martes, 15 de febrero de 2011

Sí o no

Javier Caravantes
El deseo siempre oscila entre el sí o el no
Julio Hubard

Preferí estar con Pame. Era tradición que el 15 de septiembre mis amigos y yo nos pusiéramos una peda brutal, viendo los fuegos artificiales desde la terraza en la residencia de mis abuelos. La rompí, preferí ir con Pame. Mi pa­dre ordenó que yo estuviera, junto a mis hermanos y mi madre en el Ayun­tamiento, para la recepción que daría el gobernador después del grito. No quise. Preferí manejar mi Z3 con Pame al lado, escuchando “Don’t stop”, mientras seguía la camioneta de su madre hasta ese pueblo: Xoxtla. Casi no ha­blamos. Ni estábamos enojados, ni era porque no tuviera algo que decirle; tampoco me molestó que una de sus primitas quisiera venir con nosotros en el coche. No. Ver a Pame sentada, de perfil, cantando o mirando el hori­zonte era perfecto y, como desde siempre he sido malo para hablar, no quise arruinar el momento. Apenas me confor­maba con que ella me tocara la pier­na o acercara la punta de sus labios hasta mis oídos. Con eso bastaba para mandar a la chingada lo demás y seguir manejando.
—Está vieja la carretera —dijo.
—Sí, y tu mamá es buena para caer en los baches; bien que les atina —le contesté.
Pame se rió, le preguntó a su primita si estaba cómoda. Se animó a poner otra canción y me advirtió:
—Xoxtla es el pueblo más feo que he visto en mi vida.
—En el periódico leí al­go del lugar, no me acuerdo qué.
—Seguro, problemas.
Pensé en los preparativos que mis amigos estarían ha­cien­do pa­ra la borrachera: deci­diendo qué to­mar, a qué hora llegar, en qué antro terminar­la. Pame, justo en ese ins­tante, me dio un beso en la boca que se fue resbalando suave por mi me­jilla hasta llegar al cuello. Esa sensación me hizo dejar de ex­tra­ñar la rutina y continuar su­miendo el acelerador. Su primita preguntó:
—¿A qué saben los besos?
La iglesia parecía una bodega que ni si quiera estaba pintada. Así de horrible era Xoxtla. Fue difícil encontrar estacionamiento. Tuve que dejar a Pame y a su primita en el zócalo, junto a su madre, Leonor, que ya había encontrado donde dejar su camioneta. Yo le daba vuelta a la manzana para buscar lugar, mi teléfono sonó. No contesté al ver el nombre de uno de mis amigos escrito en la pantalla. Para qué escuchar los reclamos de siempre. Me hacían sentir como un títere que obedecía a cualquiera menos a sí mis­mo. Me fui alejando. Tuve que dejar el coche en un una cancha de futbol cubierta de ese polvo fino que se levanta fácil y que ahora servía como estacionamiento improvisado. Me dio miedo dejar mi Z3 ahí pero no había otra opción.
Pame me llamó al celular, me dijo que me esperaban en las oficinas de la presidencia municipal. La mayoría de las casas era de un solo piso, tan feas que parecían reproducciones a escala de la iglesia. Me puso de malas ca­minar esquivando gente, a vendedores ambulantes, y ver tantos perros calle­jeros que iban hacía el centro, como si ellos también estuvieran invitados a la celebración.
En el zócalo había mucha gente esperando a que un grupo comenzara a tocar. No supe cuál era la presidencia. Tuve que preguntarle a alguien, que me señaló la fachada de una casita tan pequeña como las demás. En la en­trada había dos policías, altos, encapuchados; sujetaban escopetas y tenían el dedo al lado de gatillo; parecían dispuestos a disparar en cualquier mo­mento. Ni siquiera me acerqué. Preferí llamar a Pame, que salió en seguida. Me preguntó por qué había tardado tanto y me jaló hacía adentro. La mirada escrutadora de uno de ellos me hizo detenerme antes de cruzar la puerta. Pame se dio cuenta, le preguntó:
—¿Algún problema?
—No, señorita.
Dirigiéndose a mí, ella dijo:
—Vamos. Mi tío te quiere conocer.
En la planta baja había una sala de espera formada por sillas de plástico. Un escritorio de triplay destartalado era atendido por una mujer gorda que apenas cabía en su silla. Subimos una escalera que no tenía pasamanos y llegamos a una oficina.
