Javier Caravantes
El deseo siempre oscila entre el sí o el no
Julio Hubard
Preferí estar con Pame. Era tradición que el 15 de septiembre mis amigos y yo nos pusiéramos una peda brutal, viendo los fuegos artificiales desde la terraza en la residencia de mis abuelos. La rompí, preferí ir con Pame. Mi padre ordenó que yo estuviera, junto a mis hermanos y mi madre en el Ayuntamiento, para la recepción que daría el gobernador después del grito. No quise. Preferí manejar mi Z3 con Pame al lado, escuchando “Don’t stop”, mientras seguía la camioneta de su madre hasta ese pueblo: Xoxtla. Casi no hablamos. Ni estábamos enojados, ni era porque no tuviera algo que decirle; tampoco me molestó que una de sus primitas quisiera venir con nosotros en el coche. No. Ver a Pame sentada, de perfil, cantando o mirando el horizonte era perfecto y, como desde siempre he sido malo para hablar, no quise arruinar el momento. Apenas me conformaba con que ella me tocara la pierna o acercara la punta de sus labios hasta mis oídos. Con eso bastaba para mandar a la chingada lo demás y seguir manejando.
—Está vieja la carretera —dijo.
—Sí, y tu mamá es buena para caer en los baches; bien que les atina —le contesté.
Pame se rió, le preguntó a su primita si estaba cómoda. Se animó a poner otra canción y me advirtió:
—Xoxtla es el pueblo más feo que he visto en mi vida.
—En el periódico leí algo del lugar, no me acuerdo qué.
—Seguro, problemas.
Pensé en los preparativos que mis amigos estarían haciendo para la borrachera: decidiendo qué tomar, a qué hora llegar, en qué antro terminarla. Pame, justo en ese instante, me dio un beso en la boca que se fue resbalando suave por mi mejilla hasta llegar al cuello. Esa sensación me hizo dejar de extrañar la rutina y continuar sumiendo el acelerador. Su primita preguntó:
—¿A qué saben los besos?
La iglesia parecía una bodega que ni si quiera estaba pintada. Así de horrible era Xoxtla. Fue difícil encontrar estacionamiento. Tuve que dejar a Pame y a su primita en el zócalo, junto a su madre, Leonor, que ya había encontrado donde dejar su camioneta. Yo le daba vuelta a la manzana para buscar lugar, mi teléfono sonó. No contesté al ver el nombre de uno de mis amigos escrito en la pantalla. Para qué escuchar los reclamos de siempre. Me hacían sentir como un títere que obedecía a cualquiera menos a sí mismo. Me fui alejando. Tuve que dejar el coche en un una cancha de futbol cubierta de ese polvo fino que se levanta fácil y que ahora servía como estacionamiento improvisado. Me dio miedo dejar mi Z3 ahí pero no había otra opción.
Pame me llamó al celular, me dijo que me esperaban en las oficinas de la presidencia municipal. La mayoría de las casas era de un solo piso, tan feas que parecían reproducciones a escala de la iglesia. Me puso de malas caminar esquivando gente, a vendedores ambulantes, y ver tantos perros callejeros que iban hacía el centro, como si ellos también estuvieran invitados a la celebración.
En el zócalo había mucha gente esperando a que un grupo comenzara a tocar. No supe cuál era la presidencia. Tuve que preguntarle a alguien, que me señaló la fachada de una casita tan pequeña como las demás. En la entrada había dos policías, altos, encapuchados; sujetaban escopetas y tenían el dedo al lado de gatillo; parecían dispuestos a disparar en cualquier momento. Ni siquiera me acerqué. Preferí llamar a Pame, que salió en seguida. Me preguntó por qué había tardado tanto y me jaló hacía adentro. La mirada escrutadora de uno de ellos me hizo detenerme antes de cruzar la puerta. Pame se dio cuenta, le preguntó:
—¿Algún problema?
—No, señorita.
Dirigiéndose a mí, ella dijo:
—Vamos. Mi tío te quiere conocer.
En la planta baja había una sala de espera formada por sillas de plástico. Un escritorio de triplay destartalado era atendido por una mujer gorda que apenas cabía en su silla. Subimos una escalera que no tenía pasamanos y llegamos a una oficina.
—Tío, mira, te presento a mi novio.
Era un tipo alto, muy moreno, flaco; usaba lentes con micas amarillas que le ensombrecían la cara. Me extendió su enorme mano:
—Soy el presidente municipal, Luis Andrade.
En ese momento a Pame le sorprendieron los ojos hinchados y la cara de preocupación que tenía su madre, como si en los minutos en que ella bajó por mí se hubiera hablado de algo grave. Pame le preguntó:
—¿Qué pasa, ma?
—Nada… Mira —dijo Leonor dirigiéndose a su hermano, cambiando el tema de conversación—, este muchacho es hijo del empresario Germán Olid.
Mi suegra comenzó a enumerar las virtudes de la familia Olid, hasta que irrumpió la esposa del presidente municipal. Antes de saludar, se dirigió a su esposo, alarmada:
—¿Ha pasado algo?
Luis Andrade le contestó intentando sonar tranquilo:
—Todo bien. Mira, aquí esta Pame. Trajo a su novio.
Fue hasta ese momento en que la señora se dio cuenta de las demás personas que estábamos ahí y, apenada, saludó a su cuñada Leonor, a Pame, a la sobrinita que estaba entretenida mirando la ventana y a mí. De nuevo comenzaron a hablar de los Olid, a preguntarme por ellos: una enorme sombra siguiéndome a todas partes. Me sentí incómodo, le pedí a Pame que bajáramos a la plaza. Ella les avisó.
Leonor dijo:
—No, mejor quédense aquí.
—¿Por?
Luis Andrade interrumpió:
—Está bien, Leonor, déjalos que bajen.
Había aumentado el número de policías. Ya eran cinco resguardando la puerta. También la gente en la plaza, que con fuertes silbidos reprobaba la tardanza del grupo musical. Seis hombres distraídos, como si no escucharan nada, seguían afinando sus instrumentos.
—¿Qué se traen allá arriba? Andan raros —le pregunté a Pame.
