jueves, 3 de abril de 2008

Si el que ha llegado soy o el que me espera

Luis Vicente de Aguinaga
Fragmento

En su clásico ensayo “Sobre el llamado a la puerta en Macbeth”, un sutil y apasionado Thomas De Quincey se pregunta qué hay detrás del profundo efecto de “solemnidad” y “temor reverente” que provocan los golpes a la Puerta del Sur en el castillo de Inverness cuando el general Macbeth y su mujer apenas han asesinado al rey Duncan, en la escena segunda del segundo acto de la citada tragedia de Shakespeare. Grosso modo, para el ensayista inglés, el llamado a la puerta sobresalta en Macbeth porque significa el cierre de un paréntesis monstruoso, algo así como el cese de una digresión terrible que, al alcanzar dicho final, se revela como un todo y permite al espectador tomar conciencia de que ciertas acciones del drama estuvieron sucediendo, hasta ese instante preciso, en el infierno. Si fuera posible adoptar por un momento la perspectiva de Shakespeare —parece decirnos De Quincey—, se percibiría que para conseguir dicho efecto en el drama es necesario “aniquilar el tiempo” y “abolir toda relación con las cosas del mundo externo”, al punto de hacer que la escena ingrese como en “un profundo síncope y suspensión de toda pasión mundana. De aquí que una vez ejecutado el acto, una vez completada la labor del ofuscamiento, el mundo de las tinieblas desaparece como una pompa en las nubes: se oye el llamado a la puerta”.[1]
Dado lo anterior, es cuando menos llamativo que para los lectores de poesía en español exista una pequeña tradición —delgada, tenue, casi se diría que del orden de la miniatura— desarrollada en torno a un motivo literario semejante al que analiza De Quincey, si bien lo suficientemente peculiar y característico para estudiarlo al margen de Shakespeare. Me refiero al tema del persistente llamado a la puerta como símbolo de una vocación largamente rechazada y finalmente acatada según lo aborda Lope de Vega en el soneto XVIII de sus Rimas sacras; llamado que al yo poético le corresponde oír, ignorar o atender. Dicho soneto es, desde luego, uno de los poemas religiosos más extensa y profundamente conocidos del orbe hispánico, pero ha dado lugar a secuelas apartadas de la doctrina cristiana. Se trata, pues, de un poema religioso en atención a sus propias características, pero no en función de los poemas escritos en castellano a partir del ejemplo que tal rima sacra representa. He aquí el soneto:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana![2]

El poema, como bien anota José Manuel Blecua, se inspira en el duodécimo capítulo del octavo libro de las Confesiones de San Agustín y puede leerse junto con otro de Lope, “Agustino a Dios”, también recogido en las Rimas sacras. El octavo libro de las Confesiones, hay que tenerlo en cuenta, es aquél donde se narra la conversión del santo, fenómeno que se describe como una grave y honda crisis personal. Aquello que Lope toma literalmente del pasaje agustiniano es la expresión hac hora, esto es: “ahora”, y la palabra “mañana”, cras en latín. Del texto de San Agustín deben subrayarse también la forma interrogativa y el hecho de que “mañana” y “ahora” se presenten como voces procedentes de una misma conciencia dividida. Lope se decanta por la interrogación en el primer cuarteto y por la exclamación en el resto del poema, y presenta la división de la conciencia mediante la intervención de un ángel que dialoga con el alma.[3] San Agustín, que se hace la pregunta desde un presente angustioso, se muestra tímido y hasta cauteloso en la manifestación de su anhelo: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo seguiré diciendo ‘mañana’ y ‘mañana’? ¿Por qué no cesaré aquí mismo? ¿Por qué no le pondré ahora mismo un fin a todos mis pecados?” (Quamdiu, quamdiu cras et cras? Quare non modo? Quare non hac hora finis turpitudinis meae?)[4] El “alma” de Lope, por el contrario, está refiriéndose a una indecisión ya superada, y el tiempo presente del soneto es el de la primera estrofa, cuando el alma conversa frente a frente con Jesús, abierta o entornada la puerta que los mantenía separados.
La claridad imaginativa de Lope me parece incontrovertible. Entiendo también que la eficacia de las figuras no le viene, al poema, de su contenido religioso. El diálogo textual del soneto con las Confesiones no es de orden figurativo, sino discursivo. Ni el ángel ni el alma ni la puerta (ni, a decir verdad, Jesús) aparecen en el pasaje agustiniano, de modo que las verdaderas cuestiones de pensamiento poético verificables en el soneto deben atribuírsele a Lope, no a sus lecturas. Gracias precisamente al Jesús del poema, y al alma, el ángel y la puerta, es decir: gracias al esquema de narración ejemplar que Lope traza con dichos elementos, asoma en el soneto ―con sorprendente modernidad― la cuestión del yo que se construye a sí mismo sobre la base de sus dudas, que llegan incluso a convivir con sus convicciones. Todo lo cual resulta más claro al releer el poema de Lope como en palimpsesto, por así decirlo, esto es: “debajo” del siguiente poema de Eduardo Lizalde, titulado “Mañana, revolucionarios”:

Y yo les dije, voy, estoy conforme.
Espérenme tantito.
Como José Ramón yo canto claro,
y liso, Nicolás,
entiéndanme un momento.
También soy comunista en ratos de ocio
prolongados. No soy bueno.

Pero me asomo ahora a la ventana
y el ángel argentino toca abajo
su porfiado organillo;
llama a la puerta con la mano herida,
toca su mano, sola, en esta puerta y digo:
le abriremos mañana, qué carajo,
para lo mismo responder mañana.[5]

La vinculación del poema de Lizalde con el de Lope queda clara desde un principio, ya que tras el título figura como epígrafe un verso, el segundo, del soneto de Lope: “Qué interés se te sigue, Jesús mío”. Por lo demás, es ante todo en la segunda estrofa donde resuena la semejanza buscada por Lizalde, si bien la primera estofa de “Mañana, revolucionarios” es irreductible a la intención de Lope y el tratamiento de fondo es, por dicha razón, radicalmente distinto en ambos poemas. La militancia comunista, en primer plano, así como las divergencias y polémicas entre los comunistas de la generación de Lizalde (nacido en 1929) con respecto a los de generaciones anteriores, en segundo plano, aseguran la especificidad, así en la experiencia como en el pensamiento, del poeta mexicano contemporáneo en su relación con el autor español del Siglo de Oro.
A imagen de toda la primera parte de La zorra enferma, libro desgarrador con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1974, Lizalde hace intervenir en “Mañana, revolucionarios” a Nicolás Guillén y, con él, a otros comunistas leales a la URSS que, alrededor de 1968, sostuvieron fuertes discusiones y emprendieron auténticos autos de fe contra los comunistas disidentes, casi todos ellos más jóvenes y radicales, y lo subraya comparándose con José Ramón Cantaliso, protagonista del poema epónimo (recogido en Cantos para soldados y sones para turistas, de 1937) del escritor cubano. Lejos de suponer un lastre, la tonalidad anecdótica del poema es indispensable tanto para cimentarlo en su carácter confesional cuanto para entenderlo como recreación del soneto de Lope, y se hace ineludible, sobre todo, al tratarse del poema de un yo que duda y de una identidad que vacila (en este caso, en términos políticos). Otras diferencias de “Mañana, revolucionarios” con respecto a los versos de Lope ―que sea el ángel quien llame a la puerta, y no Jesús, y que antes toque un organillo, como para enfatizar que se trata de una especie de pordiosero― dan testimonio del proceso de asimilación del material originario con miras a su reelaboración, ya que dicho proceso no habría podido suceder sin algunos desplazamientos de significantes y significados.
El yo que toma la palabra en el poema de Lizalde afirma de sí mismo que no es bueno, y en cierta forma lo ratifica negándose a encarar al “ángel argentino” que, “con la mano herida”, porfía en llamar a su puerta. Dicha voz parece interpretar, con esta negativa, que la virtud cristiana de la caridad (que, si ha de aceptarse la definición del diccionario de la Real Academia Española, consiste ante todo “en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”) es la cuestión de fondo que se plantea en el soneto de Lope, al grado que rechazar a Jesús o al ángel de la revolución es básicamente igual, puesto que implica desconocer una jerarquía impuesta desde la doctrina. Negarse a la caridad significa negarse a trasponer los límites de sí mismo. Por el contrario, inclinarse por la caridad supondría preferir el contacto personal, con Jesús o con el prójimo, por encima de toda comunicación teórica.

