón como el centro del espacio. “El corazón del instante” es para mí el centro-centro. El doble centro. El centro del centro. Por eso, este libro, a diferencia de todos mis libros anteriores, no tiene una dedicatoria.* El título es ya, en sí mismo, la dedicación y el fin de la dedicatoria: al corazón del instante0.
—En la “Nota preliminar” de El corazón del instante tú dices que esta colección de poesía tuya constituye un ciclo completo de poemas, un ciclo de veinticinco años de producción poética, pero que no está organizado cronológicamente. Entonces, ¿cómo organizaste estos doce libros de poesía y por qué decidiste organizarlos de esta manera?
—Porque lo vi. Porque vi ese orden. Yo no lo organicé en el sentido absolutamente literal que se le puede dar a esta frase: “yo lo organicé”. La verdad es que yo no lo organicé.
—Se organizó.
—Exactamente, se organizó de esta manera. Sólo tuve la suerte de estar despierto el día en que me mandaron el esquema, la forma geométrica de este trabajo. Y eso sucedió hace mucho tiempo. Sucedió hace veinte años, más o menos. Y, por supuesto, entonces todavía no estaba escrito todo lo que contiene El corazón del instante. Pero yo ya me había dado cuenta desde mi primer libro, Giros de faros, que los poemas que yo escribía con absoluta libertad —y he de decir que siempre los he escrito con la más absoluta libertad— tenían sus propias opiniones respecto a cómo juntarse, con quién les gustaba estar cerca, con quiénes no, etc. De manera tal que descubrí muy pronto en mi escritura que estaba trabajando con series. En realidad, y eso lo escribí ayer, fíjate, cada pensamiento, cada aforismo, cada poema inaugura una serie. Pero una vez que tú ves una serie, es muy difícil que más adelante no reconozcas algún poema que pertenece a esa serie. Es como distinguir familias o especies. Y a mí eso me sorprendió mucho, mucho, cuando lo descubrí trabajando en mi primer libro. Y ese primer libro se organizó en siete capítulos. Se llama Giros de faros. Fue terminado de escribir en 1977 y fue publicado en 1979. Tiene 77 poemas. Está dividido en siete capítulos. Y sé que todo esto puede parecer muy obvio. Lo que no es obvio es que yo no le impuse esa estructura desde fuera. No fue que un día yo dije, “Voy a adoptar el número ‘siete’ como elemento estructurador de este libro”, sino que simple y sencillamente durante mucho tiempo fui apartando los poemas que me parecía que tenían que ver uno con otro. Todo esto lo pude ver más claro todavía después de un año de trabajo en el Centro Mexicano de Escritores, que en 1977 me dio una beca para terminar de escribir este libro. Allí lo pude someter a la lectura y la crítica de Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Francisco Monterde en sesiones semanales de varias horas. Pero el trabajo siguió. Y durante años yo estuve tratando de distinguir esas familias o esas series. De manera tal que sí, me daba cuenta de que había una manera de organizar los poemas que ya no tenía que ver directamente con la escritura del poema sino que tenía que ver con la manera en que los poemas se combinan entre sí. Así que empecé a pensar en estructuras más largas, más complejas; en verdaderos super-poemas, vamos a decirlo de esta manera. Empecé a ver los poemas como parte de un poema más grande que, tarde o temprano, se iba a convertir en un capítulo de un libro. Y el paso siguiente era obvio. Empecé a ver los libros como parte de un poema todavía más grande. Y lo que vi en ese momento hace veinte años fue la forma de ese libro que es El corazón del instante. Lo vi. Simple y sencillamente lo vi. Vi la forma, vi la estructura, vi los doce libros, vi la secuencia, vi en qué orden podían aparecer. Algunos ni siquiera se habían comenzado a escribir, pero ya estaban en ciernes, en germen. Digamos que tuve la fe de creer en ese descubrimiento o en esa visión y se me concedió la paciencia para llevarlo a cabo. Así es que veinte años después puedo decir que sí era cierto, sí era verdad. En realidad y hasta la fecha, Kim, aunque he trabajado en otros libros, no he publicado más que dos libros: El corazón del instante es uno, y el otro se llama Cuenta de los guías. Cuenta de los guías es un libro de doscientos sesenta poemas en prosa que ya está publicado y que no forma parte de El corazón del instante. Estos dos libros son todo lo que he publicado de poesía hasta el día de hoy. Dos libros de poemas en 25 años no es una producción exagerada... ¿No te parece?
