Julián Herbert
(Fragmento)
Alí Calderón et al., La luz que va dando nombre. Veinte años de la poesía última en México (1965-1985), Secretaría de Cultura de Puebla, México, 2007, 208 pp.
Otra compilación llega a los estantes de lírica nacional: La luz que va dando nombre. Veinte años de la poesía última en México (1965-1985), coordinado por Alí Calderón en coautoría con Jorge Mendoza, Álvaro Solís y Antonio Escobar. Incluye un prólogo de atildada redacción, una puntual bibliografía y 176 páginas de poemas. No me parece que se trate de un volumen necesario, aunque sí interesante. Lo comentaré resaltando sus virtudes, describiendo lo que percibo como debilidades en su propuesta crítica y, por último, haciendo un apunte sobre su recepción entre un sector de jóvenes lectores.
Creo que su mayor logro es la brevedad: en 201 páginas presenta a más de 60 poetas mexicanos nacidos entre 1965 y 1985. Cumple asimismo, aunque en forma parcial, con una de las tesis suscritas por los autores: ser “estéticamente incluyente”. Desde una apreciación impresionista, la muestra me parece irregular: junto a poemas que me gustan encuentro igual cantidad de malos chistes, obviedades, orejas de artillero, cursilerías; ser incluyente y riguroso a la vez es un precepto intelectual que linda con lo utópico. Sin embargo los antologadores nos han corrido la cortesía de escoger textos medianamente aliñados —a diferencia de colecciones como Las afinidades electivas / las elecciones afectivas o Eco de voces, cuyos afanes democráticos pasan a veces no sólo por encima del sectarismo: también de la gramática. El prólogo, como ya dije, ha sido escrito con pulcritud. Y hago esta precisión: estoy hablando de la efectividad expositiva de la prosa, no del valor de verdad de sus afirmaciones —mayoritariamente falsas. [1]
El trabajo en cuestión quiere fundamentar sus tesis en las ciencias del lenguaje. Por eso lo interrogo a partir de la lógica.
La primera contradicción aparece entre el nombre propio o descripción del objeto y uno de sus nombres conceptuales o predicados (valga decir: una de sus funciones). Se nos ha dicho que La luz que va dando nombre. Veinte años de la poesía última en México (1965-1985) “Es una antología de poemas, no de poetas”. Si esto es verdadero, ¿por qué los límites del conjunto radican en las fechas de nacimiento de los autores incluidos y no en las fechas de publicación de los poemas seleccionados?... Una anomalía subsidiaria surge del presupuesto de que se compilarán veinte años de poesía y no veinte años de poetas, cuando todos los textos seleccionados fueron compuestos en fecha posterior a 1985. Ergo, una de las afirmaciones sobre las que descansa todo el sistema (“una antología de poemas, no de poetas”) es falsa.
En otro pasaje, los autores se desmarcan de antologías anteriores (Poetas de una generación 1940-1949; Eco de voces) por considerar que en ellas persiste “el arbitrario criterio —aunque operativo— de fijar generaciones literarias según el decenio en que nacieron los poetas recopilados”. Y abundan: “este modus operandi (...) confunde dos niveles de la comunicación: el acto de enunciar (…) con (…) el enunciado. (…) lo que leemos en estas obras nos habla más del antologador que de los poemas seleccionados”. Para trascender esta carencia, La luz… propone ocho lenguajes literarios que caracterizarían a la “poesía última en México”: connotación de sentimientos; trabajo del significante; neobarroco; imágenes de la naturaleza; música; humor/ironía; automatismo; slang citadino.