—Tío, mira, te presento a mi novio.
Era un tipo alto, muy moreno, flaco; usaba lentes con micas amarillas que le ensombrecían la cara. Me extendió su enorme mano:
—Soy el presidente municipal, Luis Andrade.
En ese momento a Pame le sorprendieron los ojos hinchados y la cara de preocupación que tenía su madre, como si en los minutos en que ella bajó por mí se hubiera hablado de algo grave. Pame le preguntó:
—¿Qué pasa, ma?
—Nada… Mira —dijo Leonor dirigiéndose a su hermano, cambiando el tema de conversación—, este muchacho es hijo del empresario Germán Olid.
Mi suegra comenzó a enumerar las virtudes de la familia Olid, hasta que irrumpió la esposa del presidente municipal. Antes de saludar, se dirigió a su esposo, alarmada:
—¿Ha pasado algo?
Luis Andrade le contestó intentando sonar tranquilo:
—Todo bien. Mira, aquí esta Pame. Trajo a su novio.
Fue hasta ese momento en que la señora se dio cuenta de las demás personas que estábamos ahí y, apenada, saludó a su cuñada Leonor, a Pame, a la sobrinita que estaba entretenida mirando la ventana y a mí. De nuevo comenzaron a hablar de los Olid, a preguntarme por ellos: una enorme sombra siguiéndome a todas partes. Me sentí incómodo, le pedí a Pame que bajá­ramos a la plaza. Ella les avisó.
Leonor dijo:
—No, mejor quédense aquí.
—¿Por?
Luis Andrade interrumpió:
—Está bien, Leonor, déjalos que bajen.
Había aumentado el número de policías. Ya eran cinco resguardando la puerta. También la gente en la plaza, que con fuertes silbidos reprobaba la tardanza del grupo musical. Seis hombres distraídos, como si no escu­charan nada, seguían afinando sus instrumentos.
—¿Qué se traen allá arriba? Andan raros —le pregunté a Pame.
—Te digo que mi tío tiene muchos problemas —contestó.
—¿Como de qué?
—Política, ya sabes… ¿Quieres comer algo? Mira, hay tostadas, chalupas, pambazos.
El aceite recalentado hervía sobre alguna masa hasta freírla.
—No se me antoja nada pero tengo un montón de hambre.
—¿No que te gustaba esta comida?
—Sí, pero la que hace la cocinera de mi abuela.
Pame hizo un gesto en la boca, como si estuviera apenada por la gente pobre que estaba comiendo, como si fuera su culpa. Me le abalancé a los labios intentando borrárselo. Nos decidimos por tostadas. El celular de nue­vo sonó; era mi madre. Me sentí seguro al apretar la tecla del desvío de llamada y al apagar el aparato. Pame, a mi lado, no dejaba de sonreír y yo de besarla.
El grupo se puso de acuerdo. Tenía la esperanza de que fuera una banda norteña pero no: cumbias, de ésas pasadas de moda. Cuando por las bocinas salió una voz que cantaba “no te metas con mi cu-cu” y justo por la comida grasosa me dolió el estómago, Pame me dio el mejor beso del día.
Me quedé callado, viéndola y pensando en la enorme terraza de los abuelos, en el verdadero palacio de gobierno. De nuevo la preferí. Morderle suave los labios en lugar de ver al horrible grupo de cumbias. Rodear con mis brazos su estrecha cintura en lugar de contestar el teléfono. Preferí a Pa­me antes que cualquier otra cosa.
—Creo que tu familia no va a bajar —le dije.
—En un rato será la corona­ción de la princesa de las fiestas patrias, después el grito y ahí es cuando van a bajar. Mi primita se ha de estar dando una aburrida horrible, vamos por ella —me respondió. El presidente municipal estaba hablando por teléfono, su esposa y Leonor estaban en otro cuarto, mirando en la tele la transmisión nacional del Grito de Independencia. La niña se puso contenta de que la lleváramos. De nuevo Leonor nos advirtió:
—Tengan cuidado.
Los policías seguían alertas, custodiando la entrada. Dije:
—Oye, Pame, esos cabrones no parecen cualquier pinche gendarme.
—Son la escolta personal de mi tío.
La primita pidió:
—Quiero pintarme una banderita en la cara.