—Mi próxima pregunta iba a ser, ¿por qué hay doce colecciones de poesía en una?¿Qué tiene que ver el número doce y el significado del número doce con la idea de publicar un ciclo completo de poemas?
—El número doce, si queremos hacer una lectura simbólica de los números, una interpretación numerológica, es uno de esos números redondos por excelencia. Es un número asociado con la idea de ciclos. No sabemos desde cuándo. Desde luego, no es una invención personal, no es una invención moderna, no es una arbitrariedad. Nosotros no inventamos que el año tiene doce meses, por decir algo, y probablemente ni Pitágoras inventó en realidad que entre una nota y su nota gemela, una octava más arriba, hay doce notas de por medio: siete blancas y cinco negras. Esta idea de los ciclos de doce aparece en muchas mitologías, en muchas leyendas... y muchos ciclos tienen que ver con el número doce. Así que en cierto sentido resultaba muy natural que un ciclo se organizara sobre el número doce, pero podría haber sido un ciclo trabajado con otros números. Podía haber sido un ciclo de cuatro libros, podía haber sido un ciclo de siete, un ciclo de nueve, podía haber sido un ciclo de doce, de dieciocho, de veinticuatro, de treinta y seis, de cincuenta y dos, de sesenta y cuatro, de setenta y dos, de ciento ocho libros, yo qué sé. Yo he trabajado muchísimo con los números porque me gusta mucho la geometría. Me gustan mucho las formas. Y es imposible que alguien que está interesado en el arte en un momento dado no descubra la maravilla de las formas geométricas. Digamos que ésas son nuestras dos grandes alternativas de construcción: la vía de las formas geométricas, de los cristales; o la vía de las formas orgánicas completamente libres, llenas de curvas, y, en cierto sentido, aparentemente caprichosas: la de las llamas. El cristal y el fuego. Yo he trabajado en ambas formas y con ambas formas. En cierto sentido podría decir que si El corazón del instante es un libro organizado geométricamente, Cuenta de los guías es un libro organizado orgánicamente, por más que esto suene, otra vez como un pleonasmo.
—¿En qué sentido está organizado “orgánicamente”?
—Cuenta de los guías es un libro de poemas en prosa. El poema en prosa es un poema mucho más flexible, mucho más abierto que la generalidad de los poemas escritos en verso. Sin embargo, yo diría que los dos libros en su conjunto, es decir, los resultados de estos primeros veinte, veinticinco años de escritura, están muy claramente orientados del lado geométrico, del lado cristalino, formal, apolíneo. En realidad, la estructura de los dos libros está muy relacionada, pero esto ya nos llevaría a consideraciones de otro nivel y probablemente nos apartaría de la lectura de El corazón del instante.
—En la colección Antes de nacer, del año 1983, tú dices que “la voz es pluma / que el espíritu da / mientras brota luz”. Y además me dijiste hace poco que un poema es “una cajita de música hecha con palabras”. Entonces, para ti, ¿qué es un poema?
—Se pueden decir muchas cosas. Entre otras, las dos que tú acabas de citar. Un poema es un milagro. Un poema es un juguete del lenguaje que te demuestra que jugar es un juego muy serio, que vivir es un juego muy serio. Que si prefieres vivir tu vida como un ser humano en toda su plenitud, en toda su extensión y profundidad, es inevitable que en un momento dado te preguntes por las capacidades del lenguaje, que es lo que, en muchos sentidos, nos hace ser seres humanos. Así que una posible respuesta tendría que ver con el lenguaje. Sí, somos seres del lenguaje, somos seres de palabras o seres constituidos por la palabra en muchos sentidos. No somos pericos; o no todo el tiempo; o no todos o no nada más. Son muchas las tradiciones que imaginan el origen del mundo, del universo, o del hombre, como una palabra o como un sonido, como un Creador diciendo: “hágase”. Una orden en palabras, por palabras, a través de las palabras, con la palabra. Ahora mismo nos estamos comunicando con palabras. Habría que reflexionar sobre todo esto muy en serio... y muchos filósofos lo han hecho, y muchos poetas también. Me vienen a la mente, de inmediato, por citar un ejemplo, Wittgenstein, del lado de la filosofía, o Paul Valéry, del lado de la poesía. El mismo Octavio Paz. ¿Cuál es la relación entre pensamiento y lenguaje? ¿Podemos pensar sin palabras? ¿Podemos pensar sin