lunes, 19 de abril de 2010

Voces entre sueños

Gregorio Cervantes Mejía

Alejandro Badillo, Ella sigue dormida, Tierra Adentro/conaculta, México, 2009, 124 p.

Borges refiere que, para los eruditos de Uq­bar, “los espejos, como la cópula, son abo­minables porque multiplican el número de hombres” (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”).
Este terror hacia los espejos reaparece constantemente a lo largo de la obra borgea­na: fuente de delirios, temores y equívocos, los espejos trastocan el orden cotidiano a pesar de la aparente familiaridad que guar­dan con nosotros.
De manera semejante, los relatos contenidos en Ella sigue dormida, de Alejan­dro Badillo, funcionan como los espejos terribles de Borges: presentan un mundo donde el orden natural ha sido alterado por la coexistencia de planos narrativos dife­rentes, a través de lo cual se generan situa­ciones que terminan por desterrar a sus protagonistas de la realidad cotidiana.
Así, un hombre que entra a un hotel con una prostituta puede encontrarse a sí mis­mo saliendo del mismo sitio después de estar con una mujer diferente. O un rico comerciante árabe soñarse a sí mismo y que­dar atrapado dentro del sueño hasta en tanto alguien no lo sueñe.
Ese juego de paralelismos, donde la vi­gilia y el sueño, la realidad y ficción se encuentran y confunden para crear un or­den diferente, es el eje rector de los relatos de Ella sigue dormida, en los cuales la cons­trucción de la atmósfera parece privar so­bre la estructura y el sustrato anecdótico.
Vistos con cuidado, los motivos se repi­ten a cada relato: los personajes de Badi­llo, por lo regular seres solitarios y de vida apacible, anodina incluso, se descubren a sí mismos duplicados por alguna causa incom­prensible. Incapaces de hacer frente a esta situación, e incluso de tomar concien­cia de ello, parecen finalmente condenados a asu­mir su existencia simultánea y es­cindida.
Es el cuidadoso manejo del lenguaje el que mantienen al lector en una sensación de constante sorpresa y hechizo. Badillo calcu­la cada frase para lograr, mediante un pre­ciso manejo rítmico, compartir con el lector las percepciones de sus personajes, un po­co a la manera de Amparo Dávila, que apues­ta muchísimo al efecto hipnótico que un texto puede conseguir a través de una cui­dadosa construcción de las frases.
O incluso del mismo Jorge Luis Borges, con quien comparte, como ya se mencio­nó al comienzo, la concepción del espejo como un instrumento terrible.
El peso otorgado al lenguaje y a los aportes de esto para la construcción de at­mósferas también es herencia de Alejandro Meneses (rasgo éste que el mismo Badillo ha hecho explícito en varias ocasiones).
Llama la atención que Badillo sea, a se­mejanza de los tres autores mencionados, un narrador que parece apostar todo su proyecto literario al cuento, género poco afortunado en el actual mercado literario. Pero además a la modalidad fantástica de éste, en un periodo donde privan las tenden­cias realistas (al borde de lo testimonial-pe­riodístico) o bien los proyectos experimentales, demasiado radicales e individualistas.
Los relatos de Ella sigue dormida, en es­te sentido, siguen manteniéndose dentro de una de las líneas clásicas del cuento fan­tástico, muy cercanos, tanto por las temáticas como por la estructura, a lo conseguido por las figuras canónicas del relato corto latinoamericano.
Es decir, nos encontramos ante un autor ubicado dentro de una tradición y que con­sigue un trabajo pulcro y eficaz dentro de esos parámetros, pero poco dispuesto, al parecer, para ofrecerle al lector una nueva apuesta narrativa a partir de esta tradición.
No deja, sin embargo, de ser Badillo un narrador que nada contra la corriente, justamente por estos mismos factores: ubi­carse dentro de la tradición del cuento fan­tástico, así como apostar por un lenguaje pulcro y cuidadosamente construido (lejos del tremendismo y el desaliño imperantes en otros contemporáneos suyos).
Aunque con muy buenos resultados, los casos de narrativa fantástica (o más propia­mente no-realista) dentro de la literatura hecha en México son escasos comparados con las tendencias realistas y, además, per­tenecen en su mayoría al siglo xx: Juan Rulfo, Arreola, Francisco Tario, Amparo Dávila, y en fechas más recientes, Mario González Suárez, por citar algunos.
Alejandro Badillo pertenece a este sec­tor minoritario. Los relatos de Ella sigue dormida ocurren en un universo paralelo al nuestro, pero que mantiene frecuentes y desconcertantes contactos (“López, su otro yo” y “Huellas” muestran la existen­cia de estos vasos comunicantes). O bien, en un ámbito intermedio entre el sueño y la vigilia, donde ambos estados se entremez­clan y producen una realidad alterna que hace recordar aquella flor traída del paraí­so de la que han hablado Coleridge y Bor­ges. Así, la realidad se convierte en un estado más de la conciencia, cuyos límites con lo no real son difusos.
La eficacia de los relatos de Ella sigue dormida radica en la fuerte carga emocional con la cual Badillo convierte al en­torno es una sustancia espesa que oprime a los personajes, obligándolos a demorar sus acciones, a dar peso a cada uno de sus movimientos: lograr cada paso, cada gesto con la mano o el rostro, es una tarea casi sobrehumana en los relatos de Ella sigue dormida: “Ahora se lleva las manos a las sienes, el doctor le habla pero no puede oírlo. ‘Así no puedo’ resuena en sus oídos impidiendo la entrada de cualquier so­ni­do del exterior. Como tabla de salvación se aferra a los labios gruesos, a la lengua que toca intermitente los dientes a la hora de articular palabras. El doctor, visiblemente molesto, regresa a su silla. Pupi, con la cabeza llena de ecos, ve atemorizado sus manos extendidas, tensas sobre la mesa.”