Pasé una hora aburridísimo hasta que comenzó la coronación de la princesa. Fue ridículo. No había una más fea que la otra. Comparar su caras y sus cuerpos con el de Pame me hizo sentir contento. En media hora se decidió el nombre de la nueva dueña de un cetro de plástico con chaquira, luego se anunció al presidente municipal. Luis Andrade ya estaba parado en la en­trada. Caminó seguido por su esposa, por Leonor, y rodeado de los cinco policías. Lo primero fue un gran abucheo, chiflidos, mentadas de madre. Pame me miró un poco preocupada y acercó a su primita, que estaba a unos pasos de nosotros. Los policías iban aventando a la gente que se acercaba demasiado a la comitiva. Una señora se aproximó lo suficiente para jalar de los pelos a la esposa del presidente. Leonor y un policía ayudaron para za­farla. Pame corrió hasta su madre, yo detrás de ella, cargando a la niña. Entramos al círculo que protegía la escolta. Aunque Andrade gritaba que siguiéramos avanzando, fue imposible llegar a la tarima. Tuvimos que regresar corriendo a la presidencia. Durante el camino, un hombre alcanzó a ja­lar del abrigo a Pame hasta arrebatárselo; yo sentí un madrazo en la nuca. Al vernos entrar, la secretaria se levantó alarmada y salió huyendo. Noso­tros subimos al segundo piso mientras los policías resguardaban la puerta. De inmediato Andrade fue al teléfono y le rogó ayuda a algún político. Una piedra reventó el cristal, por lo que corrimos hacia otra habitación. Dos po­licías subieron solicitando órdenes.
—Si es necesario utilicen las armas pero no los dejen entrar —contestó Andrade.
Leonor estaba aferrada al cuerpo de su hermano, como si sus brazos al­canzaran a defenderla de todas las personas que cada vez gritaban más fuer­te afuera. A su vez, Pame abrazaba a su madre. La esposa gritaba “nacos”, dirigiéndose al cubo de las escaleras. Yo seguía cargando a la niña, cuyas lá­grimas le habían borrado ya la banderita que tenía dibujada en la mejilla.
—Va a pasar por lo menos una hora en lo que llegan refuerzos del otro pueblo. Es mejor que se vayan —resolvió Andrade.
—¿Qué no hay más policías? —le pregunté.
—Esos cinco de afuera son los que quedan.
Leonor, babeando, dijo:
—Yo no te dejo.
Busqué la mirada de Pame, pero ella recargaba su cara contra la espalda de su madre. El todavía presidente dijo:
—Al menos deben irse las niñas y el muchacho Olid.
Pame respondió:
—Me voy a quedar contigo, ma.
Ellos se me quedaron viendo. La niña que cargaba me pesó más. Le estuvieron insistiendo un rato a Pame, que siguió negando con la cabeza, sin abrir los ojos. Leonor, harta, le tiró una cachetada.
Andrade, habló:
—Bueno, mejor… vámonos todos. Hay una forma de salir por la calle de atrás. Lo peligroso es que dejamos los coches muy cerca del centro. La gente se va a dar cuenta.
—Yo dejé mi coche varias cuadras lejos, donde está la cancha de futbol —dije.
Subimos al techo. Desde ahí bajamos por una escalera de caracol hasta un patio en el que había una puertita lateral. La abrimos y salimos a la calle. Correr hasta darle vuelta a la manzana, pasar junto al zócalo. El ruido de la gente. Las piedras que arrojan a los policías. Ellos, nerviosos, apuntan sin dis­parar todavía. Los puestos de comida tirados. El grupo mete los instrumentos rápido a la camioneta. Afuera de la iglesia, las princesas de las fiestas patrias lloran junto a sus familiares. Ya no hay perros callejeros. Cargo a la niña, sigo las sombras de Pame, de Leonor, de Andrade, de su esposa. Siete cuadras y llegamos al campo de futbol. Encontramos mi Z3 destruido, las varillas que deformaron el chasis y dañaron el motor están tiradas al lado del coche. Le­tras blancas sobre el único parabrisas dicen “ratero”. Hay mucho polvo fino levantado, parece que tardará mucho antes de bajar y descansar en el sue­lo. Veo a Pame. Me pregunto sí todavía es tiempo de preferir algo. En ese momento se escuchan los pasos y los gritos de gente que se acerca.