lenguaje? ¿Qué quiere decir pensamientos sin lenguaje? ¿O pensamientos sin palabras? ¿Hay conocimiento sin lenguaje? Y si es así, ¿de qué conocimiento se trata? En todo caso me queda claro que la poesía, dentro del campo del lenguaje, es la punta de la lanza, la vanguardia, la utilización más riesgosa, más intensa, más intencionada, más aventurada, de las palabras. Para ver hasta dónde llega, hasta dónde da el lenguaje. ¿Qué podemos conocer y qué no a través de las palabras? Y lo que sucede con la poesía —y eso lo descubre uno en un poema— es que tal parece que en el límite del lenguaje un poema sería justamente un testimonio de que algo muy extraño y maravilloso sucede con las palabras. En el límite del lenguaje tal parece que el lenguaje se da la vuelta y te comienza a decir a ti. Estamos muy acostumbrados a usar las palabras como si nosotros fuéramos los dueños, como si nosotros tuviéramos las riendas y las palabras fueran un carro que podemos manejar hacia dónde nosotros queramos. Cualquier poeta sabe que en la poesía no sucede exactamente así. Y, de hecho, no costaría mucho trabajo llegar a plantear la idea contraria: que en la poesía es más bien el lenguaje el que le dice al poeta de qué se trata, qué es lo que quiere. ¿El lenguaje? ¿La Musa? ¿El inconsciente? ¿El espíritu? ¿El misterio? ¿El sueño? ¿La otredad? De todas formas son maneras muy extrañas de hablar. Porque, ¿qué quiere decir que el lenguaje nos dice? ¿Qué es lo que quiere decir? Sea lo que sea, un poema es un testimonio de esa inversión de flujos. ¿Cómo lo hace el lenguaje? Quién sabe... ¿Viste el salto que dio la ardilla?
—No.
—Ese salto en el vacío es lo que yo llamo “un acuerdo”.
—¿Es un tipo de salto dado a ciegas con mucha fe?
—Es un paso al frente. Es un brinco de lo conocido a lo que no conocemos. Un poema es como aquella flor de la que hablaba Samuel Coleridge, y que tanto le gustaba citar a Jorge Luis Borges. ¿Qué pasa si soñaste con que ibas al Paraíso y cuando despiertas hay una flor allí, abajo de la almohada, que trajiste de allá, del otro lado, de “la otra orilla”. Entonces, tu sueño fue real. Esa flor debajo de la almohada es un poema, evidentemente, puesto que ya ha sido dicha: esa flor fantástica es, no lo olvidemos, una flor escrita. Es una cajita de música que no deja de dar sorpresas. Pero es una cajita de música construida con palabras.
* Las dedicatorias de los libros anteriores de Alberto Blanco son las siguientes: En Giros de faros, “Al farero”. En Tras el rayo, “A la raíz del rayo”. En Cromos, “Al dador de forma y color.” En Canto a la sombra de los animales, “A la luz de los animales”. En El libro de los pájaros, “Al corazón del cielo”. Y en Materia prima, “Al más visible sonido de todos”.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Rito de paso
Alejandro Badillo
(Fragmento)
I
Miro la carretera. Desde hace varios minutos no pasan autos. Algunos matorrales espinosos en las orillas. Bajo las botas, el asfalto, un caldero. Después de caminar un rato el mundo se vuelve amarillo y el cuerpo, como vela, se consume. No sé cuánto tiempo llevo caminando. En mi cabeza sólo hay fragmentos: la sombra de un árbol, la tormenta de luz que evade las cortinas, los zapatos a un lado de la cama. El alboroto del polvo alrededor de la casa. La hojarasca. Siento el peso de mis manos. En la mañana las miré, pálidas y flacas. Las llevé a la luz. Ahora cuelgan a los lados, como ramas secas. Ayer soñé que caminaba en la carretera. Soñé que sus orillas estaban sembradas con perros muertos. Todos amarillos, como flores. Miraba con interés los carcomidos huesos. Moscas hacían guarida en ellos, las habilidosas se encaramaban a los afilados. La imagen de los esqueletos me despertó. Medio ahogado por el sudor, me levanté de la cama. La madrugada aún pesaba en el cuarto. Pensé que, en medio del llano, la soledad me estaba dañando. Como suave veneno. Como un secreto guardado largo tiempo. Apenas amaneciera iría al pueblo.
Camino en la incandescencia. A la distancia los árboles. Cuervos lustrosos de sol, en sus ramas. Extiendo el brazo y mantengo el pulgar arriba. El gesto es sólo un consuelo porque no pasan autos. Como en el sueño el camino es desierto y nada hace ruido, ni los cuervos ni las piedritas que el viento empuja por el llano. En la carretera sólo fantasmas. Mi figura empecinada, hundida en el resplandor, única habitante, entonces.