[1] Thomas De Quincey, “Sobre el llamado a la puerta en Macbeth”, en VV. AA., Ensayistas ingleses, prólogo de Adolfo Bioy Casares, traducción de Ricardo Baeza Hopenhaym, CONACULTA, México, 1992, p. 296.
[2] Lope de Vega, Obras poéticas. Rimas, Rimas sacras, La Filomena, La Circe, Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, edición de José Manuel Blecua, Planeta, Barcelona, 1989, pp. 303-304.
[3] Según la leyenda, en el momento de su conversión, San Expedito se las tuvo que haber con un cuervo que intentaba disuadirlo repitiendo: “Mañana, mañana, mañana” (cras, cras, cras). El antiguo legionario, futuro patrón de las causas inaplazables, respondió categóricamente: “Hoy, hoy, hoy” (hodie, hodie, hodie), al tiempo que pisoteaba, impertérrito, al pajarraco.
[4] San Agustín, Confesiones, libro VIII, capítulo 12.
[5] Eduardo Lizalde, La zorra enferma, en Nueva memoria del tigre. Poesía (1949-2000), Fondo de Cultura Económica, México, 2005, pp. 172-173.

Dos poemas

José Javier Villarreal

HALLAZGO

Atravesar un cuarto, abrir una puerta.
Estar frente al espejo y no reconocer cosa alguna.
Retirar la corbata, la camisa, el pantalón;
desnudar un cuerpo como quien medita una idea,
como quien se queda dormido,
como quien hace de cuenta
y bajo ese absurdo que brilla tan alto
descubrir una gema y no poder inclinarse.


POR LA MAÑANA

Ahora lo pensaba con la luz de la mañana,
con esa sábana que iba cubriendo los muebles de la casa,
la sal sobre la mesa y los heliotropos en el césped.
Se estaba quieto escuchando las frases,
los lagartos en el canto de la barda,
aquellas piedras que le escuchaban y mostraban cierto interés por sus congojas.
Ya antes lo había pensado
con esos ruidos y relámpagos cubriendo la desnudez del cuerpo,
la amoratada intemperie, el ruido seco y quebradizo de sus brazos.
Seguramente por la tarde también lo pensaría.
Sería de otra manera, con otros argumentos,
con las sombras que llegarían a rodear su cuerpo,
a poner sitio a sus cavilaciones.
Pero ahora lo pensaba con la luz de la mañana,
con ese remordimiento que escurría por sus labios.