—Te digo que mi tío tiene muchos problemas —contestó.
—¿Como de qué?
—Política, ya sabes… ¿Quieres comer algo? Mira, hay tostadas, chalupas, pambazos.
El aceite recalentado hervía sobre alguna masa hasta freírla.
—No se me antoja nada pero tengo un montón de hambre.
—¿No que te gustaba esta comida?
—Sí, pero la que hace la cocinera de mi abuela.
Pame hizo un gesto en la boca, como si estuviera apenada por la gente pobre que estaba comiendo, como si fuera su culpa. Me le abalancé a los labios intentando borrárselo. Nos decidimos por tostadas. El celular de nuevo sonó; era mi madre. Me sentí seguro al apretar la tecla del desvío de llamada y al apagar el aparato. Pame, a mi lado, no dejaba de sonreír y yo de besarla.
El grupo se puso de acuerdo. Tenía la esperanza de que fuera una banda norteña pero no: cumbias, de ésas pasadas de moda. Cuando por las bocinas salió una voz que cantaba “no te metas con mi cu-cu” y justo por la comida grasosa me dolió el estómago, Pame me dio el mejor beso del día.
Me quedé callado, viéndola y pensando en la enorme terraza de los abuelos, en el verdadero palacio de gobierno. De nuevo la preferí. Morderle suave los labios en lugar de ver al horrible grupo de cumbias. Rodear con mis brazos su estrecha cintura en lugar de contestar el teléfono. Preferí a Pame antes que cualquier otra cosa.
—Creo que tu familia no va a bajar —le dije.
—En un rato será la coronación de la princesa de las fiestas patrias, después el grito y ahí es cuando van a bajar. Mi primita se ha de estar dando una aburrida horrible, vamos por ella —me respondió. El presidente municipal estaba hablando por teléfono, su esposa y Leonor estaban en otro cuarto, mirando en la tele la transmisión nacional del Grito de Independencia. La niña se puso contenta de que la lleváramos. De nuevo Leonor nos advirtió:
—Tengan cuidado.
Los policías seguían alertas, custodiando la entrada. Dije:
—Oye, Pame, esos cabrones no parecen cualquier pinche gendarme.
—Son la escolta personal de mi tío.
La primita pidió:
—Quiero pintarme una banderita en la cara.
Pasé una hora aburridísimo hasta que comenzó la coronación de la princesa. Fue ridículo. No había una más fea que la otra. Comparar su caras y sus cuerpos con el de Pame me hizo sentir contento. En media hora se decidió el nombre de la nueva dueña de un cetro de plástico con chaquira, luego se anunció al presidente municipal. Luis Andrade ya estaba parado en la entrada. Caminó seguido por su esposa, por Leonor, y rodeado de los cinco policías. Lo primero fue un gran abucheo, chiflidos, mentadas de madre. Pame me miró un poco preocupada y acercó a su primita, que estaba a unos pasos de nosotros. Los policías iban aventando a la gente que se acercaba demasiado a la comitiva. Una señora se aproximó lo suficiente para jalar de los pelos a la esposa del presidente. Leonor y un policía ayudaron para zafarla. Pame corrió hasta su madre, yo detrás de ella, cargando a la niña. Entramos al círculo que protegía la escolta. Aunque Andrade gritaba que siguiéramos avanzando, fue imposible llegar a la tarima. Tuvimos que regresar corriendo a la presidencia. Durante el camino, un hombre alcanzó a jalar del abrigo a Pame hasta arrebatárselo; yo sentí un madrazo en la nuca. Al vernos entrar, la secretaria se levantó alarmada y salió huyendo. Nosotros subimos al segundo piso mientras los policías resguardaban la puerta. De inmediato Andrade fue al teléfono y le rogó ayuda a algún político. Una piedra reventó el cristal, por lo que corrimos hacia otra habitación. Dos policías subieron solicitando órdenes.
—Si es necesario utilicen las armas pero no los dejen entrar —contestó Andrade.
Leonor estaba aferrada al cuerpo de su hermano, como si sus brazos alcanzaran a defenderla de todas las personas que cada vez gritaban más fuerte afuera. A su vez, Pame abrazaba a su madre. La esposa gritaba “nacos”, dirigiéndose al cubo de las escaleras. Yo seguía cargando a la niña, cuyas lágrimas le habían borrado ya la banderita que tenía dibujada en la mejilla.
—Va a pasar por lo menos una hora en lo que llegan refuerzos del otro pueblo. Es mejor que se vayan —resolvió Andrade.
—¿Qué no hay más policías? —le pregunté.
—Esos cinco de afuera son los que quedan.
Leonor, babeando, dijo:
—Yo no te dejo.
Busqué la mirada de Pame, pero ella recargaba su cara contra la espalda de su madre. El todavía presidente dijo:
—Al menos deben irse las niñas y el muchacho Olid.
Pame respondió:
—Me voy a quedar contigo, ma.
Ellos se me quedaron viendo. La niña que cargaba me pesó más. Le estuvieron insistiendo un rato a Pame, que siguió negando con la cabeza, sin abrir los ojos. Leonor, harta, le tiró una cachetada.
Andrade, habló:
—Bueno, mejor… vámonos todos. Hay una forma de salir por la calle de atrás. Lo peligroso es que dejamos los coches muy cerca del centro. La gente se va a dar cuenta.
—Yo dejé mi coche varias cuadras lejos, donde está la cancha de futbol —dije.