II
Una camioneta se detiene. Un hombre gordo se asoma por la ventanilla. Sus ojos son como los de los peces, cansados de mirar las mismas cosas. Las horas muertas, quizás. El lento latido del tiempo.
—¿A dónde va?
—Al pueblo
El hombre sonríe. El sol le baña los ojos. Por un instante me pierde de vista. Mueve torpe la cabeza, ciego de sol. Busca entre incandescencias mi rostro. Al fin, cuando me encuentra, me dice:
—Entre, parece que está penando.
Subo a la cabina. En la nariz un olor a quemado. Espero humo entre nosotros, densos nubarrones. Sin embargo nada ocurre. Al hombre le brilla, como pavesa, la calva. Densas gotas de sudor le brotan en ella. Se le derraman en las cejas. Entreabre la boca. Imagino la desolación de los dientes, los afilados colmillos.
—Puros fantasmas en el pueblo, ¿no? —me dice
—Me levanté con ganas de ir —le confío.
—Nadie quiere ir.
—A lo mejor hay mujeres, algunos perros.
El hombre suspira.
—Allá usted, sólo tengo que informarle una cosa.
—Dígame.
—Antes del pueblo, voy a una casa. ¿Le importa?
III
El hombre se aplaca con una mano los bigotes, mira sus uñas mientras maneja; también el infinito, allá, en el borde de la carretera, desmoronándose entre los matorrales. La camioneta rechina. Vibra el volante, la palanca de velocidades, el cuarteado espejo. En la cabina baila el polvo. Un rosario golpea, como obsesiva mosca, una y otra vez los cristales. Nuestros ojos esperan nubes. Las nubes, desde hace tiempo, malabares de la mente, trucos de magia para inocentes. El hombre me dice:
—Ya mero llegamos, no desespere.
—No se preocupe, no tengo prisa.
Intento añadir algo pero las palabras se me atoran en la boca. A veces las voces empeoran las cosas. A veces sólo puedo mirar. Y el aire tibio llega a mi rostro y su mano comedida me seca los labios. La mirada del hombre abandona el camino. Pone los ojos a volar. Los lleva, leves, a sus ensoñaciones. En su rostro, de repente, una sonrisa
—¿Qué opina? —me dice el hombre sin mirarme.
—¿De qué?
—Del pueblo.
—No sé, hace mucho tiempo que no voy
—Por eso —insiste—, ¿cómo lo imagina?
Las palabras del hombre me molestan. Son como dardos en vuelo. Como aguijones. Miro el breve espacio entre mis manos. También elevo los ojos pero no para recordar, sino para evitar al hombre, sus gestos. Para borrarlos después de mi memoria.
—Recuerdo una tienda de ropa, un viejo que empujaba un carrito de nieves. Nada más —digo por decir.
—Muy bien… algo es algo —dice
—¿Es importante?
—Uno nunca sabe.
La aguja del velocímetro vibra. El hombre acelera. El sonido del motor nos llena los oídos. Ráfagas de aire entran por las ventanas y nos brindan consuelo. El cuello de la camisa blanca le vuela. Varios papeles, víctimas del soplido, aletean en la cabina. Por el espejo lateral, el paisaje se distorsiona. Afuera la herrumbre. El papelerío cunde en la cabina, aves espantadas tenemos. Pero el hombre no le da importancia. Negado al mundo, como embelesado, con un gozo vivo en el cuerpo. Y un silbido que tiembla en sus labios, coronando su silencio.
—Uno nunca sabe —repite y mira el horizonte de la carretera.
(Fragmento)
I
Miro la carretera. Desde hace varios minutos no pasan autos. Algunos matorrales espinosos en las orillas. Bajo las botas, el asfalto, un caldero. Después de caminar un rato el mundo se vuelve amarillo y el cuerpo, como vela, se consume. No sé cuánto tiempo llevo caminando. En mi cabeza sólo hay fragmentos: la sombra de un árbol, la tormenta de luz que evade las cortinas, los zapatos a un lado de la cama. El alboroto del polvo alrededor de la casa. La hojarasca. Siento el peso de mis manos. En la mañana las miré, pálidas y flacas. Las llevé a la luz. Ahora cuelgan a los lados, como ramas secas. Ayer soñé que caminaba en la carretera. Soñé que sus orillas estaban sembradas con perros muertos. Todos amarillos, como flores. Miraba con interés los carcomidos huesos. Moscas hacían guarida en ellos, las habilidosas se encaramaban a los afilados. La imagen de los esqueletos me despertó. Medio ahogado por el sudor, me levanté de la cama. La madrugada aún pesaba en el cuarto. Pensé que, en medio del llano, la soledad me estaba dañando. Como suave veneno. Como un secreto guardado largo tiempo. Apenas amaneciera iría al pueblo.