¿Pueden las ciencias del lenguaje avalar que son estas categorías y no otras los que dominan la norma de la poesía mexicana reciente? ¿De qué conjunto universo se ha extraído la noción de que su pertinencia es más clara que la de cualquier otra descripción? ¿Cuál es el proceso analítico que las reveló como más eficientes o precisas que, pongo por caso, los cuatro puntos cardinales propuestos por Jorge Fernández Granados en 1999?[2] No encuentro en el prólogo respuesta a tales interrogantes. Entre las dos principales funciones o nombres conceptuales de la antología (ser “estéticamente incluyente”; partir de los poemas y no de los poetas) y la fijación de estos ocho “lenguajes literarios que aparecen con mayor claridad en la poesía mexicana más reciente” se abre una laguna de la reflexión en tanto que proceso funcional: la hipótesis deviene tesis sin que en el proceso medie demostración alguna. No hay descripción del objeto de estudio; hay entelequia: estos lenguajes literarios “aparecen con mayor claridad” sólo porque así lo han decidido, unilateralmente, los redactores del prólogo. Se trata de una arbitrariedad operativa. Lo que me hace preguntar: ¿no nos habla esta descripción más de los antologadores que de los poemas seleccionados, más del “acto enunciatorio” que de “lo enunciado”? ¿No nos devuelve este enfoque a criterios que la propia antología considera caducos?
Al ser cuestionado sobre la ausencia en el volumen de ciertos autores, Alí Calderón respondió hace poco: “Hay nombres que no aparecen porque sus poemas no eran nítidos en cuanto a lenguaje literario; a veces no aparecen porque los poemas simple y sencillamente no nos gustaron ni nos parecieron meritorios; a veces, simplemente, no conocíamos a los poetas”.[3] El segundo y tercer argumentos me parecen incontestables; el primero en cambio (“sus poemas no eran nítidos en cuanto a lenguaje literario”) no sólo me parece absurdo, sino que manifiesta la ignorancia de Calderón en materia académica. Un elemento básico de la metodología de la investigación cualitativa es éste: si las categorías que has establecido resultan discordantes con el fenómeno, la carencia radica en el método y no en aquello que se analiza. Dicho de otro modo: si los poemas de autores meritorios “no eran nítidos” es porque las categorías resultaron insuficientes o no eran las adecuadas. Usualmente no le reprocharía esto a un antologador; pero quienes firman el prólogo de La luz… han pretendido blindarse frente a opiniones adversas recurriendo a un engreído discurso académico; lo que les abre un flanco del que quizá no son conscientes: su debilidad como teóricos (y sobre todo como investigadores).
[1] Mi opinión puede sonar autoritaria; los compiladores han amparado su discurso bajo esta matadora cita de Nietzsche: “no hay hechos, sólo interpretaciones”. Como enseguida puntualizo, mi forma de enunciar en este escrito es determinada por la lógica (no un hecho: una interpretación). Por otra parte, no puedo suscribir aquí la frase del filósofo alemán por mucho que me agrade su sentido democrático, pues me parece un sofisma. A menos que estemos dispuestos a aceptar que las guerras de exterminio étnico son un servicio a la comunidad, o que la violación de una mujer es sexo rudo y no un crimen, o que Andrés Manuel ejerce en México el Poder Ejecutivo. No estoy preparado para tal relativismo ético e intelectual.
[2] La descripción de JFG es citada por los autores de La luz que va dando nombre: “norte, cultivadores de la imagen; sur, poesía referencial o de la experiencia; este, minimalismo o poesía del intelecto; oeste, constructores del lenguaje”. (p. 9). Este esquema no sólo es más sencillo: posee una línea de pensamiento lógico evidente. Parte de la funcionalidad lingüística tal y como la describe Jakobson en “Lingüística y poética” (función referencial: poesía de la experiencia; función metalingüística: constructores del lenguaje) y se complementa con la noción Sistema Simbólico establecida por la semiótica general (poesía del intelecto; poesía de imágenes). Cfr. Roman Jakobson, Ensayos de lingüística general, Ariel, España, 1984, pp. 347-395; Mauricio Beuchot, Elementos de semiótica, UNAM, México, 1979; Umberto Eco, La definición del arte, Roca, España, 1990.
[3] En www.laseleccionesafectivasmexico.blogspot.com. Entrada correspondiente a Alí Calderón.
