martes, 30 de octubre de 2007

Respuesta a Julián Herbert*

Jorge Fernández Granados

Mi texto titulado Panoramas perversos o acerca de la construcción artificial del prestigio, que se publicó en el número 145 de la revista Tierra Adentro, no es un estudio exhaustivo sobre el tema, ni siquiera un ensayo preparado exprofeso para dicha publicación. Se trata simplemente del penúltimo capítulo de un libro de ensayo en proceso titulado De cánones (Versiones y perversiones del canon en la poesía mexicana finisecular. 1966-2006). En esta obra se dedican los capítulos centrales al estudio —este sí a fondo— de tres antologías: Poesía en movimiento (1966) de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis; y dos realizadas por Gabriel Zaid: Ómnibus de poesía mexicana (1971) y Asamblea de poetas jóvenes de México (1980). Cuando el número de marras de Tierra Adentro estaba en proyecto me fue solicitada una colaboración, de ser posible con “un texto de crítica, polémico o provocador, sobre el tema de la poesía reciente en nuestro país”. Propuse entonces, abreviado y adaptado para el caso, este penúltimo capítulo del conjunto puesto que en él abordo a grandes rasgos este tema y asimismo porque considero —y lo sigo haciendo— que no ha habido una antología que haya no digamos superado sino siquiera continuado competentemente alguna de estas tres célebres compilaciones en México. Veo, por las extensas apostillas de mi colega (más numerosas que las del artículo aludido) que cumplí por lo menos con esa expectativa.
Posiblemente por esta falta de un adecuado marco de referencia para leer el artículo, mi colega, sin mediar alusión alguna a su persona, apresuradamente “se pone el saco” y sobreinterpreta mis comentarios. El horizonte al que ahí yo me refiero abarca casi treinta años y más de cien antologías, compendios, muestras y panoramas de la poesía mexicana publicados tanto en el país como en el extranjero. A decir verdad, poco qué ver con la —por cierto tan narcisista— bibliografía que él cita.
Por un lado, supongo que implica cierto honor ser leído tan acuciosamente hasta en un artículo de circunstancia pero, por otro, el resultado es una comedia de enredos: hablo de una cordillera donde él consigna tres colinas. La culpa es en parte mía: generalizo, no paso la lista de títulos y nombres, omito objetos específicos. Por supuesto, ¿hay un método más ágil para abarcar de un vistazo una cordillera?
En fin, de la prosa pasional de aquellas apostillas logro extraer sin embargo los siguientes nodos obsesivos que conviene despejar:
Ambigüedad metodológica: No hay tal. Nunca he hecho crítica “sobre las rodillas” porque, justamente, es lo que me empeño en denunciar en mi ensayo. De cánones... parte, desarrolla y concluye sus tesis a lo largo de varios capítulos. Ofrezco como es debido al final del libro (y en cualquier momento a mi colega, si la requiere) la bibliografía completa del tema. Por obvias razones de espacio —pero sobre todo de sentido común— no era la revista Tierra Adentro el lugar idóneo para publicarla.
Indefinición del objeto de estudio: El objeto no de estudio sino apenas de un puñado de comentarios con toda intención muy generales son las antologías de poesía mexicana publicadas a partir de 1980. Nunca pretendí ni podría pretender agotar este tema en un capítulo y menos aún en un artículo. Parto, eso sí, de una tesis central en dicho texto. Al respecto, y puesto que mi colega se detiene en todo menos en ella, no me queda menos que reiterarla: “Por rigurosa, rentable o ‘bienintencionada’ que sea, toda antología oculta su verdadera naturaleza: es a fin de cuentas un ejercicio de poder. Un sometimiento, disfrazado de gusto estético, de una vasta realidad extensa, mayor y verdadera, a una realidad acotada, que supone no sólo contener o representar a aquélla sino corregirla.”
Anatematización del género: Es inexacto que acepte o rechace “en bloque” este tipo de publicaciones. Es verdadero que detecto en la mayoría de ellas motivaciones más o menos comunes y subterfugios literarios que a mí me resultan cuestionables en su origen. Señalo con toda puntualidad tres, que también aquí reitero (pues me parecen de absoluta vigencia, por desgracia, en el medio literario):

¿Cuales son, específicamente, los mecanismos de poder que una antología conlleva? Sin dejar de reconocer, como he pretendido en este ensayo, sus excepciones, esto es, las genuinas empresas intelectuales y los valiosos instrumentos de crítica literaria que hay en algunas, observo tres constantes en casi todas ellas:
1. De entrada, su autor, o autores, incurren en un espejismo jerárquico: quien se propone como juez busca imponerse como depositario de la justicia. Aún en el caso de acertar en sus evaluaciones, es innegable que parte de una sobrevaloración de la autoridad de su propio juicio, la cual lo lleva —por ingenuidad, protagonismo o pura ambición— a confundirlo con la verdad. En otros términos, el más infantil de los sofismas: “lo que me gusta es bueno y es bueno porque me gusta”.
2. Enseguida, el afianzamiento de un reducto doctrinario: nadie hace una antología contra sí mismo; por el contrario, suele ser una proyectiva apología. Lo que su autor afirma entre líneas con ella es entre otras cosas el árbol genealógico de su gusto (y de paso de su propia obra literaria, cuando ésta existe). Aunque procure revestir esta doctrina de una desinteresada pasión crítica, obedece a una indirecta estrategia de legitimación.
3. Por último, la motivación menos sutil y más común: figurar. Aparecer a como dé lugar en un escenario del que se teme ser excluido. Quien realiza una antología sabe que es otro modo de hacerse presente en un epicentro literario. Se adivina la doble moral del anfitrión: el único invitado sin invitación puesto que es el convocador de la fiesta. Aún en el caso de no incluirse, es evidente que quien firma una obra de este tipo se ha incluido a sí mismo, desde una agazapada posición de autoridad.


* Un fragmento del artículo de Julián Herbert puede consultarse en el archivo del mes de julio, en este blog.