Subimos al techo. Desde ahí bajamos por una escalera de caracol hasta un patio en el que había una puertita lateral. La abrimos y salimos a la calle. Correr hasta darle vuelta a la manzana, pasar junto al zócalo. El ruido de la gente. Las piedras que arrojan a los policías. Ellos, nerviosos, apuntan sin disparar todavía. Los puestos de comida tirados. El grupo mete los instrumentos rápido a la camioneta. Afuera de la iglesia, las princesas de las fiestas patrias lloran junto a sus familiares. Ya no hay perros callejeros. Cargo a la niña, sigo las sombras de Pame, de Leonor, de Andrade, de su esposa. Siete cuadras y llegamos al campo de futbol. Encontramos mi Z3 destruido, las varillas que deformaron el chasis y dañaron el motor están tiradas al lado del coche. Letras blancas sobre el único parabrisas dicen “ratero”. Hay mucho polvo fino levantado, parece que tardará mucho antes de bajar y descansar en el suelo. Veo a Pame. Me pregunto sí todavía es tiempo de preferir algo. En ese momento se escuchan los pasos y los gritos de gente que se acerca.
martes, 15 de febrero de 2011
Sí o no
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15 de septiembre,
Javier Caravantes,
Julio Hubard,
Xoxtla
Aurelio de la Vega encuentra su compás
Enrico Mario Santí
Poetry is about listening.
W.S. Merwin
I. AIRE
Un clarinete en medio del verano,
un viento sin trombón
(tenía su forma),
varios oboes borrachos:
todo eso fue lo último que oí
antes de que el chubasco—
violento, aterrador, fugaz, furioso—
me obligara a guarecerme en los arbustos.
Era como el anillo que encontré en el Almendares,
sólo que húmedo,
más húmedo que el río porque era aire.
Y el aire era una tromba
que atraviesa las calles del Vedado,
sopla en el Malecón
y llega hasta las puertas de Erich Kleiber.
Quiso saber si yo sabía
algo de música.
Nada, le contesté.
Perfecto, dijo él.
Y amasando el huracán que se avecina
me ordenó dar un salto hasta Berlín.
Nunca pude regresar al Almendares.
El viento me olvidó.
Y otro tren de cornetas
dijo adiós.
II. TIERRA
¿Cómo será vivir en tierra roja?
Vivir en tierra roja y ser jinete azul.
¿Será el piano el que habla con la flauta
o el arpa lo que pasa por violín?
Las valkirias de este otoño me levantan
hasta el Valhalla de Hollywood
donde el sinsonte que traigo embalsamado
se convierte en el pájaro de fuego
y la farsa de un Ariel criollo
corre a saltos por la Ruta 66.
No hay nada que me impida
escuchar los dos arbustos
que hablan conmigo al mediodía.
El fénix en que el sol me ha convertido
sabe que algo se muere por vivir.
Por algo es este otoño en el desierto
tierra roja que pide algún gladiolo.
No sé por dónde voy.
No encuentro el mapa de mí mismo.
Mi compás no funciona en el desierto.
III. FUEGO
Para combatir el frío
hay que atravesar el fuego.
Aunque ya sé:
no hay frío, no hay fuego.
No hay combate.
¿Se trata de un invierno infernal,
o tal vez de un infierno musical?
Tampoco hay tierra roja
(se la tragó la ciudad:
dicen que los indios la obligaron),
la isla se extinguió
(tuve que abandonarla
como una amante que engorda y envejece).
Luego vino el asedio
del enano y sus secuaces:
burbuja de diamante, pan barato
que corrompe al mundo sin anuncio.
Pero soy camarada errante y con el tiempo
aprendí a decir:
Ich bin der welt abhanden gekommen.
Ahora no soy otro que ese mundo
que viene, se retira, se consume
y al regresar,
desaparece.
IV. AGUA
Voy por la ribera de tu río.
Tu río no te reconoce.
Pero te nombra.
Tu nombre es agua.
La flor que te saluda
no sabe quién tú eres.
Y no importa.
Importa que la flor no te abandone
ahora que este sol es todo tuyo.
El pájaro que canta por la tarde
sabe que vas despacio
y que el coro que presides ya perdura.
La ribera de tu río te encarece.
Los guijarros de su suelo alzan tonos
y la luna que los mira dan reflejos
que son ecos que son flores que son notas.
Vas por este río de riberas.
El oro del anillo ya no es tuyo.
Pero eres oro.
(El oro que siempre fue tu nombre.)
Y ahora que el río se te pierde
en el mar de espuma que aparece
en los caminos de tus aventuras,
el anillo vuelve al río,
un anillo que es oro y que es agua.
Voy por la ribera de tu río.
Río de piedras, reflejos de burbujas.
Voy para llegar al mar
porque el mar no se preocupa.
Su rugido es un rumor,
un rumor que desvanece
el canto de los seres que ahora arrastra.
Voy para llegar al mar
con el único compás que desconozco.
Para llegar al mar.
Para escucharte.
Bakio-Claremont,
Julio 2010
Poetry is about listening.
W.S. Merwin
I. AIRE
Un clarinete en medio del verano,
un viento sin trombón
(tenía su forma),
varios oboes borrachos:
todo eso fue lo último que oí
antes de que el chubasco—
violento, aterrador, fugaz, furioso—
me obligara a guarecerme en los arbustos.
Era como el anillo que encontré en el Almendares,
sólo que húmedo,
más húmedo que el río porque era aire.
Y el aire era una tromba
que atraviesa las calles del Vedado,
sopla en el Malecón
y llega hasta las puertas de Erich Kleiber.
Quiso saber si yo sabía
algo de música.
Nada, le contesté.
Perfecto, dijo él.
Y amasando el huracán que se avecina
me ordenó dar un salto hasta Berlín.
Nunca pude regresar al Almendares.
El viento me olvidó.
Y otro tren de cornetas
dijo adiós.
II. TIERRA
¿Cómo será vivir en tierra roja?
Vivir en tierra roja y ser jinete azul.
¿Será el piano el que habla con la flauta
o el arpa lo que pasa por violín?
Las valkirias de este otoño me levantan
hasta el Valhalla de Hollywood
donde el sinsonte que traigo embalsamado
se convierte en el pájaro de fuego
y la farsa de un Ariel criollo
corre a saltos por la Ruta 66.
No hay nada que me impida
escuchar los dos arbustos
que hablan conmigo al mediodía.
El fénix en que el sol me ha convertido
sabe que algo se muere por vivir.
Por algo es este otoño en el desierto
tierra roja que pide algún gladiolo.
No sé por dónde voy.
No encuentro el mapa de mí mismo.
Mi compás no funciona en el desierto.
III. FUEGO
Para combatir el frío
hay que atravesar el fuego.
