lunes, 9 de agosto de 2010

Tres poemas

Sergio Loo

CABALLITOS DESBOCADOS DE HOCICO CONTRA EL MURO

y ahí vamos de nuevo al juego giratorio de los caballos para salir volando
lesionados de silencios incómodos y besos remendados que me saben
a reproches añejados o brillantes bengalas de auxilio sáquenme
de esta sala mientras le cambias al televisor brilla
carcajeándose de nosotros el conductor del programa muestra su
dentadura sonriente cuando en vez debiera abrirnos de par en par
sus sentimientos redonditos con los pantalones abajo y declamarnos comerciales
de productos que de tan milagrosos copulativos de nuevo tú
desabotonándome la camisa y te trepas a caballito arre arre caballito
que nos llevará directo al choque al muro del te acuerdas pero no
me acuerdo cómo llegar a las plantas
de tus pies separadas en mis manos y tus ganas de acelerar
la tarde hasta que termine y me tenga que ir o el programa finalice con
un enorme aplauso de parte de todos los televidentes llenos atascados
de una felicidad idéntica a quítame la camisa que quiero revolcarme
en tu arre arre acelera acelera para salir
volando como una parvada de aplausos lesionados de no vamos
a lograr esa dicha de nuevo pero
momentáneamente nuestros silencios en la sala más coloridos
que estar solos frente a internet buscando un pedazo de carne o
agujerito con nombre de telenovela como Pedro
Franciso Javier Alonso Fernando Santiago Gómez de la Garza
y Garza contoneándose cervatillo indeciso de quitarse la ropa o
decirnos ojos grandes siento algo especial por ti no tengo casa quiero
mudarme contigo o si no
retomar eso de los amigos y sus constantes ay ey uy ay y
sus chismes bobos de tan locales tan secos tan sin ti sin sexo sin tu vente aquí
aquí te quiero carne para mi solito pero ya no sabemos cómo
regresar a ese justo pantone de anaranjado de mi sofá o
tu cama apenas cruzábamos la puerta de donde ahora mismo sembramos
ecológicos arbolitos de silencios entrecortados por los gritos
de los concursantes del programa de televisión que quieren sueñan
ganarse un viaje a la playa o un auto o un refri o
una tostadora o lo que sea pero no regresar
a la casa con las manos con de nada


TODAVÍA NO ME APRENDO LOS DIÁLOGOS DE ESTA COMEDIA ROMÁNTICA

y ahí vamos de nuevo al juego giratorio de los caballitos del
carrusel lleno de focos y frases que ya sabemos de memoria que
el crucigrama se resuelve con tan sólo escribir las letras que juntas dicen yo
no tuve la culpa ni tú tuviste la culpa pero ya
se jodió todo con letra de molde o manuscrita el punto es
que quede bien clarito y legible para que nunca jamás lo podamos pero
ahí vamos de nuevo al caballito giratorio del carrusel que
no avanza nuestra desdicha o nuestro tedio le paralizó el hocico
de plástico inoxidable implacable tu risa que de tan ríspida
relinchido de nervios porque no vamos no a poder regresar al caramelo
de los besos y las llamadas interminables y los arrumacos que
ensoñadores caballitos de carrusel terminaron deviniendo en
El Guernica o El Grito o Las señoritas de Avignon o todos los planes
que ya no pero dándonos vueltas nuevas vueltas nuevas oportunidades y eso
que dijiste no lo voy a tomar en cuenta o buscamos la forma el
cómo retractarnos pero ya no encajan mis
piernas con tus piernas y los reproches se nos en cabeza y
buscamos la forma de cómo regresar la forma de regresar el cómo y ahí
vamos de nuevo al juego giratorio de marearnos la cabeza y ahí
vamos de nuevo al juego giratorio de remendarnos la cabeza y ahí
vamos de nuevo a reírnos de nuestros malos fallidos intentos de empezar
los errores de nuevo


EL VIERNES DE QUINCENA ES UNA BALADA PARA NOSOTROS

cambia de nombre hoy dime cómo te llamas aquí
apesta apesta a soledad barata de canción balada de cantante fallida de pelo esponjado
vienen con su mejor camisa de siempre con su loción oficinista a ver si así
sólo así con su perfumito cariñoso por favor no me dejes te compro
cosas caras y coloridas de marca importadas de moda hedionda de canción chafa
escuchada una y otra la balada de los setenta la foto de los Carpenters
con su gato juguetón puñetero de mierda y luz tenue de mediodía me tiene
me tiene hasta la pero me gusta el brillo de tus ojos flotando en el fondo
de mi cerveza volverá a mí
la maldita primavera te canta diáfana y prodigiosa y grácil
pero no me remite ya a nada de florecitas ni siquiera de plástico por favor ya
no hay para ti no hay para mí más que el tufo de la balada romántica repetida
a ver si así sólo así alguien cae y te vas conmigo a la casa o yo a la tuya para ver
si cabemos bien o rentamos algo juntos los muebles minimalistas tú los escoges
porque sé te gustaría ser la versión remix moderna renovada la canción de tu madre
aunque se ve se nota tú eres diferente a los demás y yo te quiero decir te quiero
inmobiliario de este puto bar de soñadores de tufo de miel pero por favor
dime que sientes lo mismo que yo inmobiliario
de este bar rancio que viene venimos todas las noches para ser siempre ser
nuevos y sentir por primera vez eso
brotando de nuestros ojos germinantes relucientes de ilusión y telenovelas
del canal 2 adolescentes descubiertos por primera vez dispuestos
a la égloga y el bailable de ir al cine y meter mano en lo oscuro y meter
lengua en lo blando arriba abajo arriba no me dejes por favor
tocan nuestra canción no te vayas hijo de tu pinche puta madre no
te vayas porque que así no quiero no termina el videoclip de mi vida vete
a chingar a tu madre culero Sísifo chichifeante de bar en bar que yo y mis jeans pegados
nos merecemos más que este video alcoholizado y la cantante
que no canta y apenas baila pero oh qué nalgas tiene todos
quieren ser ese par de nalgas tiernas pero rudas pero sensibles que bailan bailan
y seducen a los hombres sumiendo la panza o ligando en lo oscuro por favor
no me veas así soy una persona muy sensible y yo sé que tú
eres igual que yo somos distintos
porque me lo dicen tus ojos tu boca tus dedos tus todos tus lugares comunes
y la sonrisa bobalicona que no aguanta no aguanto más ¿voy
o vienes a mi casa?

Cuatro poemas

León Plascencia Ñol


IMITACIÓN DE JOSÉ WATANABE, QUIEN A SU VEZ IMITA A BASHO

Los dragones voladores despiertan
una insospechada duda: ¿cuánto del río subsiste
en el poema? Aletean minúsculos frente a mí y yo quisiera escribir
un sijo para ti. Tengo compasión: la roca
está cansada por el paso del agua, choca contra ella y la rebasa. No
hay molde para contener un ejército de dragones alados enfrentándose
a la brisa que sale de los juncos. Quería decirte en este poema
algo sobre la belleza roja del paisaje. Fue sólo un momento. Vi el agua
descender abochornada por el río: se cubría los pliegues y aparecieron ellos,
un ejército marcial y fiero. Todo el rojo no cabe aún, explota
silencioso. Las hojas del árbol parecen garras que se abren rojas
también en su melancolía. Quería escribirte este poema. La lluvia no me deja. Sólo
conservo del paisaje lo que ya olvido. ¿Cuánto del río subsiste
entre nosotros?


ENCONTRADO EN UNA LIBRETA DE M. P.

This is what I am doing now.
M. P.

Esto lo estoy haciendo ahora.

Colinas rojas frente al cementerio, dices.

Una superficie brillante en la mesa, papeles dispersos, un chorro cayendo en el búcaro, desperdiciados colores entre el humo.

Como un brazo extendido.

No hay escritura visible.

Dice: al borde del hombro, en el pliegue de la boca. O cambias de posición en la tumbona—           Letras que se oscurecen.

Me gustaría irme a Madagascar. Aprendí a encontrar los signos ocultos de la lámpara.

Di: Esto lo estoy haciendo.

Di: Ahora el muelle es algo que te mencioné. Como mi nombre y la botella junto al guijarro.

Posiblemente la puerta entreabierta. El lenguaje.

Di: las nubes de Hong Kong son muros, dices.
Estas brisas.

Estos árboles que perdí, me acostumbré a decir, dices.

Hubo un camino.

Antes de saberlo, las olas tuvieron algo de familiar.           Es     lo mejor que pude hacerlo—

Di: ahora una seguridad, unos lugares.

Di: la playa afecta a la alabanza.           Lenguaje, dices.

La primera estela, la rompiente.

No hay complejidad en los suburbios. Johnson, Blake, Williams. ¿Antes hubo amor?

Hablo como un recolector de algodones, dices.

El lenguaje es un guijarro.


PAISAJE Y GESTOS

Si fuera tú, le digo,
esperaría primero una imagen antes
de intentar un discurso natural. Por ejemplo,
preguntaría sobre las gotas esparcidas
en las baldosas y no por el duque de Sforza.
Lo vimos aquel día, ¿lo recuerdas? Aunque creo lo olvidaste,
como las flores que tiramos a la basura. Hay gestos
tan livianos que están presentes: un poco
de café en tus labios, el dedo
que toca la expresión de extrañeza de tu ceja. Una nube
que es serpiente. Algo de Valéry
diría pero callo. Había montículos
de arena, zonas abandonadas, una estrella reluciente
en pleno azul y una franja de robles al cruzar
tan sólo la avenida. Si fuera tú, detendría la vista
en este paisaje de edificios. Son hormigones, concreto
que se alza. Pero no hay abandono, hay belleza
entre los escombros, la grúa que gira, los castillos
que sostienen estos mundos. Una estela, un muro
de lluvia ligera no ahuyenta la visión
de que algo ha cambiado. Hay reiteración
en el orden natural de la luz
en ciertas horas. No podría decirlo.


CARPINTEIRO

Los trabajos del pájaro carpintero
tienen algo de luz demorada. Un rápido
golpeteo en la rama altera todo el orden
que me pediste. Hay azules y morados
bajo nuestros pies. Cada golpe
del carpintero provoca un quiebre
en el mundo. Pudiéramos estar desnudos, dices. Bajo
los párpados sucede casi todo. El carpintero
no se oculta y busca lo frágil de la rama. Un poco
de escritura entre los cuerpos
y las gotas caen hacia tu espalda. Me quiebro,
dices mientras el carpintero barrena. Tan sólo
cinco nubes fotogénicas, una sombra
de flores alrededor de la banca. Podríamos
delimitar el espacio, la grama
o el tepe a cinco metros de nosotros.
Volvería a decirlo: Este abanico /
hay que tirarlo (Basho). Y entonces
el carpintero me mira, lanza un picotazo
más fuerte: “La manera de respirar
que proviene de ti, tiene algo de golpe
y sufrimiento”. El carpintero
abre sus alas. Un gesto
ligero para que pase el aire. Deberías
saberlo.