Aurelio de la Vega encuentra su compás

Enrico Mario Santí


Poetry is about listening.
W.S. Merwin



I. AIRE

Un clarinete en medio del verano,

un viento sin trombón

(tenía su forma),

varios oboes borrachos:

todo eso fue lo último que oí

antes de que el chubasco—

violento, aterrador, fugaz, furioso—

me obligara a guarecerme en los arbustos.

Era como el anillo que encontré en el Almendares,

sólo que húmedo,

más húmedo que el río porque era aire.

Y el aire era una tromba

que atraviesa las calles del Vedado,

sopla en el Malecón

y llega hasta las puertas de Erich Kleiber.

Quiso saber si yo sabía

algo de música.

Nada, le contesté.

Perfecto, dijo él.

Y amasando el huracán que se avecina

me ordenó dar un salto hasta Berlín.



Nunca pude regresar al Almendares.

El viento me olvidó.

Y otro tren de cornetas

dijo adiós.



II. TIERRA

¿Cómo será vivir en tierra roja?

Vivir en tierra roja y ser jinete azul.

¿Será el piano el que habla con la flauta

o el arpa lo que pasa por violín?

Las valkirias de este otoño me levantan

hasta el Valhalla de Hollywood

donde el sinsonte que traigo embalsamado

se convierte en el pájaro de fuego

y la farsa de un Ariel criollo

corre a saltos por la Ruta 66.

No hay nada que me impida

escuchar los dos arbustos

que hablan conmigo al mediodía.

El fénix en que el sol me ha convertido

sabe que algo se muere por vivir.

Por algo es este otoño en el desierto

tierra roja que pide algún gladiolo.



No sé por dónde voy.

No encuentro el mapa de mí mismo.

Mi compás no funciona en el desierto.



III. FUEGO

Para combatir el frío

hay que atravesar el fuego.

Aunque ya sé:

no hay frío, no hay fuego.

No hay combate.

¿Se trata de un invierno infernal,

o tal vez de un infierno musical?

Tampoco hay tierra roja

(se la tragó la ciudad:

dicen que los indios la obligaron),

la isla se extinguió

(tuve que abandonarla

como una amante que engorda y envejece).

Luego vino el asedio

del enano y sus secuaces:

burbuja de diamante, pan barato

que corrompe al mundo sin anuncio.

Pero soy camarada errante y con el tiempo

aprendí a decir:

Ich bin der welt abhanden gekommen.

Ahora no soy otro que ese mundo

que viene, se retira, se consume

y al regresar,

desaparece.



IV. AGUA

Voy por la ribera de tu río.

Tu río no te reconoce.

Pero te nombra.

Tu nombre es agua.

La flor que te saluda

no sabe quién tú eres.

Y no importa.

Importa que la flor no te abandone

ahora que este sol es todo tuyo.

