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lunes, 23 de mayo de 2011

Las armas

Javier Caravantes

para Antonio

El cuerpo del indigente tirado. La enorme piedra aplastando su cabeza. El rostro de mis amigos al darse cuenta de lo lejos que habíamos llegado. Se­guía recordando. Mi padre, acelerando y señalándome un microbús, me dijo:
—Esa ruta vas a tomar mañana para llegar a tu nueva escuela. La voy a seguir. Fíjate en el recorrido.
El colegio se llamaba Emile Durkheim. Era una escuela particular de pocos alumnos. Eso me había dicho mi papá al elegir en dónde inscribirme para el tercer año de preparatoria. También había decidido que me fuera a vivir con él a su departamento en Puebla. Yo estaba agradecido. No podía con­tinuar viviendo con mi madre en Atlixco. Quería escapar. En mi cabeza no dejaba de ver a aquel señor, tirado, suplicando. Todavía sentía el peso del tubo en las manos. El ruido de los huesos al romperse. La piedra. Necesitaba alejarme de ahí antes de que alguien se enterara de lo que habíamos hecho, tenía miedo. Mi padre me lo propuso, acepté sin dudar. Él claramente me ad­virtió que si no mejoraba mi conducta y mis calificaciones me regresaría a Atlixco. Yo prometí cambiar.
Mi madre recibió la noticia y durante tres semanas escuché chantajes. Ahí iba el hijo mayor a vivir a la casa de su padre, a ver si él lo corregía.
—En la esquina voy a dar vuelta a la derecha, aquí te bajas mañana del camión, sólo son tres cuadras hasta la escuela —continuó con las indicaciones.
La prepa era una casa pe­queña, distinguida sólo con el nombre de la escuela sobre una lona blanca. Bajé y mi padre aceleró rápido, apenas con un adiós que alcancé a leer de sus labios en el retrovisor.
En las oficinas una secre­taria me atendió, dijo:
—Bienvenido. Ése es tu sa­lón —y señaló detrás de mí.
Era un cuarto pequeño con una mesa cuadrada, seis sillas y un pizarrón. Fui el pri­mero en llegar. En quince mi­nutos entraron dos chavos, uno de mi edad, del que pensé po­dría ser amigo; el otro era un rubio alto de cabello largo, ti­po vocalista de banda de rock. Entró el director. Con voz muy grave explicó que la preparatoria mantenía un sistema didáctico diferente. Aceptaban a pocos alumnos; de esta manera lograban clases personalizadas. Se realizaban exámenes cada quince días y de inme­diato las calificaciones eran enviadas por internet a nuestros tutores. Tocaron a la puerta. Eran tres tipos. El director les repitió el mismo discurso. Nos informó que en unos minutos llegaría la maestra y se fue dejando un silencio incómodo.
En las clases tenías que poner atención, los maestros estaban demasiado cerca y al pendiente. Me gustó su amabilidad: “¿Se entiende? ¿Alguna duda? ¿Está claro?” Mis compañeros no se hablaban entre ellos; sólo los tres que llegaron juntos intercambiaban unos papelitos y se reían de mane­ra burlona. Casi ni los miré.
De regreso, caminé el mismo trayecto hasta el bulevard. Abordé el camión, iba lleno y con música horrible a todo volumen, pero daba igual. Yo no dejaba de mirar mi sonrisa en el reflejo de las sucias ventanas. No estaba dispuesto a desaprovechar la última oportunidad. Sólo tenía que sa­car más de ocho y tener aceptable conducta, ni siquiera era tanto. Estaba seguro de que en Atlixco, junto a mis amigos, había dejado lo malo.
En la comida, mi padre me interrogó sobre la escuela. Se puso feliz. Le dije que me había gustado. Entré a la nueva recámara. Saqué algunas libretas de la mochila. En cuarenta minutos terminé la tarea. Esperaba an­sioso las clases, los trabajos y los exámenes: las buenas calificaciones. Por fin olvidarme de lo que había hecho. Cambiar. Demostrar que podía ser una buena persona.