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miércoles, 6 de febrero de 2008
martes, 30 de octubre de 2007
Respuesta a Julián Herbert*
Jorge Fernández Granados
Mi texto titulado Panoramas perversos o acerca de la construcción artificial del prestigio, que se publicó en el número 145 de la revista Tierra Adentro, no es un estudio exhaustivo sobre el tema, ni siquiera un ensayo preparado exprofeso para dicha publicación. Se trata simplemente del penúltimo capítulo de un libro de ensayo en proceso titulado De cánones (Versiones y perversiones del canon en la poesía mexicana finisecular. 1966-2006). En esta obra se dedican los capítulos centrales al estudio —este sí a fondo— de tres antologías: Poesía en movimiento (1966) de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis; y dos realizadas por Gabriel Zaid: Ómnibus de poesía mexicana (1971) y Asamblea de poetas jóvenes de México (1980). Cuando el número de marras de Tierra Adentro estaba en proyecto me fue solicitada una colaboración, de ser posible con “un texto de crítica, polémico o provocador, sobre el tema de la poesía reciente en nuestro país”. Propuse entonces, abreviado y adaptado para el caso, este penúltimo capítulo del conjunto puesto que en él abordo a grandes rasgos este tema y asimismo porque considero —y lo sigo haciendo— que no ha habido una antología que haya no digamos superado sino siquiera continuado competentemente alguna de estas tres célebres compilaciones en México. Veo, por las extensas apostillas de mi colega (más numerosas que las del artículo aludido) que cumplí por lo menos con esa expectativa.
Posiblemente por esta falta de un adecuado marco de referencia para leer el artículo, mi colega, sin mediar alusión alguna a su persona, apresuradamente “se pone el saco” y sobreinterpreta mis comentarios. El horizonte al que ahí yo me refiero abarca casi treinta años y más de cien antologías, compendios, muestras y panoramas de la poesía mexicana publicados tanto en el país como en el extranjero. A decir verdad, poco qué ver con la —por cierto tan narcisista— bibliografía que él cita.
Por un lado, supongo que implica cierto honor ser leído tan acuciosamente hasta en un artículo de circunstancia pero, por otro, el resultado es una comedia de enredos: hablo de una cordillera donde él consigna tres colinas. La culpa es en parte mía: generalizo, no paso la lista de títulos y nombres, omito objetos específicos. Por supuesto, ¿hay un método más ágil para abarcar de un vistazo una cordillera?
En fin, de la prosa pasional de aquellas apostillas logro extraer sin embargo los siguientes nodos obsesivos que conviene despejar:
Ambigüedad metodológica: No hay tal. Nunca he hecho crítica “sobre las rodillas” porque, justamente, es lo que me empeño en denunciar en mi ensayo. De cánones... parte, desarrolla y concluye sus tesis a lo largo de varios capítulos. Ofrezco como es debido al final del libro (y en cualquier momento a mi colega, si la requiere) la bibliografía completa del tema. Por obvias razones de espacio —pero sobre todo de sentido común— no era la revista Tierra Adentro el lugar idóneo para publicarla.
Indefinición del objeto de estudio: El objeto no de estudio sino apenas de un puñado de comentarios con toda intención muy generales son las antologías de poesía mexicana publicadas a partir de 1980. Nunca pretendí ni podría pretender agotar este tema en un capítulo y menos aún en un artículo. Parto, eso sí, de una tesis central en dicho texto. Al respecto, y puesto que mi colega se detiene en todo menos en ella, no me queda menos que reiterarla: “Por rigurosa, rentable o ‘bienintencionada’ que sea, toda antología oculta su verdadera naturaleza: es a fin de cuentas un ejercicio de poder. Un sometimiento, disfrazado de gusto estético, de una vasta realidad extensa, mayor y verdadera, a una realidad acotada, que supone no sólo contener o representar a aquélla sino corregirla.”