Aunque ya sé:
no hay frío, no hay fuego.
No hay combate.
¿Se trata de un invierno infernal,
o tal vez de un infierno musical?
Tampoco hay tierra roja
(se la tragó la ciudad:
dicen que los indios la obligaron),
la isla se extinguió
(tuve que abandonarla
como una amante que engorda y envejece).
Luego vino el asedio
del enano y sus secuaces:
burbuja de diamante, pan barato
que corrompe al mundo sin anuncio.
Pero soy camarada errante y con el tiempo
aprendí a decir:
Ich bin der welt abhanden gekommen.
Ahora no soy otro que ese mundo
que viene, se retira, se consume
y al regresar,
desaparece.
IV. AGUA
Voy por la ribera de tu río.
Tu río no te reconoce.
Pero te nombra.
Tu nombre es agua.
La flor que te saluda
no sabe quién tú eres.
Y no importa.
Importa que la flor no te abandone
ahora que este sol es todo tuyo.
El pájaro que canta por la tarde
sabe que vas despacio
y que el coro que presides ya perdura.
La ribera de tu río te encarece.
Los guijarros de su suelo alzan tonos
y la luna que los mira dan reflejos
que son ecos que son flores que son notas.
Vas por este río de riberas.
El oro del anillo ya no es tuyo.
Pero eres oro.
(El oro que siempre fue tu nombre.)
Y ahora que el río se te pierde
en el mar de espuma que aparece
en los caminos de tus aventuras,
el anillo vuelve al río,
un anillo que es oro y que es agua.
Voy por la ribera de tu río.
Río de piedras, reflejos de burbujas.
Voy para llegar al mar
porque el mar no se preocupa.
Su rugido es un rumor,
un rumor que desvanece
el canto de los seres que ahora arrastra.
Voy para llegar al mar
con el único compás que desconozco.
Para llegar al mar.
Para escucharte.
Bakio-Claremont,
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Tres poemas
Enrique Bacci
ERAN LOS QUE HACÍAN UN ALTO
Ay una hora sin aviso, de otrora, en que pesa el silencio, cruje.
Respira
si es que hay por allí medianías.
Una puerta que escuche el grito de su vecina vivienda de los
ingleses, ay
el tiempo que hace. Este crujimiento de la oscuridad, manera de
madera
dura. Todo el sitio que sea posible, de otrora esta hora sin aviso.
Luego convertido el asunto en pasadizo, alero, correría de vientos
mañaneros.
Una voz que anochece y raspa sus manos con el jabón de la tardanza
siempre llega de otro lado, del otro lado.
Las casas de los ferroviarios están utilizando la palabra siempre,
para ser
llegadas. Desde el sur o el norte, a esa hora del día en que todo
afloja
y el silencio mira respirar,
los ferroviarios se descalzan y desprenden su dura condición
vivir en la mitad del viento.
EL ROSTRO ANTE LO QUE PUEDA ENCONTRAR
De ideomas cónico, plateado por inmensas lunaradas, oscuro al reír, si
río. Las aletas del sentido
centinelas, una voz de noche llama, una voz de día escucha lo
pedestre.
Tan lejos del habla como el quién cabalo piafa ante el incendio de las
aguas. Dorado
trompetero, pejerrey.
BAJO UN LECHO QUE NO ES EL SUYO, HA TENDIDO LA HORA
Las circulares y en densas, las lineales. La extensas convenciones de
sí el tiempo, dir,
allá.
Y después hablarse. Conseguir listar el aire, qué una sombra o aquí un
sumergimiento.
Un crecer que nomás desaparece de la piedra que cayó en el
río.
En denso luego no entendido los peces ven correrse un mundo. Uno de
tantos.
ERAN LOS QUE HACÍAN UN ALTO
Ay una hora sin aviso, de otrora, en que pesa el silencio, cruje.
Respira
si es que hay por allí medianías.
Una puerta que escuche el grito de su vecina vivienda de los
ingleses, ay
el tiempo que hace. Este crujimiento de la oscuridad, manera de
madera
dura. Todo el sitio que sea posible, de otrora esta hora sin aviso.
Luego convertido el asunto en pasadizo, alero, correría de vientos
mañaneros.
Una voz que anochece y raspa sus manos con el jabón de la tardanza
siempre llega de otro lado, del otro lado.
Las casas de los ferroviarios están utilizando la palabra siempre,
para ser
llegadas. Desde el sur o el norte, a esa hora del día en que todo
afloja
y el silencio mira respirar,
los ferroviarios se descalzan y desprenden su dura condición
vivir en la mitad del viento.
EL ROSTRO ANTE LO QUE PUEDA ENCONTRAR
De ideomas cónico, plateado por inmensas lunaradas, oscuro al reír, si
río. Las aletas del sentido
centinelas, una voz de noche llama, una voz de día escucha lo
pedestre.
Tan lejos del habla como el quién cabalo piafa ante el incendio de las
aguas. Dorado
trompetero, pejerrey.
BAJO UN LECHO QUE NO ES EL SUYO, HA TENDIDO LA HORA
Las circulares y en densas, las lineales. La extensas convenciones de
sí el tiempo, dir,
allá.
Y después hablarse. Conseguir listar el aire, qué una sombra o aquí un
sumergimiento.
Un crecer que nomás desaparece de la piedra que cayó en el
río.
En denso luego no entendido los peces ven correrse un mundo. Uno de
tantos.
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poemas
lunes, 10 de enero de 2011
Un pollo en el cuarto de los niños
Aarón B. López Feldman
I
Cuando llegó con el primer anuncio pensé que sólo bromeaba. Yo estaba sentada frente a la computadora terminando una traducción que tenía que enviar esa misma noche.
—Mira —me dijo y tapó el monitor con una hoja tamaño carta impresa hasta la mitad.
“Se solicita matrimonio de planta”, leí en el título.
—Beto, tengo que terminar esto para ya —le dije y aparté su mano con todo y hoja.
—¿Te lo leo?
—No. Tengo que terminar esto.
—Te lo leo: Se solicita matrimonio de planta para trabajar en Cancún. Ella deberá cocinar y hacerse cargo de toda la casa; él deberá desempeñarse de chofer y llevar el mantenimiento general.