Teoría de la visión al pie de un poema de Seferis

Eduardo Chirinos

Qερινὸ ἡλιοστὰσι, IA´

[1]

yo te miraba con toda la luz y oscuridad que poseo así
termina un poema así comienza otro ¿o es acaso el mismo?
nunca estuve en grecia nunca respiré la brisa de los pinos
el monstruo ha muerto su hedor inunda las playas su luz
trae otros cielos otros mares igualmente azules ese mar
está muy lejos cubre de ceniza esta página oscurece mi boca

[2]

mirar sin luz es un arte lo aprendí de niño cerraba
los ojos hasta hacerlos doler hasta olvidarme de mí
qué hermoso decía la dama de negro la dama de blanco
me sentaba en sus rodillas tapaba en silencio mis orejas
me enseñaba a leer decía el exceso de luz oscurece
cuídate del brillo cuando escribas solo y sin luz

[3]

el poema habla de otra cosa habla del mar que dicen
calma del final de una isla muy hermosa de la brisa
cálida deslizándose en tu piel habla de un pulpo
arponeado en los bajíos de su tinta oscureciendo
el agua de la eternidad que precede a la belleza

[4]

compartimos el pan y la sal compartimos el hacha
que partió el árbol compartimos la mesa las flores
la música que escuchamos al dormir es la misma
al despertar nuestro monte no es de egina los pinos
se adormecen ¿cómo he de mirarte?

[5]

la dama de negro dijo antiguamente se creía
que la luz eran rayos que brotaban de los ojos ver
era nombrar el mundo despejar su tiniebla la dama
de blanco dijo antiguamente se creía que la luz
borraba el contorno de las cosas las volvía claras
hasta desaparecer le pregunté cómo era posible
me dijo escribes poemas ¿acaso no lo sabes?

[6]

¿alguna vez escalaré el monte danzaré junto a los pinos
sentiré en mi boca el sabor amargo de la sal alguna vez

veré la tinta del pulpo resollando en la espuma
la luz de este poema oscureciendo el mar?

[7]

no dijo la dama de blanco tu deber es escribir haya
o no haya sol tocar el revés de la cartografía hundirte
en la tinta del pulpo y mirar si es posible mirar pero
no ver sí dijo la dama de negro tu deber es callar haya
o no haya sol torcer hacia adentro la lengua aceptar
el placer y no escribir si es posible no escribir

[8]

he abierto el libro en el solsticio de verano
sus páginas me devuelven una voz que no es la mía
esa voz sabe de mí con familiaridad enumera uno
por uno mis defectos la interrogo es inútil esa voz
conserva un mechón de cabellos amarillos la prenda
de un amor imposible el concierto de tchaikovsky
la hora exacta de la muerte de mi abuelo páginas
enteras que había borrado y escrito le dije tú ganas
¿qué quieres de mí?

[9]

hay rayos que parten del sol rayos que parten del ojo ellos
crean las cosas al tocarlas y así existen si duermes desaparece
el mundo si despiertas se hunde por el sumidero adónde va
no lo sé pregúntale a leonardo a paracelso pregúntale el ojo
es una geometría de círculos un planeta que gira sin importarle
nada sin detenerse a contemplar el sol qué turbio el sol
cubre de ceniza esta página oscurece mi boca

[10]

siempre lo mismo el mar azul el polvo de egina la tinta
del pulpo encharcada en la voz o en el papel siempre
lo mismo aunque la escena cambie de sueño o de deseo
aunque la belleza diga no y la verdad cierre sus ojos

yo te miro con toda la luz y oscuridad que poseo

Los siervos*

Virgilio Piñera
(Fragmento)

*Publicada originalmente en Ciclón, núm. 6, vol. I, noviembre de 1955.

Personajes por orden de aparición:
Orloff Primer Ministro
Fiodor Secretario del Partido
Kirianin General del Ejército
Nikita Filósofo del Partido y Siervo
Stepachenko Espía
Adamov Señor encubierto
Kolia Obrero
Un oficial

ACTO ÚNICO

Cuadro Primero

Decorado: Un despacho. Óleo de Lenin al fondo. A la izquierda, óleo de Stalin. A la derecha, gran mapamundi. Debajo del cuadro de Lenin, mesa de trabajo. Al centro de la escena, cuatro butacas de cuero rojo. Junto a una de las butacas, una lámpara de pie, encendida. Orloff, Kirianin y Fiodor están sentados en las butacas.