Anatematización del género: Es inexacto que acepte o rechace “en bloque” este tipo de publicaciones. Es verdadero que detecto en la mayoría de ellas motivaciones más o menos comunes y subterfugios literarios que a mí me resultan cuestionables en su origen. Señalo con toda puntualidad tres, que también aquí reitero (pues me parecen de absoluta vigencia, por desgracia, en el medio literario):
¿Cuales son, específicamente, los mecanismos de poder que una antología conlleva? Sin dejar de reconocer, como he pretendido en este ensayo, sus excepciones, esto es, las genuinas empresas intelectuales y los valiosos instrumentos de crítica literaria que hay en algunas, observo tres constantes en casi todas ellas:
1. De entrada, su autor, o autores, incurren en un espejismo jerárquico: quien se propone como juez busca imponerse como depositario de la justicia. Aún en el caso de acertar en sus evaluaciones, es innegable que parte de una sobrevaloración de la autoridad de su propio juicio, la cual lo lleva —por ingenuidad, protagonismo o pura ambición— a confundirlo con la verdad. En otros términos, el más infantil de los sofismas: “lo que me gusta es bueno y es bueno porque me gusta”.
2. Enseguida, el afianzamiento de un reducto doctrinario: nadie hace una antología contra sí mismo; por el contrario, suele ser una proyectiva apología. Lo que su autor afirma entre líneas con ella es entre otras cosas el árbol genealógico de su gusto (y de paso de su propia obra literaria, cuando ésta existe). Aunque procure revestir esta doctrina de una desinteresada pasión crítica, obedece a una indirecta estrategia de legitimación.
3. Por último, la motivación menos sutil y más común: figurar. Aparecer a como dé lugar en un escenario del que se teme ser excluido. Quien realiza una antología sabe que es otro modo de hacerse presente en un epicentro literario. Se adivina la doble moral del anfitrión: el único invitado sin invitación puesto que es el convocador de la fiesta. Aún en el caso de no incluirse, es evidente que quien firma una obra de este tipo se ha incluido a sí mismo, desde una agazapada posición de autoridad.
* Un fragmento del artículo de Julián Herbert puede consultarse en el archivo del mes de julio, en este blog.
Mi texto titulado Panoramas perversos o acerca de la construcción artificial del prestigio, que se publicó en el número 145 de la revista Tierra Adentro, no es un estudio exhaustivo sobre el tema, ni siquiera un ensayo preparado exprofeso para dicha publicación. Se trata simplemente del penúltimo capítulo de un libro de ensayo en proceso titulado De cánones (Versiones y perversiones del canon en la poesía mexicana finisecular. 1966-2006). En esta obra se dedican los capítulos centrales al estudio —este sí a fondo— de tres antologías: Poesía en movimiento (1966) de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis; y dos realizadas por Gabriel Zaid: Ómnibus de poesía mexicana (1971) y Asamblea de poetas jóvenes de México (1980). Cuando el número de marras de Tierra Adentro estaba en proyecto me fue solicitada una colaboración, de ser posible con “un texto de crítica, polémico o provocador, sobre el tema de la poesía reciente en nuestro país”. Propuse entonces, abreviado y adaptado para el caso, este penúltimo capítulo del conjunto puesto que en él abordo a grandes rasgos este tema y asimismo porque considero —y lo sigo haciendo— que no ha habido una antología que haya no digamos superado sino siquiera continuado competentemente alguna de estas tres célebres compilaciones en México. Veo, por las extensas apostillas de mi colega (más numerosas que las del artículo aludido) que cumplí por lo menos con esa expectativa.
Posiblemente por esta falta de un adecuado marco de referencia para leer el artículo, mi colega, sin mediar alusión alguna a su persona, apresuradamente “se pone el saco” y sobreinterpreta mis comentarios. El horizonte al que ahí yo me refiero abarca casi treinta años y más de cien antologías, compendios, muestras y panoramas de la poesía mexicana publicados tanto en el país como en el extranjero. A decir verdad, poco qué ver con la —por cierto tan narcisista— bibliografía que él cita.