Al otro día, en el receso, me animé a salir. Raúl, el tipo parecido a mí y Claudio, el de cabello largo, estaban sentados en la banqueta. Al verlos me acerqué. Me invitaron a que camináramos hasta una tienda que estaba en la otra esquina. Hablaron de los otros tres tipos que eran nuestros compañeros: se llamaban Cristian, Héctor y Luis. Me contaron que los papelitos que se pasaban y demás palabras que se decían casi al oído eran comentarios despectivos hacia nosotros. Se notaban preocupados, casi con miedo. Hablamos de las ventajas de la preparatoria en comparación con las anterio­res de las cuales veníamos. Éramos parecidos. Ellos también habían repro­bado y ahora estaban entusiasmados con esta escuela. Caminamos al lado de la que yo creía que era una bodega. Conforme avanzamos, descubrí que era una enorme escuela, rodeada de muchos coches estacionados. Raúl y Clau­dio me dijeron que nuestros compañeros y muchos alumnos de la escuela eran tipos que habían sido expulsados de ese colegio, el más caro de la ciudad. Llegamos a la tienda; estaban ellos. Los tres, al vernos, comenzaron a reírse e intercambiar palabras que yo no escuchaba. Al observarlos en esa actitud, también me dio miedo que la escuela se complicara.
En la clase de lengua extranjera, Raúl, a petición del profesor, leyó el fragmento de un libro y los otros tipos se burlaron ya abiertamente de su acento. Se lo quitaron y cada uno leyó en un perfecto inglés británico. El jo­ven profesor no hizo nada. Ellos comenzaron a ridiculizar, también en inglés, nuestro aspecto físico. Me sorprendió la seguridad con que agredían. Hasta el maestro se puso nervioso. Decidió terminar la clase. Ellos también se le­vantaron. Antes de salir, él más alto, Cristian, advirtió:
—Agarren confianza, esto se va a poner divertido —y salió azotando la puerta.
Claudio nos dijo:
—Acusarlos en la Dirección no va servir de nada. Tal vez los regañen pero a ellos les vale madre. Si no les importó que los corrieran del colegio donde iban, el director no puede expulsar a tres tipos de un salón donde hay seis. Acusarlos sólo va a dar más motivos para que nos chinguen.
—Pensé que no iba a haber pendejos así en la escuela —lamentó Raúl.
—Cabrón, estamos atrás de ese pinche colegio de mierda —contestó Claudio.
—Si tú lo sabías, ¿por qué te metiste aquí?
—Está cerca de mi casa. Además revisé la lista de inscritos el último día, sólo estaban ustedes. Yo fui a ese colegio un año, el peor de mi vida. Conozco los apellidos de los güeyes de ahí, siempre son los mismos. Me aseguré de no encontrarme con alguno pero ves cómo llegaron al último. ¡Puta, qué pinche mala suerte!
Al ver a Claudio quejarse así, con sus ojos verdes y melena rubia, en­tendí el nerviosismo de Raúl, que casi lloraba. Preguntó:
—¿Qué vamos a hacer?
—Pues nada, cabrón, aguantarte, si quieres pónteles pendejo, a ver có­mo te va, o de plano perder el año —le contestó Claudio.
—No puedo, ya reprobé.
—Ni yo, cabrón, así que aguantamos.
Estaba sentado en los últimos lugares del camión, apretaba con furia mi cabeza. Mentalmente me repetía que no podía hacer algo. Nada de madreár­melos, ni siquiera responderles con palabras. Me daba miedo de que algo se complicara y terminara arruinándolo todo como siempre.
Conforme transcurrió la semana sus ofensas se acentuaron. Al cuarto día los enfrenté. No pude controlarme. Se quedaron callados con la burla que le solté a uno de ellos, pero en el receso se acercó a mí de manera tranquila y me dijo que yo sí le caía bien, que fuéramos a comer. Me pasó el brazo derecho por el hombro mientras caminábamos, como si realmente fuéramos amigos. Aunque yo estaba alerta, no reaccioné a tiempo, el puño derecho se hundió en mi cuello y advirtió: otra burla me iba a costar una golpiza. Cruzó la esquina para alcanzar a sus amigos, que reían a carcajadas, mientras yo frenaba las ganas que tenía de levantarme y romperle su madre. Miraba fijo al suelo recordando el cuerpo tirado, el tubo, la pie­dra. Logré tranquilizarme.