Escena Primera.
Orloff, Kirianin y Fiodor
Orloff: Acá entre nosotros, confesemos, camaradas, que Nikita es un maestro. ¡Declararse siervo a estas alturas! Tal cosa no es posible, y sin embargo...
Fiodor: Puede ser una conspiración.
Kirianin: Imposible, camarada. El miedo te hace ver fantasmas. Toda la tierra y todos los hombres están comunizados. (Pausa.) Parece que el camarada olvida el triunfo de la revolución mundial. ¡Y en toda la línea!
Orloff: Camarada Kirianin, no perdamos el tiempo relatando lo que ha hecho el comunismo en un siglo. Discutamos sobre las medidas a tomar con el camarada Nikita.
Kirianin: ¡Nikita! ¡Nikita! De Nikita a nikitismo sólo hay un paso. Y entonces... ¡la debacle!
Fiodor: Pues bien, ése es el paso que Nikita no debe dar. Parémosle en seco.
Kirianin: Muy fácil decirlo, pero... hacerlo. (Pausa.) Camarada Orloff, propongo la desaparición del camarada Nikita.
Orloff: Nada de desapariciones por ahora. Los mártires son peligrosos. Que Nikita siga viviendo ignorado.
Kirianin: Todo esto me sorprende en Nikita. Es el filósofo oficial del Partido. Ahí están sus libros: cuarenta tomos escritos martillando sobre el igualamiento del género humano, y todo eso para declararse siervo de la noche a la mañana. (Pausa.) Sin duda, hay algo podrido en Nikita.
Orloff: Cuando un hombre se convierte en acción no puede hacer otra cosa que actuar. Si Nikita luchó para subir, ahora tiene que luchar para bajar.
Kirianin: Eso es lo que vamos a impedir que haga. Si el Partido ha subido hasta su punto más alto, si de ahí en adelante no hay más altura, no veo por qué tengamos que empezar el descenso. (Pausa.) Si Nikita quiere bajar, que baje las escaleras de su casa...
Orloff: El momento es bien grave para gastar bromas. (Pausa.) No olviden ustedes que Nikita ha lanzado un manifiesto preconizando el servilismo, declarándose siervo y pidiendo entrar al servicio de un señor.
Kirianin: Pero ni en Rusia ni en todo el planeta quedan señores.
Fiodor: Eso quisiera saber: ¿siervo de qué señor?
Orloff: Nada de esto tiene importancia. Lo esencial es que Nikita se ha declarado siervo. (Pausa.) Y esa declaración ha sido publicada en Pravda por el propio Nikita. ¡Qué descaro!
Fiodor: ¿Y cuál ha sido la reacción de las masas?
Orloff: Bien, para decir verdad, no han reaccionado en ningún sentido. Cuando se ha llegado a la cima del mejor de los mundos, es difícil reaccionar. (Pausa.) Las masas han leído el manifiesto sin leerlo.
Kirianin: Entonces no veo la razón de esta conferencia. He suspendido mi cacería. (Se levanta.) Creo que estoy a tiempo todavía...
Orloff (haciéndole sentar de nuevo): Me extraña, camarada Kirianin, tanta ligereza. Si es cierto que las masas, ebrias de felicidad, leen sin leer, no es menos cierto que Nikita pueda empeñarse en hacer que las masas lean leyendo.
Fiodor: ¡Formidable! Así empezó el Partido y así puede acabar el Partido. (Pausa.) Sin duda, el momento es grave.
Kirianin: Podríamos reeducar a Nikita.
Orloff: ¡Cuándo se ha visto que un comunista pueda ser reeducado!
Kirianin: Nikita es comunista, Nikita se declara siervo. Nikita se reeduca, por tanto, un comunista puede ser reeducado.
Fiodor: Eso es precisamente el clavo ardiente en este asunto. Teóricamente, un comunista no puede descomunizarse. Digo teóricamente pensando en los viejos tiempos del capitalismo. En esos tiempos, un comunista débilmente comunizado, podía pasarse al campo capitalista. Pero camaradas, ¡hoy! Hoy los cientos de millones del planeta Tierra son todos comunistas. Si no hay capitalismo, si sólo hay comunismo, ¿a qué campo pretende pasarse Nikita?
Orloff: Muy claro: al campo del servilismo. (Pausa.) Nikita quiere empezar de nuevo.
Kirianin: ¡Es un viejo romántico! (Da un puñetazo sobre el brazo de la butaca.) ¡Chochea, sí, chochea!
Orloff: ¡Calma, mucha calma! Nada resolveremos gritando y gesticulando. (Pausa.) El problema es este: encontrar una solución al caso Nikita.
Kirianin: ¿Cuál es la solución?
Orloff: Por el momento, ninguna.
Fiodor: Yo propongo una desaparición discreta.
Orloff: Nada de desapariciones. Mientras Nikita esté visible para todo el mundo nadie lo verá, pero si Nikita se hace invisible para todo el mundo, todo el mundo arderá en deseos de verlo.
Kirianin: Pero Nikita podría morir de “muerte natural”...
Orloff: Entonces el pueblo, al enterarse de la muerte natural de Nikita, leerá, leyéndolo, el manifiesto. De ahí a elevarle un sepulcro frente al sepulcro del Antisiervo, no hay más que un paso.
Kirianin: ¡Uf! Eso sí sería grave: masas servilizadas desfilan en silencio ante la tumba de Nikita, el gran servilista.
Orloff: Te ríes, pero ésa sería, prácticamente, la situación. (Pausa.) No, nada de desapariciones.