Por un lado, supongo que implica cierto honor ser leído tan acuciosamente hasta en un artículo de circunstancia pero, por otro, el resultado es una comedia de enredos: hablo de una cordillera donde él consigna tres colinas. La culpa es en parte mía: generalizo, no paso la lista de títulos y nombres, omito objetos específicos. Por supuesto, ¿hay un método más ágil para abarcar de un vistazo una cordillera?
En fin, de la prosa pasional de aquellas apostillas logro extraer sin embargo los siguientes nodos obsesivos que conviene despejar:
Ambigüedad metodológica: No hay tal. Nunca he hecho crítica “sobre las rodillas” porque, justamente, es lo que me empeño en denunciar en mi ensayo. De cánones... parte, desarrolla y concluye sus tesis a lo largo de varios capítulos. Ofrezco como es debido al final del libro (y en cualquier momento a mi colega, si la requiere) la bibliografía completa del tema. Por obvias razones de espacio —pero sobre todo de sentido común— no era la revista Tierra Adentro el lugar idóneo para publicarla.
Indefinición del objeto de estudio: El objeto no de estudio sino apenas de un puñado de comentarios con toda intención muy generales son las antologías de poesía mexicana publicadas a partir de 1980. Nunca pretendí ni podría pretender agotar este tema en un capítulo y menos aún en un artículo. Parto, eso sí, de una tesis central en dicho texto. Al respecto, y puesto que mi colega se detiene en todo menos en ella, no me queda menos que reiterarla: “Por rigurosa, rentable o ‘bienintencionada’ que sea, toda antología oculta su verdadera naturaleza: es a fin de cuentas un ejercicio de poder. Un sometimiento, disfrazado de gusto estético, de una vasta realidad extensa, mayor y verdadera, a una realidad acotada, que supone no sólo contener o representar a aquélla sino corregirla.”
Anatematización del género: Es inexacto que acepte o rechace “en bloque” este tipo de publicaciones. Es verdadero que detecto en la mayoría de ellas motivaciones más o menos comunes y subterfugios literarios que a mí me resultan cuestionables en su origen. Señalo con toda puntualidad tres, que también aquí reitero (pues me parecen de absoluta vigencia, por desgracia, en el medio literario):
¿Cuales son, específicamente, los mecanismos de poder que una antología conlleva? Sin dejar de reconocer, como he pretendido en este ensayo, sus excepciones, esto es, las genuinas empresas intelectuales y los valiosos instrumentos de crítica literaria que hay en algunas, observo tres constantes en casi todas ellas:
1. De entrada, su autor, o autores, incurren en un espejismo jerárquico: quien se propone como juez busca imponerse como depositario de la justicia. Aún en el caso de acertar en sus evaluaciones, es innegable que parte de una sobrevaloración de la autoridad de su propio juicio, la cual lo lleva —por ingenuidad, protagonismo o pura ambición— a confundirlo con la verdad. En otros términos, el más infantil de los sofismas: “lo que me gusta es bueno y es bueno porque me gusta”.
2. Enseguida, el afianzamiento de un reducto doctrinario: nadie hace una antología contra sí mismo; por el contrario, suele ser una proyectiva apología. Lo que su autor afirma entre líneas con ella es entre otras cosas el árbol genealógico de su gusto (y de paso de su propia obra literaria, cuando ésta existe). Aunque procure revestir esta doctrina de una desinteresada pasión crítica, obedece a una indirecta estrategia de legitimación.
3. Por último, la motivación menos sutil y más común: figurar. Aparecer a como dé lugar en un escenario del que se teme ser excluido. Quien realiza una antología sabe que es otro modo de hacerse presente en un epicentro literario. Se adivina la doble moral del anfitrión: el único invitado sin invitación puesto que es el convocador de la fiesta. Aún en el caso de no incluirse, es evidente que quien firma una obra de este tipo se ha incluido a sí mismo, desde una agazapada posición de autoridad.