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Narrativa “joven”?

Gabriel Wolfson
En el número 160 de la revista Tierra Adentro (octubre-noviembre de 2009) Ignacio Sánchez Prado publicó una re­seña sobre dos novelas recientes de escritores mexicanos “jóvenes”: Los es­clavos, de Alberto Chimal, y Tempora­da de caza para el león negro de Tryno Maldonado. A poco de empezar, Sán­chez Prado escribe: “Mi interés es sus­citar un debate sobre el estado de la narrativa mexicana actual a partir de mi lectura de estas dos novelas.” Mi primera reacción fue de suspicacia an­te tan enfáticos “mi”, incluidos los dos de esta misma frase; la segunda consis­tió en pensar si no sería mejor debatir sobre la conveniencia o necesidad de tales debates: en general, me parece que a los narradores no les interesa debatir porque, a diferencia de los poe­tas, comienzan a moverse en un ámbito donde sí hay dinero real que repartir (dinero de regalías, de adelantos, de derechos para traducción o cine, etc.), y cuando el dinero suena y alcanza pa­ra muchos —no para todos—, debatir cansa. Eso, por una parte. Por la otra, creo que los debates a veces prolonga­dos y encarnizados en el medio poético a menudo han revelado su carácter eu­femístico (se habla de “poéticas” cuan­do en realidad se habla de trueques de becas y premios, siendo que discutir sobre tales pecuniarios asuntos sería igualmente importante siempre que ocu­rriera sin el disfraz del delirio estético) y a menudo han llegado a grados de inaudita infamia justo porque lo que se disputan es puro espejismo simbó­lico maltrecho o un dinero que, por co­modidad, llamaré irreal (el restringido y a veces vejatorio dinero del Estado). Ahora bien, es claro para mí que ciertos debates entre poetas o, mejor, diga­mos las bravatas, los mensajes gangs­teriles, las autodefensas de opereta, han motivado algunas respuestas escla­recedoras (por ejemplo, las reseñas o artículos de Julián Herbert, quien no sólo distingue entre discusiones “es­téticas” y discusiones pecuniarias sin eludir ninguna de las dos, y no sólo llama a los poetas y a los funcionarios involucrados por sus nombres sino que se toma la molestia de leer los textos de sus contrincantes, de sus amigos y de muchos poetas más, incluidos poetas no sólo jóvenes sino púberes).
El problema es que, ya concluido el largo párrafo anterior, se hace evidente que no pude resistirme al in­terés de Sánchez Prado. Pero primero me gustaría debatir sobre su asevera­ción inicial: “No creo en las reseñas negativas, propias de un medio litera­rio camarillero que suele confundir la crítica con el ataque ad hominem. Por esta razón, suelo abstenerme de rese­ñar libros que no me gustan (…). Fiel a mis principios como crítico, no plan­teo [esta reseña] ni como un ataque a los autores ni como un intento de di­suadir a los lectores de aproximarse a los libros.” Yo sí creo en las reseñas negativas o, más bien, creo en las rese­ñas negativas, en las positivas y en las tibias de los reseñistas en quienes con­fío, así como no creo en ningún tipo de reseña de los reseñistas que suscitan mi desconfianza. Supongo que no serán siempre falsos los chismes sobre las reseñas encargadas —y cargadas, como negativos dados— de algunas revistas o suplementos, pero eso no es suficien­te para fundar una relación necesaria entre reseña “negativa” y ataque personal, ni para pensar que todo reseñis­ta se mueve amparado en el cobijo de tan sólidas camarillas (y menos para deducir que las reseñas positivas no puedan ser también, de alguna manera, ad hominem, o bien trabajo de marke­ting eufemizado como reseña). Yo tam­bién suelo abstenerme no ya, digamos, de reseñar sino de leer libros que sé que no me gustarán, pero unas cuantas veces la intuición no funciona, o bien, como ha sido mi caso, el libro a rese­ñar no lo he escogido yo, y, ya hecha la lectura y aceptado el compromiso, lo mejor ha sido intentar ser serio y since­ro con respecto a mis posiciones e ideas. Por último, pienso que en el argumen­to de Sánchez Prado se olvida la función más simple de los reseñistas, una función plenamente servicial: antes que suscitar apasionados debates, ofrecer­le al lector que confía en tus reseñas una ayudita para orientarse en los mons­truosos anaqueles. Yo agradezco críticas y reseñas por haberme descubierto libros increíbles tanto como por haber­me evitado la lectura de muchos otros (y nadie pierde nada si el libro despre­ciado era en realidad una joya, ni yo ni mucho menos el mundo entero).