Una novela inédita de José Donoso

Julio Ortega

José Donoso (Chile, 1924-1996) empezó a escribir “La cola de la lagartija” (publicada como Lagartija sin cola) en enero de 1973 en el pueblo aragonés de Calaceite, donde había adquirido una casa antigua. Su hija Pilar descubrió la novela entre los papeles que su padre vendió a la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Revisando el manuscrito para su edición, uno concluye que Donoso renunció a terminar la novela. Corrigió unas páginas, se detuvo en el primer capítulo, y dejó el resto en su primera redacción. Sin embargo, ordenó el borrador como libro: lo dividió en partes, pasó el primer capítulo a tercero, y no prohibió su publicación.
Pilar Donoso, que escribe una memoria sobre su padre, me ha dicho que tal vez el golpe de estado contra Salvador Allende interrumpió la novela y otras demandas narrativas se le impusieron, lo cual me parece veraz.
Dos líneas argumentales se alternan en el relato. Una es la historia amorosa de un artista desencantado; otra, su búsqueda de una casa auténticamente antigua en un pueblo perdido de Cataluña. La idea de que un largo amor desigual y mundano culmina finalmente en la amistad es laboriosa y requiere más aliento. Pero la idea de que un pintor renuncia al mercado sólo para descubrir que el lugar ideal ha sido tomado por el turismo, es anticipatoria. Esta novela es una de las primeras sobre la pérdida de España en manos de las hordas del turismo.
Walter Benjamin había adelantado que la subjetividad adquiere las formas de la mercancía. “La cola de la lagartija” es una hipótesis sobre la ausencia de lugar para la subjetividad, ocupada por la sociedad residual. El artista se rebela ante un sistema que lo reproduce como costo agregado. Pero la sociedad del espectáculo toma incluso los márgenes, y por eso los del pueblo no quieren que este artista compre una casa vieja sino la mejor casa, para convertirla en discoteca y atraer al turismo. Quieren pasar directamente de la historia a la basura, gracias al espectáculo. Donoso prefigura el actual desvalor del artista, que empieza por su conversión en figura pública y culmina con su sobre-exposición, lo que satura su mensaje, que damos por leído. El exceso de presencia trae la mayor ausencia: la reproducción cancela el diálogo y deriva en residuo.
Por eso, la visión de una Casa que convoque todos los tiempos vividos en un convivio liberado de la sociedad y sus demandas, se demuestra como melancólica. La Casa está en venta pero no para alguien que busca darle lugar a su vida sino para quienes imponen el tiempo incautado del bienestar, y van ofertando los pueblos, uno a uno. La actualidad de esta novela (irónicamente abandonada) es perturbadora.

martes, 1 de abril de 2008

Los restos del banquete*

Gabriel Wolfson
* Fragmentos de la novela aún sin título

Como el mozo que recoge los restos
del banquete, me pregunto quién habrá
bebido en esta copa que aún tiembla.
S.W.M.


por ejemplo:
hoy comienzo a usar un jabón líquido, ideal para niños. Eso dice la etiqueta: ideal para la piel de los niños. Un jabón con características especiales, algo se menciona sobre ph, neutralidad, regenerar la capa ácida de la piel. No sé de estos asuntos que, en cambio, para mucha gente serán elementales. Por ejemplo (un dato que encuentro en alguna libreta): un gramo de gel de sílice, por su estructura porosa, presenta una superficie interna de 700 metros cuadrados. Estoy absolutamente impresionado, se agrega en la libreta, con este dato viejo, irrelevante para la ciencia actual. Unos cuantos granos de gel de sílice, contenidos en una bolsita vaporosa, es lo que uno encuentra en la bolsa interior de algunas chamarras. Mejor no hacer cuentas. Hoy comienzo a usar un jabón líquido cuyo empaque a ningún niño llamaría la atención. Debo lavarme la cara con ese jabón, únicamente la cara, no las manos, ni siquiera el cuello, y únicamente con ese jabón que no hace espuma. Siento una pequeña humillación por usarlo. Es como si a estas alturas tuviera que vestirme con una pequeña camisa de niño. La rompería al intentar meter los brazos, pero las indicaciones dirían: aun así, salga a la calle con esa camisita. Además, uno empezará a dedicar varios minutos a este asunto de lavarse la cara y luego rociarse un protector solar especial que viene en atomizador. Minutos que se convertirían en horas si uno sumara todos esos minutos a lo largo de, por ejemplo, un año. Mejor dejar así las cosas.
Hoy, que he comenzado a usar el jabón líquido, recuerdo nuevamente una historia. No sé si es una historia o sólo el inicio de una. En esta ciudad, incluso cerca de mi casa, en los límites de un fragmento de bosque que sobrevive alrededor de un estadio de futbol abandonado, viven unas cuantas personas. Tocan rock. Así se los conoce fuera de su bosque privado, como un grupo de rock. El líder es moreno, con bigotes, pelo afro. Canta, compone y toca la guitarra. El grupo es familiar, y por eso variable: a veces tocan más integrantes, a veces menos, dependiendo del ánimo o las ocupaciones del día o de que los miembros más jóvenes de la familia se vayan incorporando. En su casa, por las noches, se reúnen a leer la biblia. Fuman, leen pasajes de la biblia y tratan de descifrarlos. Creen que Jim Morrison no está muerto, es un viejo que vive en Chihuahua al que muy pocos reconocen porque habla un español perfecto. Se lo puede encontrar algunas tardes sentado en el piso de una cantina, contando sus aventuras en la sierra Tarahumara. Así que creen en la biblia y creen en Jim Morrison. O más bien, leen la biblia a la luz de los textos de Morrison. Imaginan Galilea y Jericó como desiertos llenos de coyotes.
Esta historia, o apenas el inicio de alguna, que yo he contado varias veces a propósito de muchos asuntos distintos, es algo que no sé por qué conozco, no sé dónde escuché. A veces creo que en realidad nadie me lo contó. Que yo vi tocando al grupo algún día (aunque sé que nunca los he visto tocar) y me inventé lo demás. He llegado a pensar que alguien, por ejemplo Hugo, me dijo una vez que aquí, en las ruinas del bosque cercano a mi casa, viven los miembros de un grupo de rock, y que entonces yo imaginé el resto. Pero sucede que he contado ese fragmento de historia muchas veces, lo he usado como argumento para sostener no sé cuántas teorías, tanto que ahora es para mí una historia familiar, tan familiar como enfermarse o lavarse la cara. Se me ocurre que esta reiteración de la historia en mi cabeza se debe, entre otras cosas, a que nunca la he escrito; permanece latiendo como una ramificación que nadie sabe dónde comienza.

