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viernes, 23 de abril de 2010

La novela negra latinoamericana

Amir Valle
(Fragmento)

El ámbito de lo citadino, los límites de la urbanidad social, el concepto lite­rario de “ciudad” en la narrativa latinoamericana escrita en Cuba durante los últi­mos veinte años, adquiere una esencia más compleja a partir de la publicación y éxito de crítica de un amplio grupo de novelas escritas por autores que habían propuesto, a fines de los años setenta y principios de los ochenta, algunas obras con un nuevo sello en este ámbito, pero siempre aisladas de cualquier proyección fenoménica. Con la aparición de nuevas obras de Rubem Fonse­ca en Brasil, Paco Ignacio Taibo II en México, Daniel Cha­varría y Justo Vasco en Cuba, Ricardo Piglia y Vicente Battista en Argenti­na, y Luis Sepúlveda en Chile, según la crítica literaria especializada de esos países se abre un proce­so de
atomización de la marginalidad y la entrada al escenario cultural isleño de un enfrentamiento tirante entre los códigos artísticos impuestos por los influjos polí­ticos, económicos y sociales de la megahistoria y los códigos de supervivencia social de un ente que comenzaría a denominarse Marginalia, retomando la contienda iniciada en los primeros años del proceso revolucionario, a nivel cultural, con obras como PM en el cine, Andoba en el teatro y la llamada narrativa de la violencia (básicamente los sectores y códigos de marginalidad introducidos por Eduardo Heras, Jesús Díaz y Norberto Fuentes en sus relatos); un proceso truncado por conveniencias y miedos políticos, como bien ya se sabe.