En los siguientes días im­provisaron otra forma de moles­tarnos en clase. Como si fueran niños de primaria, empapaban bolitas de papel con saliva y las arrojaban sobre nuestros rostros. Raúl y Claudio se habían vuelto más amigos, juntos sopor­taban las agresiones casi sin inmu­tarse, a mí me costaba trabajo. La primera vez que aventaron una de esas bolitas los amenacé: “Se los va a cargar la chingada.” Las carcajadas estallaron otra vez. Provocándome, me decían: “Levántate, a ver si eres tan cabrón.” Con las manos sujeté lo más fuerte que pude mis rodillas para que no realizaran nin­gún impulso, debía controlarme. La lluvia de papelitos con saliva duró toda la sesión.
Las veces en que era insoportable poner atención a lo que algún maestro decía mirando al pizarrón y sin vernos (ellos también tenían fórmulas para no comprometerse con lo que pasaba), me salía al baño. Cerraba la puerta con seguro y no encendía la luz, adivinaba mi expresión contra el espejo, respiraba sin dejar de pensar que lo único importante era seguir es­tudiando. Me duró cuatro veces; a la quinta, al abrir la puerta, ahí estaba uno esperando para arrojarme una manzana.
Días después, sin darme cuenta, coloqué mi mano derecha junto a mi rostro: creaba una muralla que impedía el paso de sus insultos y de mane­ra física cubría algunos de los objetos que me arrojaban.
Ellos se dieron cuenta de que no me molestaban sus palabras y aumentaron el rigor de cada ofensa; es más, no les dijeron nada a los otros dos, se dedicaron a agredirme sólo a mí. En uno de los recesos salimos a la tienda, yo caminaba al último. Casi llegando a la esquina, iban Claudio y Raúl y treinta metros atrás los otros tres platicando. Miraba sus espaldas con ira. Los primeros exámenes empezaban la próxima semana; aunque había cum­plido con todas las tareas de cada materia, no había entendido las últimas clases. Necesitaba subir mi promedio para ingresar a la universidad; sólo podía hacerlo si las notas que obtuviera fuesen casi excelentes. Yo nunca había alcanzado ese tipo de calificaciones. Uno de ellos dijo algo a sus amigos y comenzó a correr hasta llegar a Claudio y Raúl, que esperaban el rojo del semáforo para cruzar la calle. Con el impulso de su carrera, más el de su brazo, le pegó con la palma de la mano en la nuca a Raúl. Hasta donde yo estaba se oyó un chasquido duro, hueco. Raúl se agachó, con las manos se cubrió la nuca. Claudio, a su lado, no hacía nada por defenderlo, y Luis, el que le había pegado, se reía mirando a sus amigos que le respondían con el mismo gesto.
Llegó el fin de semana y mi padre permitió que fuera a Atlixco. Mi ma­dre ya estaba más tranquila. Cenamos, al terminar cada quien se fue a su habitación. Esperé que pasaran dos horas, abrí el balcón, me colgué de él para soltarme y caer sin hacer ruido. Anduve ocho cuadras hasta llegar al bar donde mis amigos se reunían, tenía ganas de verlos. Los encontré repartidos entre una mesa de billar y enfrente de una tele donde pasaban la repetición de algún partido. Saludos, abrazos, preguntas. “Me va bien”, res­pondí mientras me actualizaban de lo chido que se la pasaban esos días y de todo lo que habían hecho. De los seis ya sólo estudiaban dos. Cervezas, cervezas y más cervezas el resto de la noche hasta que, ya entrado en confianza y con la necesidad de ser comprendido por casi iguales, les relaté lo que en verdad pasaba: “Tengo ganas de que me vaya bien, pero hay algo que lo está impidiendo.”
Félix me fue a dejar. Antes de que bajara de su coche, dijo: “Tu pro­blema se arregla de volada; es tan fácil como sacar un ojo. Nada más llamas o nos mandas un mensaje; nosotros vamos.” Se lo agradecí.
El domingo regresé a Puebla. Estudié para el examen de Química, que junto al de Física y Estadística era de los más difíciles.