Para entender a Borges*

Christopher Domínguez Michael
(Fragmento)

Es sorprendente leer en la Historia de la literatura hispanoamericana (1961), de Enrique Anderson Imbert, libro que todavía se reimprime, que Jorge Luis Borges, según el profesor argentino, “consciente de su originalidad, renunció a ser popular, hizo una literatura que ignora al lector común”. El juicio de Anderson Imbert resultó, como ya preveerá el propio lector, falso y por varios motivos. Si Borges, para empezar, hubiera renunciado “a ser popular” escribiendo los cuentos y los ensayos que escribía, el tiro le habría salido por la culata. A partir de 1960, cuando le dieron el Premio Internacional de Literatura Formentor, que compartió con el dramaturgo irlandés Samuel Beckett, sus libros inundaron el mundo, demandados precisamente por ese “lector común” al que cortejaron otros autores actualmente desprovistos del carisma póstumo de Borges. Pienso en Anatole France o Ernest Heming­way, por ejemplo, clásicos expulsados del canon como hay santos bajados del altar.
Y si por “lector común” entendemos al que Virginia Woolf definía como tal y que Anderson Imbert probablemente no despreciaba, es decir, a la mujer o al hombre presumiblemente jóvenes, que sin ser necesariamen­te escritores, profesores o críticos, leen por placer y con perplejidad, ten­dremos que durante la segunda mitad del siglo XX esos lectores le dieron a Borges una fama y fortuna que él mismo nunca habría sospechado.
La obra de Borges se convirtió para el lector común en un equivalente de esa Enciclopedia Británica que Georgie, como le llamaron sus familares y amigos durante toda su vida, no se cansaba de “fatigar” en la biblioteca de su padre. Es una enciclopedia, la de Borges, en la que caben muchas de las maravillas de la literatura antigua y moderna. Er­nesto Saba­to, un escritor contemporáneo suyo con el que él no se llevó nunca muy bien, hizo una enumera­ción caótica —una manera de expresar la variedad del cosmos que el propio Bor­ges practicaba— de lo que podía encontrarse en su obra: “manus­critos de heresiarcas, naipes de truco, Que­vedo y Stevenson, le­tras de tango, demostraciones ma­temáticas, Lewis Carroll, aporías eleáticas, Franz Kafka, laberin­tos cretenses, arrabales porteños, Stuart Mill, De Quincey y guapos de chambergo requintado”.
“La mezcla”, continúa Sa­bato, “es aparente: son siempre las mismas ocupaciones metafísicas, con diferente ropaje: un partido de tru­co pue­de ser la inmortalidad, una biblioteca puede ser el eterno retorno, un compa­drito de Fray Bentos justifica a Hume. A Borges le gusta confundir al lector: uno cree estar leyendo un relato policial y de pronto se encuentra con Dios o el falso Basílides.”
¿Cómo abordar la obra de Borges sin confundirse? Hay que seguir el orden, un tanto desordenado, que él le dio a su propia obra, ir de libro en libro, usando sólo como material de consulta las diferentes ediciones de sus obras completas, que él mismo recopiló sin preocuparse porque fueran realmente completas y que sus herederos no han terminado de recoger y no han organizado de manera convincente. Tampoco conviene leer separada, en la medida de lo posible, su poesía de su prosa, pues algunos de sus libros (co­mo El hacedor, Historia de la noche, Los conjurados) son misceláneas perfec­tas de cuentos y poemas mientras que la clasificación comercial anglosajona de ficción y no-ficción es la primera que se torna inútil frente a Borges, au­tor de falsas reseñas y relatos que parecen ensayos. Y de cuentos que él prefería llamar ficciones.
La cronología se debe seguir sólo relativamente: Borges mismo des­creía de la historia de la literatura. A grandes rasgos, podemos clasificar su obra en las siguientes regiones:
1. La poesía de juventud. Aparece corregida por el propio Borges lo mismo en sus Obras completas que en su Obra poética en tres tomos: Fer­vor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Mar­tín (1929).
2. Los ensayos de juventud. Borges prohibió la reedición de los tres pri­meros durante su vida: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1929). Evaristo Carriego (1930), bio­grafía fragmentaria de un poeta popular, fue la primera obra en prosa de la que no se arrepintió.
3. Los ensayos, relatos y poemas de madurez: Historia universal de la infamia (1935), Historia de la eternidad (1936), Ficciones (1944), El Aleph (1949), Otras inquisiciones (1952) y El hacedor (1960), Para las seis cuerdas (1965), Elogio de la sombra (1969), El otro, el mismo (1969), El oro de los tigres (1972), La rosa profunda (1975) y La moneda de hierro (1976).
4. Los relatos, poemas y ensayos de los últimos años: El informe de Brodie (1970), El libro de arena (1975), Prólogo con un prólogo de prólogos (1975), Historia de la noche (1977), Siete noches (1977), La cifra (1981), Nueve ensayos dantescos (1982), La memoria de Shakespeare (1983), Vein­ticinco de agosto 1983 y otros cuentos (1983) y Los conjurados (1985).
5. Obra crítica recuperada. Es una parte importantísima del conjunto, que empezó a publicarse con Textos cautivos (Ensayos y reseñas en El Hogar, 1936-1939), siguió con Borges en Sur, 1931-1980 (1997) y con tres tomos de Textos recobrados, aparecidos en 1997, 2001 y 2003. Estos tomos, además de incluir toda clase de materiales inéditos o poco conocidos, lo mis­mo que correspondencia de juventud, iluminan a Borges como reseñista y editor literario.
6. Los prólogos escritos por Borges para las bibliotecas de autor que se hicieron en su honor: Prólogos con un prólogo de prólogos de 1975, Bi­blioteca personal de 1988 y Prólogos de la Biblioteca de Babel, de 2001.
7. La obra de Borges en colaboración es amplia y está reunida en un solo tomo (no del todo completo): Obras completas en colaboración (1991). De este gran cuerpo se agruparían aparte los cuentos, las crónicas y una no­vela (Un modelo para la muerte, 1946) que Borges escribió con Adolfo Bioy Casares, usando los seudónimos comunes de H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch: Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Dos fantasías memo­rables (1946), Los orilleros. El paraíso de los creyentes (dos obras de teatro, 1955), Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Do­mecq (1977).
8. En colaboración con sus amigas, pues para Borges las mujeres fue­ron esenciales en su vida de escritor, escribió varios títulos, que atañen gene­ralmente a temas de divulgación en los cuales se encuentran ideas literarias y opiniones decisivas del escritor: Antiguas literaturas germánicas (con Delia Ingenieros, 1951), El Martín Fierro (1953) y Manual de zoología fantástica (con Margarita Guerrero y a partir de la edición de 1967 titulado El libro de los seres imaginarios), Leopoldo Lugones (con Betina Edelberg, 1953), La her­mana de Eloísa (con Luisa Mercedes Levinson, 1955), Introducción a la lite­ratura inglesa y Literaturas germánicas medievales (con María Esther Vázquez, 1965 y 1966), Introducción a la literatura norteamericana (con Esther Zem­borain de Torres, 1967), Qué es el budismo (con Alicia Jurado, 1976), Breve antología anglosajona y Atlas (con María Kodama, 1976 y 1984).
9. Además de “Two English Poems” publicados en El otro, el mismo, de una importancia emblemática, Borges escribió en inglés una única Auto­biografía (1970 y traducida al español en 1999) y dictó sus conferencias en Harvard (traducidas como Arte poética, 2000), ambos volúmenes de gran im­portancia.
10. Hay finalmente algo que podría llamarse el “universo expandido” de Borges, que va desde su propio Borges oral (1979) hasta sus abundantes conversaciones recogidas por interlocutores suyos como Antonio Carrizo (Bor­ges el memorioso, 1981), Fernando Mateo (El otro Borges: entrevistas 1960-1986), Victoria Ocampo (Diálogos con Borges, 1969), Fernando Sorrentino (Siete conversaciones con Borges, 1973), Ma­ría Esther Vázquez, (Borges: imá­genes, memo­rias, diálogos, 1977, y Borges: sus días y su tiempo, 1984) y Oswaldo Fe­rrari (En diálogo, I y II, 2005), para hablar solamente de lo pu­blicado originalmente en español. Al universo expandido pertenecen, además, los poemas y cuentos de atribución du­dosa y las parodias que circulan por la red.
11. El monumental Borges (2006), de Bioy Casares, también puede ser considerado obra de Borges, en la medida en que re­gistra, transcritas por su amigo, medio siglo de conversaciones sobre todo lo humano y lo divino, es decir, sobre lo literario. En este libro indis­pensable y polémico (polémico porque no que­da explícito cómo lo recopiló Bioy Casares y qué grado de colaboración le ofreció Borges) quien habla, esencialmente, es Borges y lo ha­ce en toda libertad, desde la privanza y la in­timidad. Quien tenga una imagen piadosa de Borges quizá debe de abste­nerse de leer este voluminoso diario.
Hablemos del joven Borges y sus poemas sin olvidar que, en sus pri­meros años, fue lo que se esperaba que fuera, al menos en su apariencia, un joven escritor en las primeras décadas del siglo pasado: vanguardista, provo­cador, gregario, ávido de construirse una identidad ejerciendo la distancia activa con la tradición, organizando cenáculos ardientes y revistas efí­meras, observador entusiasta de los experimentos sociales. En una “Invocación a James Joyce”, poema aparecido en Elogio de la sombra (1969), recordará aquellos tiempos: “Fuimos el imaginismo, el cubismo, / los conventículos y sectas / que las crédulas universidades veneran.” “Ceniza”, concluye Borges, “la labor de nuestras manos/ y un fuego ardiente nuestra fe.”
Como la figura principal del ultraísmo hispanoamericano —jefatura que le fue reconocida de inmediato—, Borges creyó, durante esos pocos años o meses que en la juventud son decisivos, que la poesía debía concentrarse en lo esencial, la metáfora. Como ultraísta Borges tuvo, además, la suerte de ser discípulo de Rafael Cansinos-Asséns, un escritor español orgullosísimo de su origen judío, traductor de Las mil y una noches y de las obras comple­tas de Goethe, de Balzac y de Dickens. También en el movimiento ultraísta conoció al español Guillermo de Torre, historiador de la vanguardia y espo­so, desde 1928, de la pintora Norah Borges, hermana menor de Jorge Luis. Y por uno de sus juegos de espejos propios de la vida literaria, de la tertulia rival a la de Cansinos-Asséns, Borges recibió la influencia del genial Ramón Gómez de la Serna, que sería de los primeros en reconocer su talento y es­cribir sobre él. El extrovertido RAMÓN —así nada más se le conocía en ambas orillas del Atlántico— le enseñó al tímido Borges las maneras que, aprovecha­ría casi medio siglo después, del gran escritor internacional, a la vez nuevo y tradicional. La lección de Cansinos-Asséns sería más profunda y quizá más perdurable: a Borges, que en su día fue nacionalista, le enseñó el orgu­llo de ser extranjero en su tierra. Al olvidado Cansinos-Asséns, Borges lo alcanzó a visitar, en Madrid, en 1963. A Gómez de la Serna, muerto ese mis­mo año en Buenos Aires, Borges le alcanzó a dar una última entrevista.
Una vez que volvió definitivamente a la Argentina en 1923, Borges pu­blicó, uno tras otro, sus tres primeros libros de poemas: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín, el resultado del amor loco que le despertó Buenos Aires, su ciudad natal que conocía poco. Fue Néstor Ibarra, su primer traductor al francés tenido también por haber sido su primer discípulo, quien dijo que Borges dejó de ser ultraísta tan pronto es­cribió su primer poema ultraísta. Más allá de las imágenes y los tropos de la vanguardia, aquellos primeros poemas no sólo son con frecuencia excelentes sino son una lectura cuya hondura sentimental —y no pocas veces hasta ingenua—sorprenderá a quien espera toparse con el escritor frío y ce­rebral pintado por quienes, con mala fe o un conocimiento precario de su obra, lo caricaturizaron.
Borges sabía mucho de sí mismo —no todos los escritores lo saben y si lo saben no lo dicen con propiedad— y definió así, en su Autobiografía, la esencia de Fervor de Buenos Aires: “El libro era esencialmente romántico, aunque fue escrito en un estilo escueto y abundaba en metáforas lacónicas. Celebraba los atardeceres, los sitios solitarios, los rincones desconocidos; se aventuraba hasta la metafísica de Berkeley y hasta la historia familiar; regis­traba primeros amores.”
Paseándose por Buenos Aires, Borges se identifica con Walt Whitman, el gran poeta de los Estados Unidos que había descubierto en alguna página de las revistas alemanas de poesía durante los años de Ginebra. Como Whitman, va creando Borges una geografía imaginaria que a veces coincidi­rá —en su largo trecho de poeta— con los viejos barrios de su ciudad natal y, en otras, con el mapa inverosímil de las civilizaciones antiguas. Borges es fantástico cuando quiere ser realista y su realismo es muchas veces fantástico. En el joven poeta fascinado por el atardecer ya aparecen —según veo en mis notas al margen de sus primeros poemas— obsesiones que lo acompañarán hasta su último libro de poemas, La cifra, publicado antes de su muerte, como aquello de que lo que le ocurre a un hombre le ocurre a to­dos. Borges confiesa haberse atormentado con Dostoievski, como tantos jóve­nes lectores. Pero nunca creyó culpables —como el novelista ruso— a todos los hombres de algún pecado original.
Ni en Madrid ni en Buenos Aires les interesaban mayor cosa a los ul­traís­tas “los ferrocarriles, los motores, los aeroplanos o los ventiladores eléctricos”, lo cual libró a Borges de los amaneramientos más toscos de la vanguardia e hizo que naciera, en él, de manera natural, un poeta en el más amplio sentido de la palabra, es decir, no sólo quien escribe verso —medido o libre— sino quien resguarda la totalidad del lenguaje y es, como esperaban los griegos que lo fuera el poeta, el contador de historias. A través de los cuentos y los ensayos, Borges continúo una misión poética nombrando antiguas cosas —una flor que viene de la tierra de los sueños, una espada aparecida en la Odisea— con el mismo deslumbramiento con que había descubierto Buenos Aires tras sus años de infancia, adolescencia y juventud en Europa.
Durante varios años de su vida Borges dejó de escribir relatos, pero nunca abandonó la poesía. En 1955 los oftalmólogos le prohibieron leer y es­cribir dada la gravedad que tomaba su ceguera. Borges aprendió entonces a memorizar sus textos y a dictarlos. Como es más fácil memorizar y dictar un poema rimado, le dio preferencia a las formas tradicionales, como los sonetos y las décimas. Era una cortesía para su madre, doña Leonor, que fue su amanuense como para los amigos y las amigas que lo ayudaban. Pero aun en la vanguardia, Borges fue un poe­ta de temperamento tradicional, lo cual, dado el amor del siglo XX por sí mis­mo, por su vanidosa moder­ni­dad y sus “inocentes novedades ruidosas”, provoca que a veces no se le mencione entre los cuatro o cinco gran­des poetas hispanoamericanos donde yo creo que tiene un lugar.
Si Borges fue tolerante con sus poemas de juventud y con el joven poeta que los escribió, reuniéndose con él a través de conmovidos en­cuen­tros imaginarios, en cuentos y poemas, fue inclemente con esos tres prime­ros libros de ensayos —Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928)— cuya reedición no autorizó jamás. No fue sino hasta después de su muerte que María Kodama, su viu­da, los hizo publicar. Aparecerán, se anuncia, en el tomo pendiente, el quin­to, de sus Obras completas.