Camino en la incandescencia. A la distancia los árboles. Cuervos lustrosos de sol, en sus ramas. Extiendo el brazo y mantengo el pulgar arriba. El gesto es sólo un consuelo porque no pasan autos. Como en el sueño el camino es desierto y nada hace ruido, ni los cuervos ni las piedritas que el viento empuja por el llano. En la carretera sólo fantasmas. Mi figura empecinada, hundida en el resplandor, única habitante, entonces.
II
Una camioneta se detiene. Un hombre gordo se asoma por la ventanilla. Sus ojos son como los de los peces, cansados de mirar las mismas cosas. Las horas muertas, quizás. El lento latido del tiempo.
—¿A dónde va?
—Al pueblo
El hombre sonríe. El sol le baña los ojos. Por un instante me pierde de vista. Mueve torpe la cabeza, ciego de sol. Busca entre incandescencias mi rostro. Al fin, cuando me encuentra, me dice:
—Entre, parece que está penando.
Subo a la cabina. En la nariz un olor a quemado. Espero humo entre nosotros, densos nubarrones. Sin embargo nada ocurre. Al hombre le brilla, como pavesa, la calva. Densas gotas de sudor le brotan en ella. Se le derraman en las cejas. Entreabre la boca. Imagino la desolación de los dientes, los afilados colmillos.
—Puros fantasmas en el pueblo, ¿no? —me dice
—Me levanté con ganas de ir —le confío.
—Nadie quiere ir.
—A lo mejor hay mujeres, algunos perros.
El hombre suspira.
—Allá usted, sólo tengo que informarle una cosa.
—Dígame.
—Antes del pueblo, voy a una casa. ¿Le importa?
III
El hombre se aplaca con una mano los bigotes, mira sus uñas mientras maneja; también el infinito, allá, en el borde de la carretera, desmoronándose entre los matorrales. La camioneta rechina. Vibra el volante, la palanca de velocidades, el cuarteado espejo. En la cabina baila el polvo. Un rosario golpea, como obsesiva mosca, una y otra vez los cristales. Nuestros ojos esperan nubes. Las nubes, desde hace tiempo, malabares de la mente, trucos de magia para inocentes. El hombre me dice:
—Ya mero llegamos, no desespere.
—No se preocupe, no tengo prisa.
Intento añadir algo pero las palabras se me atoran en la boca. A veces las voces empeoran las cosas. A veces sólo puedo mirar. Y el aire tibio llega a mi rostro y su mano comedida me seca los labios. La mirada del hombre abandona el camino. Pone los ojos a volar. Los lleva, leves, a sus ensoñaciones. En su rostro, de repente, una sonrisa
—¿Qué opina? —me dice el hombre sin mirarme.
—¿De qué?
—Del pueblo.
—No sé, hace mucho tiempo que no voy
—Por eso —insiste—, ¿cómo lo imagina?
Las palabras del hombre me molestan. Son como dardos en vuelo. Como aguijones. Miro el breve espacio entre mis manos. También elevo los ojos pero no para recordar, sino para evitar al hombre, sus gestos. Para borrarlos después de mi memoria.
—Recuerdo una tienda de ropa, un viejo que empujaba un carrito de nieves. Nada más —digo por decir.
—Muy bien… algo es algo —dice
—¿Es importante?
—Uno nunca sabe.
La aguja del velocímetro vibra. El hombre acelera. El sonido del motor nos llena los oídos. Ráfagas de aire entran por las ventanas y nos brindan consuelo. El cuello de la camisa blanca le vuela. Varios papeles, víctimas del soplido, aletean en la cabina. Por el espejo lateral, el paisaje se distorsiona. Afuera la herrumbre. El papelerío cunde en la cabina, aves espantadas tenemos. Pero el hombre no le da importancia. Negado al mundo, como embelesado, con un gozo vivo en el cuerpo. Y un silbido que tiembla en sus labios, coronando su silencio.
—Uno nunca sabe —repite y mira el horizonte de la carretera.
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