* Un fragmento del artículo de Julián Herbert puede consultarse en el archivo del mes de julio, en este blog.
jueves, 26 de julio de 2007
Apostillas a un artículo de Jorge Fernández Granados
Julián Herbert
(Fragmento)
En el número 145 de la revista Tierra Adentro (abril-mayo 2007) dedicado a la poesía, Jorge Fernández Granados nos ofrece el artículo “Panoramas perversos, o acerca de la construcción artificial del prestigio”. Su tema es la “reciente (…) multiplicación de panoramas, muestras y nóminas [de poesía ¿mexicana?[1]] surgidas de la acumulación acrítica de opiniones más o menos clonadas unas de otras y la mayoría sin el elemento cardinal que da pie a un criterio propio: la experiencia individual de la lectura de la obra de cada autor”.[2]
Se trata de un texto tan prometedor como decepcionante. Prometedor: columbra vicios culturales que desvirtúan el fenómeno lectura-crítica-escritura de poemas en México; vicios cuya consecuencia mayor es una “espiral lapidaria [donde] el prestigio sólo genera más prestigio, y el olvido, más olvido”. Decepcionante: su perímetro de indagación, su objeto de estudio y su método de análisis se presentan (y sobre todo se documentan) de manera confusa, cuando no engañosa; y —desde la curul del crítico literario— el autor comete las mismas pifias que denuncia.
La primera inconsistencia que percibo es la ambigüedad con que se establece un marco de referencia crítica. El texto abre diciendo: “Un fenómeno creciente en el actual contexto literario mexicano —pero tal vez no sólo ahí— es lo que podría llamarse el laboratorio clónico”. El inicio de la frase propone un ámbito claro, pero la acotación entre guiones lo deteriora sumando una imprecisión a otra, pues la expresión “tal vez” hace sonar al texto tan inseguro como enigmático, y el abstracto “allí” que se anticipa nunca es definido por su nombre o caracterizado desde perspectiva geográfica, política o sociológica alguna.
Con todo, es ésta una inflexión que podría obviarse (un simple comentario oracular o malicioso) si el resto del artículo no hiciera eco del desliz. Por el contrario, y aunque la información y la mayoría de las opiniones que vierte sólo atañen a la literatura mexicana,[3] Fernández Granados generaliza en distintos pasajes de su texto: “resulta inherente a este método de compilación el incurrir en prejuicios y reiteraciones”; “El género de la antología suele verse como compendio”; “el considerar a cualquier antología un manual didáctico implica”; “toda antología oculta su verdadera naturaleza”. En resumen: Fernández Granados se propone criticar las recientes antologías de poesía mexicana,[4] afirma sin presentar argumentos que “tal vez” sus conclusiones puedan ser válidas en otros contextos (omite especificar en cuáles) y, ya entrados en gastos, decide que es el género mismo de la antología lo que está juzgándose, lo que sería irreprochable si el autor fuera puntual cuando define el (o los) ámbito(s) de su reflexión; al no serlo, transmite la engañosa idea de que su caracterización del “actual contexto literario mexicano” es la medida de cualquier ejercicio antológico. Dudo que un proceso intelectual como éste sea el más sano para orientar a los “lectores no especializados”, cuyo futuro es declarado como preocupación del artículo que gloso.
La segunda duda que me surge es de tipo instrumental: ¿de qué “compendios”, concretamente, se nos habla? ¿Es tan aguda su “multiplicación” que resulta inconcebible nombrarlos?
[1] Enseguida aclaro el porqué de mi interrogante.
[2] Todos los entrecomillados provienen del artículo que se comenta.
[3] Considera “modelo irrepetible” la Asamblea de poetas jóvenes de México de Gabriel Zaid; habla de un país de “más de cien millones de habitantes”; cita pasajes de Alberto Vital y Samuel Gordon que extrae de sendos textos sobre literatura mexicana; critica “el auge y la sorprendente continuidad de algunas instituciones culturales” y “Los programas de becas y estímulos a la cultura” (descripción del medio burocrático que no podría aplicarse —pongo por caso— a la mayoría de los países latinoamericanos); habla de “las obras de este género en México”, etcétera.
[4] ¿O las antologías de poesía publicadas en México?... El autor tampoco es claro a este respecto.