Borges rechazaba esos ensayos, capitales para comprender el sentido de su obra de madurez por razones ante las cuales no sé si el lector pueda ser benevolente. A los 25 años padecía, según confesó después, del mal de “querer ser argentino” y atiborró, en consecuencia, ese par de libros de lo­calismos, ansioso también de ser una suerte de escritor barroco, como sus admirados Thomas Browne, el inglés, y Diego de Torres de Villarroel, el es­pañol. Aunque la estructura de la frase ensayística es ya la suya, aparece todavía hinchada y a veces hasta descompuesta, como si fermentara. Fue el ensayista Alfonso Reyes, entonces embajador de México en la Argentina, quien le aconsejó a Borges —consejo por el cual le manifestaba pública gra­titud— cómo podar esa vegetación. Pero ese argentinismo barroco sólo era el síntoma de un mal mayor, que llamado criollismo o regionalismo era la variante que a Borges le tocó padecer del nacionalismo que se generalizó en el mundo durante los años treinta, enfermedad que le avergonzaba haber su­frido.
En “El escritor argentino y la tradición”, conferencia incluida en Dis­cusión, Borges ajustó cuentas con el asunto, con un ingenio firme que a otro espíritu menos severo le hubiera bastado para perdonarse sus errores de ju­ventud. Conviene recordar a Borges —y así lo presenta Sergio Pastormelo en Borges crítico (2007)— como el más peleonero de los escritores argentinos, un polemista consuetudinario que se aviene poco a la imagen, difundida du­rante sus gloriosos años finales de peregrinaje, del sabio y ocurrente gurú.
Dijo en aquella conferencia que la hipótesis en la que se basaba el nacio­nalismo literario argentino tenía un origen falso: creer que la literatura gau­chesca y, sobre todo, el Martín Fierro (1872), de José Hernández, su libro capital, contaban la epopeya del pueblo argentino. Los voceros de esta tesis eran el venerado poeta Leopoldo Lugones, con cuya obra Borges sostuvo una relación muy ambigüa, y Ricardo Rojas, el aparatoso historiador de la lite­ratura argentina.
No, decía Borges, la literatura gauchesca es obra de refinados intelectua­les nacionalistas; los héroes de la pampa retratados por Hernández, o por Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra (1926), hablan a través de li­te­ratos que, como lo había hecho el propio Borges, se nutren de dicciona­rios de argentinismos. Los poetas populares, agrega, nunca son deliberadamen­te populares. No en balde dice Alan Pauls, interpretando a Borges, que los nacionalistas son los verdaderos turistas que recorren sus patrias en busca de lo exótico y de lo pintoresco. En la Argentina de aquella época se batían los nacionalistas contra los cosmopolitas, como en México, donde el crítico Jor­ge Cuesta libró una batalla similar. En “El escritor argentino y la tradición”, Borges concluía recordando a los escritores irlandeses a quienes les basta sen­tirse irlandeses para diferenciarse de los ingleses: “Creo que los argentinos, como los sudamericanos en general, estamos en una situación análoga; po­demos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas.”
El nacionalismo se le pasó a Borges y se convirtió en una de las doctri­nas que abominaba. Y a la distancia, en aquellos libros condenados, se pue­den encontrar ensayos esenciales sobre Norah Lange (escritora argentina de origen noruego que fue uno de sus grandes amores), sobre el filósofo Ber­keley y sobre su maestro Cansinos-Asséns. Tiene mucha importancia, a su vez, el orgullo por sus ancestros, explícito en El tamaño de mi esperanza y cultivado en él por su madre. Estela Canto, en Borges a contraluz (1993), se burla un poco de doña Leonor, orgullosa del linaje familiar que incluía a per­sonajes históricos de segundo orden, situación que, dado el reducido número de viejos criollos que poblaron el Río de la Plata, era bastante común. Impor­ta, y mucho, que Borges escribiera en honor de su linaje algunos de sus poe­mas más bellos, no exentos de polémica, dada la admiración que sentía por la parada y el porte militares, afición que el siglo XX y sus guerras han torna­do de dudoso gusto. El mismo Borges, en sus últimos años confrontado a la devastación dejada por la dictadura impuesta en la Argentina entre 1976 y 1983, diluyó un tanto ese orgullo y vindicó el pacífico anarquismo conserva­dor de don Jorge Borges, su padre.
Es cosa de leer, en ese tono épico y legendario, poemas de los que Bor­ges se sentía particularmente orgulloso, como “Rosas” (en Fervor de Buenos Aires), “El general Quiroga va en coche a la muerte” (en Luna de enfrente), “Isidoro Acevedo” (en Cuaderno San Martín), como antecedentes del muy famoso “Poema conjetural” (en El otro, el mismo), que expresa lo que el doc­tor Francisco Laprida, asesinado el 22 de septiembre de 1829, piensa antes de morir. Ése era el museo familiar de Borges, como dice Rodríguez Mo­negal.
Evaristo Carriego (1929) fue siempre reconocido como un “hijo legítimo” por Borges. Carriego, un poeta popular vecino de la familia Borges y amigo de su padre, le ofrecía a Borges un motivo insólito para ensayar en la confluencia entre temas diversos que, según Pauls, son la biografía fallida, el ejercicio de historia o de antropología urbana, “manualcito de crítica lite­raria”, ficción que vacila, colección de cuadros de costumbres. Yo desta­caría de Evaristo Carriego la biografía imaginaria, más que fallida y el culto, tan borgesiano, por el poeta menor, por el escritor cuyo fracaso sólo anuncia el nuestro, el mal poeta que solamente se le adelanta al ge­nio en llegar pri­mero al olvido. De ese culto destacan poemas de Borges como “A un poeta me­nor de la antología” (en El otro, el mismo), “A un poeta menor de 1899” (del libro anterior, también). Borges “se inventa” a Ca­rriego como después se inventará a Kafka, el escritor más influ­yen­te del siglo XX, y esa igualdad con la que trata a uno y otro se­rá muy convincente. Tomando una idea crítica del poeta T.S. Eliot, dirá Borges, en “Kafka y sus precursores”, que “cada escritor crea a sus precursores. Su la­bor modifica nuestra concepción del pasado como ha de modifi­car el futuro.” (Otras inquisicio­nes, 1952)
En Discusión Borges remata el tema del nacionalismo y de la literatura gauchesca, argumenta su admiración poética por Whitman, se interesa por la Cábala y en un ensayo muy leído, “La postulación de la realidad”, toma posición ante la querella de los clásicos y de los románticos, entre la narra­ción de lo nuevo y la invención circunstancial, querella entre la literatura explicada como fije­za y la literatura vivida como fiebre, batalla del orden contra la alucinación. El romántico quiere expresarse; los clásicos quieren que las imágenes sean del bien público. En Edgar Allan Poe —tras una búsqueda de varios años— habría de encontrar Borges a esa figura paradójica que superaba el conflicto atávico entre clásicos y románticos, al transferir —como indica Pastormelo— los privilegios del autor al lector, disociando, a su vez, a la poesía del sentimiento poético. Contradictorio, Poe no fue exactamente un teórico de la li­teratura —como tampoco lo fue Borges— sino un escritor creyente en valores propios de las religiones del romanticismo (Dios, el más allá, el alma inmortal, la belleza platónica) al mismo tiempo que explicaba (a la vez neoclásico y moderno) que la poesía podía deducirse “solamente”, en la práctica, de una serie de procedimientos. En Borges mismo puede observarse esa tensión: no es el mismo, argumenta Pastormelo, el autor escéptico de los años treinta que denuncia las supersticiones del lector y el viejo poeta que le canta a la ins­piración y a los dones del amor y del destino.
Con Discusión (originalmente publicado en 1932 pero enriquecido con otros ensayos a lo largo de los años) Borges acabó por convertirse, redundan­temente, en un escritor discutido, admirado y hasta insultado. El escritor fran­cés Pierre Drieu la Rochelle afirmó, en una conocida declaración, que Borges bien había valido su visita a la Argentina, todo ello en el contexto de una “Discusión sobre Jorge Luis Borges” publicada por la revista Megáfono. A esa fama como escritor de culto contribuyó la fundación, en 1931, de la re­vista Sur, de la cual Borges acabó por convertirse, más que Victoria Ocam­po (1892-1979), la artífice y dueña de la revista, en el sello de la casa. Con los años, Victoria, escritora con un valor propio y admirable mecenas, se avi­no a reconocer, primero con reticencia y luego un tanto golosamente, el im­previsto genio de Borges.
En 1936 y por un par de años, Borges dio un paso más allá en la conquista de ese público de los lectores comunes, que acabaría siendo el suyo, al empezar a publicar reseñas literarias en El Hogar, una revista de amplia circulación. Estas reseñas, dedicadas lo mismo a narradores de ciencia-ficción como Olaf Stapledon y Karel Capek, a escritores policiacos como Ellery Queen o a Rimbaud, Joyce, Eliot, Chesterton, H.L. Mencken o Huxley, se convirtieron, una vez reeditadas en libro tras la muerte de Borges bajo el título de Textos cautivos (1986), en un verdadero archivo de su canon li­terario. Nunca ha quedado claro si el alto nivel de esas reseñas borgesianas estaba respaldado por la difusión, ahora improbable, de la buena literatura entre el público argentino o si “Borges trataba a los lectores de El Hogar como si fueran Borges...”, según dice Pastormelo.
Piezas maestras de la brevedad, ensayos engañosamente simples los aparecidos en El Hogar, se impusieron, subrepticiamente, en el ánimo de los lectores que una década después convertirían a Borges en el más importante de los escritores argentinos. Sus escasas ventas (él dijo, famosamente, que Historia universal de la infamia, al aparecer en 1935, sólo vendio 37 ejemplares) resultaron, en retrospectiva, algo así como un depósito a mediano plazo del cual vivirían, para el resto de la posteridad, Borges y su público.
A la Historia universal de la infamia, que tanto hará por establecer la ambigüedad borgesiana entre el ensayo y la ficción, seguirá Historia de la eternidad (1936), donde aparece, entre otros temas tratados ya en el estilo maduro de Borges, “El acercamiento a Almotásim”, una falsa reseña, en to­da la regla, que engañó, con su invención de una novela alegórica y policíaca, al propio Adolfo Bioy Casares (1915-1999), quien desde principio de la década se había convertido en el mejor amigo y en el gran cómplice de Bor­ges. Meditaciones sobre el Eterno retorno, de Nietzsche, o los prolegómenos de una teoría literaria que omite al original inexistente en nombre de la traducción, como en “Los traductores de las 1001 noches”, aparecían, en His­toria de la eternidad, como el resultado de una extraña batalla ganada, la de quien imponía la lectura de sus cuentos como ensayos y de sus ensayos como cuentos.
Los primeros buenos lectores de Borges —y ello se comprueba leyendo las antologías críticas que dan cuenta de su recepción— destacaron, a veces sin saber bien a qué atribuirla, su originalidad, y así lo sostuvieron Cansinos-Asséns, Gómez de la Serna o el crítico Valery Larbaud, admira­dor pionero de la literatura de América Latina. Sin embargo no fue sino hasta la publicación de Ficciones (aparecido en 1944 como resultado de la unión de dos libros previos: El jardín de los senderos que se bifurcan y Artificios) y de El Aleph (1949) que Borges se convirtió, primero en la Argentina y lue­go en el resto del mundo, empezando por Francia, en Borges. En su país, dejó de creerse que él y su literatura no fuesen argentinos y se inició un proceso contrario, paradójico: quien se había burlado de su pretensión juvenil de ser argentino sobre todas las cosas, al escapar del nacionalismo, acabó por ser identificado, por la vía negativa, con una suerte de argentinismo absolu­to. La literatura mundial vio cómo, desde la periferia, se imponía, como un clá­sico inesperado, y en un equívoco escritor tenido por súper-europeo.
Historia universal de la infamia estuvo compuesta, en su origen, de una “serie de bosquejos”, al de­cir del propio Borges, que, con su pro­verbial fal­sa modestia, llama a las suyas “tímidas variaciones” de las vidas patibularios de asesinos e im­postores. Más que meras parodias tomadas del acervo universal de la nota roja del que provie­nen, los de este libro son verdaderos cuentos que el autor deseaba ajustar al gran público del suplemento cultu­ral sa­batino de Crítica en cuya redacción Borges participa activamente.
Borges empezó por ser un ex­tra­ño tipo de reportero literario que se nutría lo mismo de la inventiva de Ste­venson, tenida en exclusividad como lectura para jóvenes, que de los filmes de Joseph von Sternberg (director de El ángel azul, entre otros), como confiesa en el prólogo a la primera edición de Historia universal de la infamia. Pero también era —es preciso subrayarlo— un narrador “normal”, es de­cir, un realista a quien la experiencia vívida le era esencial. Una breve y es­peciosa visita a las tierras de un pa­rien­te en Uruguay, el es­critor comunista Enrique Amorim, permitió que Borges mirara por primera vez gauchos “al natural” y hasta que fuese testigo circunstancial de un asesinato, experiencia de la que extrajo no sólo material para “El hombre de la esquina rosada”, uno de sus primeros cuentos, sino para varias más de sus ficciones. Una y otra vez, entrevistado, el viejo Borges dijo que si sus cuentos eran tenidos por “impersonales” ello se debía quizás a su torpeza pero no a una frialdad deliberada.
1938 fue el año de las dos muertes: la de su padre y la del poeta Lugo­nes. También la fecha de un accidente doméstico que adquiriría dimensión novelesca. Tras chocar, por distracción, con el quicio de una ventana en el rellano de una escalera, a Borges, la herida, mal atendida, se le infectó, pro­vocándole una septicemia que lo condujo al hospital tras varias noches de delirios afiebrados. Borges temió perder el habla o la capacidad de leer y, para probarse a sí mismo que se había recuperado, ensayó escribir algo nuevo: de allí nació Ficciones, el libro donde aparecen sus primeros cuentos, por así llamarlos, clásicos. Borges y su madre —como es natural en un re­cuerdo familiar— dieron versiones distintas de un accidente que Rodríguez Monegal interpreta como una verdadera palanca de Arquímides que, al mo­ver a Borges, hubo de trastocar el orden de toda la literatura.
Todo resumen de Ficciones le recordará al lector la riqueza del deta­lle, las dosis bien administradas de lo real y de lo ficticio que caracterizan el arte de Borges, lo mismo que el condimento de la falsa erudición y de la fantasía humorística que han hecho la fama de los cuentos más representativos de Ficciones, algunos de los cuales aparecieron previamente en revistas literarias. Los más comentados y celebrados son “Pierre Menard, autor del Quijote”; “Funes, el memorioso”, esa pesadilla minuciosa; “Tlön, Uqbar, Or­bis Tertius”, la crónica de cómo una sociedad secreta inventa una civiliza­ción completa que aparece y desaparece de las enciclopedias; “La biblioteca de Babel”, símbolo de la obra de Borges y, metafóricamente, de su vida en­tera, o “La muerte y la brújula” y “El jardín de los senderos que se bifurcan”, muestras de esa lectura metafísica que hizo Borges de la literatura policiaca y que hará decir a Bioy Casares en 1942:

Es verdad que el pensamiento —que es más inventivo que la realidad, pues ha inventado varias para explicar una sola— tiene antecedentes literarios capaces de preocupar. Pero los antecedentes de estos ejercicios de Borges (...) están en la mejor tradición de la filosofía y en las novelas policiales. Tal vez el género policial no haya producido un libro. Pero ha producido un ideal: un ideal de in­vención, de rigor, de elegancia (en el sentido que se da a la palabra en las mate­máticas) para los argumentos. Destacar la importancia de la construcción: éste es, quizá, el significado del género en la historia de la literatura.

Ficciones nombra el género que impondrá a Borges como el autor de una literatura que parecía imponer una nueva manera de leer: al escribir “miniaturas paródicas” que son relecturas del Quijote o de la Divina comedia, Borges cumple radicalmente con la primera función atribuido al clásico, la de mantener a los vivos y en discusión a los venerables maestros antiguos y al convertirse él mismo en un clásico ejemplifica con la movilidad del ca­non, con las lecturas incesantes. Ello es notorio al leer la reacción, del todo entregada que los cuentos van provocando tanto en Reyes, el antiguo maestro de Borges, como en Bioy Casares, el discípulo aventajado que asocia pa­ra siempre su nombre al de Borges. Dice Reyes en 1943: “Borges es un mago de las ideas. Transforma todos los motivos que toca y los lleva a otro regis­tro mental.”

* Capítulo del libro del mismo título que aparecerá próximamente bajo el sello de Nostra Ediciones