El maestro repartió el examen y salió. Yo había estudiado muy bien; en media hora lo resolví. Fui a buscar al profesor. Uno de ellos me arrebató el examen: “Cálmate o lo rompemos.” Cerré con fuerza los puños; ya estaba dispuesto a golpearlo: vi la cara de miedo que él ponía, de terror, igualita a la del indigente cuando lo comenzamos a molestar. Eso me hizo sacudir las manos. Me di vuelta, dejé caer mi cuerpo sobre una silla. Ellos lo copiaron completamente. El cuerpo me temblaba. Al final lo aventaron al piso y fue­ron a entregar los suyos. Tardé en levantarlo. Se lo di al profesor, le conté lo que había pasado. “¿Qué, los repruebo a los cuatro?”, contestó irónico. Fui a la tienda: compré una botella de ron. Era la primera vez que lo hacía en Puebla, le di varios tragos hasta que regresé al salón. Ellos ya estaban ahí, me dijeron: “Oye, ya nos caíste bien. Te invitamos a una fiesta, va a es­tar chida.” Tomé mi mochila rápido. Salí huyendo antes de que no pudiera aguantarme.
En la noche, al querer estudiar para los dos exámenes del día siguien­te, me di cuenta: las dos libretas de esas materias no estaban. Física y Es­tadística. No pude dormir.
Me presenté a los exámenes. Los resolví como pude, escuchando a cada momento las risas burlonas de los tres. Ellos terminaron primero. Cuan­do salí, ya me esperaban en la esquina. Al verlos me detuve. De una de sus mochilas sacaron mis libretas. Con el fuego de un encendedor las intentaron quemar. Se dieron por satisfechos con la mitad de cada una y se fueron en sus coches.
No caminé hasta la parada del camión; descansé en una banca del parque que estaba de paso. Agaché mi cabeza sobre las piernas. Cerré los ojos. Imaginé escenarios distintos para mi vida estando en Atlixco, allá con mis ami­gos, en el mismo bar. Matando a otra persona y tomándolo como un accidente. Por culpa de tres pendejos no iba a desperdiciar mi oportunidad. No tardé en buscar alguna solución. La encontré rápido, ya la tenía: la asumí. Fui a la parada de camiones y tomé uno hacia la terminal, donde salen los autobuses a Atlixco.


Excusé la tardanza diciéndole a mi padre que había ido a estudiar con un compañero.
Al día siguiente tocaba un examen fácil; estudié poco tiempo. El resto de la tarde estuve ansioso, ni en las hojas de los libros me podía esconder. Empecé a dudar si lo que había hecho era lo correcto, tal vez no, y sólo me acarrearía mayores problemas. Tenía miedo, qué tal si las cosas se salían de control. Había muchas posibilidades de imaginar a mis amigos excediéndo­se. No logré dormir.
El camino se hizo rapidísimo y, justo cuando me bajaba del camión, vi claramente el coche viejo de uno de mis amigos de Atlixco que venía rumbo de la escuela. Conducía rápido. Di algunos pasos más. Me llegó un mensaje al teléfono: “Ya está hecho.”
Tampoco pude caminar hasta la prepa. Me quedé sentado en el parque, la misma banca. Estaba paralizado. Intenté prender un cigarro pero el cuerpo no me respondió, sentía escalofríos. El teléfono sonó, apenas pude sa­carlo de mi bolsa. Dudé en contestar: era mi padre. Logré apretar el botón y dijo: “Hace rato recibí las calificaciones de la escuela. Felicidades. Llevas puro nueve y diez.” En ese momento escuché la sirena de una ambulancia que venía también de la escuela. El coche del director la seguía. Sólo hasta escuchar las palabras de mi padre me sentí con fuerzas para levantarme de la banca.