Pero llego a esa otra fiesta, también es una despedida pero para el Conde, yo no sé de qué se despide, quizá de la soltería porque en algún momento se acerca a nosotros, estoy con Hugo y Polo, y nos presenta a una chica que es la antítesis del Conde y de ese lugar y de toda esa gente, una chica que no habla, que sonríe no sé si forzada o por cortesía o para no decir nada o porque es lo único que sabe o puede hacer, sonríe y baja la cabeza, no habla, y el Conde la abraza, la atrae hacia sí por los hombros como si estuviera abrazando a la mujer equivocada o más bien como con temor de que pudiera escaparse, y luego nos la presenta como su novia, su prometida, nos vamos a casar, dice, y nos vamos a Arkansas y yo la amo, dice, nos queremos mucho, he encontrado a la mujer de mi vida, nos dice como si ella no estuviera ahí y él pudiera confesar ese tipo de verdades o de estupideces. Pero entonces no es ninguna verdad, pienso como primera reacción: el Conde está borracho o ella es su prima y esto es una broma o ella es sordomuda y esto sigue siendo una broma, pero no, hay algo imposible en esa falsa broma. El Conde continúa su confesión a gritos y llena de frases extraídas de alguna ruin canción, es mi contraparte, dice, fue amor a primera vista, somos complementarios, como los gemelos cósmicos, dice, y ella sonríe, absolutamente llena de pánico creo yo, hasta que alguien llama al Conde y él la deja por ahí para salir corriendo.
Es una fiesta, como digo, a primera vista frustrada y, si se conservaran fotografías, las fotografías no podrían más que mostrar un escenario patético. Estamos en un local comercial a la orilla de una gran avenida, transitada y escandalosa. El local está abandonado, pero conserva los acabados propios de una tienda de pisos o de llaves y dispositivos para baños. Hay algunas sillas de latón, un par de mesas, vasos de unicel y bolsas y servilletas tiradas. Cuando llego nos ofrecen cacahuates en un plato de plástico y media botella de cerveza. Alguien intenta conectar una guitarra eléctrica a una bocina rota.
Sin embargo, también hay gente eufórica en ese lugar desangelado, personas muy diversas entre sí para quienes aquello no es, ni de cerca, una fiesta frustrada, quizá porque para ellos es inconcebible tal cosa como una fiesta frustrada.
Entre ellos, el primero entre ellos, el Conde, quien va de un grupo a otro, sudoroso, con la camisa cada vez más desabrochada o rota, y quien de pronto toma esa guitarra eléctrica, que no sabe tocar, y comienza a cantar algo de los Rolling Stones cuya letra muy pronto convierte, a gritos y entre carcajadas, en otra cosa: un alarido regocijado que incluye, desde luego, solemnes y absurdas declaraciones de amor a su prometida y que incluye, desde luego, la más absoluta fe en el poder de su instantáneo regocijo, el convencimiento profundo de que eso es lo único que vale la pena hacer en ese momento.
Hugo está de este lado del escenario, contemplando al Conde conmigo. Con poca fe intentamos conservar una imagen nítida de esos segundos, que para el Conde deben de ser nada, material del olvido, y para nosotros, nuevamente, una señal emitida desde otro mundo.