—Ajá.
—No estaría mal, ¿no?... irnos de aquí… vivir en Cancún.
—Ajá.
—¿Cómo ves?
—Oye, en serio tengo que enviar esto hoy y no voy a aguantar mucho, estoy cansada.
—Es una buena chance de mandar todo al carajo…
—Beto, por favor…
—Bueno, ya, ya, ya…
A partir de ese momento no dejó de hablar del asunto.
—¿No siempre dices que tu chamba es una mierda? ¿Que nadie valora tu trabajo? ¿Que todo está hecho como si fuera comida rápida? ¡A la chingada!
—Beto, por favor, ya te quiero ver de chofer y trabajando para otros… ¡Con lo egolatrita que eres, lo jefecito! Además, ¿y tus fotos?
—Pues eso es lo que te digo, ¡eso! ¡A la mierda mis pinches fotos y todas mis estúpidas aspiraciones! ¡Vámonos!
—Ajá, ¿y en serio crees que yo dudaría siquiera un momento en irme a vivir a casa de unos ricachones para limpiar sus baños y lavarles la ropa?
—Sí, y cocinarles también.
—Ajá, y cocinarles. Por favor, Beto, está bien que estemos jodidos…
—¿Y qué, quieres entonces seguir aquí, quemándote las pestañas por nada, traduciendo pendejadas para pendejos que te pagan una basura?
—Pues sí, claro que lo prefiero.
—¿Y Cancún…? Ni siquiera conocemos Cancún…
—¿Y? Tampoco conocemos Yucatán y no vamos a irnos a lavar escusados a Mérida.
—¡Mierda! ¿No entiendes un carajo, verdad?
Era un infierno. Yo pensaba que él ya no podía ser más necio de lo que era, que conocía su peor parte. Estaba equivocada. Durante esos días se esforzó y se superó a sí mismo. Al fin, después de un par de semanas, casi como un milagro, se olvidó del asunto. Todo retomó su cauce. Volvió la paz…
Hasta que llegó con el segundo anuncio.
—Toma, léelo —me dijo y me enseñó una hoja muy parecida a la de la primera vez.
“Pareja mexicana para trabajo doméstico en el extranjero”, llevaba por título.
—Beto, ¿otra vez?
—Éste está mejor. Escucha: Familia con dos niños busca matrimonio mexicano para trabajar en su residencia en la República Dominicana. Hombre: deberá desempeñar funciones de chofer, jardinero, limpieza, mantenimiento ligero de la casa. Mujer: deben gustarle los niños, cocinar muy bien comida mexicana y estar dispuesta a aprender cocina dominicana e italiana, lavar, planchar y limpiar la casa. Se ofrece contrato por un año, boletos de avión ida y vuelta, vivienda en la misma casa, salario atractivo en dólares. Candidatos deben enviar currículum, referencias y fotografías. ¡República Dominicanaaaa! —berreó, moviendo la hoja con la mano.
—¡No lo puedo creer!… ¿Beto, hace cuánto que buscas ese tipo de ofertas, eh?
—Habrá que leer algo sobre el país, creo que mis únicos referentes son cosas como La Fiesta del Chivo.
—¿De dónde sacas esos anuncios? ¿Computrabajo, OCC…?
—Me pregunto qué onda con esa familia, ¿serán mexicanos que van a vivir un año en la Dominicana? Suena como que tienen residencia aquí y residencia allá.
—Seguro es algún diplomático. ¿Es lo que quieres? ¿Meterte en la casa de un diplomático, destapar sus tuberías, llevar a sus niños al colegio, a su señora al salón de belleza?
—No creo que sea diplomático. La casa está en La Romana. Es una ciudad turística, se me hace que es empresario, hotelero quizá…
—Por qué no te buscas otra cosa, si ya no quieres hacer foto búscate otra cosa, clases o algo. Pídele algo a Mauricio.
—Sí, le voy a pedir que nos haga unas referencias chingonas.
—Beto, no la amueles… ¿por qué quieres hacer esto?
—Porque aquí no puedo. Y tú tampoco.
—¿Por qué me incluyes en tu basura? Supón que yo también quisiera renunciar a mis “anhelos de grandeza”, como dices, ¿por qué hacerlo de esa forma?
—Yo no dije eso…
—¡Como sea! ¿Por qué así, Beto?
—Porque ésta es una buena oportunidad. ¡A la Dominicana y a la chingada todo! Además es sólo un año. ¡Un año, no jodas! Si no te gusta, siempre podemos regresar.
—¿¡Si no me gusta!? ¿Qué te hace pensar que me gustaría hacer una cosa así?
—No sé…
—…
—…pero me lo debes, Claudia.
—…
II
Hace calor aquí. Este cuarto no tiene ventilación, es demasiado pequeño; el aire está viciado, no tiene por donde salir. Afuera hay viento fresco, palmeras, espacio. Aquí huele a humedad y a sudor. ¿Cómo puede dormir tan bien? Y su cuerpo me da más calor, no hay para donde moverse, quisiera subirme a la pared, nunca habíamos estado en una cama tan chica, ¿cómo cabemos? Y eso que ha adelgazado, el ejercicio le ha hecho bien, todo parece que le ha hecho bien. Por lo visto nada le afecta, ni siquiera la forma como nos trata la zorra de tetas de plástico, o que yo me esté pudriendo en este lugar. ¿Por qué estás tan contento? ¿Quién lo diría? Ya despertaste, ¿verdad? Sí, conozco tu respiración, ya despertaste. Hazte para allá, no te hagas, ya no estás dormido. Hazte para allá. ¡Carajo, hazte para allá!
—¡Ay!... ¡Hija de la chingada! ¿Qué pasó?
—Nada. ¿Estabas dormido?
—¿Por qué me pegaste?
—No sé… soñé que lo hacía.
—¿Que me pegabas?
—Sí, me despertaba y te daba con el puño en el brazo izquierdo.
—¡Uta!, qué sueños tan profundos los tuyos…
—Ya ves, en mis sueños ya sólo anhelo cosas inmediatas… ¿no es eso lo que buscabas?