Esta tesis, que el colombiano Mauricio Tejera aplica al caso cubano, puede aplicarse al resto de los países del continente, donde males como el recrudecimiento de la pobreza, la ino­perancia económica de los gobiernos de turno, la corrupción política y so­cial, entre otros muchos males, van sentando los cimientos de un cambio de conciencia social, a partir del cambio de la estructura social y la aparición, de modo preponderante, de amplísimos sectores marginales que conformarán, entonces, ese nue­vo ente socio-pobla­cional llamado Marginalia.
Llegado a este momento debe­mos intentar esclarecer algunos tér­minos a partir de preguntas cómo: ¿es la novela negra para este nuevo mile­nio lo que fue la novela realista para las grandes literaturas euro­peas?, ¿po­demos hablar de novela negra, novela policial o policiaca?
Estas dos preguntas se hallan, en la actualidad, en el centro mismo de los debates que internacionalmente se realizan sobre esta mo­dalidad de enfren­tamiento al género por excelencia del siglo XX y que parece será también el género del siglo XXI: la novela. Dos preguntas que, sea en cualquiera de los eventos teóricos regionales de la Asociación Internacional de Escritores Poli­ciacos, en las reuniones y mesas redondas o ferias y eventos a las cuales asisten sus más prestigiosos miembros, o sea en la ya tradicional Semana Negra de Gijón, en Asturias, a mediados de cada año, constituyen un espacio reiterado para reflexiones y polémicas de críticos, periodistas, escritores y público.
De algo no cabe duda: dentro del género mayor de la novela es precisa­mente esta modalidad la que más cambios ha experimentado en los últimos quince años.
Por un lado, este tipo de no­vela, que arrancó con aquellos ya lejanos pero imprescindibles cuentos de Ed­gar Allan Poe y continuó creciendo con la pluma magistral de Arthur Co­nan Doyle, Agatha Chris­tie, Raymond Chandler o Dashiel Hammett, por só­lo citar a los de más escandoloso éxito, comenzó a permearse de muchas de las corrien­tes filosóficas y sociológicas de estos úl­timos años y fue adaptando su len­guaje, su universo ficcional y su husmeo crítico a la nueva realidad que vivía el mundo. Mencionaré so­lamente la que, en mi opinión, tiene que ver más con las tesis defendidas por uno u otro autor, de latitu­des e idiosincracias distintas, en la mayoría de las obras publicadas en el periodo: el fin de las ideologías y de la historia y, con ello, la pérdida de grandes valores humanos en la socie­dad moderna contemporánea.
Por otro lado, esta forma de enfrentarse a la novela a partir de la elección de un tema ha sido también la que más ha bebido de los continuos cambios ocurridos en el mundo de las artes, las letras y el pensamiento contemporá­neo. Mencionaré solamente los cuatro grandes sucesos de fines y principios de siglo que han influido en el pensamiento novelado de la mayoría de los es­critores de esta modalidad: el impacto de las nuevas tecnologías aplicadas al cine, al video, a la televisión y a los mass media; el impacto del fenómeno cultural (literario también) conocido como postmodernidad; el impacto del establecimiento de un pensamiento comercial universal en relación con el libro y su valor de uso como mercancía, más allá de sus valores literarios (recuér­dese la introducción del best seller y los cambios que ha ido llevando hacia el terreno de la “literatura seria”); y el impacto de la extensión global de la información en el mundo mediante la introducción del moderno y cambiante espacio virtual de la computación, aplicada a su más multitudinario suceso: la Internet.
Sólo teniendo en cuenta estos presupuestos podemos entrar a respondernos las dos preguntas:
1) ¿Podemos hablar de novela negra o novela policial o policiaca?
Podemos asumir la más generalizada de las opiniones coincidentes: para que exista esta modalidad, es necesario que haya un crimen o un enigma por resolver. La diferencia radicaría entonces en que novela policial o policiaca es aquella en la cual interviene el esquema crimen o enigma vs agente del orden establecido por la sociedad, mientras que la novela negra establecería el es­quema simplificado a crimen o enigma vs agente. Por generalidad, en el primer caso, suele entenderse que debe aparecer, luchando contra el crimen, el de­lito o a la busca de ese enigma por resolver, cualquiera de los agentes que la misma sociedad ha establecido para estos fines: policías, agentes de instituciones estatales no netamente policiales (FBI, Seguridad del Estado, por ejem­plo), etc. En el caso de la llamada novela negra la participación de los entes que se enfrentan al crimen, al delito o al enigma se amplía a una gama de perso­najes que no están vinculados directamente al esquema represivo establecido por la sociedad para esas tareas: detectives privados, abogados, periodistas, gente común y hasta los mismos que delinquen o forman parte vital del mun­do al cual deben enfrentarse.