El pájaro que canta por la tarde

sabe que vas despacio

y que el coro que presides ya perdura.

La ribera de tu río te encarece.

Los guijarros de su suelo alzan tonos

y la luna que los mira dan reflejos

que son ecos que son flores que son notas.

Vas por este río de riberas.

El oro del anillo ya no es tuyo.

Pero eres oro.

(El oro que siempre fue tu nombre.)

Y ahora que el río se te pierde

en el mar de espuma que aparece

en los caminos de tus aventuras,

el anillo vuelve al río,

un anillo que es oro y que es agua.



Voy por la ribera de tu río.

Río de piedras, reflejos de burbujas.

Voy para llegar al mar

porque el mar no se preocupa.

Su rugido es un rumor,

un rumor que desvanece

el canto de los seres que ahora arrastra.

Voy para llegar al mar

con el único compás que desconozco.

Para llegar al mar.

Para escucharte.


Bakio-Claremont,
Julio 2010

Tres poemas

Enrique Bacci




ERAN LOS QUE HACÍAN UN ALTO

Ay una hora sin aviso, de otrora, en que pesa el silencio, cruje.

Respira

si es que hay por allí medianías.

Una puerta que escuche el grito de su vecina vivienda de los

ingleses, ay

el tiempo que hace. Este crujimiento de la oscuridad, manera de

madera

dura. Todo el sitio que sea posible, de otrora esta hora sin aviso.



Luego convertido el asunto en pasadizo, alero, correría de vientos

mañaneros.

Una voz que anochece y raspa sus manos con el jabón de la tardanza

siempre llega de otro lado, del otro lado.

Las casas de los ferroviarios están utilizando la palabra siempre,

para ser

llegadas. Desde el sur o el norte, a esa hora del día en que todo

afloja

y el silencio mira respirar,

los ferroviarios se descalzan y desprenden su dura condición



vivir en la mitad del viento.




EL ROSTRO ANTE LO QUE PUEDA ENCONTRAR

De ideomas cónico, plateado por inmensas lunaradas, oscuro al reír, si

río. Las aletas del sentido

centinelas, una voz de noche llama, una voz de día escucha lo

pedestre.

Tan lejos del habla como el quién cabalo piafa ante el incendio de las

aguas. Dorado

trompetero, pejerrey.





BAJO UN LECHO QUE NO ES EL SUYO, HA TENDIDO LA HORA

Las circulares y en densas, las lineales. La extensas convenciones de

sí el tiempo, dir,

allá.

Y después hablarse. Conseguir listar el aire, qué una sombra o aquí un

sumergimiento.

Un crecer que nomás desaparece de la piedra que cayó en el

río.

En denso luego no entendido los peces ven correrse un mundo. Uno de

tantos.