(Fragmento)
En el número 145 de la revista Tierra Adentro (abril-mayo 2007) dedicado a la poesía, Jorge Fernández Granados nos ofrece el artículo “Panoramas perversos, o acerca de la construcción artificial del prestigio”. Su tema es la “reciente (…) multiplicación de panoramas, muestras y nóminas [de poesía ¿mexicana?[1]] surgidas de la acumulación acrítica de opiniones más o menos clonadas unas de otras y la mayoría sin el elemento cardinal que da pie a un criterio propio: la experiencia individual de la lectura de la obra de cada autor”.[2]
Se trata de un texto tan prometedor como decepcionante. Prometedor: columbra vicios culturales que desvirtúan el fenómeno lectura-crítica-escritura de poemas en México; vicios cuya consecuencia mayor es una “espiral lapidaria [donde] el prestigio sólo genera más prestigio, y el olvido, más olvido”. Decepcionante: su perímetro de indagación, su objeto de estudio y su método de análisis se presentan (y sobre todo se documentan) de manera confusa, cuando no engañosa; y —desde la curul del crítico literario— el autor comete las mismas pifias que denuncia.
La primera inconsistencia que percibo es la ambigüedad con que se establece un marco de referencia crítica. El texto abre diciendo: “Un fenómeno creciente en el actual contexto literario mexicano —pero tal vez no sólo ahí— es lo que podría llamarse el laboratorio clónico”. El inicio de la frase propone un ámbito claro, pero la acotación entre guiones lo deteriora sumando una imprecisión a otra, pues la expresión “tal vez” hace sonar al texto tan inseguro como enigmático, y el abstracto “allí” que se anticipa nunca es definido por su nombre o caracterizado desde perspectiva geográfica, política o sociológica alguna.
Con todo, es ésta una inflexión que podría obviarse (un simple comentario oracular o malicioso) si el resto del artículo no hiciera eco del desliz. Por el contrario, y aunque la información y la mayoría de las opiniones que vierte sólo atañen a la literatura mexicana,[3] Fernández Granados generaliza en distintos pasajes de su texto: “resulta inherente a este método de compilación el incurrir en prejuicios y reiteraciones”; “El género de la antología suele verse como compendio”; “el considerar a cualquier antología un manual didáctico implica”; “toda antología oculta su verdadera naturaleza”. En resumen: Fernández Granados se propone criticar las recientes antologías de poesía mexicana,[4] afirma sin presentar argumentos que “tal vez” sus conclusiones puedan ser válidas en otros contextos (omite especificar en cuáles) y, ya entrados en gastos, decide que es el género mismo de la antología lo que está juzgándose, lo que sería irreprochable si el autor fuera puntual cuando define el (o los) ámbito(s) de su reflexión; al no serlo, transmite la engañosa idea de que su caracterización del “actual contexto literario mexicano” es la medida de cualquier ejercicio antológico. Dudo que un proceso intelectual como éste sea el más sano para orientar a los “lectores no especializados”, cuyo futuro es declarado como preocupación del artículo que gloso.
La segunda duda que me surge es de tipo instrumental: ¿de qué “compendios”, concretamente, se nos habla? ¿Es tan aguda su “multiplicación” que resulta inconcebible nombrarlos?
[1] Enseguida aclaro el porqué de mi interrogante.
[2] Todos los entrecomillados provienen del artículo que se comenta.
[3] Considera “modelo irrepetible” la Asamblea de poetas jóvenes de México de Gabriel Zaid; habla de un país de “más de cien millones de habitantes”; cita pasajes de Alberto Vital y Samuel Gordon que extrae de sendos textos sobre literatura mexicana; critica “el auge y la sorprendente continuidad de algunas instituciones culturales” y “Los programas de becas y estímulos a la cultura” (descripción del medio burocrático que no podría aplicarse —pongo por caso— a la mayoría de los países latinoamericanos); habla de “las obras de este género en México”, etcétera.
[4] ¿O las antologías de poesía publicadas en México?... El autor tampoco es claro a este respecto.
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