No es lo único que discuto del texto de Sánchez Prado. No me conven­cen, por ejemplo, varios elementos que se dan por hecho, o cuya atractiva ex­posición no constituye en el fondo un argumento. Así, la insistencia en hablar de Chimal (de Maldonado no digo nada porque no sé qué edad tiene) como es­critor “joven”, cuando muchos se han referido a lo pernicioso y hasta gracio­so que resulta cuadrarse ante los crite­rios de edad del FONCA, que establece el fin de la adolescencia en los 34 años. Tampoco, la facilidad con que se hace de ambas “novelas sintomáticas de la narrativa mexicana reciente”, frente a las cuales los libros de Yuri Herrera o Eduardo Montagner le parecen a Sán­chez Prado propuestas alternativas pero menos visibles: no dudo de la posible pertinencia de este juicio, pero otros críticos han apuntado, con la misma rapidez, que las novelas sobre narcos —Los trabajos del reino, de Herre­ra— constituyen no una alternativa sino la línea dominante de la narrativa me­xicana actual. En todo caso, ¿por qué no discutir mejor los mecanismos que otorgan visibilidad a las novelas o, mejor aún, el acatamiento a lo que los críticos y reseñistas a menudo imagina­mos como “lo visible”, sin reparar en la mansa inercia que suele motivar nues­tras elecciones? No dudo que cierta na­rrativa mexicana actual pueda confluir en esa “área gris que mezcla antinacio­nalismo, antirrealismo, decadentismos superficiales y metaliteratura”, como dice Sánchez Prado, pero eso tal vez ocurra en un grupo de escritores que aún busca disputarse el prestigio simbólico además del dinero, porque en­tre otro grupo que ya únicamente se disputa los grandes tirajes y las adap­taciones al cine creo entrever que no impera, de ninguna manera, el anti­rrealismo sino un realismo convencio­nal, bien enclavado en la cultura y la historia mexicanas y que, por decirlo así, sigue confiando en la transparencia de los signos y en las generosísimas posibilidades de la representación.
Podría discutir más asuntos del texto de Sánchez Prado, por ejemplo la caracterización de Los esclavos como una posible novela “reaccionaria, nihi­lista en el mejor de los casos, protofascista en el peor”, cuando lo que ni siquiera está claro es que, si lo fuera, una novela reaccionaria y nihilista nece­sariamente debiera causarnos “alarma”, ni por qué a un folletón romántico o político mexicano no se le cuestionen sus posibles implicaciones ideológicamente reaccionarias. Pero llevo ya va­rias páginas sobre Metaficciones (2008) y aún no digo nada del libro. Lo peor es que aún no lo haré porque antes me interesa resaltar un punto central o, mejor, una actitud básica en el texto de Sánchez Prado que en líneas genera­les comparto y de la cual echaré mano para encuadrar mi opinión sobre To­riz. Sánchez Prado detecta una “escri­tura excesivamente autorreflexiva” en la narrativa mexicana actual que, no obstante, concentra su esfuerzo en un puñado de gestos formales, en ciertas conductas puramente retóricas, sin ex­tender la reflexividad al entramado de relaciones e instituciones que conforma ese medio donde los escritores pue­den existir en tanto escritores. Como síntomas, Sánchez Prado apunta la obe­diencia a dos o tres tópicos indiscutibles, por ejemplo la “aversión a cualquier cosa que parezca realismo o, incluso, México”; el desinterés de muchos auto­res por las implicaciones políticas de esas tomas de posición materiales llamadas libros; la falta de agudeza para advertir los significados que puede agre­gar o restar al texto el sello editorial que lo publica o las instancias que lo circulan y lo hacen visible; la ausencia de espíritu agonista o la miopía que impide catar como “fantasmas” a los supuestos enemigos que se combate; la “enorme cantidad de certeza” que desbordan unas voces narrativas en apariencia encantadas consigo mismas.