El converso

Enrique Serna

a la Chiquis Mendoza

Estaba gozando en sueños a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patro­nato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madruga­da. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor, que en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula imaginaria antes de tener po­luciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, te­miendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio del pueblo está lleno de niños a quienes sus madres de­jaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas de matrimonio. Por si acaso necesitaba arropar al expósito, salí a la calle desierta con una cobija, crucé la plaza de armas y di vuelta a la derecha en avenida Morelos, guiado por el estridente llanto. En esa noche gélida de no­viembre, con la niebla a ras de suelo, ni la criatura más robusta y bien abriga­da podría sobrevivir a la intemperie. Llegado a los puestos de tiro al blanco, me sorprendió ver la rueda de la fortuna dando vueltas en medio de la brumosa luz mercurial. ¿Quién demonios la había puesto en marcha a las tres de la mañana? La sonoridad del llanto me indicaba la cercanía de la criatura, que imploraba socorro con toda la potencia de sus pulmo­nes. Cuando llegué al pie de la rue­da me froté los ojos, incrédulo: el llanto se oía con más nitidez que nunca, pero la rueda estaba de­sier­ta, girando a solas como un viejo planeta insomne. Jalé la palanca de fierro para detenerla, y enton­ces el llanto cesó como por arte de magia.
Busqué una canasta o un huacal entre los puestos de fritangas y los tambos de basura, creyendo que el bebé se había callado de improviso por haber perdido el aliento. ¿O tal vez ya lo hubieran devorado las ratas? No, por Dios, tenía que encontrarlo vivo. Deambulé entre los juegos mecánicos, husmeando en los rincones oscuros. Pero después de una larga búsqueda in­fructuosa deduje que la madre, arrepentida de su mal proceder, había salido corriendo con su retoño cuando me vio llegar. Era una hipótesis tranquili­zante, aunque un poco reñida con la lógica. Volví a la cama y dormí de un tirón sin sueños obscenos hasta las siete de la mañana. A la hora del de­sayuno le pregunté a doña Simona, la señora que me hace el aseo, si no la había despertado el niño llorón.
—¿Cuál niño? Yo no oí nada.
—Chillaba bien fuerte, ¿a poco no lo escuchó?
—Tengo el sueño muy pesado, ni las campanas de la iglesia oigo.
Más tarde pregunté lo mismo a Jerónimo, el organista de la parroquia que vive en la vecindad de al lado.
—No, padre, anoche nadie lloró.
—¿No tendrás tapones de cerilla?
—¿Cómo cree, padre? Si yo me baño diario.
Ni él ni Simona eran confiables, pues ambos rondaban los sesenta años y a esa edad el oído se atrofia. Pero tampoco Lauro ni Sofía, los porteros de la casa parroquial, ambos jóvenes y con buenas orejas, habían oído el llan­to que me despertó. Sorprendidos por mi agitación nerviosa, durante el inte­rrogatorio cruzaron una mirada de suspicacia, como si dudaran de mi salud mental. Picado en el orgullo, caminé a grandes zancadas rumbo a la feria. Liborio, el velador de los juegos mecánicos, un exadicto a quien yo saqué del vicio, se quitó la gorra en señal de respeto y me llevó hacia la tienda de campaña instalada en el Parque Morelos, donde dormía el operario de la rue­da. Estaba lavándose las axilas a jicarazos con el agua que sacaba de una cu­beta. Era un cuarentón prieto, de bigote entrecano y labios gruesos, con el aliento perfumado por el pulque.
—Buenos días, soy el padre Genaro, de la parroquia de la Asunción.
—David Rosas, para servirle.
—Anoche me desperté como a las tres de la mañana y vi su rueda dan­do vueltas. ¿Se le olvidó apagarla?
—No, padre, la apagué como a las diez de la noche. Y el motor tiene llave. Nadie puede encenderlo.
—Pues anoche estaba girando sola.
—Yo no la prendí, se lo juro —el operario besó la cruz.
—¿Anoche no se perdió ningún niño en la feria?
—Que yo sepa, no —David se dirigió a Liborio—. ¿Tú sabes de alguno?
El muchacho negó con la cabeza.
—Bueno, si les reportan alguna criatura extraviada, avísenme, por favor.
Me sentía culpable, vejado, expuesto al ridículo, y si hubiera estado en el pueblo el padre Quintero, mi confesor, esa misma tarde lo hubiera buscado para sanar mi alma. Pero Quintero había salido a llevar víveres a una comunidad indígena de la sierra de Zitácuaro, y tuve que apaciguar a solas mi desasosiego, rezando de rodillas ante el Santísimo. Estaba seguro de ha­ber salido a la calle de madrugada, eso no lo había soñado, el lodo de mis zapatos lo corroboraba. Pero sólo yo había escuchado ese llanto, sólo yo ha­bía visto la rotación fantasmal de la rueda. Había tenido quizá una revela­ción. ¿Pero era divina o diabólica? Hasta los santos pueden ser engañados por el demonio, cuantimás un pobre cura pecador como yo. Pero el llanto me había arrancado de un sueño lúbrico. ¿Era, pues, una trompeta celestial llamándome al orden, o una queja del Niño Dios, que reprobaba desde el cielo mis fantasías obscenas? La mera verdad, nunca fui un sacerdote muy dado a creer en señales divinas. Más aún, he deplorado siempre que las bea­tas ávidas de milagros confundan la religión con el pensamiento mágico. Toda la vida viendo aparecidos, nahuales, almas en pena, sin dar importancia a la creación del universo, el verdadero milagro que debería tenerlas en vilo. Entre tanta gente supersticiosa como abunda en este pueblo, alguien debía mantener los pies en la tierra y limpiar la fe de adherencias frívolas. Pero la visión había sido demasiado real y, por si las dudas, esa noche hice un ejer­cicio de mortificación, azotándome la espalda con un rebenque.
Al día siguiente, después de haber desayunado chayotes fríos sin sal, para castigar también mi paladar, las damas de la Congregación del Divino Verbo vinieron a rezar un novenario en honor de su fundadora, doña Hila­ria Martínez, que cumplía un año de muerta. Les permití poner su retrato en el altar mayor, que adornaron con cirios y arreglos florales, como si doña Hi­laria fuera una santa. No acostumbro malgastar el tiempo en responsos fú­nebres, tarea que por lo general delego en el sacristán, pero acepté dirigir el novenario para aplacar un remordimiento. Me avergonzaba y aún me aver­güenza no haber asistido a la pobre Hilaria en el último trance. Falté a mi deber porque el día de su muerte, cuando vinieron a pedirme que le admi­nistrara el viático, estaba en el balneario de la Malinche, ocupado en vergon­zosos menesteres con mi amante de turno, Adriana, la insaciable esposa del ingeniero Dueñas. Perdóname, Dios mío, la flaqueza de haber sucumbido a sus coqueteos. Por andar fornicando con ella en esa cabaña privé de los san­tos óleos a una cristiana ejemplar. Cuando supe que la vieja se había muerto sin auxilio divino hice un acto de contrición y terminé de una vez por todas con ese amorío culpable. Fue un arrepentimiento tardío, pues el mal ya esta­ba hecho. Después de haberle fallado a la difunta no tenía autoridad moral para rezar por ella en su aniversario, lo admito. Pero ese gesto político era necesario para complacer a las damas de la congregación, que no me repro­chaban directamente la negligencia pero sí murmuraban a mis espaldas.
Por la tarde tuve una charla con el doctor Güemes, el encargado del dispensario. Por falta de vacunas, medicinas y material quirúrgico ya no se daba abasto para atender a sus pacientes, que bajaban de la sierra en busca de atención médica por no tenerla en sus comunidades, donde las clínicas de Salubridad estaban en ruinas desde la última inundación. Necesitaba con urgencia la remesa de antibióticos que nos había pro­metido el presidente municipal, don Heberto Pineda, pero esa mañana su secretario particular había vuelto a postergar la entrega de las medicinas para las calendas griegas.
—Dice que andan escasos de fondos por el recorte presupuestal. Pero eso sí, Pineda acaba de estrenar una camioneta Land Rover y le está construyendo una casa a su querida, la profesora Robles, con dinero del erario.
—Hijo de la chingada —estallé—, para sus lujos y sus viejas sí tiene dinero, pero a los indios de la sierra que se los lleve el diablo.
Desde mi llegada a la parroquia había tenido fuertes roces con Pineda, no sólo por su falta de apoyo al dispensario, sino por su velada complicidad con los narcos que han asolado el pueblo. De nada sirve predicar desde el púlpito la honradez y el amor al pró­jimo, cuando afuera de la iglesia, en pleno kiosco, las bandas de rufianes reclutan sica­rios entre los jóvenes desempleados, en las narices de la policía municipal. De camino al Palacio de Gobierno me topé con una caravana de infieles que llevaban en andas la efigie de La Santa Muerte, con capucha, guadaña, y un lujoso vestido de encaje que ya quisieran las vírgenes empolvadas de la parroquia. Iban cantando alabanzas a La Niña Blanca, el mote de cariño de su falsa diosa, con un fervor que me atrevería a calificar de satánico. Maldije al pre­sidente municipal por permitir esas procesiones sacrílegas a cambio de gene­rosas dádivas. Por su culpa el culto a la patrona de los narcos ha proliferado en toda la comarca. En la oficina de la presidencia tuve que hacer una larga antesala, en la que me dio tiempo de serenar los ánimos. Como siempre, Pi­neda me recibió con fuertes palmadas en la espalda, simulando profesarme una calurosa amistad. Prieto, de ojillos ladinos, con una sonrisa pétrea de ído­lo tarasco, domina a la perfección el arte de ocultar sus emociones. Le seguí el juego y eso me permitió ponerlo contra las cuerdas sin perder las buenas maneras.
—Buenos días, licenciado, vengo a molestarlo por un asunto que me preocupa desde hace tiempo. Como usted sabe, el dispensario tiene muchas carencias y la ayuda que nos prometió no ha llegado. Me dolería tener que enviar una queja al gobernador, porque usted es mi amigo y no quiero perjudicarlo. Pero está en juego la salud de la gente y si la remesa de vacunas sigue tardando me veré obligado a…
—No se preocupe, padre, mañana mismo tendrá esos medicamentos —me interrumpió con un destello de bilis negra en los ojos—. Le ruego que me disculpe por este retardo, la contraloría del estado nos han tenido muy cortos de fondos.
Otra batalla ganada, pero en el fondo del alma sabía que estaba perdiendo la guerra. Pineda era un político soberbio, mi cortés reclamo sin du­da le causaría urticaria y debía prepararme para nuevas zancadillas. Angus­tiado por el futuro, esa noche tardé un buen rato en conciliar el sueño. Mi autoridad moral no tenía suficiente fuerza para frenar la oleada de nihilismo que envenenaba a la juventud. Cada vez que daba la comunión a un mu­chacho me preguntaba: ¿cuánto tardará este pobre infeliz en renegar del Señor y rendirle vasallaje a los matones que se pavonean en la calle con sus esclavas de oro macizo? La ostentación del dinero sucio convertía mis ho­milías en letra muerta. Agotada la capacidad de indignación popular, la apa­rición de un cadáver decapitado en la plaza de Armas ya no sorprendía a nadie. Teníamos la corrupción incrustada en el mapa genético de la raza. No sólo Jungapeo, el país entero estaba hundido en una crisis moral, y ese proceso degenerativo arrastraba consigo a la Iglesia. Los escándalos de cu­ras pederastas menudeaban en los noticieros, y ahora los niños veían con recelo a cualquier hombre con tonsura. Como soldado de Cristo, yo también dejaba mucho que desear. Había trabajado con tesón por llevar la fe a los rincones más apartados de mi curato, por socorrer a los pobres y por combatir el egoísmo que estaba destruyendo los viejos lazos comunitarios. Pero aunque la gente me respetaba, yo sabía que no era digno de su aprecio. Cuan­do una mujer guapa entraba a la parroquia se me iban los ojos tras ella, no po­día evitarlo ni con todas las penitencias del mundo. Hasta las indias feas de buen cuerpo me alebrestaban. ¿Cómo podía redimir a sus fieles un pastor de almas con pezuñas de macho cabrío?
Cuando por fin había logrado dormir un rato, el llanto de la víspera me volvió a despertar. Esta vez se oía más cerca de mi alcoba y las orejas me ar­dieron como tizones. Como ya sabía que ese lamento no venía de este mundo, bajé a la sacristía armado con un crucifijo. Descarté la idea de despertar a Lauro, el portero, pues temí que me tomara por loco. Sólo yo, entre todos los mortales, tenía el dudoso privilegio de oír esa serenata. Al abrir la puerta que comunica la sacristía con la nave lateral de la parroquia arreció la fuer­za del llanto: la criatura abandonada, si acaso existía, debía de estar en algún rincón del templo. Rezando el Credo en voz baja me aproximé al altar ma­yor, donde refulgía entre los cirios el retrato de la beata Hilaria en sus mo­cedades. Tenía las mandíbulas tensas y un velo de melancolía en la mirada. Un hilillo de cera había caído sobre su rostro, a la altura del ojo izquierdo, de manera que parecía verter lágrimas. Conmovido y asustado por esa se­ñal, oprimí el retrato contra mi pecho, como un padre que consuela a una hi­ja afligida. Entonces el llanto cesó de súbito. Cuando volví a ver la foto a la luz de los cirios, el hilillo de cera había desaparecido.
En vez de volver a mi alcoba me quedé rezando en la sacristía. ¿De modo que ese lloriqueo era una reprimenda de Dios por no haberle dado la extremaunción a Hilaria? ¿O era ella misma quien lloraba con voz de niña? Qui­zás haya muerto en pecado mortal, pensé: hasta las beatas más devotas guar­dan en los entresijos del alma pecados añejos, hinchados de pus, que sólo se atreven a confesar al pie de la sepultura. ¿Pero por qué me había llama­do primero desde la rueda de la fortuna? ¿Tenía un mensaje para mí o sólo quería espantarme? Confundido por tantos enigmas, al día siguiente recu­rrí al auxilio espiritual del padre Quintero, que había vuelto ya de su misión en la sierra. Veinte años mayor que yo, Quintero fue párroco de Jungapeo en su juventud, antes de consagrarse a la tarea pastoral en las comunidades indígenas, y lo he admirado siempre por su temple de carácter, por su lucidez humilde y serena, que lo man­tiene a salvo del engreimiento virtuoso. Apasionado del bien, puede indignarse ante la vile­za humana cuando la ocasión lo amerita, pero el ánimo justiciero jamás nubla su inteli­gencia. Para mí ha sido un segundo padre y, como nos te­nemos tanta confianza, conoce todas mis infracciones al voto de castidad. Quintero me oyó con una mirada severa y a la vez paternal, como si escrutara los negros soca­vones de mi conciencia. Cuando terminé de soltar el borbotón de angustias se rascó la barba entrecana con una sonrisa incrédula.
—Quien lo dijera: tú no creías en las ánimas en pena y mírate ahora, elucubrando cuentos de aparecidos.
—Tengo miedo, si usted oyera ese llanto me entendería.
—¿Y no has pensado que la culpa te puede estar poniendo trampas? Pri­mero oyes el llanto después de un sueño pecaminoso, luego vuelves a oírlo cuando te atormenta el remordimiento por no haberle administrado el viático a doña Hilaria. Es tu alma quien está llorando, Genaro, es ella quien te atormenta.
—Pero le juro que esa rueda de la fortuna se estaba moviendo y el retra­to de Hilaria lloraba. No estoy inventando nada.
—Dime una cosa, Genaro, ¿has vuelto a caer en pecado con alguna mujer?
—No, padre, en los últimos tres meses me he dominado.
—¿Y no has tenido tentaciones?
—Bueno, sí, he mirado con deseo a Leonor Acevedo. Con ella estaba soñando la primera noche que me despertó la llorona.
—Pues apártala de tu mente y verás cómo cesan los llantos. El deseo nubla la conciencia y deforma la realidad, Genaro. Cuando te hayas vencido a ti mismo, cuando Cristo sea el guardián de tus sueños, ningún fantasma se atreverá a perturbarlos.
Aunque no me convencían del todo los consejos de mi director espiritual, tomé la precaución de cancelar una cita de trabajo que tenía al día siguiente con la tentadora presidenta del patronato. La deseaba demasiado, y si bien ella me trataba con distante respeto, temía perder los estribos al aspirar su perfume. No volví a escuchar el llanto en varias noches y atribuí mi sosiego al santo remedio del padre Quintero. Recuperada la energía es­piritual, emprendí una colecta de cobijas para evitar que los indios de las montañas se murieran de frío en el invierno. Gracias a mis recorridos de casa en casa, en tres días logré juntar más de cien edredones, sarapes y co­bertores que mi abnegado confesor se llevó a la sierra en una camioneta. Li­bre de pensamientos mórbidos, volví a la brega cotidiana con el infatigable celo que me había valido el respeto de la comunidad. Actué como mediador en un conflicto de tierras, evitando que unos campesinos fueran despojados de sus parcelas; comenzamos las obras de ampliación del hospicio y, con la llegada de las vacunas, logramos salvar muchas vidas en el dispensario. En esos días, los trabajadores de la feria desarmaron la rueda de la fortuna. Creí ver en ese feliz acontecimiento una señal de la Providencia, que despejaba de signos maléficos las calles del pueblo. Pero entonces, cuando ya me sentía absuelto de culpas y curado de espantos, las damas de la Congregación del Divino Verbo vinieron a verme con un grueso legajo de papeles.
—Hemos reunido estos testimonios sobre la vida de nuestra hermana Hilaria Martínez para pedirle que promueva su canonización —me dijo do­ña Genoveva, una vieja desdentada, de carnes magras y ojos amarillentos—. Cuando la vimos en el altar, rodeada de crisantemos, pensamos que ahí se debería quedar para siempre. Nadie lo sabe, porque Hilaria fue muy discre­ta, pero varias de nosotras fuimos testigos de sus curaciones milagrosas. Sa­nó las llagas de una leprosa rociándola con agua bendita, hizo caminar a un organillero tullido, salvó de la muerte a una criatura atropellada, yo misma lo vi con estos ojos que se han de comer los gusanos. Era una mujer que se quitaba el pan de la boca para dárselo a los pobres. Nunca tuvo nada de su propiedad, a cada rato pescaba catarros por haber regalado su chal o su re­bozo. Y después de muerta ya se nos ha aparecido tres veces, ¿verdad, mu­chachas?
Todas asintieron con aire grave, los ojos refulgentes de esperanza. Di­simulando mi turbación, contuve el impulso de revelarles que Hilaria también se comunicaba conmigo, pues no debía comprometerme a nada mientras ig­norara el significado de sus mensajes.
—Un proceso de canonización puede llevar años o décadas —advertí a Genoveva, circunspecto y frío—. La Santa Sede recibe miles de peticiones co­mo ésta y tiene requisitos muy estrictos para admitir a los candidatos. Pero voy a leer el expediente con mucho cuidado. Les prometo que si doña Hila­ria reúne méritos suficientes, contarán con todo mi apoyo para interceder ante la diócesis.
—No nos falle, padrecito —Genoveva besó mi mano—. Hilaria se lo me­rece y usted más que nadie tiene el deber de honrar su memoria.
El “usted más que nadie” se quedó zumbando en mi oído cuando la parvada de urracas salió de la sacristía. Traducido al lenguaje directo significaba: “Sabemos que anduvo en malos pasos mientras la santa del pueblo entregaba el alma al Señor, o sea que ahora le toca lavar sus culpas.” Viejas chimoleras, qué exagerada importancia le daban a los pecadillos carnales. Tendré mis deslices, hubiera querido decirles, pero me parto el alma por el prójimo más que ninguna de ustedes.
Devoré el legajo con ansiedad, en busca de una clave para entender las extrañas manifestaciones de Hilaria. La mayor parte de los documentos daba fe de sus obras pías y de sus curaciones milagrosas. Como todas las beatas de pueblo había tenido levitaciones, ayunos de 40 días a pan y agua, raptos vocales en los que hablaba en latín con el Espíritu Santo. Enérgica defensora de la maternidad, montaba guardias en las casas de las comadro­nas para interceptar a las muchachas que iban a abortar, y con palabras dul­ces, pero vehementes, las disuadía de asesinar al inocente fruto de sus entrañas. Muy conmovedor, pensé, pero el alma de una mujer tan devota no tendría motivos para llorar. Hilaria había muerto atormentada por algo y ese recuento de acciones virtuosas no daba noticia alguna de sus pecados. En busca de indicios delatores leí con rapidez las páginas sobre su infancia:

Hija de un trabajador ferroviario y de una costurera, Hilaria vivió en la infancia una tragedia familiar que la marcó de por vida. En 1958, cuando tenía doce años, su padre, Agustín Zárate, llegó a casa en estado de ebriedad, después de haberse corrido una larga parranda. Ofuscado por los celos, acusó a su esposa, Remigia Huerta, de haberle sido infiel durante uno de sus largos viajes en tren y la mató de 24 puñaladas. Hilaria llegó a casa justo cuando Agustín terminaba de consumar el vitando crimen, montado a horcajadas sobre la occisa. Perdió el habla durante varias semanas y ni siquiera pudo rendir testimonio durante las diligencias del ministerio público. No era para menos, un trauma de ese calibre hubiera trastornado para siempre el juicio de cualquier muchacha menos devo­ta. Pero recién ingresada al internado de las madres clarisas, donde asumió es­toicamente su condición de huérfana, Hilaria recuperó el habla y se sobrepuso a la adversidad con una entrega absoluta al trabajo comunitario. Un año des­pués del asesinato, pidió permiso a sus mentoras para visitar al uxoricida en el penal de Tacámbaro. Se lo concedieron a disgusto, pues temían que el encuentro pudiera volver a hundirla en el desconsuelo. Pero Hilaria salió ilesa de la entrevista y siguió visitando al reo para llevarle un poco de alegría hasta su muer­te en 1970. Sólo algunos elegidos del Señor tienen el don de perdonar a quie­nes los han mutilado. La infinita misericordia de Hilaria, su ausencia total de rencor, acreditan que ya desde entonces era una elegida de Jesucristo.

Empezaba a brotar el lodo por debajo de la leyenda áurea. Quizás el recuerdo de esa tragedia seguía atormentando a Hilaria, por eso lloraba des­de el otro mundo. ¿Pero toda una vida de oración y penitencia no había bastado para cerrar esa herida? En el relato hagiográfico de su niñez no pude hallar más información sobre el crimen, pero en la última sección del legajo, la del álbum fotográfico familiar, una vieja foto en color sepia me deparó un hallazgo perturbador: la niña Hilaria, de trenzas y moño en el pelo, sonreía de la mano de su madre, una señora menuda y coqueta, de busto ge­neroso y cintura breve, con un vestido entallado que realzaba sus ampulosas caderas: la típica vampiresa municipal capaz de enloquecer de celos a cual­quier marido. No fueron los encantos de doña Remigia, sino el paisaje de fondo, lo que me heló de estupor: la foto había sido tomada en la feria, al pie de la rueda de la fortuna.
La hipótesis del padre Quintero cayó por su propio peso: no estaba sugestionado por la culpa, esa mujer imploraba mi auxilio. Yo era el culpable de que estuviera penando en la oscuridad por no haber acudido a su lecho de moribunda. Los niños lloran cuando tienen hambre, sed o frío, ¿qué alivio esperaba de mí esa pobre mujer? Necesitaba conocer más a fondo las circunstancias del crimen, solo así descifraría su mensaje. Había pasado más de medio siglo desde entonces, pero quizá los ancianos del pueblo pudieran aportarme datos reveladores. Hoy en día las ejecuciones a sangre fría se suceden a un ritmo vertiginoso y pasado un mes nadie las re­cuerda. Pero en aquellos tiempos de paz, cuando las muertes violentas eran hechos insólitos, el asesinato de Remigia debió de quedar grabado con fue­go en la memoria colectiva.
Acababa de guardar el legajo bajo llave en el cajón de mi escritorio, resuelto a investigar por mi cuenta las circunstancias del crimen, cuando recibí la inesperada visita de Leonor Acevedo. Alta, de cuerpo firme y an­chas caderas, con el pelo negro ondulado y los ojos de aguamarina, su gar­bo de señora principal llenó la sacristía de efluvios magnéticos. Esposa de Rogelio Bringas, un ganadero millonario, Leonor era la máxima benefactora de la parroquia. Siempre nos habíamos visto en reuniones concurridas y nunca hasta entonces su belleza me había golpeado a quemarropa. Me le­vanté a saludarla con un vacío en el estómago, las manos húmedas de sudor.
—Tuve el atrevimiento de venir a buscarlo, padre, porque necesito ha­blarle de un asunto importante.
—Siéntate, por favor, hija —le ofrecí una silla sin poder ocultar el temblor de mis labios—. Perdona que no haya podido recibirte ayer, pero las obras del hospicio me tienen muy ocupado.
—Voy al grano porque no quiero quitarle tiempo. Se trata de mi hijo Lalo, padre: ha vuelto a las drogas.
Quebrada por la confesión, que debió costarle un gran esfuerzo, prorrumpió en sollozos de mater dolorosa. Los espasmos de llanto le agrandaron el pecho y me asomé al abismo de su escote con una sed de lactante. La deseaba tanto que no pude condolerme como hubiera debido. Andaba por los cuarenta y cinco, más o menos mi edad, pero conservaba la lozanía y la figura espigada de la juventud. Imaginarla en el gimnasio, haciendo largas rutinas de ejercicio para tener ese cuerpo, me empañó la conciencia de vaho.
—Perdón, padre, me duele mucho hablar de esto.
—No te preocupes, conmigo puedes desahogarte con toda confianza.
—Hice todo lo que pude para darle una buena educación, se lo juro, padre. Le inculqué mis valores: el respeto a la familia, la caridad con los pobres, el amor al estudio. Pero mi esposo no me ayuda en na­da —gimoteó con indigna­ción—. Rogelio es un patán engreído por sus millones, si usted supie­ra lo que le he aguantado. Se la vive en los antros de putas, a cada rato le encuentro bolsitas de coca en el saco, y claro, de tal palo tenía que salir tal asti­lla. Lalito se ha echado a per­der por los amigos que tiene, pero sobre todo por seguir el mal ejemplo de su papá.
—No te sientas culpable, tú has cumplido con tu deber de madre. Lalo ha errado el camino pero puede corregir el rumbo.
—¿Usted cree, padre? ¿Usted cree que mi Lalito pueda sentar cabeza?
Un rayo de esperanza iluminó sus ojos zarcos y al sentirme traspasado por esa mirada tuve una briosa erección.
—Claro que sí, nunca debemos perder la fe en el Señor —me levanté del escritorio y con aire paternal le puse una mano en el hombro—. El pro­blema de tu hijo y el de muchos jóvenes de hoy es que tienen el alma vacía y quieren llenarla con sensaciones fuertes. En el fondo están angustiados por un exceso de libertad.
—¿Pero qué puedo hacer yo sola, padre? Mi fuerza espiritual ya se agotó —dijo, y en busca de consuelo me tomó la mano que había dejado caer en su hombro. Se la acaricié con los dedos trémulos, como un chamaco tímido haciendo avances con su primera novia.
—Nunca te des por vencida, hija. Debes de actuar con madurez y fir­meza para ayudarlo a superar la crisis.
—Eso es lo que me falta, padre, tengo los nervios desechos y el yoga ya no me sirve de nada —doña Leonor se levantó de la silla y quedamos frente a frente tomados de la mano, sus senos rozando mi pecho—. Para enfrentarme al mundo necesito el apoyo de un hombre que de veras me quiera.
No me pude contener y le planté un beso en la boca, ciñéndola con fuerza de la cintura. Que Dios me perdone por abusar de su congoja. Leo­nor me correspondió con pasión y comprendí el ardiente significado de sus miradas furtivas en misa. Devorado por un fuego sacrílego, le besé el cue­llo con la lengua en brasas y aventuré mis manos hacia la dulce eminencia de sus nalgas, mientras ella me hincaba las uñas en la espalda. Entonces es­cuché el llanto recriminatorio, primero a lo lejos, luego incrustado en el ca­racol de mi oído, como un furioso clarín de guerra. Ahora el fantasma ya no penaba en las cercanías, chillaba dentro de mí, pero estaba demasiado ca­liente para asustarme, y aunque la estridencia era insoportable seguí besando a doña Leonor. Iba a poseerla ahí mismo, de pie, como en el sueño lascivo de la otra noche, cuando irrumpió en la sacristía Lauro, el portero de la casa parroquial, que se quedó perplejo al vernos abrazados.
—Perdone, padre, no sabía que tenía visita —quiso retroceder, cohi­bido.
—Pasa, Lauro, doña Leonor ya se iba —traté de componerme el alzacuello—. ¿Vienes a traerme el correo?
—No, padre, hubo un accidente. Se derrumbó el techo del hospicio y hay dos albañiles atrapados bajo las vigas.
La noticia apagó el llanto acusador. Pero en las ruinas de la construcción, mientras ayudaba a remover el cascajo con una cuadrilla de voluntarios, arrepentido de mi donjuanismo contumaz, atribuí el accidente al ven­gativo poder de Hilaria, que me castigaba por partida doble: con el derrumbe físico del hospicio, una obra de remodelación onerosa y difícil, que había em­prendido a costa de grandes esfuerzos, y con el derrumbe de mi reputación, enlodada ahora por el descubrimiento de Lauro. Por fortuna, los dos albañi­les sólo tuvieron fracturas y Lauro no me hizo ningún comentario malicioso. Pero yo caí en el insomnio crónico, esperando en ascuas que en cualquier mo­mento la beata llorona me anunciara una nueva catástrofe. Si se hubiera con­formado con manifestar su pena, como la famosa plañidera de la leyenda colonial, tal vez habría podido ignorarla. Pero me había declarado la gue­rra y era capaz de tomar represalias cruentas si no encontraba la manera de apaciguarla. Era urgente, pues, descubrir cuál era el pecado que se había lle­vado a la tumba. So pretexto de obtener información complementaria para enriquecer su expediente, acudí a la delegación de policía en busca de in­formación sobre el asesinato de Remigia. No conservaban car­petas con más de treinta años de antigüedad, me informó la empleada de la ventanilla, pero si quería conocer los pormenores del caso podía hablar con don Federico Bustos, el anciano que en aquella época se desempeñaba como agente del Ministerio Público. Conocía bien a don Federico y, de hecho, acababa de sa­ludarlo en la boda de una nieta suya: era un anciano afable y parlanchín que todavía empinaba el codo en las fiestas del pueblo. Cuando iba en camino a su casa, me lo encontré por casualidad en el parque, dando mi­gas a las pa­lomas. Desdentado, con las manos tiesas de artritis, y la cara sal­picada de manchas violetas, conservaba, sin embargo, algunos rescoldos de juventud en su penetrante mirada de gavilán. Como estaba medio sordo tuve que recordar­le a gritos el asesinato de doña Remigia. Fue necesario repetir­le seis veces el nombre de la víctima para iluminar las galerías subterráneas de su memoria.
—Remigia, pobrecita muchacha —lamentó con nostalgia—. Estaba rete­chula la condenada, pero tenía el demonio en el cuerpo.
—Usted llevó el caso de su asesinato. ¿Recuerda por qué la mataron?
—Sí, claro, por ponerle los cuernos a su marido —arrojó un puñado de migajas a las palomas—. Le voy a confesar algo, acá entre nos: yo también le traía ganas, pero conmigo no quiso.
—¿Y recuerda usted quién era su amante?
—Todo el pueblo lo sabía —sonrió con sorna—. Como el marido se la pasaba viajando en los trenes, cuando instalaron la feria ella se enredó con el operario de la rueda de la fortuna, un tal Melquíades, carita él y bien ponchado.
Me quedé atónito, embonando en la mente la pieza clave del acertijo.
—¿Y el marido cómo se enteró? ¿Los encontró en la cama?
—Eso no lo supe —se encogió de hombros—. Los agentes de la policía estatal se lo llevaron a Ciudad Hidalgo y allá lo interrogaron. Yo sólo levan­té el acta del crimen.
—¿Existen archivos donde pueda consultar las actas del proceso?
—El expediente ha de estar en el juzgado penal de Hidalgo, pero quién sabe, ha pasado tanto tiempo que a lo mejor ya lo trituraron.
Le agradecí su ayuda con gran­des efusiones de afecto. Necesitaba consultar ese archivo enseguida, pero como tenía el alma llena de sapos y culebras, acudí a la modesta casa del padre Quintero en el Carrizal, una aldea de agricultores a 15 kilóme­tros de Jungapeo. Sólo él podía tenderme una mano para salir del hoyo. Lo encontré alfabetizando a un gru­po de campesinos adultos en una pequeña aula con techo de asbesto, y me senté a esperar en una banca del patio, con un periódico local en las rodillas. Pasaba revista a las últimas ejecuciones de policías federales acribillados por La Familia Michoa­cana, la banda de narcos más po­derosa de la región, cuando sonó mi teléfono celular.