Veámoslo de otro modo: desde el enfoque al mundo novelado. Si el objetivo básico de la novela policiaca es la revelación de un enigma, crimen, la justicia sobre un delito y, en esa misión, el mundo novelado en el cual transcurren los hechos aparece como una referencia, ambientación; el objetivo de la novela negra es mostrar, reflexionar, revelar las zonas putrefactas, oscuras, los grandes traumas humanos, los inmensos desastres sociológicos, que ocurren en ese mundo donde ocurrió el crimen, el delito o donde está el enigma a resolver.
2) ¿Es la novela negra para este nuevo milenio lo que fue la novela rea­lista para las grandes literaturas europeas?
Ciertamente, lo es. Ha sido un consenso en todos los foros de discusión sobre el tema que la novela negra, precisamente por ofrecer una visión crítica, reflexiva, analítica, sobre la sociedad donde ocurren los hechos delictivos que sirven de pretexto para la elaboración del mundo novelado, se ha ido con­virtiendo en un inmenso álbum testimonial de la decadencia de la sociedad moderna, de sus males más enraizados, de sus grandes traumas históricos y sociológicos, y (justamente por llevar siempre el enfrentamiento del universo humanista, ético, civil, hacia esas desgracias) también es un espacio donde se testimonian los valores que han podido salvarse dentro del desarrollo de la especie humana y de su sociedad.
Si Marx aseguró que podía conocerse mejor la historia de la Francia del siglo XVIII leyendo a Balzac, hoy puede decirse que puede conocerse me­jor la real historia del mundo moderno (recuérdese que se ofrece otra visión en las transnacionales de la información que dominan el planeta) leyendo a Manuel Vázquez Montalván, Paco Ignacio Taibo II, Lawrence Block, Andrea Camilleri, Leonardo Padura y otros escritores que desde muchos países del mundo establecen la fortaleza de esta modalidad dentro del género. La mayo­ría de las novelas negras que hoy se escriben en el mundo realmente son in­cisiones muy profundas y críticas sobre la sociedad en la cual vive el autor. Son verdaderos estudios sociológicos que, por ello mismo, cada día son más utilizados como material de estudio por sociólogos, historiadores e investiga­dores de las ciencias sociales y el pensamiento moderno.
Durante la década de los noventa, como resultado de la edición por edi­toras nacionales e internacionales de un amplio grupo de “novelistas negros” latinoamericanos (fenómeno que sucedía también en España a través de una decena de autores encabezados por Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma y Andreu Martín), se consolida el género que comienza a ser llamado en todos los escenarios teóricos novela negra o “neopolicial” (término acuñado originalmente por Paco Ignacio Taibo II para diferenciar el comportamiento de esta modalidad en América Latina, pero que hoy puede extenderse a escritores de Italia, Grecia, Reino Unido, Estados Unidos e Israel, por hablar de aquellos países con más desarrollo en los últimos años), y se hace centro de un conflicto cada vez más habitual en las ciudades de América Latina: las tensiones entre la megahistoria (entendida esta como aquellos su­cesos históricos, sociales y políticos que marcan el desarrollo de una nación en una época determinada) y esa Marginalia a la cual ya nos hemos referido. En otros de mis trabajos he escrito que el recru­decimiento de ese conflicto y su traslación ficcionada a las letras de los nuevos autores del géne­ro remueve los cimientos funda­cionales de la mirada específica que había existido en nuestras letras para los conceptos “ciudad” e “individuo social como ente literario”, dos aspectos dis­tintivos, diferenciadores y tipificadores de la actual novela negra o neopolicial latinoamericano. ¿En qué sentido se produce ese cambio en el nivel social? Veamos:
los sociólogos hablan de una pirámide social. Arriba, en lo estrecho, en la punta, están los ricos, los que rigen los destinos. Abajo, en la amplia base, están los po­bres, los dueños de los destinos que han de ser regidos. En el borde inferior de esa pirámide, en el rincón más invisible, el más oscuro, está la sociedad marginal. Se ha dicho que es una tesis opresiva, esgrimida por el poder, desde el poder, para mantener su status. (...) otra tesis suele ser más real: la pirámide invertida. Arri­ba, en lo ancho, en su rincón sólo en apariencia invisible la marginalidad rige. Al centro, la marginalidad rige. En la punta, donde los ricos siguen rigiendo los des­tinos ajenos, la marginalidad es asqueante.
No estamos hablando ya de ese bajo mundo, de esa entidad universal llama­da bajo mundo, perfectamente localizable antes en nuestras sociedades, donde se mantuvo viva generando sus propios códigos de honor, sus reglas de convi­vencia, su lenguaje evasivo, sus historias. Decimos más: ese bajo mundo se ha ex­tendido a toda la sociedad. La nueva ciudad latinoamericana real, entonces, es una sociedad marginal: los ricos y los políticos, con sus vicios y su doble moral, son marginales; eso que llaman “pueblo”, por su necesidad de sobrevivir bajo toda circunstancia es marginal; el aire que se respira, viciado con los vicios que tradicionalmente destinamos a la marginalidad, es también marginal. Todos somos marginales bajo ese concepto.