La indicación más atractiva de Sánchez Prado deriva, sin embargo, de su lúcida observación panorámica de la literatura mexicana del XX, donde encuentra un proceso que convirtió en norma, en institución confortable, la autonomía literaria. En principio, esta apuesta se presentaba como combativa y radical frente al nacionalismo y el mi­metismo hegemónicos: “el matrimonio entre cosmopolitismo e institucionaliza­ción resultó en la nefasta emergencia de una cámara de ecos”.
A esta refle­xión cabría agregarle la pregunta, parti­cularmente importante para la narrativa, qué ocurre ahora, qué matiz se añade en nuestro tiempo, cuan­do la institución literaria se ve asediada y erosionada en niveles nunca antes vistos pero no desde dentro —no por un neorrealismo o una reideologiza­ción, digamos— sino, llanamente, desde el mercado edi­torial y mediático, es decir, por agen­tes en principio externos a un campo literario cada vez más heteróno­mo. Así, sucede entonces que la auto­nomía li­teraria se mantiene en el nivel de puro discurso, de lingua franca —có­modo bagaje para responder en las entrevistas o en las proliferantes presentaciones de libros—, pero inexisten­te en cuanto toma de posición efectiva, en cuan­to práctica, ya casi por completo dilui­da no en el poder político sino en el mediático. En otras pala­bras: en nues­tros días habría que pedir no ya la “gran novela mexicana o postmexicana”, ni siquiera la “gran novela del facebook” sino, básicamente, la Gran Novela de la Feria Internacional del Libro.
¿Y qué papel puede jugar la me­taficción en este escenario nuestro donde la mayor aspiración es ser elogiado en Barcelona y leído en los aeropuertos? El primero es, sin duda, el que ya jue­ga según Sánchez Prado: el de una po­sible metaficción divertida —aun cuando se supone que apueste por asustar al burgués—, codificada según paráme­tros asumidos incluso por las narrativas visuales para el grato desciframien­to del lector, y más próxima, valga la exageración, a una revista de crucigra­mas. Pero imagino que puede desempeñar otros papeles, en la medida en que no se la asuma justamente como un código y en la medida, sobre todo, en que su capacidad metadiscursiva in­cida no sólo en el discurso sino en las instancias de producción, circulación y uso del discurso. Entre estos dos po­los osciló en mi lectura el libro de Ra­fael Toriz, cuyo título, a la luz de estas notas, pareciera provocar la misma am­bigüedad: un sumarse explícito a lo im­perante o una aguda toma de partido.
Compuesto de nueve textos de muy distinta extensión y características, Metaficciones enseña una disparidad que —mera conjetura— puede deberse a un rasgo más o menos típico de los “primeros libros”: la reunión de traba­jos ya sólidos, las primeras conquistas verdaderas del autor, con meros ejercicios de aproximación, distancia que en un escritor “joven” (las comillas son menos vergonzosas aquí: Toriz nació, según la solapa, en 1983) revela no tan­to un cambio de intereses o registros sino un auténtico abismo, como si de dos personas se tratara: el que va de las imitaciones o los tanteos presuntuo­sos a la discreción de lo propio, lo que ya le pertenece plenamente al autor. Entre los ejercicios están “El bibliófago”, estructuralmente esquemático, de juego cómodo y donde un paréntesis autoirónico y metaficcional que más bien se querría problematizador termina por reforzar el carácter complaciente del texto; “Voces de arena”, pieza solem­ne y excesivamente retórica que valdría, supongo, como escalón para llegar a otra cosa pero que no es ésa otra cosa (casi lo mismo que podría decirse de “Mientras pasa el tren”, donde Pessoa y Drácula no dejan de constituir una especie de “Homenaje a mí mismo”, un brindis por las lecturas del autor); “Invi­tación a la estética”, que, para mi gus­to, desperdicia un buen comienzo con tal de introducir una diversión meta­ficcional arquetípica de los talleres li­terarios (el personaje que se rebela frente al autor y traba con él un fascinante diálogo); e incluso “Periódicas”, último texto del libro, que incluye di­versas tipografías, recuadros, algún dibu­jo y que metaficcionaliza casi todos los textos previos y el conjunto en sí, aun­que sin conseguir, me parece, que esa metaficción diga algo más fuera de sí misma y sin evitar que termine celebrándose como un recurso retórico más ganado para la causa.