—Necesito verte, Genaro —Leo­nor me tuteó por primera vez—. ¿Cuán­do nos vemos, mi cielo?
Juro por la Santísima Virgen que estaba arrepentido de corazón y ha­bía ido al Carrizal asqueado de mi vida pecadora, en busca de una dura penitencia. Pero esa voz susurrante y húmeda echó por tierra mis propósitos de enmienda. En vez de apagar el teléfono, como me ordenaba la conciencia, cité a Leonor el día siguiente en la plaza mayor de Ciudad Hidalgo. De cualquier modo tenía que ir allá para consultar el archivo del juzgado y en ese lugar corríamos menos peligro de ser descubiertos. Después de sucumbir a la tentación no tuve aga­llas para enfrentarme con el padre Quintero. Asomado a la ventana del salón, le avisé con señas que regresaría más tarde y volví a Jungapeo a toda velocidad, can­turreando con cínica euforia el bolero que sonaba en el radio.
A las diez de la mañana del día siguiente, con ropas de civil, y una boina para ocultar la tonsura, me encontré con Leonor en el kiosco de Ciu­dad Hidalgo. Se había cubierto la cabeza con una pañoleta y la cara con unos grandes anteojos oscuros de aro redondo, pero de cualquier manera estaba seductora. Los dos teníamos coartada para quedarnos un par de no­ches: oficialmente, Leonor había venido a pasar unos días con una prima al­cahueta, aleccionada para cubrirle las espaldas ante el marido, y yo dije en el curato que venía a pedir fondos para continuar las obras del hospicio. Éra­mos, pues, libres de pecar a nuestro antojo y decidí posponer mi visita al juzgado para consagrar esa mañana al amor, si se le puede llamar así al egoís­mo salvaje de los cuerpos en llamas. Repleta de retenes militares y escua­drones motorizados de policías federales, la ciudad parecía en estado de sitio. De camino al hotel, Leonor se acurrucó en mi hombro, intimidada por el relumbrón de las metralletas y los gestos fieros de los federales, la mayo­ría mocitos imberbes recién salidos del cascarón. Tienen más miedo que tú, le dije, los pobres se están jugando la vida. Nos registramos con nombres falsos en el Hotel Ojo de Agua, un conjunto de búngalos con alberca situado a las afueras de la ciudad, en medio de una apacible floresta. No debo ni quiero recordar lo que pasó en esa alcoba. Las delicias de la carne crean una vana ilusión de inmortalidad, pero todo himeneo es en realidad la obertura de un réquiem. Sólo puedo decir que la amé tanto como ahora me aborrez­co. A las ocho de la mañana salí con sigilo para no despertar a mi amante, hundida en el sueño abisal de las hembras saciadas, y después de un abundante desayuno en el restaurante del hotel, para recuperar las proteínas de­rrochadas en las lides de Venus, me dirigí en el coche al centro de la ciudad. Pasé por dos retenes donde los soldados me revisaron la cajuela en busca de armas, y por otra revisión más en el decrépito edificio del juzgado, a cargo de un policía que me pasó por el cuerpo un detector de metales.
—Disculpe, padre —me explicó—, pero el otro día vinieron a lanzarnos granadas y tuvimos que implantar medidas de seguridad.
Caminé por un pasillo flanqueado por viejos archiveros llenos de polvo y estantes con altas pilas de legajos que hacían prodigios de equilibrio para no derrumbarse. Cuántas atrocidades estarán consignadas en cada expedien­te, pensé, y me sentí amenazado por enemigos invisibles, como un intruso alla­nando una casa embrujada. El licenciado Lucas Herrejón, con quien había concertado una cita, me recibió en su modesto despacho de funcionario me­dio. Por fortuna, había encontrado el expediente judicial de Agustín Zárate, una polvorienta carpeta de más de seiscientas páginas.
—No acostumbramos abrir nuestro archivo al público, padre, pero por tratarse de usted hemos hecho una excepción.
Para revisar el legajo me cedieron un cuartucho infestado de telarañas, sucio y mal ventilado, en donde me acomodé como pude en una mesabanco de patas disparejas. Desempolvé el expediente con mi pañuelo y al abrirlo me saltó a las piernas un alacrán güero. Mala señal, pensé, quizás el Señor quie­re decirme que no debo continuar. Pero la curiosidad era más fuerte que mi temor y aplasté de un zapatazo al cancerbero de los secretos de Hilaria. Con extrema cautela, por temor de encontrar nuevas alimañas, me puse a hojear las actas del proceso. Algunas páginas estaban carcomidas por la polilla, otras eran ilegibles porque el tiempo había borrado párrafos enteros. Me salté el informe del forense, de más de cincuenta páginas, las prolijas descripciones de la escena del crimen y las declaraciones de los vecinos que oyeron los gri­tos. En mitad de la carpeta, en una sección de hojas azules, encontré lo que de verdad me importaba: la trascripción estenográfica de los interrogatorios practicados al detenido.

Declara el de la voz que durante más de quince años vivió en matrimonio con la occisa, Remigia Huerta, y que procreó con ella una niña, de nombre Hilaria, que en la actualidad tiene doce años de edad. Interrogado sobre sus conflictos matrimoniales, responde que con anterioridad no había tenido celos de su espo­sa, pues confiaba en ella, y por eso nunca la creyó capaz de engañarlo, a pesar de ausentarse de casa durante largos periodos por su trabajo como ferrocarri­lero. Con visible consternación, el de la voz guarda un largo silencio cuando se le pregunta cómo descubrió que su mujer lo engañaba. Ya saben que yo la ma­té, voy a firmarles mi confesión, responde compungido, pero no quiero perjudi­car a inocentes. El comandante Durán le advierte que si oculta información, el juez le aumentará la pena. El detenido calla y pide un cigarro. Se lo proporcionan y entonces rompe en sollozos. No quiero meter en problemas a la persona que me lo dijo, ella no tiene la culpa de nada. Si no está involucrada la dejaremos en paz, promete el comandante, pero necesitamos saber si usted actuó con premeditación. Está bien, se quiebra Zárate, pero Dios los ha de castigar si faltan a su palabra. Había regresado de un viaje largo, molido de cansancio, con ganas de tirarme en la cama y en la casa no encontré a mi esposa, que había salido al mercado. Sólo estaba mi hija Hilaria, pálida y triste, con sus ojitos hinchados, haciendo la tarea en la mesa del comedor. ¿Qué te pasa, muñeca?, le pregunté. Nada, papi, me dice muy seria. ¿Cómo que nada? A ti te pasa algo. Entonces la pobre se suelta a llorar y me dice: Mi mamá te engaña. Cuando estás de viaje se acuesta con Melquíades, el señor que maneja la rueda de la fortuna. El de la voz tiene un acceso de llanto. Cuando termina de desahogarse añade, con voz más serena: Los hijos de la chingada se metían a coger a mi casa, delante de la po­bre niña. Ni siquiera tuvieron la decencia de ir a un hotel.

El maligno tumor de Hilaria palpitó en mis guantes de cirujano. Estaba atormentada por haber delatado a su madre. Pero ella era inocente del cri­men, pues no podía saber que Agustín iba a matar a Remigia. ¿O sí lo previó? ¿La odiaba tanto que le deseaba la muerte? ¿Siguió visitando a su padre en la cárcel porque aprobaba el asesinato? Para descifrar esos enigmas hubiera tenido que darle la extremaunción. Al continuar la lectura, de pronto sentí una quemadura en la mano derecha. Al soltar la carpeta vi un mensaje garabateado en grandes letras rojas, que atravesaba la página en diagonal:

BUELBE AL HOTEL CON TU PUTA

Tenía los dedos manchados de rojo y al chuparme la punta del índice reconocí el sabor de la sangre fresca. Salí corriendo del despacho, con un escalofrío en el espinazo, sin despedirme del licenciado Herrejón. Al parecer mi descubrimiento había ofendido a Hilaria y, conociendo la violencia de sus rencores, me temí lo peor. ¿Pero no estaba enviándome esas señales por una necesidad de expiación? ¿Había malinterpretado su llanto de niña? Sólo algo me quedaba claro: ese recado sangriento no podía presagiar nada bue­no. Manejé de vuelta al hotel como un cafre, pasándome semáforos en rojo, y en la carretera a Guadalajara, cuando me faltaba medio kilómetro para lle­gar al hotel, me quedé atrapado en un embotellamiento. Llamé al celular de Leonor para avisarle que no tardaba en llegar. Sonó el timbre más de seis veces hasta que entró el buzón de llamadas. Caraja madre, contesta por el amor de Dios. Me bajé del coche para otear el horizonte: la fila de coches era infinita y no se veía ningún movimiento a lo lejos. Un arriero que jalaba un burro venía caminando por la cuneta en sentido opuesto al flujo de autos.
—¿Sabe qué pasó allá adelante? ¿Hubo algún accidente?
—No, la policía federal acordonó la zona. Parece que hubo una bala­cera en el hotel Ojo de Agua.
Abandoné el coche en mitad de la carretera y corrí en dirección al ho­tel, borracho de adrenalina. Al llegar a la zona acordonada, una pareja de policías federales me cerró el paso con sus escudos antimotines.
—No puede pasar, hay un operativo.
—Pero mi esposa estaba en el hotel.
—Hágase a un lado, tengo que verla —traté de abrirme paso a empujones, pero un federal me cortó cartucho.
—No me obligue a lastimarlo. Son órdenes de arriba.
Los periódicos amarillistas han difundido hasta el hartazgo lo sucedido en el tiroteo, de modo que no abundaré en detalles. Cuando pedimos la habitación, nadie tuvo la bondad de informarnos que en ese hotel se hos­pe­daban dos altos mandos de la Policía Federal, que tenían cuentas pendien­tes con la Familia Michoacana. Los acribillaron en el jardín, cuando iban saliendo de sus alcobas, y una ráfaga de metralla alcanzó a Leonor, que leía una novela echada en una tumbona junto a la alberca. Pese a mis intentos de soborno, los federales no me concedieron siquiera el privilegio de abra­zar su cadáver. Si me quedaba a los interrogatorios habría tenido que reve­lar mi identidad, y el escándalo me hubiera obligado a colgar los hábitos. Yo soy el “sujeto no identificado” que según los partes policiales acompañaba a la única víctima civil de la balacera. Descubierta su infidelidad, ella quedó cubierta de ignominia ante su familia, pero esa misma noche yo volví a Jun­gapeo con mi reputación ilesa, pues gracias a Dios o al demonio el empleado de la recepción olvidó anotar en el registro las placas de mi auto.
Inmaculado frente a los demás, tenía sin embargo la certeza de haber quedado preso en una telaraña. Me dolía más haber perdido a Leonor que haber traicionado a Cristo, y luchaba en vano por salvar mi conciencia del naufragio. Si acudía a confesarme con el padre Quintero me pediría que re­conociera mi culpa ante la justicia y afrontara el escándalo con todas sus con­secuencias. Por menos que eso otros curas habían sido sancionados con una suspensión a divinis, pero yo no estaba dispuesto a echarme de cabeza. Cuan­do el marido de Leonor se presentó en la parroquia, al día siguiente de la tra­gedia, creí que venía a partirme la madre. Pero sólo quería que oficiara la misa de difuntos en la capilla de su rancho gana­dero, en una ceremonia privada para la familia y sus íntimos. Tuve, pues, que ha­cer votos por el descanso eterno de mi examante con el gesto consternado de un político marrullero.
—Blanquead, señor, y limpiad su corazón —dije al rociar el ataúd con el hi­sopo— para que, purificada con la sangre del Cordero, disfrute de los gozos ce­lestiales en compañía de nuestro señor Je­sucristo.
Mis balsámicas palabras de consue­lo hicieron llorar a Lalito, el joven desca­rriado a quien Leonor me rogó meter en cintura. Por si fuera poco, terminada la ceremonia, cuando regresé a la parroquia, Lauro, el portero de la casa parroquial, vino a verme a la sacristía con la carita mustia y la mirada esquiva de los bribo­nes recién maleados.
—Quería pedirle una merced, pa­dre —dio vueltas con nerviosismo al som­brero de paja que se quitó al entrar—. Mi esposa y yo estamos esperando un niño. No lo deseábamos, pero Dios nos lo mandó, y como la vida se ha puesto tan dura, quería preguntarle si sería posible que me conceda un aumento de sueldo.
Su extorsión era tan obvia que me dieron ganas de soltar una carcajada: o me aumentas el sueldo o rajo que usted se tiraba a doña Leonor. Pero me mantuve circunspecto y frío, como lo manda el código de los valores en­tendidos.
—Estoy muy satisfecho con tu trabajo y, sobre todo, con tu discreción, Lauro. Voy a revisar el presupuesto de la parroquia y espero conseguirte el aumento.
Después de comprar su silencio me di a la bebida para escapar de la zozobra o, por lo menos, para ignorarla. Pero el mezcal apenas si logró en­tibiar la marea de chapopote donde me hundía. Predicaba en misa con la monótona seguridad de los actores aburridos de sus propios clichés. He de­testado siempre la simulación de los fariseos, y ahora, me gustara o no, mili­taba en el bando de los hipócritas que se dan golpes de pecho en la iglesia, cuando sólo piensan en cogerse a la vecina o en robar al prójimo. Hilaria ya no me intimidaba: más bien le guardaba rencor y quería vengarme de ella. Pero no podía responsabilizarla del todo por mi derrumbe moral. Ella escri­bía el cuento de terror que yo protagonizaba, pero ningún personaje doblegado por la corrupción colectiva puede alegar inocencia. El Cordero de Dios no puede redimir a los borregos del mal, ni el demonio se ocupa ya de tentar a santos varones. ¿Para qué, si tiene bajo su yugo a sociedades enteras? Cuando se han roto los lazos fraternos entre los hombres, cuando está permi­tido envenenar o matar al prójimo para hacer fortuna, cuando los hampones gobiernan o suplantan a la autoridad, cuando el deseo carnal pisotea institu­ciones y sacramentos, los poderes sobrenaturales ya no tienen mucho campo de acción para sembrar el terror en el mundo.
Semanas después de la tragedia en el Hotel Ojo de Agua, recibí un donativo anónimo de medio millón de pesos para continuar las obras de am­pliación del hospicio, que se habían quedado truncas por el derrumbe. En la caja de cartón donde venía el dinero en efectivo sólo había una tarjeta sin firma con la frase “Saludos cordiales de La Familia”. Deduje que los jefes locales del hampa querían ganarse mi voluntad y estuve a punto de romper el cheque en pedazos. Pero me detuvo el sentido práctico, uno de los disfra­ces favoritos de la perfidia. En cierto modo ese donativo era una justa in­demnización por todas las atrocidades que los narcos habían cometido en el pueblo. Si dejaban huérfanas a tantas criaturas ¿no debía yo aceptar ese dinero para darles techo? Me convertiría, es cierto, en una pieza más del en­granaje podrido que nos había sumido en la barbarie y el caos. Y no tardarían en cobrarse el favor, invitándome a bautizar al hijo de algún capo devoto. Pero a esas alturas no podía andarme con escrúpulos timoratos: a caballo re­galado no se le mira el diente, pensé, si les devuelvo el dinero se lo van gastar en parrandas, mejor invertirlo en una obra de caridad. ¿O sería mejor cum­plir mi sueño de viajar a Roma en la Navidad, para oír la misa de gallo en la Basílica de San Pedro?
Mi conciencia, cada vez más elástica y sobornable, no me reprochó la decisión de conservar el dinero, y caí en la cama con un sueño de plomo. Co­mo a las tres de la madrugada, cuando soñaba en los deleites de mi ence­rrona con Leonor, a quien seguía deseando con la tenacidad de un buitre, me despertó una vez más el llanto de mi perseguidora. Esta vez no me asus­tó: esperaba que en cualquier momento reestableciera el contacto, pues te­nía muy claro que su alma no encontraba sosiego.
—¿Quieres confesarte? Habla de una vez —la increpé en voz alta.
El llanto venía de lejos, me estaba pidiendo que saliera a la calle a buscarla. ¿Era una trampa o esta vez sí quería decirme algo? Tomé el estuche de los santos óleos y salí a la calle abrigado con un jorongo. Los sollozos, agudos y prolongados como chillidos de rata, me guiaron entre los charcos y los tambos de basura hacia los portales del mercado. Los perros famélicos se apartaban a mi paso, aullando con pavor, como si presintieran que iba al en­cuentro de una condenada. Al llegar a la esquina de Morelos y López Ra­yón, donde el llanto se oía más recio, me detuve frente a la siniestra capilla de la Santa Muerte, una casita blanca con techo de teja, el zaguán enmarca­do por un friso con tibias y cráneos de yeso, semejante a los zompantlis az­tecas. Me opuse con terquedad a su construcción, empleando todos los medios políticos a mi alcance, pero en un acto de abyecta sumisión a sus benefacto­res, el presidente municipal autorizó ese ultraje a la religión católica, invocan­do la libertad de cultos. Empujé la puerta entreabierta con más indignación que miedo. Adentro, a la tenue luz de un cirio, vislumbré la silueta de una niña arrodillada frente al altar de la calavera. Viciaba el aire un olor amonia­cal a flores muertas que parecía emanar de la deidad venerada en el templo. El llanto cesó en cuanto la niña advirtió mi presencia. El ánima de Hilaria, con cuerpo infantil y cara de anciana, me dirigió una mirada implorante y a la vez retadora.
—Te escucho, hija —dije con aplomo—. He venido a darte la extre­maunción.
Hilaria exhaló un suspiro agó­nico.
—Llega usted un poco tarde. Ya no quiero el perdón de Dios.
Su voz quejumbrosa parecía emerger de un hondo barranco.
—¿Entonces por qué me llamaste?
—Quería darle las gracias por no haberme confesado in extremis. Gracias a usted encontré la salvación y he descubierto la verdadera fe —mi­ró con fervor a la muerte encapuchada—. Venga conmigo, vamos a rezarle a la Niña Blanca, ella sí nos comprende.
—Pero tú eras una beata, Hilaria. Consagraste tu vida a Cristo.
—De dientes para afuera, pero siempre fui mala, muy mala.
—Eres injusta contigo. Si estás en el purgatorio todavía puedes salvarte —intenté conmoverla mostrándole un crucifijo—. La misericordia de Dios es infinita, no reniegues de tu fe. Delataste a una pecadora sin saber que tu padre la iba a matar.
—No, padre, yo la condené a muerte y no me arrepiento. Se lo merecía por puta. Melquíades era mío y ella me lo robó. Estaba yo en la edad en que una empieza a desear a los hombres y él fue el primer varón que me gus­tó de verdad. Era muy atento conmigo en la feria, me compraba algodones de azúcar, súbete otra vez a la rueda, mi reina, tú no pagas boleto, qué linda te ves con esas trencitas. Me cargaba con sus fuertes brazotes de luchador cada vez que me subía al asiento de la rueda, y yo hubiera querido que­dar­me ahí, enredada en su cuello, aspirando el olor a espliego de su pecho ve­lludo. Qué bien olía el condenado. Cuando estaba en sus brazos hasta sentía cosquillas en la entrepierna. Él no lo supo nunca, pero entre las niñas del colegio yo corrí la voz de que éramos novios.
Transfigurado por el recuerdo, el rostro de Hilaria recuperó la tersura de la pubertad. Parecía gozar un éxtasis inocente, pero enseguida su boca se contrajo en una mueca de amargura.
—Por eso me dolió tanto descubrir que el cabrón sólo quería congraciarse conmigo para seducir a mi ma­dre —enronqueció la voz, al borde del sollozo—. Mientras yo daba vueltas en la rueda de la fortuna ellos se quedaban platicando en el puesto de los elotes, y mi madre se reía de sus piropos, dándole entrada. No se ima­gina cuánto la odiaba por tener ese cuerpo de rumbera, esa boquita obs­cena en forma de corazón. Cuando Melquíades empezó a visitarla yo me empeñé en estorbarles. Nunca los de­jaba estar a solas, me interponía en­tre los dos con cualquier pretexto. No entiendo la tarea de aritmética, mami, ¿me puedes explicar este problema? ¿Me das vueltas en el aire, Melquía­des? Yo también quiero helado, voy con ustedes a la nevería. Era tan la­tosa y metiche que les colmé la pacien­cia. Un día me llevaron a la feria, como a las nueve de la noche, cuando ya no había gente. Me subieron a la rueda de la fortuna, Melquíades la puso a girar, y se les hizo fácil abandonarme ahí para poder agasajarse a solas en mi casa. Por suerte la rueda se detuvo a la décima vuelta, cuando yo estaba en su punto más alto, si no me hubiera vomitado de tanto mareo. Y entonces empecé a llorar recio, a todo lo que daban mis pulmones. Que­ría llamar la atención pero nadie vino en mi auxilio. Ahí arriba, tan cerca de las estrellas, muerta de frío, comprendí que un artero egoísmo gobierna el cielo y la tierra, que la maldad es una ley de la naturaleza, que el daño ajeno aviva el fuego del placer. Juré vengarme de la peor manera y lo cum­plí cuando regresó mi papi. Soy una asesina, padre, lo tenía todo calculado. Pobre papá, le echaron 25 años de cárcel por defender su honor y vengar mi despecho. Pero ahora estamos juntos, gracias a esta bendita señora. El infierno no existe, padre, los dos dormimos contentos bajo el amparo de nuestra madre.
Su aspecto atormentado la desmentía, y sin embargo me horrorizó pensar que la condenación eterna fuera una mentira piadosa. Si los asesinos y la gente de bien corrían la misma suerte en la otra vida, si la impunidad de prolongaba en el más allá, ¿qué sentido tenía predicar la palabra de Dios? Para ahuyentar esas reflexiones desoladoras pasé a la ofensiva:
—Lamento mucho que estés condenada, Hilaria —me arrodillé también, blandiendo el crucifijo como un escudo— y te pido perdón por no ha­berte asistido en el último trance. Pero dime una cosa, ¿qué ganas con torturarme?
—¿No lo has entendido, mi rey? —sonrió con malicia, transfigurada en la voluptuosa Remigia—. Tú me gustabas, estuve enamorada de ti desde que llegaste a la parroquia. O mejor dicho, enculada, si es que una se puede encu­lar con el pensamiento. Eras Melquíades redivivo: fuerte, guapo, calavera, castigador con las viejas. Las beatas de la congregación te condenaban por mujeriego y yo fui la inquisidora más severa de tu conducta. Pero en el fon­do de mi alma pensaba: algo bueno tendrá el cabrón, donde ha seducido a tantas mujeres. Si la edad me lo hubiera permitido, te habría lanzado las pan­taletas como la mosquita muerta de Leonor Acevedo. Pero ya era una vieja encogida como una pasa y no podía hacer el ridículo. Me resigné a querer­te de lejos, envidiando a las güilas que lograban meterse a tu cama. Hijas de la chingada, cuánto las odiaba y las sigo odiando. Pensarás que soy una loca, pero me daba ilusión tenerte en mi lecho de muerte. La última confesión es un acto de amor, un diálogo íntimo entre las sábanas, y yo quería revelarte mi secreto en el último suspiro, para entregarte con él mi virginidad. Pero no llegaste a la cita: esa tarde andabas ungiendo a otra. Tu abandono me do­lió casi tanto como el de Melquíades. Me dejaste con las ganas, papito, por eso ahora no te permito andar de caliente y voy a atormentarte cada vez que violes el voto de castidad, aunque sea en tus sueños. Pobre de ti si vuelves a engañarme. Desde mi reino de sombras te voy a traer con la rienda corta.
Había ido envejeciendo hasta volverse un tasajo de carne macerada, y al final del monólogo me tendió su brazo de anciana con los pellejos colgan­tes. El roce de su mano con el crucifijo produjo un fuerte chispazo, acompañado de fumarolas con olor a azufre. La silueta de Hilaria se esfumó en el aire y en el reclinatorio donde había estado rezando sólo quedó un montículo de ceniza, pero no puedo ufanarme de una victoria sobre el maligno porque el choque de fuerzas carbonizó también mi crucifijo. Volví a la casa parroquial atolondrado, con la presión baja, deteniéndome en los postes de luz para tomar aliento. Eso sucedió hace cuatro días y desde entonces no he vuelto en mis cabales. Oscilo como un péndulo entre dos extremos: buscar la salvación o pactar con el enemigo, pedir audiencia con el padre Quintero pa­ra hacer una confesión en regla o seguir ahogando mis angustias en el mezcal. Otros elegirán por mí, pues tengo la fe agusanada y ahora soy un guiñapo sin albedrío. Haré lo que Dios disponga, si me lo permite la Niña Blanca.