—…
—¿Eh, no era eso lo que querías? ¿Tú también deberías de empezar a soñar así, no?
—… vete a la chingada.
III
“¡Mira este plato!, ¡y el cuchillooo, por dios!, ¡tampoco lavaste bien este cuchillooo!”, maldita zorra de plástico, debería haber usado ese cuchillo para cortarle las tetas. Eso sí sería algo hermoso, algo grande y hermoso. Un cuchillo bien afilado rebanando un par de tetas de plástico. ¿No te gustaría una foto de eso, Beto? ¿Un close up de mi mano en el momento en que rebano su pezón, o del cuchillo clavándose en el costado de una de sus tetas, reventándola, y el plástico que escurre por todos lados? ¿Qué haríamos luego, Beto? ¿Te quedarías en esta casa, a la espera de que lleguen nuevos inquilinos y te den labores por hacer, alquilado con todo y la residencia, como las mujeres-mueble esas de Cuando el destino nos alcance? Creo…
—Claudia, oye, ¿ya se fue la señora?
—¿La zorra de plástico?
—¡Que no le digas así!, un día de estos te escucha…
—¿Sí, verdad? ¿Qué tal si nos expulsan de este paraíso?
—¿Se fue o no, chingaos?
—Yo qué sé, supongo.
—¿Te falta mucho?
—Sí, tu señora me puso a lavar todo esto de nuevo.
—¿Quieres que te ayude?
—Sale, lávalos tú. A lo mejor hasta perfumito les pones.
—…
—¿O no?, ¿perfumito y toda la cosa?
—Oye…
—¡O la lengua! ¡Seguro te quedan re bien con la lengua!
—Oye… Ayer… encontré un pollo… en el cuarto de los niños…
—Sí, yo lo puse ahí.
—¿Tú lo pusiste?
—Ajá.
—¿Cómo que “Ajá”? ¡No chingues, Claudia! ¿Por qué haces esas mamadas?
—Se veía bien, ¿no?
—¿Se veía bien? ¿Un pinche pollo destazado en la puta cama?
—Ajá.
—¡No me chingues, Claudia! ¡Tuve que lavar todo en putiza! ¡Dejaste un mierdero! ¿¡Y si llegaban!? ¿Por qué hiciste esa mamada?
—Lo soñé.
—¿Lo soñaste?
—Ajá.
—¿Y? ¿Qué mierda si lo soñaste? ¡No puedes hacer esas chingaderas Claudia!
—…
—¡No jodas!
—…
—¿Me escuchas? ¡No puedes hacer esas chingaderas!
—Sí, sí, ya… entonces ¿tú terminas los platos?
—Sí…
—Ay, pobre Beto.
—¿Pobre Beto qué?
—Pobre Beto Betito…
—¿¡Pobre Beto qué, chingao!?
—Tan acomedido él… ¿de cuándo acá?... Ni siquiera sabes lo que te tiene tan contentito aquí, ¿verdad? ¿No has entendido lo que en realidad estás haciendo, cierto?
—¿De qué hablas, Claudia?
—Si estás más agrandado que nunca, Betito… ya no eres El Fotógrafo, pero ahora eres el pequeño gran Beto que renunció a toda su basura… ¿En serio no te das cuenta? No renunciaste a nada Beto, sólo lo reemplazaste…
—…
—Estás metido en la misma mierda, Beto Betito, metidito en la misma mierda…
—Estás bien pendeja, Claudia…
—No tenías que venir tan lejos para meter las patas en la misma mierda... en la casa teníamos suficiente, ¿no crees?
—…
—¿No lo crees, Beto Betito?
—…
—Pero ya no te acongojes, Betito… como te gustaba decir antes: “en ocasiones, hacer es sinónimo de componer”, ¿si te acuerdas?...
—¿Y…? ¿Qué vas a hacer para componer todo esto, Claudia? ¿Regresar el tiempo? ¿Soñar que ya estamos en casa? ¿Meterte un pollo por el culo?
IV
¿Cuánto aguantarán estas plantas sin agua? ¡Uh! A esta cosa ya se le rompió el asa. Asa. ¿Asa o mango? Asa, yo creo, u oreja, sí, hasta parece oreja. Pero mango puede ser también. ¿Por qué le dirán así? No parece mango. ¿Vendrá de mano? Mango, mano. Sí, puede ser. Tiene lógica. Mango para la mano, como la mano de las cosas. Mano de sartén, de tenedor, de cuchillo, pero la del cuchillo es diferente, a un sartén lo agarras del mango, lo agarras de la mano con tu mano, pero al cuchillo le aprietas la mano, su mano se vuelve la tuya, no importa lo grande que sea la hoja, casi puedes cubrir toda su mano con la tuya, en cambio un tenedor es más delicado, le agarras sólo una parte de la mano, como que es más externo, y no t…
—¡Claudia…! ¡Claudia…!
—…
—…Claudia, acá estás, ya volví, ¡se me hizo tardísimo!, ojalá ya estén listos los niños, ahorita los busco y los apuro si no… oye, ya nada más los llevo y regreso en chinga para ayudarte con los cuartos, ¿eh?
—Soñé que los mataba.
—¿A los niños?
—Y a ella.
—¿Oye, ya preparaste sus loncheras?
—Fue hermoso.
—Supongo, ¿dónde están?
—Los cortaba en pedacitos.
—Claudia, se me va a hacer más tarde, ¿dónde están las loncheras?
—Los cortaba en pedacitos enfrente de ella.
—¡Claudia… las loncheras, carajo!
—Luego la obligaba a cortarse las tetas y a sacarse los ojos.
—…
—Murió desangrada.
—¿Claudia… Dónde están...?
—Ahí están adentro, en el comedor, en la mesa grande del centro.
I
Cuando llegó con el primer anuncio pensé que sólo bromeaba. Yo estaba sentada frente a la computadora terminando una traducción que tenía que enviar esa misma noche.
—Mira —me dijo y tapó el monitor con una hoja tamaño carta impresa hasta la mitad.