Hay, sin embargo, dos textos en Metaficciones que me interesaría des­tacar, y no ya precisamente como ejer­cicios sino como piezas acabadas. Lo paradójico, no obstante, es que los que aquí he llamado ejercicios son los que con más claridad se presentan como piezas acabadas, piececitas cerradas y correc­tas para regocijo de los colegas, mientras que los dos textos de los que ahora me ocupo enseñan menos esa abrumadora seguridad de la que hablaba Sánchez Prado y se proponen más co­mo acontecimientos, experiencias posi­bles de habitar a través de un texto. El epígrafe del libro es una cita de los Thundercats, caricatura horrorosa de fines de los ochenta, según recuerdo, y que, como la monótona Atari que Sánchez Prado tuvo que soportar en la novela de Tryno Maldonado, no es más que un chiste (y malo) para los ami­gos y, añado yo, un buen ejemplo de este boxeo de sombra que suele practicarse últimamente: como si quienes vayan a leer Metaficciones fueran de verdad a escandalizarse todavía por tal intrusión tecnoarrabalera en el ámbito sacrosanto de los libros. En “La noche de la rataTM”, en cambio, la disonancia existe porque no depende exclusivamen­te del repertorio de un lector idea­liza­do sino de la malicia desplegada en la escritura, que logra incluso ironizar y tomar distancia de los raptos solem­nes de Toriz que ahogan otras páginas: un diálogo con ecos de Torri, con fuga­ces destellos de Walser o Polgar, entre un Batman casi pordiosero y un Robin devenido exitoso sexoser­vidor. Creo que el texto debe mucho también a la lectura de Gerardo Deniz: en él, Toriz asu­me por fin la mezcolan­za, la posibilidad de yuxtaponer por ejemplo, en una gran escenificación, las “incorrecciones” gra­maticales propias de un cómic con el anacronismo de al­go que se asemeja a una traducción del siglo XIX.
El otro texto destacable es el pri­mero, “Como si fuera”, que logra inclu­so reponerse de un inicio para mi gusto tan engolado como este: “Escribir es conjurar la mejor de las muertes; la más infame, la más corrupta, la más ridícu­la (…). Escribir es una actividad para temperamentos indignos, cobardes que no merecen la horca ni la bala”, y que, como una versión opaca de ese cuento genial de Rodolfo Walsh que es “Nota al pie”, por fortuna va dejando de to­marse en serio, lo que le permite nave­gar con mayor ligereza y mordacidad a través de desdoblamientos, notas, mi­nificciones autobiográficas, citas inútiles, hasta alcanzar dos momentos que, se­gún mi lectura, constituyen los núcleos críticos del texto: una ficción fragmen­tada que ironiza el fragmentarismo y sobre todo cierta tendencia actual que se solaza en autofábulas de sujetos hi­pocondríacos, y el esbozo de un cuento que escribe el protagonista llamado “A sentimental journey through el país de los ojetes”, planteado como un no­table distanciamiento de la enunciación costumbrista sobre cantinas y narcos que sostiene muchos ejercicios narrativos en la actualidad. Ahora bien: ¿son suficientes dos o tres textos de nueve para animar al lector a acercarse a Me­taficciones? No lo sé, pero me interesa­ría animarlo no tanto por tal número de textos sino por la imagen de verdade­ra encrucijada que puede desprender­se del libro. Sánchez Prado terminaba su reseña con estas líneas: “Quizá no quede más remedio que esperar diez años y rezar a los dioses laicos del Ate­neo que la generación de los ochenta sea la que finalmente renueve la lite­ratura mexicana.” No entiendo bien a qué viene la invocación al Ateneo, gru­po que a fin de cuentas fundó la lógica sobre la que descansa la institución li­teraria que se querría renovar; tampoco entiendo si el reclamo pudiera orientarse no sólo a los nacidos en los setenta sino a sus inmediatos predecesores, quienes en general sí dijeron querer encargarse de tal renovación; ni estoy seguro de si el tiempo y nues­tro conocimiento necesaria y fuertemen­te parcial de lo que escriben los ya nunca más jóvenes narradores mexica­nos alcanza para la conjetura. Pero me parece que, en caso de advertir igualmente la urgencia de dicha renovación y de coincidir en que tuviera que pro­venir de la narrativa —y más aún, o peor: de la novela—, el libro de Toriz podría constituir un gran objeto de ob­servación justamente por su provisiona­lidad, su talante ambiguo: una inscripción que aún no se deja leer del todo