martes, 1 de abril de 2008

Los culpables

Marco Tulio Aguilera

Juan Villoro, Los culpables, Editorial Almadía, Oaxaca, México, 2007.

Los culpables, libro de cuentos de Juan Villoro, es un volumen que se caracteriza por poseer unidad de tono, un sostenido sentido de la ironía, personajes de alguna manera semejantes en sus condiciones de vida y en sus concepciones del mundo y economía de recursos para lograr textos redondos, plenos y de lectura que va de lo agradable a lo apasionante.
“Mariachi”, el primer texto, es un relato que hace pensar en una película que pasa velozmente frente a los ojos del lector. El protagonista es un mariachi (mariachi a pesar suyo, por fuerza del destino y el autoabandono a las fuerzas del destino); lo que quiere es ser astronauta y enamorarse de una mujer de pelo blanco. El texto es divertido, ágil, sorprendente, como una película de Woody Allen, pero menos deprimente. Los personajes en general son extravagantes, el protagonista va de una ocurrencia a otra y deja que el mundo le imponga reglas y le otorgue mujeres, con las que se acuesta una tras otra y, si no tiene una hembra al alcance de la mano, se masturba en el primer rincón que encuentra. El mariachi es lo que yo llamaría un “frenáptero” —personaje de mente alada, que siempre está rompiendo las reglas de realidad simplemente para divertirse, para ponerle salsa a un asunto que podría resultar soporífero—. El mariachi, apodado el Gallito de Jojutla, se transforma en un sex simbol —a pesar suyo... todo sucede a pesar suyo—. Dice: “Soy un astro, perdón por repetirlo, de eso no me quejo, pero nunca he tomado una decisión. Mi padre se encargó de matar a mi madre, llorar mucho y convertirme en mariachi. Todo lo demás fue automático. Las mujeres me buscan a través de mi agente. Viajo en jet privado cuando no puede despegar el avión comercial. Turbulencias. De eso dependo. ¿Qué me gustaría? Estar en la estratosfera, viendo la Tierra como una burbuja azul en la que no hay sombreros.”
Este mariachi es internacional y especial. Habla como español. Repite constantemente cutre, follar, polla y otras lindas voces de la madre patria, y lo hace con gracia, sin presunción. El estilo (ya lo dije) es supremamente ágil, usa frases cortas, efectivas, nada de descripciones morosas. Termina por configurar uno de los mejores cuentos que haya leído en los últimos tiempos —tan huérfanos de buenos cuentistas como Ribeiro o Pedro Gómez Valderrama (habría que recordar que Rubem Fonseca sigue vivo y cada libro suyo es una lección de buen contar.)
La lectura del segundo cuento, “Patrón de espera”, me suscita una pregunta: ¿qué es lo que hace que yo (este lector que soy) tenga interés, incluso pasión, por una escritura? Un estilo inteligente, brillante, agradable, divertido, es una primera contestación. Las otras respuestas serían muchas, pero invariablemente deben concluir con ésta: un buen cuento me debe dejar tan satisfecho como una buena comida con sus aderezos, cárnicos y vegetales, vinos, entremeses y postres (a veces pienso que me gustaría ser muy gordo para permitirme comer mucho sin sufrir indigestiones).
Veamos el inicio de este segundo cuento: “Estoy tan disgustado con la realidad que los aviones me parecen cómodos. Me entrego con resignación a las películas que no quiero ver y la comida que no quiero probar, como si practicara un disciplinado ejercicio espiritual. Un samurai con audífonos y cuchillo de plástico. Suspendido, con el teléfono celular apagado, disfrutando el nirvana en el que no hay nada que decidir...”
Villoro no dice grandes verdades ni anuncia cataclismos, pero tiene la virtud de picarnos dos nervios: el del gusto y el de la curiosidad. No sólo en lo grande y vistoso es certero Villoro, sino en el manejo de la sutileza. Veamos si no esta frase, aparentemente tan inocente, y en el fondo de profunda raigambre sexual: “El infame cuentista describía bien un gesto nervioso, la forma en que ella se toma el pelo para formar un tirabuzón. Clara sólo lo suelta cuando decide algo que no puede comunicar.”