lunes, 10 de enero de 2011

Un pollo en el cuarto de los niños

Aarón B. López Feldman
 
I

Cuando llegó con el primer anuncio pensé que sólo bromeaba. Yo estaba sentada frente a la computadora terminando una traducción que tenía que enviar esa misma noche.
—Mira —me dijo y tapó el moni­tor con una hoja tamaño carta im­presa hasta la mitad.
“Se solicita matrimonio de plan­ta”, leí en el título.
—Beto, tengo que terminar esto para ya —le dije y aparté su mano con todo y hoja.
—¿Te lo leo?
—No. Tengo que terminar esto.
—Te lo leo: Se solicita matrimonio de planta para trabajar en Cancún. Ella deberá cocinar y hacerse cargo de toda la casa; él deberá desempe­ñarse de chofer y llevar el manteni­miento general.
—Ajá.
—No estaría mal, ¿no?... irnos de aquí… vivir en Cancún.
—Ajá.
—¿Cómo ves?
—Oye, en serio tengo que enviar esto hoy y no voy a aguantar mucho, estoy cansada.
—Es una buena chance de mandar todo al carajo…
—Beto, por favor…
—Bueno, ya, ya, ya…
A partir de ese momento no dejó de hablar del asunto.
—¿No siempre dices que tu cham­ba es una mierda? ¿Que nadie valora tu trabajo? ¿Que todo está hecho como si fuera comida rápida? ¡A la chingada!
—Beto, por favor, ya te quiero ver de chofer y trabajando para otros… ¡Con lo egolatrita que eres, lo jefe­cito! Además, ¿y tus fotos?
—Pues eso es lo que te digo, ¡eso! ¡A la mierda mis pinches fotos y to­das mis estúpidas aspiraciones! ¡Vámonos!
—Ajá, ¿y en serio crees que yo dudaría siquiera un momento en ir­me a vivir a casa de unos ricachones para limpiar sus baños y lavarles la ropa?
—Sí, y cocinarles también.
—Ajá, y cocinarles. Por favor, Be­to, está bien que estemos jodidos…
—¿Y qué, quieres entonces se­guir aquí, quemándote las pestañas por nada, traduciendo pendejadas pa­ra pendejos que te pagan una ba­sura?
—Pues sí, claro que lo prefiero.
—¿Y Cancún…? Ni siquiera co­nocemos Cancún…
—¿Y? Tampoco conocemos Yu­catán y no vamos a irnos a lavar es­cusados a Mérida.
—¡Mierda! ¿No entiendes un ca­rajo, verdad?
Era un infierno. Yo pensaba que él ya no podía ser más necio de lo que era, que conocía su peor parte. Estaba equivocada. Durante esos días se esforzó y se superó a sí mismo. Al fin, después de un par de semanas, casi como un milagro, se olvidó del asunto. Todo retomó su cauce. Vol­vió la paz…
Hasta que llegó con el segundo anuncio.
—Toma, léelo —me dijo y me enseñó una hoja muy parecida a la de la primera vez.
“Pareja mexicana para trabajo doméstico en el extranjero”, llevaba por título.
—Beto, ¿otra vez?
—Éste está mejor. Escucha: Fa­milia con dos niños busca matrimonio mexicano para trabajar en su residen­cia en la República Dominicana. Hom­bre: deberá desempeñar funciones de chofer, jardinero, limpieza, manteni­miento ligero de la casa. Mujer: de­ben gustarle los niños, cocinar muy bien comida mexicana y estar dispues­ta a aprender cocina dominicana e italiana, lavar, planchar y limpiar la casa. Se ofrece contrato por un año, boletos de avión ida y vuelta, vivienda en la misma casa, salario atractivo en dólares. Candidatos deben enviar currículum, referencias y fotografías. ¡República Dominicanaaaa! —berreó, moviendo la hoja con la mano.
—¡No lo puedo creer!… ¿Beto, hace cuánto que buscas ese tipo de ofertas, eh?
—Habrá que leer algo sobre el país, creo que mis únicos referentes son cosas como La Fiesta del Chivo.
—¿De dónde sacas esos anuncios? ¿Computrabajo, OCC…?
—Me pregunto qué onda con esa familia, ¿serán mexicanos que van a vivir un año en la Dominicana? Sue­na como que tienen residencia aquí y residencia allá.
—Seguro es algún diplomático. ¿Es lo que quieres? ¿Meterte en la ca­sa de un diplomático, destapar sus tu­berías, llevar a sus niños al colegio, a su señora al salón de belleza?
—No creo que sea diplomático. La casa está en La Romana. Es una ciu­dad turística, se me hace que es em­presario, hotelero quizá…
—Por qué no te buscas otra cosa, si ya no quieres hacer foto búscate otra cosa, clases o algo. Pídele algo a Mauricio.
—Sí, le voy a pedir que nos ha­ga unas referencias chingonas.
—Beto, no la amueles… ¿por qué quieres hacer esto?
—Porque aquí no puedo. Y tú tampoco.
—¿Por qué me incluyes en tu ba­sura? Supón que yo también quisie­ra renunciar a mis “anhelos de grande­za”, como dices, ¿por qué hacerlo de esa forma?
—Yo no dije eso…
—¡Como sea! ¿Por qué así, Beto?
—Porque ésta es una buena opor­tunidad. ¡A la Dominicana y a la chin­gada todo! Además es sólo un año. ¡Un año, no jodas! Si no te gusta, siempre podemos regresar.
—¿¡Si no me gusta!? ¿Qué te ha­ce pensar que me gustaría hacer una cosa así?
—No sé…
—…
—…pero me lo debes, Claudia.
—…