“Se solicita matrimonio de planta”, leí en el título.
—Beto, tengo que terminar esto para ya —le dije y aparté su mano con todo y hoja.
—¿Te lo leo?
—No. Tengo que terminar esto.
—Te lo leo: Se solicita matrimonio de planta para trabajar en Cancún. Ella deberá cocinar y hacerse cargo de toda la casa; él deberá desempeñarse de chofer y llevar el mantenimiento general.
—Ajá.
—No estaría mal, ¿no?... irnos de aquí… vivir en Cancún.
—Ajá.
—¿Cómo ves?
—Oye, en serio tengo que enviar esto hoy y no voy a aguantar mucho, estoy cansada.
—Es una buena chance de mandar todo al carajo…
—Beto, por favor…
—Bueno, ya, ya, ya…
A partir de ese momento no dejó de hablar del asunto.
—¿No siempre dices que tu chamba es una mierda? ¿Que nadie valora tu trabajo? ¿Que todo está hecho como si fuera comida rápida? ¡A la chingada!
—Beto, por favor, ya te quiero ver de chofer y trabajando para otros… ¡Con lo egolatrita que eres, lo jefecito! Además, ¿y tus fotos?
—Pues eso es lo que te digo, ¡eso! ¡A la mierda mis pinches fotos y todas mis estúpidas aspiraciones! ¡Vámonos!
—Ajá, ¿y en serio crees que yo dudaría siquiera un momento en irme a vivir a casa de unos ricachones para limpiar sus baños y lavarles la ropa?
—Sí, y cocinarles también.
—Ajá, y cocinarles. Por favor, Beto, está bien que estemos jodidos…
—¿Y qué, quieres entonces seguir aquí, quemándote las pestañas por nada, traduciendo pendejadas para pendejos que te pagan una basura?
—Pues sí, claro que lo prefiero.
—¿Y Cancún…? Ni siquiera conocemos Cancún…
—¿Y? Tampoco conocemos Yucatán y no vamos a irnos a lavar escusados a Mérida.
—¡Mierda! ¿No entiendes un carajo, verdad?
Era un infierno. Yo pensaba que él ya no podía ser más necio de lo que era, que conocía su peor parte. Estaba equivocada. Durante esos días se esforzó y se superó a sí mismo. Al fin, después de un par de semanas, casi como un milagro, se olvidó del asunto. Todo retomó su cauce. Volvió la paz…
Hasta que llegó con el segundo anuncio.
—Toma, léelo —me dijo y me enseñó una hoja muy parecida a la de la primera vez.
“Pareja mexicana para trabajo doméstico en el extranjero”, llevaba por título.
—Beto, ¿otra vez?
—Éste está mejor. Escucha: Familia con dos niños busca matrimonio mexicano para trabajar en su residencia en la República Dominicana. Hombre: deberá desempeñar funciones de chofer, jardinero, limpieza, mantenimiento ligero de la casa. Mujer: deben gustarle los niños, cocinar muy bien comida mexicana y estar dispuesta a aprender cocina dominicana e italiana, lavar, planchar y limpiar la casa. Se ofrece contrato por un año, boletos de avión ida y vuelta, vivienda en la misma casa, salario atractivo en dólares. Candidatos deben enviar currículum, referencias y fotografías. ¡República Dominicanaaaa! —berreó, moviendo la hoja con la mano.
—¡No lo puedo creer!… ¿Beto, hace cuánto que buscas ese tipo de ofertas, eh?
—Habrá que leer algo sobre el país, creo que mis únicos referentes son cosas como La Fiesta del Chivo.
—¿De dónde sacas esos anuncios? ¿Computrabajo, OCC…?
—Me pregunto qué onda con esa familia, ¿serán mexicanos que van a vivir un año en la Dominicana? Suena como que tienen residencia aquí y residencia allá.
—Seguro es algún diplomático. ¿Es lo que quieres? ¿Meterte en la casa de un diplomático, destapar sus tuberías, llevar a sus niños al colegio, a su señora al salón de belleza?
—No creo que sea diplomático. La casa está en La Romana. Es una ciudad turística, se me hace que es empresario, hotelero quizá…
—Por qué no te buscas otra cosa, si ya no quieres hacer foto búscate otra cosa, clases o algo. Pídele algo a Mauricio.
—Sí, le voy a pedir que nos haga unas referencias chingonas.
—Beto, no la amueles… ¿por qué quieres hacer esto?
—Porque aquí no puedo. Y tú tampoco.
—¿Por qué me incluyes en tu basura? Supón que yo también quisiera renunciar a mis “anhelos de grandeza”, como dices, ¿por qué hacerlo de esa forma?
—Yo no dije eso…
—¡Como sea! ¿Por qué así, Beto?
—Porque ésta es una buena oportunidad. ¡A la Dominicana y a la chingada todo! Además es sólo un año. ¡Un año, no jodas! Si no te gusta, siempre podemos regresar.
—¿¡Si no me gusta!? ¿Qué te hace pensar que me gustaría hacer una cosa así?
—No sé…
—…
—…pero me lo debes, Claudia.
—…
II
Hace calor aquí. Este cuarto no tiene ventilación, es demasiado pequeño; el aire está viciado, no tiene por donde salir. Afuera hay viento fresco, palmeras, espacio. Aquí huele a humedad y a sudor. ¿Cómo puede dormir tan bien? Y su cuerpo me da más calor, no hay para donde moverse, quisiera subirme a la pared, nunca habíamos estado en una cama tan chica, ¿cómo cabemos? Y eso que ha adelgazado, el ejercicio le ha hecho bien, todo parece que le ha hecho bien. Por lo visto nada le afecta, ni siquiera la forma como nos trata la zorra de tetas de plástico, o que yo me esté pudriendo en este lugar. ¿Por qué estás tan contento? ¿Quién lo diría? Ya despertaste, ¿verdad? Sí, conozco tu respiración, ya despertaste. Hazte para allá, no te hagas, ya no estás dormido. Hazte para allá. ¡Carajo, hazte para allá!
—¡Ay!... ¡Hija de la chingada! ¿Qué pasó?
—Nada. ¿Estabas dormido?