Fiodor: Entonces dejémoslo al tiempo. El tiempo se encarga de todo. Es con el tiempo con lo que hemos llegado a la dominación mundial.
Orloff: Pero también tiene Nikita su parte en el festín del tiempo.
Kirianin: Nikita es una bomba de tiempo.
Orloff: Justo eso: una bomba de tiempo. (Pausa, se pone de pie.) El Partido nunca supo de una situación como ésta. Estamos inmovilizados.
Kirianin: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)
Fiodor: ¡Movilicémonos! (Camina a grandes pasos.)
Orloff (desplomándose en la butaca.): ¡Inmovilicémonos! (Pausa.) Debemos lograr a toda costa que siga Nikita pasando desapercibido a las masas.
Fiodor: ¿Cómo lograrlo? Camarada Orloff, no apruebas la “muerte natural” de Nikita, tampoco un gran proceso público...
Orloff: ¡No, ni hablar de eso! Sería una hecatombe.
Fiodor: Bien, no proceso público, no proceso secreto, no ejecución pública ni privada. Y entretanto, Nikita amenazando...
Kirianin: El camarada Orloff dice que no habrá peligro en tanto el servilismo de Nikita siga pasando desapercibido a las masas. (A Orloff.) ¿Me he expresado bien?
Orloff: Sí, ¿y qué más?
Kirianin: Pues bien; empecemos nosotros mismos por hacernos los desapercibidos.
Orloff: No es mala idea. (Reflexionando.) Aunque tiene un pero: Nikita sabe que nosotros sabemos...
Kirianin: No se lo demostraremos. Hagamos la comedia. Es un modo de ganar tiempo.
Fiodor: También Nikita hará su comedia, también ganará tiempo. (Pausa.) Yo estoy por los procedimientos sumarísimos.
Orloff: Si al menos quedaran en el mundo unos cuantos capitalistas...
Kirianin (estupefacto): ¿Capitalistas?
Orloff: Así como suena: ¡capitalistas! Si todavía existiera un reducto del capitalismo el servilismo de Nikita estaría liquidado.
Fiodor: No entiendo.
Orloff: Muy sencillo; diríamos esto: Nikita es un traidor, Nikita se ha pasado al bando de los perros capitalistas. A la semana nadie se ocuparía de Nikita.
Kirianin: ¡Qué tiempos aquellos! ¡Era la Edad de Oro! Entonces se podía gritar: ¡Abajo el capitalismo! En cambio, hoy no contamos con un solo enemigo.
Orloff: Nikita es un enemigo.
Kirianin: Un enemigo intocable. Nos impide gritar contra él, escribir contra él, y meterle unas balas en el pellejo.
Orloff: He ahí el problema: Nikita es un enemigo contra el cual nada pueden nuestras viejas consignas y nuestras gastadas técnicas. (Pausa.) Será cuestión de empezar de nuevo.
Fiodor: Juguemos su juego.
Kirianin: Caeríamos de lleno en el nikitismo.
Orloff: He ahí la broma: Nikita tiene juego y nosotros no tenemos juego. Nosotros somos comunistas y nada más; él es comunista y también es nikitista.
Fiodor: ¿Qué sabemos del nikitismo? Nada de nada.
Kirianin: Bueno, sabemos que Nikita se ha declarado siervo.
Orloff: ¿Y qué hay con eso? (Pausa.) Camarada, te reto a que encuentres el manual comunista que trata del nikitismo. ¿Con qué se come eso?
Kirianin: Estamos perdiendo el tiempo con exquisiteces intelectuales. Menos palabras y más acción.
Fiodor: ¡Ja, ja! Más acción. (Pausa.) ¿Y quién la vende? ¡Nikita!
Orloff: ¡Triste verdad! Nikita tiene todas las acciones en su mano.
Fiodor: No hemos adelantado un paso. En pocos minutos Nikita entrará en este despacho y todavía no tenemos un plan de acción definido.
Kirianin: Finjamos que el servilismo nos resulta indiferente. (Pausa.) Al menos, el servilismo declarado, porque en cuanto al otro... ¡Ja, ja, ja!
Orloff: ¿Qué dejas entrever, camarada?
Kirianin: Hablo muy claramente: somos señores encubiertos pero señores al fin y al cabo.
Fiodor: No lo podemos negar.
Orloff: Pero sí se lo negaremos a Nikita hasta en tanto no podamos pulverizar a Nikita.
Kirianin: Interroguémosle encubiertamente.
Fiodor: De todos modos será un interrogatorio, y Nikita sabrá que lo estamos interrogando.
Kirianin: ¿Con qué pretexto lo llamaremos?
Orloff: Para discutir simples procedimientos de forma. Por ejemplo, ese discurso sobre la felicidad del mayor número sería un excelente pretexto.
Kirianin: Nos exponemos a que nos diga que, visto que la felicidad del mayor número es un hecho consumado, él desea empezar a ser el primer infeliz de la infelicidad del mayor número... (Pausa.) No, no despertemos a la fiera.
Orloff: En cuanto a eso, vive tranquilo. Nikita es un viejo zorro. Dudo mucho que asome la oreja en esta entrevista.
Kirianin: ¡Qué eufemismo!
Orloff: Bueno, en este interrogatorio. (Pausa.) ¿Lo llamamos?
Kirianin: Manos a la obra.
Fiodor: Mucha prudencia. Comportémonos como iguales de Nikita. No dejemos ver nuestro señorío.
Orloff: Cierto, con Nikita hay que andar con pies de plomo. (Pausa.) Ahora, charlemos con Nikita. (Toca el timbre.) Con pies de plomo. (Se dirige lentamente a la mesa y coge unos papeles.) Con pies de plomo...