martes, 15 de febrero de 2011

Sí o no

Javier Caravantes
El deseo siempre oscila entre el sí o el no
Julio Hubard

Preferí estar con Pame. Era tradición que el 15 de septiembre mis amigos y yo nos pusiéramos una peda brutal, viendo los fuegos artificiales desde la terraza en la residencia de mis abuelos. La rompí, preferí ir con Pame. Mi pa­dre ordenó que yo estuviera, junto a mis hermanos y mi madre en el Ayun­tamiento, para la recepción que daría el gobernador después del grito. No quise. Preferí manejar mi Z3 con Pame al lado, escuchando “Don’t stop”, mientras seguía la camioneta de su madre hasta ese pueblo: Xoxtla. Casi no ha­blamos. Ni estábamos enojados, ni era porque no tuviera algo que decirle; tampoco me molestó que una de sus primitas quisiera venir con nosotros en el coche. No. Ver a Pame sentada, de perfil, cantando o mirando el hori­zonte era perfecto y, como desde siempre he sido malo para hablar, no quise arruinar el momento. Apenas me confor­maba con que ella me tocara la pier­na o acercara la punta de sus labios hasta mis oídos. Con eso bastaba para mandar a la chingada lo demás y seguir manejando.
—Está vieja la carretera —dijo.
—Sí, y tu mamá es buena para caer en los baches; bien que les atina —le contesté.
Pame se rió, le preguntó a su primita si estaba cómoda. Se animó a poner otra canción y me advirtió:
—Xoxtla es el pueblo más feo que he visto en mi vida.
—En el periódico leí al­go del lugar, no me acuerdo qué.
—Seguro, problemas.
Pensé en los preparativos que mis amigos estarían ha­cien­do pa­ra la borrachera: deci­diendo qué to­mar, a qué hora llegar, en qué antro terminar­la. Pame, justo en ese ins­tante, me dio un beso en la boca que se fue resbalando suave por mi me­jilla hasta llegar al cuello. Esa sensación me hizo dejar de ex­tra­ñar la rutina y continuar su­miendo el acelerador. Su primita preguntó:
—¿A qué saben los besos?
La iglesia parecía una bodega que ni si quiera estaba pintada. Así de horrible era Xoxtla. Fue difícil encontrar estacionamiento. Tuve que dejar a Pame y a su primita en el zócalo, junto a su madre, Leonor, que ya había encontrado donde dejar su camioneta. Yo le daba vuelta a la manzana para buscar lugar, mi teléfono sonó. No contesté al ver el nombre de uno de mis amigos escrito en la pantalla. Para qué escuchar los reclamos de siempre. Me hacían sentir como un títere que obedecía a cualquiera menos a sí mis­mo. Me fui alejando. Tuve que dejar el coche en un una cancha de futbol cubierta de ese polvo fino que se levanta fácil y que ahora servía como estacionamiento improvisado. Me dio miedo dejar mi Z3 ahí pero no había otra opción.
Pame me llamó al celular, me dijo que me esperaban en las oficinas de la presidencia municipal. La mayoría de las casas era de un solo piso, tan feas que parecían reproducciones a escala de la iglesia. Me puso de malas ca­minar esquivando gente, a vendedores ambulantes, y ver tantos perros calle­jeros que iban hacía el centro, como si ellos también estuvieran invitados a la celebración.
En el zócalo había mucha gente esperando a que un grupo comenzara a tocar. No supe cuál era la presidencia. Tuve que preguntarle a alguien, que me señaló la fachada de una casita tan pequeña como las demás. En la en­trada había dos policías, altos, encapuchados; sujetaban escopetas y tenían el dedo al lado de gatillo; parecían dispuestos a disparar en cualquier mo­mento. Ni siquiera me acerqué. Preferí llamar a Pame, que salió en seguida. Me preguntó por qué había tardado tanto y me jaló hacía adentro. La mirada escrutadora de uno de ellos me hizo detenerme antes de cruzar la puerta. Pame se dio cuenta, le preguntó:
—¿Algún problema?
—No, señorita.
Dirigiéndose a mí, ella dijo:
—Vamos. Mi tío te quiere conocer.
En la planta baja había una sala de espera formada por sillas de plástico. Un escritorio de triplay destartalado era atendido por una mujer gorda que apenas cabía en su silla. Subimos una escalera que no tenía pasamanos y llegamos a una oficina.
—Tío, mira, te presento a mi novio.
Era un tipo alto, muy moreno, flaco; usaba lentes con micas amarillas que le ensombrecían la cara. Me extendió su enorme mano:
—Soy el presidente municipal, Luis Andrade.