—¿Por qué me pegaste?
—No sé… soñé que lo hacía.
—¿Que me pegabas?
—Sí, me despertaba y te daba con el puño en el brazo izquierdo.
—¡Uta!, qué sueños tan profundos los tuyos…
—Ya ves, en mis sueños ya sólo anhelo cosas inmediatas… ¿no es eso lo que buscabas?
—…
—¿Eh, no era eso lo que querías? ¿Tú también deberías de empezar a soñar así, no?
—… vete a la chingada.
III
“¡Mira este plato!, ¡y el cuchillooo, por dios!, ¡tampoco lavaste bien este cuchillooo!”, maldita zorra de plástico, debería haber usado ese cuchillo para cortarle las tetas. Eso sí sería algo hermoso, algo grande y hermoso. Un cuchillo bien afilado rebanando un par de tetas de plástico. ¿No te gustaría una foto de eso, Beto? ¿Un close up de mi mano en el momento en que rebano su pezón, o del cuchillo clavándose en el costado de una de sus tetas, reventándola, y el plástico que escurre por todos lados? ¿Qué haríamos luego, Beto? ¿Te quedarías en esta casa, a la espera de que lleguen nuevos inquilinos y te den labores por hacer, alquilado con todo y la residencia, como las mujeres-mueble esas de Cuando el destino nos alcance? Creo…
—Claudia, oye, ¿ya se fue la señora?
—¿La zorra de plástico?
—¡Que no le digas así!, un día de estos te escucha…
—¿Sí, verdad? ¿Qué tal si nos expulsan de este paraíso?
—¿Se fue o no, chingaos?
—Yo qué sé, supongo.
—¿Te falta mucho?
—Sí, tu señora me puso a lavar todo esto de nuevo.
—¿Quieres que te ayude?
—Sale, lávalos tú. A lo mejor hasta perfumito les pones.
—…
—¿O no?, ¿perfumito y toda la cosa?
—Oye…
—¡O la lengua! ¡Seguro te quedan re bien con la lengua!
—Oye… Ayer… encontré un pollo… en el cuarto de los niños…
—Sí, yo lo puse ahí.
—¿Tú lo pusiste?
—Ajá.
—¿Cómo que “Ajá”? ¡No chingues, Claudia! ¿Por qué haces esas mamadas?
—Se veía bien, ¿no?
—¿Se veía bien? ¿Un pinche pollo destazado en la puta cama?
—Ajá.
—¡No me chingues, Claudia! ¡Tuve que lavar todo en putiza! ¡Dejaste un mierdero! ¿¡Y si llegaban!? ¿Por qué hiciste esa mamada?
—Lo soñé.
—¿Lo soñaste?
—Ajá.
—¿Y? ¿Qué mierda si lo soñaste? ¡No puedes hacer esas chingaderas Claudia!
—…
—¡No jodas!
—…
—¿Me escuchas? ¡No puedes hacer esas chingaderas!
—Sí, sí, ya… entonces ¿tú terminas los platos?
—Sí…
—Ay, pobre Beto.
—¿Pobre Beto qué?
—Pobre Beto Betito…
—¿¡Pobre Beto qué, chingao!?
—Tan acomedido él… ¿de cuándo acá?... Ni siquiera sabes lo que te tiene tan contentito aquí, ¿verdad? ¿No has entendido lo que en realidad estás haciendo, cierto?
—¿De qué hablas, Claudia?
—Si estás más agrandado que nunca, Betito… ya no eres El Fotógrafo, pero ahora eres el pequeño gran Beto que renunció a toda su basura… ¿En serio no te das cuenta? No renunciaste a nada Beto, sólo lo reemplazaste…
—…
—Estás metido en la misma mierda, Beto Betito, metidito en la misma mierda…
—Estás bien pendeja, Claudia…
—No tenías que venir tan lejos para meter las patas en la misma mierda... en la casa teníamos suficiente, ¿no crees?
—…
—¿No lo crees, Beto Betito?
—…
—Pero ya no te acongojes, Betito… como te gustaba decir antes: “en ocasiones, hacer es sinónimo de componer”, ¿si te acuerdas?...
—¿Y…? ¿Qué vas a hacer para componer todo esto, Claudia? ¿Regresar el tiempo? ¿Soñar que ya estamos en casa? ¿Meterte un pollo por el culo?
IV
¿Cuánto aguantarán estas plantas sin agua? ¡Uh! A esta cosa ya se le rompió el asa. Asa. ¿Asa o mango? Asa, yo creo, u oreja, sí, hasta parece oreja. Pero mango puede ser también. ¿Por qué le dirán así? No parece mango. ¿Vendrá de mano? Mango, mano. Sí, puede ser. Tiene lógica. Mango para la mano, como la mano de las cosas. Mano de sartén, de tenedor, de cuchillo, pero la del cuchillo es diferente, a un sartén lo agarras del mango, lo agarras de la mano con tu mano, pero al cuchillo le aprietas la mano, su mano se vuelve la tuya, no importa lo grande que sea la hoja, casi puedes cubrir toda su mano con la tuya, en cambio un tenedor es más delicado, le agarras sólo una parte de la mano, como que es más externo, y no t…
—¡Claudia…! ¡Claudia…!
—…
—…Claudia, acá estás, ya volví, ¡se me hizo tardísimo!, ojalá ya estén listos los niños, ahorita los busco y los apuro si no… oye, ya nada más los llevo y regreso en chinga para ayudarte con los cuartos, ¿eh?
—Soñé que los mataba.
—¿A los niños?
—Y a ella.
—¿Oye, ya preparaste sus loncheras?
—Fue hermoso.
—Supongo, ¿dónde están?
—Los cortaba en pedacitos.
—Claudia, se me va a hacer más tarde, ¿dónde están las loncheras?
—Los cortaba en pedacitos enfrente de ella.
—¡Claudia… las loncheras, carajo!
—Luego la obligaba a cortarse las tetas y a sacarse los ojos.
—…
—Murió desangrada.
—¿Claudia… Dónde están...?
—Ahí están adentro, en el comedor, en la mesa grande del centro.
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