Telón

Escena Segunda
Orloff, Fiodor y Kirianin. Entra Nikita.

El mismo decorado.

Nikita: ¡Salud, camaradas!
Orloff, Fiodor, Kirianin (a coro): ¡Salud!
Nikita: ¿Alguna novedad, camaradas? He llegado ayer del Cáucaso y no he tenido tiempo para leer nuestra venerable Pravda.
Orloff (llegando junto a Nikita) No hay novedades, camarada. Todo marcha perfectamente. (Pausa.) ¿No tomas asiento?
Nikita: Gracias, prefiero estar un rato de pie. Llevo dos horas sentado en mi despacho...
Orloff (hojeando los papeles): Te hemos llamado para discutir unas cuestiones de forma.
Nikita: ¿Sobre qué asunto?
Orloff: Sobre la felicidad del mayor número posible.
Nikita: Veamos.
Orloff (leyendo): “La felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, no podrá existir necesariamente otra felicidad mayor que la felicidad alcanzada por el mayor número.” (Pausa.) ¿Encuentras en este párrafo, Nikita, algún vicio de forma?
Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.
Orloff: ¿Y en cuanto al fondo?
Nikita: Habiendo alcanzado la felicidad del mayor número —cuestión de fondo que ya no se plantea, puesto que hemos alcanzado la felicidad del mayor número— sólo nos quedan por ventilar puras cuestiones de forma sobre la felicidad alcanzada por el mayor número.
Fiodor (a Kirianin): El viejo zorro no caerá en la trampa. (A Nikita.) ¡Bravo, Nikita! ¡Dialécticamente irrefutable! (Pausa.) Se me ha ocurrido, en vista de que el Partido ha salvado todas las etapas de las cuestiones de fondo, que ha llegado el momento de desarrollar hasta sus últimas posibilidades todas las cuestiones de forma...
Nikita: Me hago cargo, camarada Fiodor.
Fiodor: Pues bien, nos parecería una gran cosa que el camarada Nikita se dedicara, de hoy en adelante, a redactar los cientos de miles de cuestiones de forma, que son el resultado de los cientos de miles de cuestiones de fondo.
Nikita: Quiere decir que el Partido, habiendo superado la fase activa, está ahora en fase contemplativa.
Orloff: El Partido repitió la hazaña del Creador. Es el único Partido que ha logrado semejante tour de fource. (Se repantiga en la butaca, se frota las manos.) Y bien, Nikita, después de recrear el mundo a nuestra imagen y semejanza nos hemos dedicado a contemplar el mundo.
Nikita: También nos parecemos al Creador, que duerme con un ojo abierto... y el fusil al hombro. Al menor asomo de rebelión: ¡pin, pan, pum!
Orloff: En el mejor de los mundos las posibilidades de rebelarse son mínimas.
Kirianin (mirando fijamente a Nikita): ¿Rebelarse? ¿Pero quién tomaría las armas contra la felicidad?
Orloff: No sigo bien tu pensamiento, Nikita. Hablas de rebelión. El Partido ha hecho tan bien las cosas que no tiene necesidad de mantener abierto ninguno de los dos ojos. Puede dormir a pierna suelta. (Pausa.) Me extraña sobremanera que el camarada Nikita, comunista de pies a cabeza, plantee la posibilidad de una rebelión armada.
Nikita: Me extraña sobremanera que el camarada Orloff tome mis palabras al pie de la letra y se retrotraiga a los tiempos heroicos de las barricadas. He sido llamado aquí, si no me equivoco, para departir sobre puras cuestiones de forma. Una de ellas, y en ella se me ocurrió pensar por pura cuestión de forma, fue la pura cuestión de forma del ojo abierto mientras se duerme en previsión de... Porque, así como no hay cosa más dulce —y cito a Dante— que acordarse del tiempo feliz en la desgracia, no hay igualmente cosa más dulce que acordarse del tiempo desgraciado en la felicidad... Y esto, por supuesto, en pro del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma.
Orloff: Yo quisiera hacer comprender al camarada Nikita que cuando se habla del desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma es sólo con vista al presente feliz que vive el Partido, y no con vista al pasado azaroso que ha vivido el Partido.
Kirianin: El pasado del Partido está muerto y enterrado.
Nikita: No me opongo a ello, pero como aquí estamos tratando del desarrollo intensivo de las puras cuestiones formales, yo quiero poner mi grano de arena. Propongo que la brillante frase del camarada Kirianin —“el pasado del Partido está muerto y enterrado”— sea cambiada por esta otra: “El Partido del pasado está muerto y enterrado.”
Orloff: ¿Estarías dispuesto a firmar esa proposición?
Nikita: Aunque el camarada Orloff sabe de sobra que las publicaciones en nuestra república son anónimas, yo acepto sin embargo poner mi firma al pie de mi proposición formal, pero con una condición.
Orloff, Kirianin, Fiodor (a coro): ¿Cuál?
Nikita: Que se especifique muy claramente que si he firmado dicha proposición ha sido para cooperar con mayor eficacia al desarrollo intensivo de las puras cuestiones de forma y que, por lo tanto, mi firma es sólo una pura, inocente cuestión de forma.
Orloff, Kirianin, Fiodor (a coro): ¡Traidor!
Nikita (flemático): De acuerdo. Soy un traidor, pero... formal. Aunque lo quisiera no podría ser un traidor real. No existe otro Estado al que yo pueda revelar secretos de Estado que, por otra parte, serían sólo secretos sobre puras cuestiones de forma.
Orloff (sombrío): Dejemos ya las puras cuestiones de forma y vayamos al grano...
Nikita (interrumpiéndole): Bueno, al grano formal...
Orloff (se acerca a Nikita hasta tocar la frente de éste con su dedo): ¡Ese grano —grano cochino, grano infeccioso, grano renegado— eres tú, Nikita! (Pausa.) ¡Te has declarado siervo!
Nikita (hace una reverencia, besa a Orloff la mano, cae de rodillas): Siervo soy, señor. (Camina de rodillas y besa los pies de Kirianin y Fiodor.)
Orloff: Levántate, Nikita. Nos repugna tu pantomima.
Nikita (trata de pararse, pero vuelve a caer de rodillas): No puedo, señor, no puedo pararme, sólo puedo prosternarme. (Continúa arrodillado con la cabeza en el suelo.)
Kirianin (a Orloff): Buena la hemos hecho. Ahora no podremos seguir en el desapercibimiento.
Fiodor (sacando su pistola): Voy a matar a ese perro inmundo.
Orloff (le quita la pistola): ¡Estás loco! Eso sería la chispa. Mañana tendríamos miles de siervos arrodillados en la plaza Roja. Localicemos la peste.
Kirianin: Exacto: localicemos la peste. Aislemos al apestado.
Orloff (a Nikita): Escucha bien, Nikita.
Nikita (agarrando el pie calzado con bota de Orloff y poniéndolo sobre su cabeza): Escucho, mi amo.
Orloff: Supongo que te has declarado siervo por una cuestión formal. (Mira ansiosamente a Kirianin y a Fiodor.)
Nikita (Incorporándose): Nada de cuestiones formales, señor. Sólo sé que soy un siervo, humildísimo siervo de cualquier amo.
Kirianin: ¿No estás contento con la felicidad colectiva?
Nikita: ...Excelentísimo señor, no me place la felicidad colectiva. Prefiero la felicidad personal de ser el humildísimo siervo de tan grandes señores.
Orloff: Bien sabes que un comunista sólo puede ser comunista y no otra cosa. (Agarra a Nikita por los hombros y lo sienta en la butaca.) Un comunista jamás se arrodilla ante nadie. Por eso suprimimos a Dios.
Nikita (se desliza de la butaca y cae nuevamente de rodillas): No puedo, señor, no puedo sino arrodillarme. (Pausa.) Además, señor, no soy comunista, soy servilista. (Vuelve a poner la cabeza en el suelo.)
Orloff (a Kirianin): Tiene el siervo metido en el cuerpo.
Kirianin: Torturémosle.
Fiodor: Nikita te lo pediría de rodillas. ¡Qué mejor cosa para un siervo que ser torturado por su señor!
Kirianin: ¡Diablos! No hay por dónde agarrar a este hombre.
Orloff: Di mejor a este siervo. Su servilismo nos domina.
Kirianin: Se me ocurre algo formidable. Vamos a obligarle a hacer el señor.
Orloff: ¡Magnífica idea! Será la única tortura acertada. (Pausa.) ¡Manos a la obra!
Fiodor: No entiendo bien la cosa.
Orloff: Ustedes caerán de rodillas, en tanto que yo, pistola en mano, exigiré a Nikita daros de puntapiés en el trasero. (Pausa.) Esto lo haremos a título de ensayo. Los días siguientes turnaremos nuestros traseros a fin de repartir comunistamente sus patadas, y así proseguiremos hasta que Nikita quede completamente desintoxicado. (Pausa.) Caed ahora de rodillas.

(Kirianin y Fiodor caen de rodillas.)

Orloff (a Nikita): Camarada Nikita.

(Nikita no se mueve.)