En ese momento a Pame le sorprendieron los ojos hinchados y la cara de preocupación que tenía su madre, como si en los minutos en que ella bajó por mí se hubiera hablado de algo grave. Pame le preguntó:
—¿Qué pasa, ma?
—Nada… Mira —dijo Leonor dirigiéndose a su hermano, cambiando el tema de conversación—, este muchacho es hijo del empresario Germán Olid.
Mi suegra comenzó a enumerar las virtudes de la familia Olid, hasta que irrumpió la esposa del presidente municipal. Antes de saludar, se dirigió a su esposo, alarmada:
—¿Ha pasado algo?
Luis Andrade le contestó intentando sonar tranquilo:
—Todo bien. Mira, aquí esta Pame. Trajo a su novio.
Fue hasta ese momento en que la señora se dio cuenta de las demás personas que estábamos ahí y, apenada, saludó a su cuñada Leonor, a Pame, a la sobrinita que estaba entretenida mirando la ventana y a mí. De nuevo comenzaron a hablar de los Olid, a preguntarme por ellos: una enorme sombra siguiéndome a todas partes. Me sentí incómodo, le pedí a Pame que bajá­ramos a la plaza. Ella les avisó.
Leonor dijo:
—No, mejor quédense aquí.
—¿Por?
Luis Andrade interrumpió:
—Está bien, Leonor, déjalos que bajen.
Había aumentado el número de policías. Ya eran cinco resguardando la puerta. También la gente en la plaza, que con fuertes silbidos reprobaba la tardanza del grupo musical. Seis hombres distraídos, como si no escu­charan nada, seguían afinando sus instrumentos.
—¿Qué se traen allá arriba? Andan raros —le pregunté a Pame.
—Te digo que mi tío tiene muchos problemas —contestó.
—¿Como de qué?
—Política, ya sabes… ¿Quieres comer algo? Mira, hay tostadas, chalupas, pambazos.
El aceite recalentado hervía sobre alguna masa hasta freírla.
—No se me antoja nada pero tengo un montón de hambre.
—¿No que te gustaba esta comida?
—Sí, pero la que hace la cocinera de mi abuela.
Pame hizo un gesto en la boca, como si estuviera apenada por la gente pobre que estaba comiendo, como si fuera su culpa. Me le abalancé a los labios intentando borrárselo. Nos decidimos por tostadas. El celular de nue­vo sonó; era mi madre. Me sentí seguro al apretar la tecla del desvío de llamada y al apagar el aparato. Pame, a mi lado, no dejaba de sonreír y yo de besarla.
El grupo se puso de acuerdo. Tenía la esperanza de que fuera una banda norteña pero no: cumbias, de ésas pasadas de moda. Cuando por las bocinas salió una voz que cantaba “no te metas con mi cu-cu” y justo por la comida grasosa me dolió el estómago, Pame me dio el mejor beso del día.
Me quedé callado, viéndola y pensando en la enorme terraza de los abuelos, en el verdadero palacio de gobierno. De nuevo la preferí. Morderle suave los labios en lugar de ver al horrible grupo de cumbias. Rodear con mis brazos su estrecha cintura en lugar de contestar el teléfono. Preferí a Pa­me antes que cualquier otra cosa.
—Creo que tu familia no va a bajar —le dije.
—En un rato será la corona­ción de la princesa de las fiestas patrias, después el grito y ahí es cuando van a bajar. Mi primita se ha de estar dando una aburrida horrible, vamos por ella —me respondió. El presidente municipal estaba hablando por teléfono, su esposa y Leonor estaban en otro cuarto, mirando en la tele la transmisión nacional del Grito de Independencia. La niña se puso contenta de que la lleváramos. De nuevo Leonor nos advirtió:
—Tengan cuidado.
Los policías seguían alertas, custodiando la entrada. Dije:
—Oye, Pame, esos cabrones no parecen cualquier pinche gendarme.
—Son la escolta personal de mi tío.
La primita pidió:
—Quiero pintarme una banderita en la cara.