El segundo cuento transcurre en un avión: un protagonista masculino compara dos geometrías, dos lógicas: la que impera en el cielo, mientras vuela, y la que domina en tierra, a partir de que aterriza. Brevedad y efectividad son dos puntos a favor para este segundo golpe de Villoro (pienso, aventuro, tal vez rectificando un aserto anterior, que hay buenos cuentistas en México: Serna, Pitol —en algunos libros, particularmente en Nocturno de Bujara—, Zepeda, Parra, un narrador de Monterrey cuyo mundo es muy particular.
En “El silbido”, tercer cuento, el protagonista es un futbolista en desgracia. Narcos, chinos negociantes, mujeres, rodean a este personaje, que comparte con los anteriores una especie de sino difícil de sobrellevar, como es el del mariachi y el del viajero frecuente de los textos anteriores. Lo curioso de los tres cuentos es que, basándose en anécdotas donde los protagonistas son víctimas de algo, reciben por parte del narrador tratamientos paródicos, que convierten la lectura en una fiesta. Los tres se resignan a sufrir y gozar de sus destinos sin meter las manos, dejándose vivir y convirtiéndose en una especie de neo existencialistas con fuertes tintes mexicanos –lo que les da un colorido muy especial. De nuevo las observaciones inteligentes o absurdas mantienen una atención constante por parte del lector: “Estuve a punto de morir con los Tucanes de Mexicali. He visto fotos de gente que juega en campos minados. En cualquier guerra hay personas desesperadas, suficientemente desesperadas para que no les importe perder un pie con tal de chutar un balón. Tal vez si yo estuviera en la guerra sentiría que no hay nada más chingón que patear algo redondo como el cráneo de tu enemigo.”
“Los culpables”, texto que da nombre al libro, es una especie de estampa de un rancho en el medio oeste norteamericano, donde se reúnen varios hermanos, supuestamente mexicanos, a escribir un guión, liquidar una herencia, fermentar sus rencores y ver pasar el tiempo en un paisaje donde los migrantes, los cazamigrantes y los narcos se disputan el árido territorio. El relato es escueto, directo, y como en los anteriores cuentos, está narrado en primera persona por un hombre al que poco le importa su destino. Es como si lo que les pasara a los protagonistas de Villoro realmente les importara poco, como si su destino fuera por completo fatal e inamovible.
“El crepúsculo maya” relata el viaje de dos amigos por las zonas arqueológicas de Yucatán y Oaxaca. Dos amigos y una mujer que siendo de uno termina siendo del otro. El ambiente y la personalidad de los protagonistas me recuerdan de alguna manera a Meursalt —creo que así se llama— de El extranjero. Hay un aire de extrañeza en todo lo que sucede, una especie de falta de sentido, semejante a la que campea en los textos anteriores del volumen. Lo que sin duda puede decirse de estos cuentos de Villoro es que son diferentes por completo a lo que he leído de escritores mexicanos. Hay, también, o por lo menos yo lo percibo, un sondeo en el espíritu contemporáneo mexicano, lejano a lo que podría llamarse la tendencia antropológica de lo que escribe Fuentes.
El texto final, “Amigos mexicanos”, es una noveleta de corte policiaco en la que está presente el México de hoy y su relación caricaturesca con Estados Unidos. Los protagonistas parecen extraídos de una película de Buñuel: un periodista norteamericano que busca hacer un reportaje sobre el México atroz, un guionista “duro” que le sirve de guía y gurú por este país lleno de gente y situaciones extravagantes: el secuestro “expres”, la “ordeña” de cajeros, la gente “encajuelada” en coches, muñecas pretendidamente chinas que son fabricadas en Tuxtepec por chinos...
El estilo de nuevo es ágil, sorprendente, lleno de inteligencia y de rasgos de ingenio. Algo bien claro es el hecho de que Villoro maneja su territorio con profundo conocimiento, cariño y sentido del humor. Todo lo anterior hace que la lectura de esta noveleta, y de los cuentos anteriores, resulte en una experiencia diferente y agradable. De alguna manera Villoro acepta su realidad, una realidad atroz. Villoro, en este libro, ayuda al lector a conocer este país y a vivirlo con apasionamiento. Parece decir: si aquí nos tocó vivir, por lo menos disfrutemos de lo que nos corresponde.