II
Hace calor aquí. Este cuarto no tie­ne ventilación, es demasiado pequeño; el aire está viciado, no tiene por don­de salir. Afuera hay viento fresco, pal­meras, espacio. Aquí huele a humedad y a sudor. ¿Cómo puede dormir tan bien? Y su cuerpo me da más calor, no hay para donde moverse, quisiera su­birme a la pared, nunca habíamos es­tado en una cama tan chica, ¿cómo cabemos? Y eso que ha adelgazado, el ejercicio le ha hecho bien, todo pare­ce que le ha hecho bien. Por lo visto nada le afecta, ni siquiera la forma como nos trata la zorra de tetas de plástico, o que yo me esté pudriendo en este lugar. ¿Por qué estás tan con­tento? ¿Quién lo diría? Ya despertas­te, ¿verdad? Sí, conozco tu respiración, ya despertaste. Hazte para allá, no te hagas, ya no estás dormido. Hazte pa­ra allá. ¡Carajo, hazte para allá!
—¡Ay!... ¡Hija de la chingada! ¿Qué pasó?
—Nada. ¿Estabas dormido?
—¿Por qué me pegaste?
—No sé… soñé que lo hacía.
—¿Que me pegabas?
—Sí, me despertaba y te daba con el puño en el brazo izquierdo.
—¡Uta!, qué sueños tan profundos los tuyos…
—Ya ves, en mis sueños ya sólo anhelo cosas inmediatas… ¿no es eso lo que buscabas?
—…
—¿Eh, no era eso lo que querías? ¿Tú también deberías de empezar a so­ñar así, no?
—… vete a la chingada.