Pasé una hora aburridísimo hasta que comenzó la coronación de la princesa. Fue ridículo. No había una más fea que la otra. Comparar su caras y sus cuerpos con el de Pame me hizo sentir contento. En media hora se decidió el nombre de la nueva dueña de un cetro de plástico con chaquira, luego se anunció al presidente municipal. Luis Andrade ya estaba parado en la en­trada. Caminó seguido por su esposa, por Leonor, y rodeado de los cinco policías. Lo primero fue un gran abucheo, chiflidos, mentadas de madre. Pame me miró un poco preocupada y acercó a su primita, que estaba a unos pasos de nosotros. Los policías iban aventando a la gente que se acercaba demasiado a la comitiva. Una señora se aproximó lo suficiente para jalar de los pelos a la esposa del presidente. Leonor y un policía ayudaron para za­farla. Pame corrió hasta su madre, yo detrás de ella, cargando a la niña. Entramos al círculo que protegía la escolta. Aunque Andrade gritaba que siguiéramos avanzando, fue imposible llegar a la tarima. Tuvimos que regresar corriendo a la presidencia. Durante el camino, un hombre alcanzó a ja­lar del abrigo a Pame hasta arrebatárselo; yo sentí un madrazo en la nuca. Al vernos entrar, la secretaria se levantó alarmada y salió huyendo. Noso­tros subimos al segundo piso mientras los policías resguardaban la puerta. De inmediato Andrade fue al teléfono y le rogó ayuda a algún político. Una piedra reventó el cristal, por lo que corrimos hacia otra habitación. Dos po­licías subieron solicitando órdenes.
—Si es necesario utilicen las armas pero no los dejen entrar —contestó Andrade.
Leonor estaba aferrada al cuerpo de su hermano, como si sus brazos al­canzaran a defenderla de todas las personas que cada vez gritaban más fuer­te afuera. A su vez, Pame abrazaba a su madre. La esposa gritaba “nacos”, dirigiéndose al cubo de las escaleras. Yo seguía cargando a la niña, cuyas lá­grimas le habían borrado ya la banderita que tenía dibujada en la mejilla.
—Va a pasar por lo menos una hora en lo que llegan refuerzos del otro pueblo. Es mejor que se vayan —resolvió Andrade.
—¿Qué no hay más policías? —le pregunté.
—Esos cinco de afuera son los que quedan.
Leonor, babeando, dijo:
—Yo no te dejo.
Busqué la mirada de Pame, pero ella recargaba su cara contra la espalda de su madre. El todavía presidente dijo:
—Al menos deben irse las niñas y el muchacho Olid.
Pame respondió:
—Me voy a quedar contigo, ma.
Ellos se me quedaron viendo. La niña que cargaba me pesó más. Le estuvieron insistiendo un rato a Pame, que siguió negando con la cabeza, sin abrir los ojos. Leonor, harta, le tiró una cachetada.
Andrade, habló:
—Bueno, mejor… vámonos todos. Hay una forma de salir por la calle de atrás. Lo peligroso es que dejamos los coches muy cerca del centro. La gente se va a dar cuenta.
—Yo dejé mi coche varias cuadras lejos, donde está la cancha de futbol —dije.
Subimos al techo. Desde ahí bajamos por una escalera de caracol hasta un patio en el que había una puertita lateral. La abrimos y salimos a la calle. Correr hasta darle vuelta a la manzana, pasar junto al zócalo. El ruido de la gente. Las piedras que arrojan a los policías. Ellos, nerviosos, apuntan sin dis­parar todavía. Los puestos de comida tirados. El grupo mete los instrumentos rápido a la camioneta. Afuera de la iglesia, las princesas de las fiestas patrias lloran junto a sus familiares. Ya no hay perros callejeros. Cargo a la niña, sigo las sombras de Pame, de Leonor, de Andrade, de su esposa. Siete cuadras y llegamos al campo de futbol. Encontramos mi Z3 destruido, las varillas que deformaron el chasis y dañaron el motor están tiradas al lado del coche. Le­tras blancas sobre el único parabrisas dicen “ratero”. Hay mucho polvo fino levantado, parece que tardará mucho antes de bajar y descansar en el sue­lo. Veo a Pame. Me pregunto sí todavía es tiempo de preferir algo. En ese momento se escuchan los pasos y los gritos de gente que se acerca.