martes, 23 de febrero de 2010

Perfil ausente

Gabriel Bernal Granados

Gabriel Zaid, El secreto de la fama, Lumen, México, 2009, 168 p.

Confrontados con la mayoría de los textos de prosa crítica que se escriben en la actua­lidad, los ensayos de Gabriel Zaid resultan ser un modelo de concisión, transparencia y sobriedad. Un modelo de­moledor, habría que añadir. Porque si los ensayos de Zaid aspiran a establecer una complicidad funda­mental con sus lectores, un contubernio amo­roso, digamos, basado en la mayor claridad y entendimiento posible entre autor y lector, al­go hay en la selección de sus temas y en su tratamiento que vuelve las discusiones de Zaid áridas, agrestes, difíciles de transitar. Los die­cinueve ensayos que conforman El se­creto de la fama no esca­pan a esta condi­ción. Más bien, la acentúan, acentuando tam­bién el per­fil intelectual de Zaid y definiendo uno de los temas que recorren las páginas de sus libros con una frecuen­cia casi obse­siva: la función de la litera­tura en el mundo contemporáneo.
En el caso de Zaid y su obra, hablar de “función” de la literatura equivale a pregun­tarse por la función de la lectura en nuestro tiempo. Y hablar de la función de la lectura es señalar uno de los grandes vacíos que aquejan a la sociedad actual. Éste es el punto de partida, y el punto de llegada, de la re­fle­xión de Zaid sobre el predominio de la ima­gen en una socie­dad como la nuestra. Porque, si bien no lo confiesa abiertamente, el foco de su reflexión no radica en la generalidad de la so­ciedad, sino en la particulari­dad re­presen­tada por las sociedades literarias de los últimos cincuenta años (si hemos de si­tuar el origen de los males que estamos vi­viendo en el boom de la novela latinoa­mericana).
Dicho con sencillez, porque Zaid aspira a decir las cosas con sencillez, la función de la lectura es la de hacer a los hom­bres más inteligentes e imaginativos en su trato coti­diano con la realidad. El hom­bre que no lee, según Zaid, es un hombre menos feliz y menos competente. Antes de llegar a un acuerdo con esta forma simple de ver las cosas, hay que entender algo: Zaid es un escritor, un intelectual, que viene de otro tiempo. Un tiempo mu­cho más feliz que el nuestro, cuando la lectura, lejos de ser un fenómeno obligado, era un motivo de gozo. Una fuente ina­gotable de placer que permite el convivio de uno consigo mismo y, en segunda ins­tancia, de uno con los demás.
La lectura permite el convivio y es un reflejo civilizado de eso que Zaid entien­de por conversación. Conversación con los di­funtos, decía el poeta Eliseo Diego, un habi­tante de ese otro mundo del que Zaid es un sobreviviente.
Una tendencia natural de su carácter a la soledad, o al aislamiento, como se le quiera ver, ha distanciado a Zaid de sus contem­poráneos al grado de convertirlo en una presencia y una ausencia al mismo tiempo. Es de sobra conocido que Zaid no permite que se le tomen fotos ni que se le hagan en­trevistas. Al escritor hay que conocerlo por sus obras, parece decirnos con su actitud inflexible. Y es en este sen­tido que un libro como El secreto de la fama, concebido de una manera perfectamente orgánica y unita­ria, aunque en un principio cada uno de sus textos fuera publicado por separado en revis­tas o su­plementos, es una declaración de principios. Y una toma de distancia frente a las costumbres y los vicios de la socie­dad inte­lectual y literaria de nuestro tiempo.
Son pocas, seis o siete, en un índice ono­mástico que abarca las siete páginas finales del libro, las referencias a escri­tores vivos o contemporáneos suyos; sin embargo, al hablar de la fama en tono despectivo, Zaid está hablando de la situa­ción actual de la literatura en México. Y algo más específico que eso: se está refi­riendo al comportamien­to de la clase inte­lectual mexicana, en la que se han cebado los vicios de los que hace escarnio Zaid mismo con el poder corrosivo de una ló­gica aplastante.