III
“¡Mira este plato!, ¡y el cuchillooo, por dios!, ¡tampoco lavaste bien este cu­chillooo!”, maldita zorra de plástico, debería haber usado ese cuchillo pa­ra cortarle las tetas. Eso sí sería algo hermoso, algo grande y hermoso. Un cuchillo bien afilado rebanando un par de tetas de plástico. ¿No te gustaría una foto de eso, Beto? ¿Un close up de mi mano en el momento en que reba­no su pezón, o del cuchillo clavándose en el costado de una de sus tetas, re­ventándola, y el plástico que escurre por todos lados? ¿Qué haríamos lue­go, Beto? ¿Te quedarías en esta casa, a la espera de que lleguen nuevos in­quilinos y te den labores por hacer, alquilado con todo y la residencia, co­mo las mujeres-mueble esas de Cuan­do el destino nos alcance? Creo…
—Claudia, oye, ¿ya se fue la se­ñora?
—¿La zorra de plástico?
—¡Que no le digas así!, un día de estos te escucha…
—¿Sí, verdad? ¿Qué tal si nos expulsan de este paraíso?
—¿Se fue o no, chingaos?
—Yo qué sé, supongo.
—¿Te falta mucho?
—Sí, tu señora me puso a lavar todo esto de nuevo.
—¿Quieres que te ayude?
—Sale, lávalos tú. A lo mejor has­ta perfumito les pones.
—…
—¿O no?, ¿perfumito y toda la cosa?
—Oye…
—¡O la lengua! ¡Seguro te quedan re bien con la lengua!
—Oye… Ayer… encontré un po­llo… en el cuarto de los niños…
—Sí, yo lo puse ahí.
—¿Tú lo pusiste?
—Ajá.
—¿Cómo que “Ajá”? ¡No chin­gues, Claudia! ¿Por qué haces esas mamadas?
—Se veía bien, ¿no?
—¿Se veía bien? ¿Un pinche po­llo destazado en la puta cama?
—Ajá.
—¡No me chingues, Claudia! ¡Tu­ve que lavar todo en putiza! ¡Dejaste un mierdero! ¿¡Y si llegaban!? ¿Por qué hiciste esa mamada?
—Lo soñé.
—¿Lo soñaste?
—Ajá.
—¿Y? ¿Qué mierda si lo soñas­te? ¡No puedes hacer esas chingaderas Claudia!
—…
—¡No jodas!
—…
—¿Me escuchas? ¡No puedes ha­cer esas chingaderas!
—Sí, sí, ya… entonces ¿tú terminas los platos?
—Sí…
—Ay, pobre Beto.
—¿Pobre Beto qué?
—Pobre Beto Betito…
—¿¡Pobre Beto qué, chingao!?
—Tan acomedido él… ¿de cuán­do acá?... Ni siquiera sabes lo que te tiene tan contentito aquí, ¿verdad? ¿No has entendido lo que en realidad es­tás haciendo, cierto?
—¿De qué hablas, Claudia?
—Si estás más agrandado que nun­ca, Betito… ya no eres El Fotógrafo, pero ahora eres el pequeño gran Be­to que renunció a toda su basura… ¿En serio no te das cuenta? No renuncias­te a nada Beto, sólo lo reemplazaste…
—…
—Estás metido en la misma mier­da, Beto Betito, metidito en la mis­ma mierda…
—Estás bien pendeja, Claudia…
—No tenías que venir tan lejos pa­ra meter las patas en la misma mierda... en la casa teníamos suficiente, ¿no crees?
—…
—¿No lo crees, Beto Betito?
—…
—Pero ya no te acongojes, Be­ti­to… como te gustaba decir antes: “en ocasiones, hacer es sinónimo de com­poner”, ¿si te acuerdas?...
—¿Y…? ¿Qué vas a hacer para componer todo esto, Claudia? ¿Regre­sar el tiempo? ¿Soñar que ya estamos en casa? ¿Meterte un pollo por el culo?

IV
¿Cuánto aguantarán estas plantas sin agua? ¡Uh! A esta cosa ya se le rom­pió el asa. Asa. ¿Asa o mango? Asa, yo creo, u oreja, sí, hasta parece oreja. Pero mango puede ser también. ¿Por qué le dirán así? No parece mango. ¿Vendrá de mano? Mango, mano. Sí, puede ser. Tiene lógica. Mango para la mano, como la mano de las cosas. Mano de sartén, de tenedor, de cu­chi­llo, pero la del cuchillo es diferente, a un sartén lo agarras del mango, lo aga­rras de la mano con tu mano, pero al cuchillo le aprietas la mano, su mano se vuelve la tuya, no importa lo gran­de que sea la hoja, casi puedes cubrir toda su mano con la tuya, en cambio un tenedor es más delicado, le agarras sólo una parte de la mano, como que es más externo, y no t…
—¡Claudia…! ¡Claudia…!
—…
—…Claudia, acá estás, ya volví, ¡se me hizo tardísimo!, ojalá ya estén listos los niños, ahorita los busco y los apuro si no… oye, ya nada más los lle­vo y regreso en chinga para ayudarte con los cuartos, ¿eh?
—Soñé que los mataba.
—¿A los niños?
—Y a ella.
—¿Oye, ya preparaste sus lon­cheras?
—Fue hermoso.
—Supongo, ¿dónde están?
—Los cortaba en pedacitos.
—Claudia, se me va a hacer más tarde, ¿dónde están las loncheras?
—Los cortaba en pedacitos en­frente de ella.
—¡Claudia… las loncheras, carajo!
—Luego la obligaba a cortarse las tetas y a sacarse los ojos.
—…
—Murió desangrada.
—¿Claudia… Dónde están...?
—Ahí están adentro, en el come­dor, en la mesa grande del centro.