Orloff: Siervo Nikita.
Nikita (incorporándose): ¿Qué quiere, mi señor?
Orloff (le apunta con la pistola): Te ordeno ser el señor de estos dos siervos. Dales en el trasero unas cuantas patadas de desprecio.
Nikita (poniéndose de pie): ¡Oh, señor, qué alegría! Ya tengo partidarios. (Se arrodilla junto a Kirianin y Fiodor.) Ahora somos tres siervos. Pidamos a este magnífico señor que nos dé unas cuantas patadas en el trasero.
Orloff (violento): ¡Nikita, poneos de pie!
Nikita (lloroso): ¡Oh, señor, no puedo sino arrodillarme!
Orloff (le apunta de nuevo con la pistola): ¡Te voy a matar como a un perro! ¡Levántate! (Nikita se pone de pie.)
Orloff (le pone el cañón de la pistola en la sien): ¡Insúltalos!
Nikita (balbuceando): Señor...
Orloff: El señor eres tú, ¿me entiendes? ¡Adelante!
Nikita (haciendo un gran esfuerzo): Perros siervos... (Pausa.) ¡Oh, no puedo, señor, no puedo, soy también un perro siervo!
Orloff: ¡Adelante! He dicho.
Nikita: Perros siervos... (Pausa.) No puedo, amo mío. No puedo hacer el papel de vuestra señoría. Prefiero la muerte.
Orloff (le da un empujón): ¡Anda! Da de patadas a tus siervos. (A Fiodor y Kirianin.) ¡Presentad el trasero a Nikita!

(Fiodor y Kirianin presentan el trasero.)

Nikita: No podría patear el trasero a un señor y estos son señores disfrazados de siervos. Sería un crimen de leso trasero. Por menos que eso el difunto zar ejecutaba a millones de siervos.
Orloff: Esos siervos son los santos de nuestra religión. Murieron para que no hubiese más siervos sobre la tierra.
Nikita: Y yo voy a morir para que hayan siervos en la tierra. Es una fatalidad. Tengo la plena seguridad que voy a encontrar un amo, aunque ese amo me envíe al patíbulo. Ese amo está ahí, ya lo veo, lo oigo, lo toco casi, es mi verdugo, pero lo adoro porque mi trasero no puede hacer el siervo si no tiene su patada. (Pausa.) ¡Señor, matadme, pero no patearé esos traseros! Haría traición a la sociedad de los traseros.
Orloff (cambiando de tono): Fiodor, Kirianin, ¿qué quiere decir esa posición? Estamos aquí con el camarada Nikita para discutir cuestiones de pura forma, y francamente, no veo ningún vicio de forma en vuestros traseros.

(Fiodor y Kirianin se ponen de pie.)

Orloff (guardando la pistola): Camarada Nikita, ¿de modo que la frase “la felicidad del mayor número, habiendo sido felizmente alcanzada, y no pudiendo existir otra felicidad que la felicidad alcanzada por el mayor número”, no adolece de ningún vicio de forma?
Nikita: La forma es perfecta, inobjetable.
Orloff: ¡Magnífico! Entonces pasemos a la frase siguiente.
Nikita: Pasemos, camarada, a la frase siguiente.
Orloff: “Si la religión es el opio de los pueblos, no habiendo religión no hay opio, debido a la felicidad alcanzada por el mayor número...”

Telón

La invención del invierno

Alejandro Badillo
(Fragmento)

Estaba en el balcón, apoyado en el barandal, tratando de encontrar algún equilibrio en los árboles, sin poder evitar que el resplandor de la única lámpara de la calle le iluminara las manos. Esa noche, como las anteriores, había escuchado los pasos de la niña ciega, justo en la entrada del edificio. Inclinó la cabeza para seguir de cerca los sonidos, el crujir de la madera bajo los pies leves y blancos. Imaginó un poco de arrogancia en su desplazamiento, la mano que apartaba sombras para ir al encuentro de objetos conocidos: la grieta en la pared, el florero cuya ubicación le daba un punto de referencia, una nueva seguridad para seguir avanzando. Fue por el vaso con ginebra mientras los pies se detenían, tal vez desconcertados por un obstáculo en el camino, buscando en la duda un poco de aire frío bajo la puerta. No pudo beber en el lapso de silencio que siguió y, con la mano sosteniendo la barbilla, se limitó a observar los hielos en el vaso, el reflejo de la luz en el cristal que alcanzaba la punta de los dedos. Quiso salir al corredor, asomarse al cubo de la escalera, pero supo que ella estaba jugando, que su figura se mantenía muy quieta contra la pared, el pecho con una pequeña cruz de oro que subía y bajaba. Volvió a la contemplación del vaso, sopesando la última conversación con el hombre, la propuesta dicha entre humo y una espesa penumbra. Los pasos se reanudaron afectados por un ritmo distinto, desordenado, que prolongaba el desconcierto, el engaño de perderse en otros pasos, los del inquilino anónimo cuyo recuerdo comenzaba a ser un fantasma. Comprendió entonces la naturaleza de la derrota, el azar que lo tenía en el cuarto con la espalda encorvada, el frío en los labios, buscándole los ojos. Apretó la mandíbula y los dedos. Supuso que podía hacer un esfuerzo, tocar sus cabellos, mirarle los ojos. Ensayó como si la tuviera ahí, dispuesta a escuchar un alegato inútil, algún lloriqueo: razones suficientes para disponer de ella y alargar la vida de otra. Al terminar, resignado, alzó el vaso y saludó el pacto entre los dos que ella aún desconocía y cuyos pormenores bosquejaba todas las noches. Mantuvo en alto el vaso unos instantes más, en busca de un consuelo retardado y ajeno. Al primer trago los pies de la niña sacudieron su inmovilidad, reanudaron la marcha y comenzaron a subir por las escaleras, al principio muy lentamente, después más rápido, apresurados por el miedo, por la incipiente sospecha. Dejó el vaso en la mesa, escuchó con complacencia el final del recorrido, los pies blancos, los dedos finos hurgando el contorno de las sombras. Las manos tantearon la puerta hasta encontrar la perilla, la giraron con cuidado, como si ensayara una maniobra clandestina cuyo único objetivo era el juego, la burla del silencio. El alcohol bajó por su garganta mientras trataba de convertirse en alguien amable, alguien capaz de decir buenos días, un saludo que ayudara a definir su rostro; una mirada que ella pudiera imaginar, limpiarla en sus noches de niña sola. Movió los dedos, atrapó sin querer un trazo de luz que perduraba en el amarillo de las uñas, en los nudillos ruinosos y enfermos. El timbre del teléfono sonó:
—¿Hola?
—Soy yo… ¿qué respuesta tienes?
—La misma… necesito el dinero —dijo buscando consuelo en las palabras, en la voluntad de imaginar la voz al otro lado de la línea.
—Ya tienes los datos… ésta semana sus padres se van de viaje y la criada que la atiende duerme en un cuarto aparte. No habrá problema.
—No sé si pueda —respondió teniendo una idea más certera de sus párpados hinchados, de los ademanes de hombre lento, gordo.
—Ella vale mucho…
—Sabes que no es fácil —respondió buscando consuelo en la luz de los faroles que ahora caía como una densa cortina amarilla. El equilibrio de los árboles se rompía interrumpiendo el sueño de los pájaros.
—Te doy un consejo… No lo pienses mucho.
—Pienso en Gertrudis
La impaciencia le ponía tensa la quijada, le hacía nadar en agua espesa. La línea había quedado en silencio y él pudo ausentarse para fijar los ojos en la oscuridad y buscar alguna excusa. La imaginación pronto lo llevó a la muerte, a Gertrudis en una cama de hospital. Gertrudis con el corazón exhausto, renqueante como un viejo prematuro. Gertrudis en una habitación blanca, rodeada por el silencio blanco de los hospitales. Un tenue olor a cloro se metía en los pliegues de las ropas mientras un pitido rompía el silencio, se traducía de inmediato a gráficas impersonales, líneas verdes, rojas, otra vez verdes. Él estaba ahí, mirándola de lejos, escéptico, como si estuviera contemplando un mal sueño. Gertrudis sostenía por un momento el contacto con sus ojos, pero casi de inmediato bajaba la vista, la desviaba como si necesitara evaluar la pequeñez de su mundo, las arrugas de la sábana, las venas cansadas, casi transparentes de sus brazos. A veces imaginaba que soñaban los mismos sueños: espacios en blanco, entrelazados, que no se extendían en el tiempo, que llenaban sus cabezas con un goteo pesado y consistente. En medio de la pereza despertaba con la sensación de una voz que murmuraba sus nombres, una y otra vez, como si estuviera empeñada en repetir los pormenores de una despedida demasiado anunciada, dicha hasta el hartazgo. Gertrudis con el corazón renqueante. Gertrudis con un latido somnoliento.
—Pienso en Gertrudis —repitió antes de colgar y volver a diluir el recuerdo. La noche era silenciosa y sin desvestirse se acostó en la cama. Luchó unos instantes para no mover el cuerpo, para sentirse mueble inerte, abandonado. Pero los dedos de los pies aún se movían, como si sintieran la aproximación del agua. Buscó en el techo alguna figura conocida, pero sólo pudo pensar en el insomnio, en el punto luminoso que le abría los ojos y cuyo único objeto era consumirlo entre las sábanas. Resignado, escuchó el crujir de la madera. Fue entonces, en la espera inútil del sueño, que decidió el rapto.