Más temprano, según descubro un día que llego más temprano, el hombre toma su desayuno afuera de la caseta. Saca una mesa pequeña y una silla más baja aún, por lo que parece no sentarse sino encuclillarse. Toma medio litro de leche, un pan dulce y una manzana. La leche en el extremo derecho, el pan al centro y la manzana a un lado, como en segundo plano. Incluso en el desayuno hay plato fuerte, me dice. Lleva muchos años, más de veinticinco, desayunando afuera de su puesto, salvo que llueva. Y no lee el periódico; en vez de eso mantiene una postura erguida, y no mira sus alimentos sino que observa a la gente. Alguno diría: de forma retadora. Pero no siempre desayunó lo mismo. Al principio, dos o tres panes dulces y coca cola o refresco de grosella. Descubrimos que nunca hemos visto una grosella, de hecho no sabemos cómo son. Suponemos que rojas, un poco agrias.
—Aquí lo conocí, yo estaba desayunando cuando pasó —me dice.
Le pregunto cómo le tomaron la foto que aparece en el reportaje del Esto. Lleva, como digo, un traje de baño corto y ajustado, de un material que uno imagina grueso e irrompible. Sobre la frente mantiene en equilibrio un balón de futbol de gajos octagonales, seguramente Garcís, y por lo mismo su vista se dirige hacia arriba, hacia el balón. Pero además, la posición del cuerpo es, no tengo dudas, la misma con la que salían retratados los héroes de lucha libre de la época: piernas flexionadas, pecho un poco abultado y hacia el frente, brazos separados y en escuadra y, detalle importante, los dedos abiertos y rígidos, manos imitando garras.
Un reportero vino hasta aquí porque en el periódico supieron de un sujeto que hacía yoga, tenía el récord estatal de dominadas con un balón de fut y había cruzado nadando algunos lagos. Lo del yoga, me dice, más bien no tenía que ver con mis hazañas atléticas, pero el reportero quiso sacarlo, fue muy necio con lo del yoga. Él no sabía nada del yoga, nunca había oído la palabra, pero entonces le expliqué y le enseñé algunas posiciones de las difíciles, exacto, dice el hombre, me acuerdo que hice la posición esa que ya no me acuerdo cómo se llama, pararse de nuca, no pararse de cabeza sino de nuca, yo aguantaba mucho tiempo así, el tiempo que fuera, seguro ha de llamarse Cisne de cabeza o Bambú de primavera, ya ve.
El hombre cree que por eso el reportero le pidió salir en la foto con esa postura. Algo me dice de un luchador japonés de la época, o de poco antes quizá, Sugi-Sito, que el reportero mencionó como si los lectores fueran a captar de inmediato esa alusión errónea y retorcida. Según el vendedor de periódicos, Sugi-Sito era un magnífico luchador. Supone que fue él quien introdujo en México la técnica de las patadas voladoras.