Pero, ¿por qué no decirlo directamente? ¿Por qué no, al hablar de “obras tontamen­te completas”, señalar sin rodeos la edición de las obras completas de Alfon­so Reyes o de Octavio Paz? ¿Y por qué no, al criticar la aparición de esa tendencia en las nuevas generaciones, trasladar eso mismo a una si­tuación local? El trata­miento del tema propo­ne facetas de orden histórico e idiosincrásico, por mencionar sólo dos. Lo cierto es que ni Reyes ni Paz compartieron las ideas de Zaid a ese res­pecto, cuando concibieron la edición de sus obras completas anteponien­do el cri­terio de la monumentalidad a la le­gibilidad y la distribución inteligente (es decir, a bajo costo) de sus libros. Y las “nue­vas” genera­ciones de escritores, las que se for­maron incluso bajo el magisterio inme­dia­to de la lectura de los libros de Zaid, no parecen haberlo tomado en cuenta a la hora de planificar sus destinos; o bien, si lo toma­ron en cuenta, no estimaron que llevar sus ideas a la práctica fuera a ren­dirles tan bue­nos di­videndos como el re­corrido de su sentido inverso.
Visto desde esta perspectiva, el proble­ma de la superabundancia y la prerrogativa del yo sobre la existencia de la obra presenta demasiadas aristas como para ser abordado de manera directa en un libro de diecinue­ve ensayos y 168 pá­ginas. La deci­sión más sabia era limitarse a ofrecer un guiño que per­mitiera contemplar con mayor amplitud y de­sen­can­to el estado de las letras en México.
Pese al desenfado con que incorpora pa­labras actuales como web o blog a los con­tenidos de su prosa, y pese a virtudes como la transparencia y el ritmo con que va desa­rrollando sus argumentos, Zaid no deja de ser un escritor conservador. El autor de Óm­nibus de poesía mexicana (1971) y de Asam­blea de poetas jóvenes de México (1980) no ha visto con buenos ojos la proliferación ni de los muchos li­bros ni de los muchos poe­tas y escritores. Sus razones son de orden prác­tico y, en el fondo, estético. No se puede leer tanto pero, sobre todo, no se puede pro­du­cir en grandes cantidades y respetar al mis­mo tiempo altos estándares de calidad.
Una consecuencia natural de la superabundancia es la paja. “Lo ideal, por su­puesto —dice Zaid en la página 88 de su libro—, es que los autores mismos destru­yan buena parte de su obra y sus archi­vos. Muy pocos tienen algo importante que añadir des­pués de sus mejores mil páginas. Ninguno, después de sus mejores diez mil. La mayor parte de los grandes poe­tas escribieron menos de un centenar de poemas memorables. Esconder un texto memorable en unas obras tontamente com­pletas es des­truirlo. Lo ra­zonable es des­truir lo de­más.” El párrafo anterior está escrito con una sangre fría que podría helar la espina dorsal de cual­quie­ra. En esto, como en otros razonamientos que comparten una misma preocupación, Zaid sigue la misma línea argumentativa de un moderno Maquiavelo que propone cortar la cabeza de tus competidores —so­bre todo si se trata de competidores me­diocres— antes de que ellos hagan lo mismo con tu cabeza. “Muchos lo lamentan, sin ver que todo em­pieza abajo: cuando maes­tros, jurados, edi­tores, para no sentirse verdugos, se vuelven cómplices del traba­jo mal hecho. Y luego un pobre diablo, aprobado por compasión, can­sancio, irres­ponsabilidad, se convierte en su jefe, su juez, su verdugo” (“¿Qué hacer con los mediocres?”, p. 137). El secreto de la fa­ma no es sólo un manual de estilo, donde la prosa está regida por una economía de recursos expresivos que tiene a lo breve por lo más letal y a lo más transparente por lo más profundo, sino un manual de discipli­na y estrategia. Al desmontar la estrategia de los más ambiciosos y corruptos, monta una nueva estrategia: la suya propia. Culti­var un estilo transparente y sencillo también im­plica una posición política. El deseo de ser leído y entendido puede tener más re­percu­sión y reportar una injerencia mucho mayor en una sociedad que el deseo de aparecer, ser comentado y discutido en cuanto imagen por los públi­cos masivos.
Zaid parte de la certidumbre de que la imagen demerita la obra, y retrotrae su ico­noclasia al judaísmo y el Islam, religiones que condenan la exaltación de las imágenes. Es­to le sirve para dinamitar el fetiche de la fama, ya que lo que se dice de una obra —su imagen pública— no es precisamente el conte­nido de la obra en sí. Para confron­tarse con este contenido no hay más remedio que leer. La lectura es el eje en torno al cual gira la política, la estética y la ética de Zaid. Y decir esto, a la larga acarrea consecuencias de peso. Al decidirse a ser un escritor sin imagen, Zaid se pronuncia en favor de una apuesta grande: confiar la per­manencia de su lega­do literario a la sola valoración de sus libros. No sabemos con qué líneas de su obra com­pleta Zaid pasará a la historia. Acaso en­cuen­tre una compensación sorpresiva si el desti­no decide conservar los versos de un incipien­te poema sobre las bondades del Pequeño Larousse Ilustrado.*