II

Había estado en el balcón la primera vez que miró sus ojos. La luz de los faroles distraía su atención, le impedía concentrarse en sus manos, las despojaba de su tristeza, de atributos mágicos que les daba porque le disgustaba contemplar sus manojos de venas, la vejez de los nudillos, la asimetría en las líneas que abrían caminos en las palmas y que anticipaban nuevas derrotas. Después de estudiarlas apenas tenía ánimo para dar vueltas en la habitación, para pensar en Dios, en su naturaleza silenciosa que ponía en duda su existencia, una bondad apenas perceptible en su vida y que él adivinaba inútil, tan sólo suficiente para dejar manchas de humedad en la habitación. Antes de su llegada al edificio había soñado con una niña ciega, con su mirada cubierta por una película blanca y muy fina, casi un velo de sal o de seda, sin embargo descubrió dos ojos limpios, grandes, de una belleza inerte. Esa noche, aburrido de sus manos, la contemplaba caminar con torpeza por el jardín: un animalillo expectante, tratando de descubrir el sonido de algún nuevo insecto, esperando encontrar alguna flor desprendida por las notas doloridas de la lluvia. En la búsqueda había volteado en dirección al balcón, alertada, tal vez, por un ruido que él había provocado sin querer. La respiración se hizo más lenta. El aire se estancó y dejó de mover una maceta colgante. Ella balanceó la cabeza; estrechó los párpados, inquisitiva, como quien aguza la vista en la oscuridad en busca de una vela. No pudo evitar el verde de los ojos que ahora le parecía impuro, contaminado por diminutos paisajes de sombra, algún brillo exagerado. Pensó entonces que su desgracia era el exceso de vida, la oscuridad provocada por un sacrificio de luz. Miró de nueva cuenta sus manos; alguna nube manchaba la luna, se diluía como un chorro de tinta derramado en el agua. Su pensamiento se volvió ciego un instante y vagó con torpeza, así pudo rememorar el accidente de su vida, la postal enviada desde la costa a Gertrudis; después hubo un poco de somnolencia, una ligera inmovilidad en la memoria y sólo pudo ver un relámpago detenido en el cielo, los restos de nube que aún perduraban y que se enroscaban como dos gatos enfurecidos, en celo.