* Fábula de Narciso y Ariadna es el título del primer libro de poemas de Gabriel Zaid. El poema, porque se trata de un solo poema, distribuido a lo largo de veinte páginas, se pu­blicó en 1958, en Monterrey, y está dedicado al Pequeño Larousse Ilustrado.

Desde el cementerio

José Israel Carranza

Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.

A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescru­table. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interroga­ciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y aparta­mientos: el silencio y la soledad van ha­ciéndose sorpre­sivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inme­dia­ciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendre­mos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nues­tras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que pode­mos instruir al instan­te siguiente para que se conforme a nues­tro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capa­ces de fabricarnos las decepciones que ha­brán de ir punteándose con nuestros anhe­los. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnera­bilidad y el desamparo equilibrán­dose con la invencibilidad y la independen­cia—, sin em­bargo, tardan en librarnos de la des­preven­ción con que vamos internán­donos entre los vivos. Porque ser niño, digámoslo así, es una forma todavía preca­ria de estar vivo, y de ahí que un escenario óp­ti­mo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.
Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La ra­zón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; tam­bién va para cumplir con el peculiar deber de loca­lizar su nombre entre los de los muer­tos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluir­lo entre ellos—, y mientras busca va memo­rizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbi­tamente —y qué no es súbito en un cemen­terio— está en pre­sencia de una mujer que lleva flores al ni­cho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese mo­mento, que se ha re­petido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movi­mien­to de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la explo­ración re­cípro­ca que harán Emilio y la mu­jer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da ini­cio una his­toria sobre cuyos aconteci­mientos van tra­mán­dose nuestras inferen­cias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que suce­de a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos co­nociéndolo sobre todo por­que no está dicho: quiero decir: porque los hechos están ape­nas dispuestos para que nuestra inteligen­cia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.
Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los perso­najes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfa­beto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfun­dado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lá­pidas; Eurí­dice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el de­tector de chistes de Emilio está estro­peado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escale­ra de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejo­rro), la in­minencia de la ciudad, vol­viéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pen­sarse de lo que he pre­sencia­do, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentracio­nes, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el regis­tro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosa e inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emi­lio, salgo de ella sabiendo que enamo­rarse es una forma de eludir la muerte, que sujetar­se a veces puede ser una forma de de­sasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.
Todo cementerio es un lugar propicio pa­ra las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquie­ren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Morábito ha escrito una novela entrañable.