III

“Sus ojos se oscurecen con el tiempo”, murmuró satisfecho de su verdad recién descubierta. Estaba al otro lado de la puerta, agazapado, sin un plan preciso para ejecutar el rapto. Inclinó la cabeza, imaginó a la niña silenciosa, con los pies descalzos, jugando a extender la mano, moverla lentamente, hacia la derecha, como si descubriera por accidente un limo oculto bajo los dedos o como si estuviera segando un campo de trigo imaginario. Hacía frío a pesar de que faltaban meses para el invierno. Tal vez no alcanzaría el dinero del rescate, tal vez Gertrudis, su corazón, comenzaran a cuartearse antes de llegar con el dinero. Del otro lado de la puerta llegaba un débil siseo. Pensó en una llama diminuta, insuficiente para contener el frío que serpenteaba por el piso, que subía hasta la bombilla para pulir su luz y llenar el corredor de muerte. La niña ciega, sentada en una silla demasiado alta, balanceaba los pies desnudos, lo hacía con cuidado, como si estuviera agitando un estanque lleno de peces. Con un poco de dificultad, bajaba de la silla y permanecía indecisa, formando coordenadas, inventando pasos que la llevaran al encuentro de antiguas islas de luz aún existentes en la madera y que le ofrecían un camino seguro hacia la puerta. Dio algunos pasos. Del otro lado la aproximación era percibida como amenaza. Ella, de alguna forma, se había familiarizado con los movimientos de su cuerpo, con el espacio que ocupaba su respiración cuando estaba nervioso. El trayecto hacia la puerta era más seguro, ya no un tiro al blanco en la penumbra sino una aproximación segura, paciente, hecha para hacerlo sentir avergonzado. Se alejó de la puerta y subió, derrotado, las escaleras. Estuvo en su cuarto caminado, dando vueltas, asomándose a intervalos al jardín. Dibujó hasta que los dedos se le entumieron. A medianoche sonó el timbre del teléfono: una conversación muy parecida a la del día anterior, la promesa firme de realizar el rapto. Después de colgar la bocina la habitación quedó en silencio, bajó de la cama y comenzó a recorrer la habitación a ciegas, tanteó el aire, intentó recordar la disposición de los muebles. Soltó una maldición cuando las rodillas golpearon el filo de un cajón abierto. Unos momentos bastaron para que se sintiera tranquilo, aspiró con fuerza, como si estuviera recolectando el perfume de una selva oscura y así llegó con seguridad a la mesa de centro. La mano derecha exploró un diario carcomido, lo empujó a una esquina derribando sin querer un objeto cuyo ruido le hizo pensar en un salero. Lo comprobó cuando al seguir avanzando algunos granos invadieron el interior de las uñas. Hubo un presentimiento, similar al que sueña con un cadáver en la playa y los dedos comenzaron a rascar la madera, a expulsar la sal con angustia. Sólo tuvo paz cuando el último grano se desprendió. Volvió a la cama. Sin abrir los ojos encontró el interruptor de la lámpara y la apagó. Las puntas de los dedos temblaban, antes de abandonar la cómoda rodearon —triunfales— la superficie de un cenicero.

IV

La vida en el hospital avanzaba y se detenía. A veces la vista iba de sus manos a los azulejos blancos, al murmullo en el pasillo que confundía con una incipiente lluvia. A la misma hora, en el cuarto de al lado, se elevaba una voz femenina, una oración que —estaba seguro— había escuchado de niño. La noche dejaba paso a una madrugada estéril, menos confusa. Gertrudis dormía y era entonces cuando le contaba del plan, en voz baja, esperando —tal vez— un absurdo consentimiento. Murmuraba restos de frases, hilaba fechas, proyectaba los hechos a un futuro promisorio. Después de un rato se arrepentía y hablaba de su soledad, la iba enfocando poco a poco hasta reducirla, despojarla de su heroísmo y volverla una serie de acciones inconexas: narró la compra de un panqué con pasas, siluetas dispersas en el andén del metro, el letrero apagado de un café de chinos. Se miró entrando al edificio, volviendo a unir las piezas del día. Con voz tranquila le contó a Gertrudis cómo lo dominaba el insomnio, cómo permanecía al borde de la cama, imitando los gestos de un hombre que ofreciera a su vida un poco de indiferencia. Tenía entonces la necesidad de acompañar con la mirada la trayectoria de algún insecto, de gritarle a la gente que quería dormirse y, después, con inusual rebeldía, destruir sus dibujos, derramar el resto de la ginebra entre las sábanas. Mientras Gertrudis dormía estaba extrañamente apaciguado, más dispuesto a los detalles, aceptar que sólo quería mirar sus manos, extenderlas, sentir su peso sobre la almohada cuando le hablaba…
¿Piensas que la vida está contenida en las manos? Compro pliegos de papel, hago reproducciones de ellas y las pego en las paredes. Después de una sesión prolongada de dibujo los dedos dejan incompleto un último trazo y se entumecen, como si estuvieran sufriendo un repentino ataque de hipotermia, entonces los alejo de la sombra, y busco un poco de luz blanca para calentarlos. Ahí examino cada milímetro de piel, cada arruga, cada línea que representa la suma de mis padres y mis abuelos. ¿Puede variar, con cualquier decisión, el trayecto de una línea? ¿Puede alterarse la conjunción de una con otra? Sólo sé que no puedo dejar de mirarlas, que dibujo sus contornos y el vacío que resta lo lleno con mapas, datos inútiles, signos tuyos y míos. ¿Crees que exista una clave secreta en ellas, algún código que nos permita resolver nuestras vidas? En las noches la textura de mis manos es frágil, de papel de china. Palpo con ellas el frío de las sábanas, imagino que rodeo una luna tumefacta que se hace agua para que no olvide que están vacías, huecas. Tengo las manos huecas, Gertrudis, y por ahí te me escapas en las noches, por ahí nos vamos los dos y cuando despierto sólo retengo algún rastro, el olor de una lluvia antigua.

El resplandor de la ventana atraía insectos nocturnos. Atraídos por la luz golpeaban una y otra vez el vidrio. No podía seguir hablando. En realidad había dicho todo. Cansado, por hacer algo, trató de imitar con las manos el inútil revoloteo. De la nube de insectos se desprendió una falena parda, aún húmeda por la lluvia. Dejó de mirar la ventana cuando escuchó que la puerta se abría. Una enfermera morena, delgada, entró para tomar datos y cambiar el suero. Gertrudis no despertó aunque durante el procedimiento apretó los párpados, como si en el sueño sintiera un dolor lejano, quizá placentero. La falena seguía tras la ventana, aunque el escarceo amoroso con la luz la había dejado exhausta, patas arriba, con estertores en las alas que la enviaban a la muerte. Somnoliento, recargó la cabeza junto a las piernas de Gertrudis. El pitido de la máquina era un lenguaje secreto que además de registrar los latidos del corazón medía también la vergüenza, el frío en los ojos. Entró en el sueño para sentirse redimido, para entrar a un terreno donde aún podía incendiar los días, reconocer pasajes de su vida convertidos en una serie de escenas absurdas y felices.